Capítulo 6Del ejercicio
Es difícil que el razonamiento y la instrucción, aunque nuestra creencia se aplique voluntariamente a ellos, sean lo bastante poderosos para encaminarnos hasta la acción, si además no ejercitamos y formamos nuestra alma mediante la experiencia en la dirección en que queremos orientarla; de otro modo, cuando se encuentre ante los hechos reales, se hallará sin duda impedida. He aquí por qué, entre los filósofos, aquellos que han querido alcanzar alguna mayor excelencia no se han contentado con esperar a cubierto y en reposo los rigores de la fortuna, por temor a que esta los sorprendiera inexpertos y novatos en el combate; sino que le han salido al encuentro y se han lanzado deliberadamente a la prueba de las dificultades. Unos han abandonado las riquezas para ejercitarse en una pobreza voluntaria; otros han buscado el esfuerzo y una austeridad de vida penosa para endurecerse ante el mal y el trabajo; otros se han privado de las partes del cuerpo más queridas, como la vista y los órganos propios de la generación, por temor a que su servicio demasiado placentero y demasiado blando relajara y ablandara la firmeza de su alma. Pero en cuanto a morir, que es el mayor quehacer que tenemos que hacer, el ejercicio no puede ayudarnos. Uno puede, mediante el uso y la experiencia, fortalecerse contra los dolores, la vergüenza, la indigencia y otros accidentes semejantes; pero en cuanto a la muerte, no podemos probarla más que una vez: todos somos aprendices cuando llegamos a ella. Se encontraron antiguamente hombres tan excelentes administradores del tiempo que intentaron incluso en la muerte misma gustarla y saborearla, y concentraron su espíritu para ver qué era ese tránsito; pero no han vuelto para darnos noticias de ello.
«Nadie ha despertado a quien una vez alcanzó la fría pausa de la vida».
Canio Julio, noble romano de virtud y firmeza singulares, habiendo sido condenado a muerte por aquel canalla de Calígula, además de las numerosas pruebas maravillosas que dio de su resolución, cuando estaba a punto de sufrir la mano del verdugo, un filósofo amigo suyo le preguntó: «Y bien, Canio, ¿en qué disposición se encuentra ahora tu alma? ¿Qué hace? ¿En qué pensamientos estás?». «Pensaba —le respondió— mantenerme preparado y tenso con todas mis fuerzas para ver si en ese instante de la muerte, tan corto y tan breve, podré percibir algún desalojo del alma, y si ella tendrá algún sentimiento de su salida, para, si aprendo algo de ello, volver después, si puedo, a dar aviso a mis amigos». Este filosofaba no solo hasta la muerte, sino en la muerte misma. ¡Qué seguridad era esta y qué orgullo de corazón, querer que su muerte le sirviera de lección y tener tiempo de pensar en otra cosa en un asunto tan grande!
«Tal era el derecho de su alma moribunda». Me parece, sin embargo, que hay alguna manera de familiarizarnos con ella y de probarla en cierto modo. Podemos tener experiencia de ella, si no entera y perfecta, al menos tal que no sea inútil y que nos haga más fortalecidos y seguros. Si no podemos juntarnos con ella, podemos aproximarnos, podemos reconocerla; y si no llegamos hasta su fortaleza, al menos veremos y practicaremos sus accesos. No es sin razón que se nos hace mirar nuestro mismo sueño por el parecido que tiene con la muerte. ¡Con cuánta facilidad pasamos de la vigilia al dormir, con cuán poco perjuicio perdemos el conocimiento de la luz y de nosotros mismos! Acaso podría parecer inútil y contraria a la naturaleza la facultad del sueño, que nos priva de toda acción y de todo sentimiento, si no fuera que mediante él la naturaleza nos instruye en que nos ha hecho igualmente para morir que para vivir, y desde la vida nos presenta el estado eterno que nos guarda después de ella, para acostumbrarnos a él y quitarnos el temor. Pero aquellos que han caído por algún violento accidente en desmayo de corazón y que han perdido todo sentimiento, esos, a mi parecer, han estado muy cerca de ver su verdadero y natural rostro. Pues en cuanto al instante y al punto del tránsito, no hay que temer que traiga consigo trabajo o desagrado alguno, puesto que no podemos tener sentimiento alguno sin tiempo.
Nuestros sufrimientos necesitan tiempo, que es tan corto y tan precipitado en la muerte que necesariamente ha de ser insensible. Son los acercamientos lo que tenemos que temer, y esos pueden caer en la experiencia. Muchas cosas nos parecen más grandes por la imaginación que por el efecto. He pasado una buena parte de mi edad en una perfecta y entera salud: digo no solo entera, sino además alegre y efervescente. Este estado lleno de verdor y de fiesta me hacía encontrar tan horrible la consideración de las enfermedades, que cuando he llegado a experimentarlas he encontrado sus punzadas blandas y flojas en comparación con mi temor. He aquí lo que experimento todos los días: ¿Estoy al abrigo, caliente, dentro de una buena sala, mientras transcurre una noche tormentosa y tempestuosa? Me asombro y me aflijo por quienes están entonces en el campo; ¿estoy yo mismo allí? No deseo siquiera estar en otra parte. Solo el estar siempre encerrado en una habitación me parecía insoportable; inmediatamente fui adiestrado a estarlo una semana y un mes, lleno de agitación, de alteración y de debilidad, y he encontrado que durante mi salud compadecía a los enfermos mucho más de lo que me encuentro digno de compasión yo mismo cuando lo estoy; y que la fuerza de mi aprensión encarecía cerca de la mitad la esencia y verdad de la cosa.
Espero que me suceda lo mismo con la muerte, y que no vale la pena que me tomo con tantos preparativos que dispongo y tantos auxilios que llamo y reúno para sostener su embate. Pero en todo caso, nunca podemos darnos demasiada ventaja. Durante nuestras terceras turbulencias, o segundas —no recuerdo bien esto—, habiéndome ido un día a pasear a una legua de mi casa, yo que estoy situado en el medio de todo el tumulto de las guerras civiles de Francia, estimando estar en toda seguridad y tan vecino de mi retiro que no tenía necesidad de mejor equipaje, había tomado un caballo muy cómodo, pero no muy firme. A mi regreso, habiéndose presentado una ocasión súbita de servirme de ese caballo para un servicio que no era propio de su uso, uno de mis criados, grande y fuerte, montado en un poderoso alazán que tenía una boca desesperada, fresco por lo demás y vigoroso, por hacer el valiente y adelantarse a sus compañeros, vino a lanzarlo a toda brida directamente en mi ruta y a caer como un coloso sobre el pequeño hombre y pequeño caballo, y fulminarnos con su rigidez y su pesadumbre, enviándonos a ambos con los pies hacia arriba; de modo que he aquí el caballo abatido y tendido todo aturdido, yo diez o doce pasos más allá, extendido de espaldas, el rostro todo magullado y todo desollado, mi espada que llevaba en la mano a más de diez pasos más allá, mi cinturón en pedazos, sin tener movimiento ni sentimiento, no más que un tronco.
Es el único desmayo que he sentido hasta esta hora. Quienes estaban conmigo, después de haber intentado por todos los medios que pudieron hacerme volver en mí, teniéndome por muerto, me tomaron entre sus brazos y me llevaron con mucha dificultad a mi casa, que estaba lejos de allí, aproximadamente media legua francesa. En el camino, y después de haber estado más de dos largas horas tenido por difunto, comencé a moverme y a respirar, pues había caído tanta abundancia de sangre en mi estómago que, para descargarlo de ella, la naturaleza tuvo necesidad de resucitar sus fuerzas. Me pusieron de pie, donde arrojé un cubo lleno de borbotones de sangre pura, y varias veces por el camino tuve que hacer lo mismo. Con ello comencé a recobrar un poco de vida, pero fue paulatinamente y por un lapso de tiempo tan largo que mis primeros sentimientos estaban mucho más cercanos a la muerte que a la vida.
«Porque, dudosa aún de su retorno, la mente atónita no se asegura».
Este recuerdo que tengo muy impreso en mi alma, representándome su rostro y su idea tan cerca de lo natural, me reconcilia en cierto modo con ella. Cuando comencé a ver, fue con una vista tan turbia, tan débil y tan muerta que no discernía todavía nada salvo la luz,
«—como quien abre y cierra los ojos, a medio camino entre el sueño y el estar despierto».
En cuanto a las funciones del alma, nacían con el mismo progreso que las del cuerpo. Me vi todo ensangrentado: pues mi jubón estaba manchado por todas partes de la sangre que había soltado. El primer pensamiento que me vino fue que había recibido un arcabuzazo en la cabeza: en verdad, en ese mismo momento se disparaban varios en torno a nosotros. Me parecía que mi vida no me tenía más que al borde de los labios: cerraba los ojos para ayudar, según me parecía, a empujarla fuera, y disfrutaba languideciendo y dejándome ir. Era una imaginación que no hacía sino flotar superficialmente en mi alma, tan tierna y tan débil como todo lo demás: pero, a decir verdad, no solo exenta de disgusto, sino mezclada con esa dulzura que sienten quienes se dejan deslizar hacia el sueño. Creo que es este mismo estado en el que se encuentran aquellos a quienes vemos desfallecer de debilidad, en la agonía de la muerte, y considero que los compadecemos sin motivo, pensando que están agitados por graves dolores o que tienen el alma oprimida por pensamientos penosos. Siempre ha sido mi opinión, contra el parecer de muchos, e incluso de Étienne de La Boétie, que aquellos a quienes vemos así trastornados y adormecidos en las cercanías de su fin, o aplastados por la duración del mal, o por accidente de una apoplejía o de epilepsia,
(«a menudo, forzado por el mal, ante nuestros ojos, alguien cae como por el golpe de un rayo, echa espuma, gime, tiembla en sus miembros, delira, tensa los nervios, se retuerce, jadea, y agota inconstantemente sus miembros sacudiéndolos»)
o heridos en la cabeza, a quienes oímos mascullar y lanzar a veces suspiros desgarradores, aunque extraemos de ello algunos signos por los cuales parece que aún les queda algo de conocimiento, y algunos movimientos que les vemos hacer con el cuerpo: siempre he pensado, digo, que tenían tanto el alma como el cuerpo sepultados y dormidos.
«Vive, y no es consciente de su propia vida». Y no podía creer que con un aturdimiento tan grande de miembros y un desfallecimiento tan grande de sentidos, el alma pudiese mantener alguna fuerza en su interior para reconocerse: y que por tanto no tuviesen ningún razonamiento que los atormentase, ni que pudiese hacerles juzgar y sentir la miseria de su condición, y que en consecuencia no fuesen muy de compadecer. No imagino para mí ningún estado tan insoportable y horrible como tener el alma viva y afligida, sin medio de declararse. Como diría de aquellos a quienes envían al suplicio después de haberles cortado la lengua: salvo que en esa clase de muerte, la más muda me parece la más conveniente, si va acompañada de un rostro firme y grave. Y como esos miserables prisioneros que caen en manos de los viles verdugos soldados de este tiempo, por los cuales son atormentados con toda especie de trato cruel para obligarlos a algún rescate excesivo e imposible, mantenidos sin embargo en condición y en lugar donde no tienen medio alguno de expresión ni de manifestación de sus pensamientos y de su miseria. Los poetas han imaginado algunos dioses favorables a la liberación de aquellos que arrastraban así una muerte lánguida:
«A este lo llevo consagrado a Dite por orden, y te libero de ese cuerpo».
Y las palabras y respuestas cortas y descosidas que se les arrancan a veces a fuerza de gritar en torno a sus oídos y de atosigarios, o los movimientos que parecen tener algún consentimiento con lo que se les pregunta, no son testimonio de que vivan sin embargo, al menos de una vida entera. Nos sucede así en el balbuceo del sueño, antes de que se apodere del todo de nosotros, sentir como en sueños lo que ocurre a nuestro alrededor, y seguir las voces con un oído turbio e incierto, que parece tocar solo los bordes del alma: y damos respuestas siguiendo las últimas palabras que nos han dicho, que tienen más de fortuna que de sentido. Ahora bien, en el presente, que lo he experimentado de hecho, no tengo ninguna duda de que he juzgado bien hasta esta hora. Pues en primer lugar, estando del todo desvanecido, me esforzaba por entreabrir mi jubón con las uñas, pues estaba desarmado, y sin embargo sé que no sentía en mi imaginación nada que me hiriese. Pues hay varios movimientos en nosotros que no parten de nuestro mando.
«Los dedos, medio muertos, se agitan y empuñan de nuevo el hierro». Los que caen extienden así los brazos ante su caída, por un impulso natural que hace que nuestros miembros se presten a funciones y tengan agitaciones aparte de nuestro razonamiento:
«Cuentan que los carros armados de guadañas cortan los miembros, de modo que lo que cae cortado parece temblar en tierra separado de los miembros, aunque sin embargo la mente y la fuerza vital del hombre, por la rapidez del mal, no puede sentir el dolor».
Tenía mi estómago oprimido por esa sangre coagulada, mis manos acudían allí por sí mismas, como hacen a menudo donde nos pica, contra el dictamen de nuestra voluntad. Hay varios animales, e incluso hombres, después de que han fallecido, en quienes se ve contraerse y mover los músculos. Cada uno sabe por experiencia que tiene partes que se mueven, se levantan y se acuestan a menudo sin su permiso. Ahora bien, estas pasiones que no nos tocan sino por la corteza no se pueden llamar nuestras. Para hacerlas nuestras, es preciso que el hombre esté comprometido en ellas por entero: y los dolores que el pie o la mano sienten mientras dormimos no son nuestros. Cuando me acercaba a mi casa, adonde la alarma de mi caída ya había corrido, y los de mi familia me habían encontrado con los gritos acostumbrados en tales casos: no solo respondía alguna palabra a lo que se me preguntaba, sino que además dicen que se me ocurrió mandar que le diesen un caballo a mi mujer, a la que veía enredarse y fatigarse en el camino, que es montañoso y difícil. Parece que esta consideración debía partir de un alma despierta; sin embargo, yo no estaba allí en absoluto: eran pensamientos vanos en las nubes, que eran movidos por los sentidos de los ojos y de los oídos: no venían de mi interior. No sabía sin embargo ni de dónde venía ni adónde iba, ni podía sopesar y considerar lo que se me preguntaba: son efectos ligeros que los sentidos producían por sí mismos, como por costumbre: lo que el alma prestaba a ello era en sueños, tocada muy ligeramente, y como solo lamida y rociada por la blanda impresión de los sentidos. Entretanto mi disposición era en verdad muy dulce y apacible: no tenía aflicción ni por los demás ni por mí: era un languor y una extrema debilidad, sin ningún dolor. Vi mi casa sin reconocerla. Cuando me hubieron acostado, sentí una dulzura infinita en ese reposo: pues había sido vilmente zarandeado por esas pobres gentes que habían tomado el trabajo de llevarme en sus brazos por un camino largo y muy malo, y se habían cansado dos o tres veces unos tras otros. Me presentaron muchos remedios, de los cuales no recibí ninguno, teniendo por seguro que estaba herido de muerte en la cabeza. Habría sido, sin mentir, una muerte muy dichosa: pues la debilidad de mi razonamiento me impedía juzgar nada de ello, y la del cuerpo sentir nada. Me dejaba deslizar tan dulcemente, y de una manera tan suave y tan fácil, que apenas siento ninguna otra acción menos pesada que aquella era.
Cuando volví a vivir y a recobrar mis fuerzas.
Cuando por fin recuperé el conocimiento, lo cual fue dos o tres horas después, me sentí de golpe volver a caer en dolores, teniendo los miembros todos molidos y magullados por mi caída, y estuve tan mal dos o tres noches después que creí morir otra vez; pero de una muerte más viva, y aún siento la sacudida de aquella magulladura. No quiero olvidar esto: que lo último que pude recuperar fue el recuerdo de aquel accidente; y me hice repetir varias veces adónde iba, de dónde venía, a qué hora me había ocurrido aquello, antes de poder concebirlo. En cuanto a la forma de mi caída, me la ocultaban, para proteger a quien había sido la causa, y me inventaban otras. Pero mucho tiempo después, y al día siguiente, cuando mi memoria empezó a abrirse y a representarme el estado en que me había encontrado en el instante en que percibí aquel caballo cayendo sobre mí (pues lo había visto a mis talones y me di por muerto; pero este pensamiento había sido tan súbito que el miedo no tuvo ocasión de engendrarse), me pareció que era un relámpago que golpeaba mi alma con una sacudida, y que regresaba del otro mundo. Este relato de un suceso tan leve es bastante vano, si no fuera por la enseñanza que he sacado de él para mí; pues en verdad, para familiarizarse con la muerte, encuentro que solo hace falta acercarse a ella.
Ahora bien, como dice Plinio, cada uno es para sí mismo una muy buena disciplina, con tal de que tenga la capacidad de espiarse de cerca. No es esta mi doctrina, es mi estudio; y no es la lección de otro, es la mía. Y no se me debe reprochar, sin embargo, si la comunico. Lo que me sirve puede también por casualidad servir a otro. Por lo demás, no estropeo nada, solo uso lo mío. Y si hago el tonto, es a mis expensas y sin perjuicio de nadie; pues es una tontería que muere en mí, que no tiene consecuencias. Solo tenemos noticias de dos o tres antiguos que hayan recorrido este camino, y ni siquiera podemos decir si es del todo de la misma manera que esta, pues solo conocemos los nombres. Ninguno después se ha lanzado sobre sus huellas. Es una empresa espinosa, y más de lo que parece, seguir un rumbo tan vagabundo como el de nuestro espíritu; penetrar las profundidades opacas de sus pliegues internos; elegir y fijar tantos pequeños aires de sus agitaciones. Y es una ocupación nueva y extraordinaria que nos retira de las ocupaciones comunes del mundo, sí, y de las más recomendadas. Hace varios años que solo tengo a mí mismo como blanco de mis pensamientos, que solo me controlo y estudio a mí.
Y si estudio otra cosa, es para aplicarla enseguida sobre mí, o en mí, mejor dicho. Y no me parece que yerre si, como se hace con las otras ciencias, sin comparación menos útiles, comparto lo que he aprendido en esta; aunque no estoy muy contento del progreso que he hecho en ella. No hay descripción comparable en dificultad a la descripción de uno mismo, ni ciertamente en utilidad. Aún hay que acicalarse, aún hay que ordenarse y arreglarse para salir en público. Ahora bien, yo me arreglo sin cesar, pues me describo sin cesar.
La costumbre ha hecho del hablar de sí mismo algo vicioso y lo prohíbe obstinadamente por odio a la vanagloria, que parece estar siempre adherida a los testimonios propios. En lugar de limpiarle la nariz al niño, eso se llama arrancársela.
«La huida del defecto conduce al vicio». Encuentro más mal que bien en este remedio. Pero aun cuando fuera cierto que es necesariamente presunción entretener al público hablando de uno mismo, no debo, siguiendo mi designio general, rechazar una acción que publica esta cualidad enfermiza, puesto que está en mí; y no debo ocultar este defecto que no solo tengo en uso, sino en profesión. Sin embargo, por decir lo que creo, esta costumbre se equivoca al condenar el vino porque muchos se emborrachan con él. Solo se puede abusar de las cosas que son buenas. Y creo que esta regla solo se refiere a la deficiencia popular. Son bridas para becerros, con las cuales ni los santos, a quienes oímos hablar tan altamente de sí mismos, ni los filósofos, ni los teólogos se enfrenan. Ni yo tampoco, aunque sea tan poco lo uno como lo otro. Si no escriben expresamente sobre ello, al menos, cuando la ocasión los lleva a ello, no vacilan en lanzarse bien lejos sobre el camino. ¿De qué trata Sócrates más largamente que de sí mismo? ¿Adónde dirige más a menudo las conversaciones de sus discípulos que a hablar de ellos, no de la lección de su libro, sino del ser y movimiento de su alma? Nos confesamos religiosamente a Dios y a nuestro confesor, como nuestros vecinos a todo el pueblo.
Pero solo decimos, se me responderá, las acusaciones. Decimos, pues, todo; pues nuestra virtud misma es culpable y arrepentible. Mi oficio y mi arte es vivir. Quien me prohíbe hablar de ello según mi sentido, experiencia y uso, que ordene al arquitecto hablar de edificios no según sí mismo, sino según su vecino, según la ciencia de otro, no según la suya. Si es gloria publicar por uno mismo sus valores, ¿por qué no pone Cicerón por delante la elocuencia de Hortensio, Hortensio la de Cicerón? Quizá entienden que yo debo testimoniar de mí por obras y hechos, no puramente por palabras. Yo pinto principalmente mis pensamientos, asunto informe que no puede caer en producción de obras. A duras penas puedo plasmarlo en este cuerpo aéreo de la voz. Los hombres más sabios y los más devotos han vivido huyendo de todos los efectos aparentes. Los efectos hablarían más de la fortuna que de mí. Testimonian su papel, no el mío, salvo conjeturalmente e inciertamente. Muestras de una exhibición particular. Yo me muestro entero: es un esqueleto donde de una mirada se ven las venas, los músculos, los tendones, cada pieza en su lugar. El efecto de la tos producía una parte; el efecto de la palidez o del latido del corazón otra, y dudosamente. No son mis gestos lo que escribo; soy yo, es mi esencia.
Sostengo que hay que ser prudente al evaluarse a sí mismo, e igualmente concienzudo al testimoniar de ello: sea bajo, sea alto, indiferentemente. Si me pareciera bueno y sabio del todo, lo proclamaría a plena voz. Decir menos de sí de lo que hay es tontería, no modestia; pagarse menos de lo que se vale es cobardía y pusilanimidad según Aristóteles. Ninguna virtud se ayuda de la falsedad, y la verdad nunca es materia de error. Decir de sí más de lo que hay no es siempre presunción, es también a menudo tontería. Complacerse desmesuradamente en lo que se es, caer en amor de sí indiscreto, es a mi parecer la sustancia de este vicio. El supremo remedio para curarlo es hacer todo lo contrario de lo que estos ordenan, quienes al prohibir hablar de sí, prohíben por consiguiente aún más pensar en sí. El orgullo reside en el pensamiento: la lengua no puede tener en ello más que una parte muy ligera. Ocuparse de sí, les parece que es complacerse en sí; frecuentarse y tratarse a sí mismo, que es quererse demasiado. Pero este exceso nace solamente en quienes se examinan solo superficialmente, que se ven después de sus asuntos, que llaman ensoñación y ociosidad el ocuparse de sí, y arreglarse y construirse, hacer castillos en España, estimándose cosa tercera y extraña a sí mismos.
Si alguien se embriaga de su ciencia, mirando debajo de sí, que vuelva los ojos hacia arriba, hacia los siglos pasados, bajará los cuernos, encontrando tantos millares de espíritus que lo pisotean. Si entra en alguna halagüeña presunción de su valentía, que recuerde las vidas de Escipión, de Epaminondas, de tantos ejércitos, de tantos pueblos que lo dejan tan lejos detrás de ellos. Ninguna cualidad particular enorgullecerá a aquel que ponga al mismo tiempo en cuenta tantas imperfectas y débiles cualidades otras que hay en él, y al final, la nihilidad de la condición humana. Porque Sócrates había mordido solo verdaderamente el precepto de su dios, de conocerse a sí mismo, y por ese estudio había llegado a despreciarse, fue estimado el único digno del nombre de sabio. Quien se conozca así, que se dé valientemente a conocer por su boca.
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