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Capítulo 11Sobre la crueldad

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 28 min de lectura

Me parece que la virtud es algo distinto, y más noble, que las inclinaciones a la bondad que nacen en nosotros. Las almas ordenadas por sí mismas y bien nacidas siguen el mismo camino y muestran en sus acciones el mismo semblante que las virtuosas. Pero la virtud implica no sé qué de más grande y más activo que dejarse llevar por un temperamento feliz, dulce y apaciblemente, siguiendo a la razón. Quien por dulzura y facilidad natural despreciara las ofensas recibidas haría algo muy hermoso y digno de alabanza; pero quien, picado y herido hasta lo vivo por una ofensa, se armara con las armas de la razón contra ese furioso apetito de venganza, y tras un gran combate acabara por dominarlo, haría sin duda mucho más. Aquél haría bien, y éste virtuosamente: una acción podría llamarse bondad, la otra virtud. Pues parece que el nombre de la virtud presupone dificultad y contraste, y que no puede ejercerse sin adversario. Quizá sea por eso por lo que llamamos a Dios bueno, fuerte, liberal y justo, pero no lo llamamos virtuoso. Sus operaciones son todas naturales y sin esfuerzo.

No sólo los filósofos estoicos, sino también los epicúreos (y este añadido lo tomo de la opinión común, que es falsa, por mucho que diga aquel sutil encuentro de Arcesilao, a quien le reprochaba que muchos pasaban de su escuela a la epicúrea, y jamás a la inversa: «Lo creo. De gallos se hacen capones en abundancia, pero de capones jamás se hacen gallos». Pues, en verdad, en firmeza y rigor de opiniones y preceptos, la secta epicúrea no cede en nada a la estoica. Y un estoico que reconoce mejor buena fe que esos polemistas que, para combatir a Epicuro y darse ventaja, le hacen decir lo que jamás pensó, tergiversando sus palabras, argumentando por la ley gramatical otro sentido que el de su manera de hablar, y otra creencia que aquella que saben que tenía en el alma y en sus costumbres, dice que ha dejado de ser epicúreo, por esta consideración entre otras, que encuentra su camino demasiado elevado e inaccesible «y quienes son llamados filhedonoi, son también filocaloi y filodikaioi, y todas las virtudes las cultivan y retienen»). De los filósofos estoicos y epicúreos, digo, hay varios que han juzgado que no bastaba con tener el alma en buena disposición, bien ordenada y bien dispuesta a la virtud; que no bastaba con tener nuestras resoluciones y nuestros razonamientos por encima de todos los esfuerzos de la Fortuna; sino que había que buscar además las ocasiones de llegar a la prueba: quieren buscar el dolor, la necesidad y el desprecio para combatirlos y mantener su alma en forma «multum sibi adijcit virtus lacessita».

Ésta es una de las razones por las que Epaminondas, que era además de una tercera secta, rechaza las riquezas que la Fortuna le pone en las manos por vía muy legítima: para tener, dice, que enfrentarse a la pobreza, en cuya extrema condición se mantuvo siempre. Sócrates se probaba, me parece, aún más rudamente, conservando para su ejercicio la malignidad de su mujer, que es una prueba con hierro afilado. Metelo, único entre todos los senadores romanos que había emprendido por el esfuerzo de su virtud sostener la violencia de Saturnino, tribuno del pueblo en Roma, que quería a toda costa hacer pasar una ley injusta en favor del común, y habiendo incurrido por ello en las penas capitales que Saturnino había establecido contra los que se negaran, mantenía a quienes en aquella extremidad lo conducían a la plaza con estos propósitos: Que era cosa demasiado fácil y demasiado cobarde hacer el mal; y que hacer el bien donde no hubiera ningún peligro era cosa vulgar; pero que hacer el bien donde hubiera peligro era el propio oficio de un hombre de virtud. Estas palabras de Metelo nos representan con mucha claridad lo que yo quería verificar: que la virtud rechaza la facilidad como compañera; y que ese camino fácil, dulce y pendiente por donde se conducen los pasos ordenados de una buena inclinación natural no es el de la verdadera virtud. Ella exige un camino áspero y espinoso, quiere tener o dificultades externas con las que luchar, como la de Metelo, por medio de las cuales la Fortuna se complace en romper la rigidez de su curso; o dificultades internas que le aportan los apetitos desordenados y las imperfecciones de nuestra condición.

He llegado hasta aquí muy a mi gusto; pero al final de este discurso, se me viene a la cabeza que el alma de Sócrates, que es la más perfecta que haya llegado a mi conocimiento, sería según mi parecer un alma de poca recomendación. Pues no puedo concebir en ese personaje ningún esfuerzo de viciosa concupiscencia. En el curso de su virtud, no puedo imaginar ninguna dificultad ni ninguna constricción: conozco su razón tan poderosa y tan dueña de él, que jamás habría dado oportunidad a un apetito vicioso siquiera de nacer. A una virtud tan elevada como la suya, no puedo ponerle nada en la cabeza. Me parece verlo marchar con paso victorioso y triunfante, con pompa y a su gusto, sin impedimento ni estorbo. Si la virtud no puede brillar sino por el combate de apetitos contrarios, ¿diremos entonces que no puede prescindir de la asistencia del vicio, y que le debe a éste el ser puesta en crédito y honor? ¿Qué sería también de aquella brava y generosa voluptuosidad epicúrea, que se vanagloria de nutrir blandamente en su regazo y hacer retozar allí a la virtud, dándole como juguetes la vergüenza, las fiebres, la pobreza, la muerte y los tormentos? Si presupongo que la virtud perfecta se reconoce en combatir y soportar pacientemente el dolor, en sostener los esfuerzos de la gota sin perturbarse de su posición; si le doy como objeto necesario la aspereza y la dificultad, ¿qué será de la virtud que haya llegado a tal punto que no sólo desprecie el dolor, sino que se regocije con él y se haga cosquillas con las puntas de un fuerte cólico, como es aquella que los epicúreos han establecido, y de la cual varios de entre ellos nos han dejado por sus acciones pruebas muy ciertas? Como lo han hecho muchos otros, que encuentro que han sobrepasado con sus hechos las propias reglas de su disciplina. Testigo el joven Catón.

Cuando lo veo morir y desgarrarse las entrañas, no puedo contentarme con creer simplemente que tenía entonces su alma totalmente exenta de turbación y espanto; no puedo creer que se mantuviera solamente en esa actitud que las reglas de la secta estoica le ordenaban, serena, sin emoción e impasible: había, me parece, en la virtud de ese hombre demasiada gallardía y vigor para detenerse ahí. Creo sin duda que sintió placer y voluptuosidad en una acción tan noble, y que la disfrutó más que ninguna otra de su vida. «Sic abijt è vita, vt causam moriendi nactum se esse gauderet». Lo creo hasta tal punto que dudo si habría querido que le quitaran la ocasión de una hazaña tan hermosa. Y si la bondad que le hacía abrazar las comodidades públicas más que las suyas no me tuviera a raya, caería fácilmente en esta opinión: que agradecía a la Fortuna haber puesto su virtud en tan bella prueba, y haber favorecido a ese bandido para pisotear la antigua libertad de su patria. Me parece leer en esta acción no sé qué regocijo de su alma, y una emoción de placer extraordinario y de una voluptuosidad viril, cuando consideraba la nobleza y altura de su empresa:

Deliberata morte ferocior. No por estar aguijoneado por alguna esperanza de gloria, como han juzgado los juicios populares y afeminados de algunos hombres: pues esta consideración es demasiado baja para tocar un corazón tan generoso, tan altivo y tan recio, sino por la belleza de la cosa misma en sí: la cual él veía mucho más clara, y en su perfección, él que manejaba sus resortes, de lo que nosotros podemos hacerlo. La filosofía me ha complacido al juzgar que una acción tan bella hubiera estado indecentemente alojada en cualquier otra vida que no fuera la de Catón: y que solo a la suya le pertenecía terminar así. Por ello ordenó con razón tanto a su hijo como a los senadores que lo acompañaban, que proveyeran de otro modo a su situación. Catoni, quum incredibilem natura tribuisset gravitatem, eámque ipse perpetua constantia roborauisset, sempérque in proposito consilio permansisset, moriendum potius, quàm tyranni vultus aspiciendus erat. Toda muerte debe estar al mismo nivel que su vida. No nos volvemos otros por morir. Yo interpreto siempre la muerte por la vida. Y si se nos relata alguna que sea fuerte en apariencia, vinculada a una vida débil: sostengo que ha sido producida por causa débil y acorde a su vida. La facilidad pues de esta muerte, y esa facilidad que él había adquirido por la fuerza de su alma, ¿diremos que debe rebajar algo del lustre de su virtud?

Y quién de aquellos que tienen el cerebro por poco que sea teñido de la verdadera filosofía, puede contentarse con imaginar a Sócrates, simplemente libre de temor y de pasión, en el accidente de su prisión, de sus grilletes y de su condena? Y quién no reconoce en él, no solo firmeza y constancia, pues esa era su actitud ordinaria, sino además no sé qué contentamiento nuevo, y una alegría regocijada en sus palabras y maneras últimas? En ese estremecimiento, del placer que siente al rascarse la pierna, después de que los grilletes fueron retirados: ¿no acusa acaso una dulzura y gozo parecidos en su alma, por estar liberada de las incomodidades pasadas, y a punto de entrar en conocimiento de las cosas por venir? Catón me perdonará, si le place; su muerte es más trágica, y más tensa, pero esta otra es todavía, no sé cómo, más bella. Aristipo a quienes la lamentaban, «Que los dioses me envíen una tal», dijo. Se ve en las almas de estos dos personajes, y de sus imitadores (pues de semejantes, dudo mucho que los haya habido) un hábito tan perfecto de la virtud, que les ha pasado a su complexión. Ya no es virtud penosa, ni ordenanzas de la razón, para mantener las cuales sea necesario que su alma se endurezca: es la esencia misma de su alma, es su curso natural y ordinario.

La han vuelto tal, por un largo ejercicio de los preceptos de la filosofía, habiendo encontrado una naturaleza bella y rica. Las pasiones viciosas, que nacen en nosotros, ya no encuentran por dónde hacer entrada en ellos. La fuerza y rigidez de su alma, sofoca y extingue las concupiscencias, tan pronto como comienzan a moverse. Ahora bien, que no sea más bello, por una alta y divina resolución, impedir el nacimiento de las tentaciones; y haberse formado en la virtud, de manera que las semillas mismas de los vicios sean desarraigadas de ella: que impedir por fuerza viva su progreso; y habiéndose dejado sorprender por las emociones primeras de las pasiones, armarse y tensarse para detener su curso, y vencerlas y que este segundo efecto no sea todavía más bello, que estar simplemente provisto de una naturaleza fácil y bondadosa, y disgustada por sí misma del libertinaje y del vicio, no creo que haya duda. Pues esta tercera y última manera, parece ciertamente que vuelve a un hombre inocente, pero no virtuoso: exento de hacer el mal, pero no suficientemente apto para hacer el bien. Además de que esta condición es tan vecina a la imperfección y a la debilidad, que no sé bien cómo deslindar los confines y distinguirlos. Los nombres mismos de bondad y de inocencia, son por esta causa en cierto modo nombres de menosprecio.

Veo que varias virtudes, como la castidad, sobriedad y templanza, pueden llegarnos, por deficiencia corporal. La firmeza ante los peligros, si firmeza hay que llamarla, el desprecio de la muerte, la paciencia en las desgracias, puede venir y se encuentra a menudo en los hombres, por falta de juzgar bien tales accidentes, y de no concebirlos tales como son. La falta de aprehensión y la estupidez, remedan así a veces los efectos virtuosos. Como he visto suceder a menudo, que se ha alabado a hombres, por aquello de lo que merecían reproche. Un señor italiano sostuvo una vez este propósito en mi presencia, en desventaja de su nación: Que la sutileza de los italianos y la vivacidad de sus concepciones era tan grande, que preveían los peligros y accidentes que podían sobrevenirles, desde tan lejos, que no había que encontrar extraño, si se los veía a menudo en la guerra proveer a su seguridad, incluso antes de haber reconocido el peligro: que nosotros y los españoles, que no éramos tan finos, íbamos más allá; y que nos era necesario ver a ojo y tocar con la mano, el peligro antes de asustarnos de él; y que entonces tampoco teníamos más contención pero que los alemanes y los suizos, más groseros y más torpes, no tenían el sentido de recapacitar, apenas incluso cuando estaban abrumados bajo los golpes. No era quizá sino para reír. Pero es muy cierto que en el oficio de la guerra, los aprendices se lanzan muy a menudo a los azares, con otra inconsideración que la que tienen después de haberse escaldado en ellos.

No ignorando cuánto pueden la nueva gloria en las armas y el dulcísimo honor en el primer combate.

He ahí por qué cuando se juzga una acción particular, hay que considerar muchas circunstancias, y al hombre todo entero que la ha producido, antes de bautizarla. Para decir una palabra de mí mismo: He visto algunas veces a mis amigos llamar prudencia en mí, lo que era fortuna; y estimar ventaja de coraje y de paciencia, lo que era ventaja de juicio y opinión; y atribuirme un título por otro; a veces en mi provecho, a veces en mi perjuicio. Por lo demás, falta tanto para que yo haya llegado a ese primer y más perfecto grado de excelencia, donde de la virtud se hace un hábito; que del segundo mismo, apenas he dado prueba. No me he esforzado mucho, para refrenar los deseos por los que me he encontrado apremiado. Mi virtud, es una virtud, o inocencia, por mejor decir, accidental y fortuita. Si hubiera nacido de una complexión más desreglada, temo que hubiera ido lastimosamente mi asunto: pues apenas he probado firmeza en mi alma, para sostener pasiones, si hubieran sido por poco que fuera vehementes. No sé alimentar querellas, y debate en mí. Así, no puedo darme ningún gran mérito, de que me encuentre exento de varios vicios:

Si vitiis mediocribus, et mea paucis Mendosa est natura, alioqui recta, velut si Egregio inspersos reprehendas corpore næuos.

Lo debo más a mi fortuna que a mi razón. Ella me ha hecho nacer de una raza famosa en probidad, y de un muy buen padre: no sé si ha fluido en mí parte de sus humores, o bien si los ejemplos domésticos, y la buena instrucción de mi infancia, han ayudado insensiblemente, o si he nacido así de otro modo,

Ya me contemple Libra, o el Escorpión temible, parte más violenta de mi hora natal, o el Capricornio tirano de las ondas del Occidente.

Pero el caso es que la mayoría de los vicios los tengo yo mismo en horror. La respuesta de Antístenes a quien le preguntó cuál era el mejor aprendizaje: «Desaprender el mal», parece ajustarse a esta imagen. Los tengo, digo, en horror, con una opinión tan natural y tan mía, que ese mismo instinto e impresión que traje desde la nodriza lo he conservado, sin que ninguna circunstancia haya podido alterármelo. Ni siquiera mis propios razonamientos, que por haberse desviado en algunas cosas del camino común me darían fácilmente licencia para acciones que esta inclinación natural me hace odiar. Diré algo monstruoso, pero lo diré de todos modos: encuentro así en muchas cosas más firmeza y regla en mis costumbres que en mi opinión, y mi concupiscencia menos descarriada que mi razón. Aristipo estableció opiniones tan osadas a favor de la voluptuosidad y las riquezas que puso en revuelo toda la filosofía contra él. Pero en cuanto a sus costumbres, cuando Dionisio el tirano le presentó tres hermosas muchachas para que eligiera una, respondió que las elegía a las tres, y que París había obrado mal al preferir una a sus compañeras. Pero habiéndolas conducido a su casa, las devolvió sin probarlas. Su criado, viéndose sobrecargado en el camino con el dinero que llevaba tras él, recibió la orden de verter y tirar aquello que le pesaba. Y Epicuro, cuyos dogmas son irreligiosos y delicados, se comportó en su vida muy devota y laboriosamente. Escribe a un amigo suyo que no vive sino de pan moreno y agua; le ruega que le envíe un poco de queso, para cuando quiera hacer alguna comida suntuosa. ¿Sería cierto que para ser bueno del todo debemos serlo por una propiedad oculta, natural y universal, sin ley, sin razón, sin ejemplo? Los descarríos en que me he visto envuelto no son, gracias a Dios, de los peores. Los he condenado bien en mi fuero interno, según lo que valen, pues mi juicio no se ha visto infectado por ellos. Al contrario, los acuso más rigurosamente en mí que en otro. Pero eso es todo: pues por lo demás opongo demasiado poca resistencia, y me dejo inclinar demasiado fácilmente hacia el otro lado de la balanza, salvo en cuanto a regularlos e impedir que se mezclen con otros vicios, que en su mayoría se sostienen y encadenan unos a otros, si uno no se cuida. Los míos los he cercenado y contenido lo más aislados y simples que he podido:

«Y no alimento más el error».

Pues en cuanto a la opinión de los estoicos, que dicen que el sabio, cuando obra, obra con todas las virtudes juntas, aunque haya una más aparente según la naturaleza de la acción (y para ello les podría servir en cierto modo la semejanza del cuerpo humano, pues la acción de la cólera no puede ejercerse sin que todos los humores nos ayuden en ella, aunque la cólera predomine), si de ahí quieren sacar igual consecuencia, que cuando el culpable falta, falta con todos los vicios juntos, no los creo así simplemente, o no los entiendo, pues siento por experiencia lo contrario. Son sutilezas agudas, insustanciales, en las que la filosofía se detiene a veces. Sigo algunos vicios, pero huyo de otros tanto como sabría hacerlo un santo. También desaprueban los peripatéticos esta conexión y costura indisoluble, y sostiene Aristóteles que un hombre prudente y justo puede ser intemperante e incontinente. Sócrates reconocía ante quienes veían en su fisonomía alguna inclinación al vicio, que era verdaderamente su propensión natural, pero que la había corregido mediante la disciplina. Y los allegados del filósofo Estilpón decían que, habiendo nacido inclinado al vino y las mujeres, se había vuelto por el estudio muy abstemio de uno y otras.

Lo que tengo de bueno, lo tengo al contrario, por el azar de mi nacimiento: no lo debo ni a ley ni a precepto ni a otro aprendizaje. La inocencia que hay en mí es una inocencia simple; poca energía y ningún artificio. Odio entre otros vicios, cruelmente, la crueldad, tanto por naturaleza como por juicio, como el extremo de todos los vicios. Pero es hasta tal blandura, que no veo degollar un pollo sin pesar, y oigo con impaciencia gemir una liebre bajo los dientes de mis perros, aunque la caza sea un placer violento. Quienes tienen que combatir la voluptuosidad emplean de buen grado este argumento para mostrar que es del todo viciosa e irracional: que cuando está en su mayor esfuerzo, nos domina de modo que la razón no puede tener acceso, y alegan la experiencia que sentimos en el trato con las mujeres,

«Cuando el cuerpo presagia ya los goces, y Venus está en él para sembrar los campos de la mujer»,

donde les parece que el placer nos transporta tan fuera de nosotros, que nuestro discurso no sabría entonces cumplir su oficio, del todo paralizado y arrebatado en la voluptuosidad.

Yo sé que puede ser de otro modo, y que se logrará a veces, si se quiere, llevar el alma en ese mismo instante a otros pensamientos; pero hay que tensarla y endurecerla con vigilancia. Yo sé que se puede dominar el ímpetu de ese placer, y me conozco bien en ello, y no he encontrado a Venus diosa tan imperiosa como varios, más virtuosos que yo, la testimonian. No tomo por milagro, como hace la reina de Navarra en uno de los cuentos de su Heptamerón, que es un gentil libro por su materia, ni por cosa de extrema dificultad, pasar noches enteras, en toda comodidad y libertad, con una amante largamente deseada, manteniendo la palabra que se le habrá dado de contentarse con besos y simples caricias. Creo que el ejemplo del placer de la caza sería más apropiado: como hay en ella menos placer, hay más arrebato y sorpresa, por lo cual nuestra razón aturdida pierde ese tiempo para prepararse al encuentro; cuando después de una larga búsqueda la presa viene de improviso a presentarse en un lugar donde, quizá, menos la esperábamos. Esta sacudida y el ardor de esos gritos nos golpean, de modo que sería difícil para quienes gustan de esta clase de caza menor llevar en ese momento el pensamiento a otra parte. Y los poetas hacen a Diana vencedora de la antorcha y las flechas de Cupido.

«¿Quién entre estas cosas no olvida las amargas inquietudes que el amor conlleva?»

Para volver a mi asunto, me compadezco muy tiernamente de las aflicciones ajenas, y lloraría fácilmente por compañía, si por cualquier motivo que fuera, supiera llorar. Nada provoca mis lágrimas sino las lágrimas: no solo las verdaderas, sino de cualquier modo que sean, ya fingidas, ya pintadas. A los muertos apenas los lloro, y más bien los envidiaría; pero lloro mucho a los moribundos. Los salvajes no me ofenden tanto cuando asan y comen los cuerpos de los difuntos, como aquellos que los atormentan y persiguen vivos. Las ejecuciones mismas de la justicia, por razonables que sean, no puedo verlas con mirada firme. Alguien, al tener que testimoniar la clemencia de Julio César, dice: «Era dulce en sus venganzas: habiendo forzado a los piratas a rendirse ante él, que antes lo habían capturado y exigido un rescate; como los había amenazado con hacerlos crucificar, los condenó a ello; pero fue después de haberlos hecho estrangular. A Filomón, su secretario, que había querido envenenarlo, no lo castigó más severamente que con una muerte simple». Sin decir quién es este autor latino que osa alegar como testimonio de clemencia el solo matar a aquellos por quienes se ha sido ofendido, es fácil adivinar que está impresionado por los viles y horribles ejemplos de crueldad que los tiranos romanos pusieron en práctica. En cuanto a mí, en la justicia misma, todo lo que va más allá de la muerte simple me parece pura crueldad.

Y especialmente para nosotros, que deberíamos tener cuidado de enviar las almas en buen estado; lo cual no puede hacerse, habiéndolas agitado y desesperado con tormentos insoportables. Días pasados, un soldado prisionero, habiendo advertido desde una torre donde estaba, que el pueblo se reunía en la plaza y que unos carpinteros levantaban allí sus obras, creyó que era para él y, resuelto a matarse, no encontró nada que pudiera ayudarlo sino un viejo clavo de carro, oxidado, que la Fortuna le ofreció. Con él se dio primero dos grandes golpes alrededor del cuello: pero viendo que había sido sin efecto, poco después se dio un tercero en el vientre, donde dejó el clavo clavado. El primero de sus guardias que entró donde estaba lo encontró en ese estado, todavía vivo pero tendido y muy debilitado por sus golpes. Para aprovechar el tiempo antes de que desfalleciera, se apresuraron a pronunciarle su sentencia. Al oírla, y que solo estaba condenado a que le cortaran la cabeza, pareció recobrar un nuevo valor, aceptó el vino que había rechazado, agradeció a sus jueces la dulzura inesperada de su condena. Que había decidido llamar a la muerte por el temor de una muerte más áspera e insoportable, habiendo concebido opinión por los preparativos que había visto hacer en la plaza, de que querían atormentarlo con algún horrible suplicio: y pareció estar liberado de la muerte por haberla cambiado.

Yo aconsejaría que estos ejemplos de rigor, por medio de los cuales se quiere mantener al pueblo en orden, se ejercieran contra los cuerpos de los criminales. Pues verlos privados de sepultura, verlos hervir y descuartizar, afectaría casi tanto al vulgo como las penas que se hace sufrir a los vivos; aunque en efecto sea poco o nada, como Dios dice: «Qui corpus occidunt, et postea non habent quod faciant». Y los poetas hacen valer singularmente el horror de esta pintura, y por encima de la muerte,

«¡Ay! Los restos del rey medio quemado, con los huesos desnudos, por tierra manchados de sangre, vilmente arrastrados».

Me encontraba un día en Roma en el momento en que ajusticiaban a Catena, un ladrón famoso: lo estrangularon sin ninguna emoción de la asistencia, pero cuando llegaron a descuartizarlo, el verdugo no daba golpe sin que el pueblo lo siguiera con una voz lastimera y una exclamación, como si cada uno prestara su sentimiento a ese cadáver. Hay que ejercer estos excesos inhumanos contra la corteza, no contra lo vivo. Así suavizó, en un caso algo parecido, Artajerjes la aspereza de las antiguas leyes de Persia, ordenando que los señores que habían faltado en su función, en lugar de ser azotados como solía hacerse, fueran despojados y sus vestiduras azotadas por ellos; y en lugar de arrancarles los cabellos como solía hacerse, que solo les quitaran su alto sombrero. Los egipcios, tan devotos, estimaban satisfacer bien a la justicia divina sacrificándole puercos en figura y representados. Invención atrevida, la de querer pagar en pintura y en sombra a Dios, sustancia tan esencial. Viví en una época en la que abundamos en ejemplos increíbles de este vicio, por la licencia de nuestras guerras civiles: y no se ve nada en las historias antiguas más extremo que lo que experimentamos todos los días. Pero eso no me ha familiarizado con ello en absoluto. Apenas podía persuadirme, antes de haberlo visto, de que se hubieran encontrado almas tan feroces que, por el solo placer del asesinato, quisieran cometerlo; picar y destrozar los miembros ajenos; aguzar su ingenio para inventar tormentos inusitados y muertes nuevas, sin enemistad, sin provecho, y solo con el fin de disfrutar del placentero espectáculo de los gestos y movimientos lastimosos, de los gemidos y voces lamentables de un hombre muriendo en angustia. Pues ese es el punto extremo al que puede llegar la crueldad. «Ut homo hominem, non iratus, non timens, tantum spectaturus occidat». En cuanto a mí, no he podido ver siquiera sin disgusto perseguir y matar a un animal inocente, que está indefenso y del cual no recibimos ninguna ofensa. Y como ocurre comúnmente que el ciervo, sintiéndose sin aliento y sin fuerzas, no teniendo ya otro remedio, se arroja y rinde ante nosotros mismos que lo perseguimos, pidiéndonos misericordia con sus lágrimas,

«y la ganancia sangrienta, y semejante a quien implora»,

esto me ha parecido siempre un espectáculo muy desagradable. Apenas tomo animal vivo al que no devuelva los campos. Pitágoras los compraba a los pescadores y a los pajareros para hacer lo mismo.

«Y creo que el hierro se calentó y manchó por primera vez con la sangre de las fieras».

Los que son naturalmente sanguinarios con los animales testimonian una propensión natural a la crueldad. Después de que se familiarizaran en Roma con los espectáculos de matanzas de animales, se pasó a los hombres y a los gladiadores. La naturaleza ha, me temo, adjuntado ella misma al hombre algún instinto a la inhumanidad. Nadie se divierte viendo a los animales jugar entre sí y acariciarse; y nadie deja de hacerlo viéndolos destrozarse y desmembrarse. Y para que no se burlen de esta simpatía que tengo con ellos, la teología misma nos ordena algún favor hacia ellos. Y considerando que un mismo amo nos ha alojado en este palacio para su servicio, y que ellos son, como nosotros, de su familia, tiene razón en ordenarnos algún respeto y afecto hacia ellos. Pitágoras tomó la metempsicosis de los egipcios, pero después fue recibida por varias naciones, y especialmente por nuestros druidas:

«Las almas carecen de muerte; y siempre, abandonada su morada anterior, viven y habitan acogidas en nuevas casas».

La religión de nuestros antiguos galos sostenía que, siendo las almas eternas, no cesaban de moverse y cambiar de lugar de un cuerpo a otro, mezclando además en esta fantasía alguna consideración de la justicia divina. Pues según los comportamientos del alma mientras había estado en Alejandro, decían que Dios le ordenaba otro cuerpo que habitar, más o menos penoso, y acorde a su condición:

«Las fuerza a sufrir mudos vínculos de bestias: pone en los osos su truculencia, en los lobos la rapiña, en las zorras la astucia. Y cuando por diversos años, por mil figuras, ha pasado, purgadas al fin por el río Leteo, las vuelve a llamar a los principios de la forma humana».

Si había sido valiente, la alojaban en el cuerpo de un león; si voluptuosa, en el de un puerco; si cobarde, en el de un ciervo o una liebre; si maliciosa, en el de un zorro; y así el resto; hasta que, purificada por este castigo, retomaba el cuerpo de algún otro hombre;

«Yo mismo, pues lo recuerdo, en tiempos de la guerra de Troya, fui Euforbo, hijo de Panto».

En cuanto a ese parentesco entre nosotros y los animales, no lo acepto mucho, ni tampoco que muchas naciones, y especialmente de las más antiguas y nobles, no solo hayan recibido a los animales en su sociedad y compañía, sino que les hayan dado un rango muy por encima de ellos; estimándolos a veces familiares y favoritos de sus dioses, y teniéndolos en respeto y reverencia más que humana; y otras no reconociendo otro dios ni otra divinidad que ellos. «Belluæ à barbaris propter beneficium consecratæ»:

«Esta parte adora al cocodrilo, aquella teme al ibis saciado de serpientes; aquí brilla la efigie dorada del mono sagrado; aquí al pez del río, allí pueblos enteros veneran al perro».

Y la interpretación misma que Plutarco da a este error, que está muy bien tomada, les resulta aún más honorable. Pues dice que no era el gato, o el buey, por ejemplo, lo que los egipcios adoraban; sino que adoraban en esos animales alguna imagen de las facultades divinas. En este la paciencia y la utilidad; en aquel, la vivacidad, o como nuestros vecinos los borgoñones con toda Alemania, la impaciencia de verse encerrados: por lo cual representaban la libertad, que amaban y adoraban por encima de cualquier otra facultad divina, y así con los demás. Pero cuando encuentro entre las opiniones más moderadas los discursos que intentan mostrar el estrecho parecido nuestro con los animales, y cuánto tienen ellos de parte en nuestros mayores privilegios, y con cuánta verosimilitud se nos empareja con ellos; ciertamente rebajo mucho nuestra presunción, y renuncio de buena gana a esa realeza imaginaria que se nos da sobre las demás criaturas.

Aunque todo eso quedara por decir, existe sin embargo cierto respeto que nos vincula, y un deber general de humanidad, no solo hacia los animales, que tienen vida y sensibilidad, sino incluso hacia los árboles y las plantas. Debemos la justicia a los hombres, y la gracia y la benignidad a las demás criaturas que puedan ser capaces de ello. Hay cierto comercio entre ellas y nosotros, y alguna obligación mutua. No temo decir la ternura de mi naturaleza tan pueril, que no puedo negarle fácilmente a mi perro la fiesta que me ofrece fuera de tiempo, o que me pide. Los turcos tienen limosnas y hospitales para los animales; los romanos tenían un cuidado público de la alimentación de las ocas, por cuya vigilancia su Capitolio había sido salvado; los atenienses ordenaron que las mulas y mulos que habían servido en la construcción del templo llamado Hecatompedón, fueran libres, y que se los dejara pastar por todas partes sin impedimento. Los agrigentinos tenían la costumbre común de enterrar seriamente a los animales que les habían sido queridos: como los caballos de algún mérito raro, los perros y los pájaros útiles, o incluso que habían servido de entretenimiento a sus hijos. Y la magnificencia, que les era ordinaria en todas las demás cosas, aparecía también singularmente en la suntuosidad y número de los monumentos levantados con ese fin, que han perdurado en exhibición varios siglos después. Los egipcios enterraban a los lobos, los osos, los cocodrilos, los perros y los gatos, en lugares sagrados; embalsamaban sus cuerpos, y llevaban luto por sus muertes. Cimón hizo una sepultura honorable a las yeguas con las cuales había ganado tres veces el premio de la carrera en los juegos olímpicos. El antiguo Jantipo hizo enterrar a su perro sobre un promontorio, en la costa del mar, que desde entonces ha conservado el nombre. Y Plutarco tenía, según dice, escrúpulo de vender y enviar al matadero, por un ligero provecho, un buey que le había servido largo tiempo.

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