Clasicalia
InicioEnsayos, libro IICapítulo 37
37 / 37

Capítulo 37Del parecido de los hijos con los padres

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 59 min de lectura

Este amontonamiento de tantas piezas diversas se hace con esta condición: que solo le pongo mano cuando una demasiado relajada ociosidad me apremia, y no en otro sitio que en mi casa. Así pues, se ha construido en diversas pausas e intervalos, según las circunstancias me retienen en otros lugares a veces durante varios meses. Por lo demás, no corrijo mis primeras ideas con las segundas, quizá sí alguna palabra, pero para diversificar, no para suprimir. Quiero representar el progreso de mis estados de ánimo, y que se vea cada pieza en su nacimiento. Me gustaría haber empezado antes, y poder reconocer el curso de mis cambios. Un criado que me servía escribiéndolas bajo mi dictado, pensó hacer un gran botín robándome varias piezas escogidas a su gusto. Me consuela que él no sacará más ganancia de lo que yo he tenido de pérdida. He envejecido siete u ocho años desde que empecé. No ha sido sin alguna nueva adquisición. He practicado el cólico, por la liberalidad de los años: su trato y larga conversación no pasan fácilmente sin algún fruto semejante. Desearía que de muchos otros regalos que tienen para hacer a quienes los frecuentan largo tiempo, hubieran escogido alguno que me fuera más aceptable; pues no habrían podido hacerme ninguno que hubiera tenido en mayor horror desde mi infancia. Era precisamente, de todos los accidentes de la vejez, el que yo más temía. Había pensado muchas veces para mí que iba demasiado lejos, y que al hacer un camino tan largo, no dejaría de tropezarme al final con algún desagradable encuentro. Sentía y declaraba suficientemente que era hora de partir, y que había que cortar la vida por lo sano y en plena salud, siguiendo la regla de los cirujanos cuando tienen que amputar algún miembro. Que a aquel que no la devolvía a tiempo, la Naturaleza acostumbraba hacerle pagar intereses muy duros. Tan lejos estaba de estar preparado entonces, que en dieciocho meses aproximadamente que llevo en este desagradable estado, ya he aprendido a acomodarme a él. Ya estoy entrando en composición con esta vida coliquosa; encuentro en ella motivos para consolarme y para esperar. Hasta tal punto están los hombres encariñados con su ser miserable, que no hay condición tan dura que no acepten para conservarse en ella. Escucha a Mecenas:

Debilítame la mano, debilítame el pie, la cadera, sacude mis dientes flojos: mientras queda vida, todo está bien.

Y Tamerlán encubría con una tonta humanidad la crueldad fantástica que ejercía contra los leprosos, haciendo matar a cuantos llegaban a su conocimiento, para, decía, liberarlos de la vida tan penosa que vivían. Pues no había ninguno de ellos que no hubiera preferido ser tres veces leproso antes que no serlo. Y Antístenes el estoico, estando muy enfermo y gritando: «¿Quién me librará de estos males?», Diógenes, que había ido a verlo, presentándole un cuchillo: «Este, si quieres, muy pronto». «No digo de la vida —replicó—, digo de los males». Los sufrimientos que me tocan simplemente el alma me afligen mucho menos de lo que afligen a la mayoría de los demás hombres: en parte por juicio, pues el mundo estima muchas cosas horribles o evitables a costa de la vida, que para mí son más o menos indiferentes; en parte, por una complexión estúpida e insensible que tengo ante los accidentes que no me atacan de frente, complexión que estimo una de las mejores piezas de mi condición natural. Pero los sufrimientos verdaderamente esenciales y corporales, esos los saboreo bien vivamente. Sin embargo, previéndolos antaño con una mirada débil, delicada y ablandada por el disfrute de esa larga y feliz salud y reposo que Dios me prestó la mejor parte de mi edad, los había concebido por la imaginación tan insoportables, que en verdad había tenido más miedo de ellos que mal he encontrado en realidad.

Por lo cual refuerzo siempre esta creencia: que la mayoría de las facultades de nuestra alma, tal como las empleamos, perturban más el reposo de la vida que le sirven. Estoy a brazos con la peor de todas las enfermedades, la más súbita, la más dolorosa, la más mortal y la más irremediable. Ya he sufrido cinco o seis accesos bien largos y penosos; no obstante, o me hago ilusiones, o todavía hay en este estado motivo para sostenerse, para quien tiene el alma descargada del miedo a la muerte, y descargada de las amenazas, conclusiones y consecuencias con que la medicina nos llena la cabeza. Pero el efecto mismo del dolor no tiene esa acritud tan áspera y punzante como para que un hombre sensato deba caer en la rabia y la desesperación. Tengo al menos este provecho del cólico: que lo que aún no había podido lograr en mí mismo para conciliarme del todo y familiarizarme con la muerte, ella lo completará; pues cuanto más me oprima e importune, tanto menos temible me será la muerte. Ya había ganado esto: no aferrarme a la vida sino por la vida solamente; ella desatará aún más esta conexión. Y quiera Dios que al final, si su aspereza llega a superar mis fuerzas, no me arroje al otro extremo no menos vicioso, de amar y desear morir.

No temas ni desees el día supremo. Son dos pasiones que hay que temer, pero una tiene su remedio mucho más a mano que la otra. Por lo demás, siempre he encontrado ceremonioso ese precepto que ordena tan exactamente mantener buen semblante y un porte desdeñoso y sosegado al sufrir los males. ¿Por qué la filosofía, que solo mira lo vivo y los efectos, se va a entretener con esas apariencias externas? Que deje ese cuidado a los comediantes y maestros de retórica, que tanto caso hacen de nuestros gestos. Que conceda sin recelo al mal esa debilidad vocal, si no es ni cordial ni estomacal, y preste sus quejas voluntarias al género de suspiros, sollozos, palpitaciones, palideces, que la Naturaleza ha puesto fuera de nuestro poder. Con tal que el ánimo esté sin temor, las palabras sin desesperación, que se contente con eso. ¿Qué importa que retorzamos los brazos, con tal que no retorzamos nuestros pensamientos? Ella nos forma para nosotros, no para los demás; para ser, no para parecer. Que se ocupe de gobernar nuestro entendimiento, que ha tomado a su cargo instruir. Que en los esfuerzos del cólico mantenga el alma capaz de reconocerse, de seguir su marcha acostumbrada: combatiendo el dolor y resistiéndolo, no prosternándose vergonzosamente a sus pies; conmovida y acalorada por el combate, no abatida y derribada; capaz de conversación y de otra ocupación, hasta cierta medida.

En accidentes tan extremos, es crueldad exigirnos una actitud tan compuesta. Si tenemos buen juego, poco importa que tengamos mala cara. Si el cuerpo se alivia quejándose, que lo haga; si la agitación le place, que dé vueltas y se agite a su fantasía; si le parece que el mal se evapora en algo (como algunos médicos dicen que eso ayuda a la liberación de las mujeres embarazadas) al expulsar la voz con más violencia, o si eso distrae su tormento, que grite del todo. No ordenemos a esta voz que vaya, sino permitámosle hacerlo. Epicuro no solo perdona a su sabio que grite en los tormentos, sino que se lo aconseja. «Incluso los púgiles, cuando golpean, gimen al lanzar los golpes, porque expulsando la voz todo el cuerpo se tensa y el golpe es más vehemente». Tenemos suficiente trabajo con el mal, sin trabajarnos con estas reglas superfluas. Esto lo digo para excusar a aquellos a quienes se ve ordinariamente agitarse en las sacudidas y asaltos de esta enfermedad; pues yo la he pasado hasta ahora con una compostura un poco mejor, y me contento con gemir sin gritar. No porque me tome la pena de mantener esa decencia exterior, pues hago poco caso de tal ventaja. Le concedo en eso al mal cuanto quiere; pero o mis dolores no son tan excesivos, o aporto más firmeza que lo común. Me quejo, me desespero, cuando las agudas punzadas me oprimen, pero no llego a la desesperación, como aquel:

Con aullidos, lamentos, gemidos, bramidos, resonando lanza muchas voces lastimosas.

Me tanteo en lo más espeso del mal, y siempre he encontrado que era capaz de hablar, de pensar, de responder tan sanamente como en cualquier otra hora, pero no tan constantemente, pues el dolor me turba y me distrae. Cuando me tienen por más abatido, y los asistentes me ahorran palabras, pruebo a menudo mis fuerzas y les inicio yo mismo conversaciones muy alejadas de mi estado. Puedo todo mediante un esfuerzo súbito, pero quitadle la duración. ¡Ay, si no tuviera la facultad de aquel soñador de Cicerón que, soñando que abrazaba a una moza, encontró que había expulsado su piedra entre sus sábanas! Las mías me desmocean extrañamente. En los intervalos de ese dolor excesivo, cuando mis uréteres languidecen sin roerme, vuelvo enseguida a mi forma ordinaria, en tanto que mi alma no toma otra alarma que la sensible y corporal. Lo cual debo ciertamente al cuidado que he tenido de prepararme mediante el razonamiento para tales accidentes:

Ninguna nueva faz de trabajos surge ahora inesperada para mí; todo lo he previsto y ya lo he procesado antes en mi alma.

He sido puesto a prueba, sin embargo, de manera bastante ruda para un aprendiz, y con un cambio muy súbito y muy duro: al haber caído de golpe de una condición de vida muy dulce y muy dichosa a la más dolorosa y penosa que pueda imaginarse. Pues además de que se trata de una enfermedad muy temible en sí misma, hace en mí sus comienzos mucho más ásperos y difíciles de lo que acostumbra. Los accesos me sobrevienen tan a menudo que apenas siento ya salud completa: mantengo no obstante, hasta esta hora, mi espíritu en tal disposición que, con tal de que pueda aportar constancia, me encuentro en una condición de vida bastante mejor que la de otros mil que no tienen ni fiebre ni mal salvo el que se dan ellos mismos por la falta de su razonamiento.

Existe cierta forma de humildad sutil que nace de la presunción: como esta: que reconocemos nuestra ignorancia en muchas cosas y somos tan corteses de admitir que hay en las obras de la Naturaleza algunas cualidades y condiciones que nos son imperceptibles, y de las cuales nuestra suficiencia no puede descubrir los medios y las causas. Por esta declaración honesta y concienzuda esperamos ganarnos que se nos crea también en aquellas que decimos entender. No tenemos por qué ir a buscar milagros y dificultades extrañas: me parece que entre las cosas que vemos ordinariamente hay extrañezas tan incomprensibles que sobrepasan toda la dificultad de los milagros. ¡Qué monstruo es esta gota de semilla de la que somos producidos, que porta en sí las huellas no solo de la forma corporal, sino también de los pensamientos y las inclinaciones de nuestros padres! Esta gota de agua, ¿dónde aloja ese número infinito de formas? ¿Y cómo portan estas semejanzas de un avance tan temerario y tan desordenado que el bisnieto responderá a su tatarabuelo, el sobrino al tío? En la familia de Lépido en Roma hubo tres, no seguidos sino con intervalos, que nacieron con un mismo ojo cubierto de cartílago. En Tebas había una raza que portaba desde el vientre de la madre la forma de una punta de lanza, y quien no la portaba era tenido por ilegítimo. Aristóteles dice que en cierta nación donde las mujeres eran comunes, se asignaban los hijos a sus padres por el parecido.

Es de creer que debo a mi padre esta cualidad pétrea: pues murió maravillosamente afligido por una gruesa piedra que tenía en la vejiga. No se percató de su mal sino a los sesenta y siete años de edad, y antes de eso no había tenido ninguna amenaza ni sensación de él en los riñones, en los costados ni en ningún otro lugar: y había vivido hasta entonces en una salud feliz y muy poco sujeta a enfermedades, y duró aún siete años con este mal, arrastrando un final de vida muy doloroso. Yo había nacido veinticinco años y más antes de su enfermedad, y durante el curso de su mejor estado, el tercero de sus hijos por orden de nacimiento. ¿Dónde se incubaba tanto tiempo la propensión a este defecto? Y cuando él estaba tan lejos del mal, esta ligera pieza de su sustancia con que me construyó, ¿cómo portaba por su parte una huella tan grande? ¿Y cómo aún tan oculta que cuarenta y cinco años después haya yo empezado a sentirla? Solo hasta esta hora, entre tantos hermanos y hermanas, y todos de una misma madre. Quien me aclare este avance, le creeré cuantos otros milagros quiera: con tal de que, como ellos hacen, no me dé en pago una doctrina mucho más difícil y fantástica que la cosa misma.

Que los médicos excusen un poco mi libertad: pues por esta misma infusión e insinuación fatal he recibido el odio y el menosprecio de su doctrina. Esta antipatía que tengo hacia su arte me es hereditaria. Mi padre vivió setenta y cuatro años, mi abuelo sesenta y nueve, mi bisabuelo cerca de ochenta, sin haber probado ninguna clase de medicina. Y entre ellos, todo lo que no fuera del uso ordinario tenía lugar de droga. La medicina se forma con ejemplos y experiencia: así hace mi opinión también. He aquí una experiencia bien expresa y bien ventajosa. No sé si me encontrarán tres en sus registros, nacidos, criados y fallecidos bajo el mismo hogar, el mismo techo, habiendo vivido tanto bajo su conducta. Tienen que admitirme en esto que, si no es la razón, al menos la Fortuna está de mi parte; y entre los médicos, la Fortuna vale bastante más que la razón. Que no me tomen ahora en su ventaja, que no me amenacen derribado como estoy: sería superchería. Además, a decir verdad, he ganado bastante sobre ellos con mis ejemplos domésticos, aunque se detengan ahí. Las cosas humanas no tienen tanta constancia: hace doscientos años, no faltan sino dieciocho, que este ensayo nos dura: pues el primero nació el año mil cuatrocientos dos. Es verdaderamente con razón que esta experiencia comienza a fallarnos. Que no me reprochen los males que me tienen ahora en la garganta: haber vivido sano cuarenta y siete años por mi parte, ¿no es bastante? Aunque sea el final de mi carrera, es de las más largas.

Mis ancestros tenían la medicina a contrapelo por alguna inclinación oculta y natural, pues la sola vista de las drogas causaba horror a mi padre. El señor de Gauiac, mi tío paterno, hombre de Iglesia, enfermizo desde su nacimiento, y que sin embargo hizo durar esta vida débil hasta los sesenta y siete años, habiendo caído una vez en una gruesa y vehemente fiebre continua, los médicos le ordenaron que se le declarase que, si no quería ayudarse (ellos llaman socorro a lo que más a menudo es impedimento), estaba infaliblemente muerto. Este buen hombre, por muy asustado que estuviese con esta horrible sentencia, respondió: «Entonces estoy muerto»; pero Dios anuló poco después este pronóstico. El último de los hermanos —eran cuatro—, el señor de Bussaguet, y con mucho el último, se sometió solo a este arte por el comercio, creo yo, que tenía con las otras artes: pues era consejero en la corte del parlamento, y le fue tan mal que, siendo en apariencia de más fuerte complexión, murió sin embargo mucho tiempo antes que los otros, salvo uno, el señor de Saint Michel.

Es posible que haya recibido de ellos esta antipatía natural a la medicina: pero si solo hubiese habido esta consideración, habría intentado forzarla. Pues todas estas condiciones que nacen en nosotros sin razón son viciosas: es una especie de enfermedad que hay que combatir. Puede ser que tuviera esta propensión, pero la he apoyado y fortalecido con los razonamientos que me han establecido la opinión que tengo de ella. Pues odio también esta consideración de rechazar la medicina por la amargura de su sabor. No sería fácilmente mi humor, que encuentra la salud digna de ser rescatada con todos los cauterios e incisiones más penosos que se hagan. Y siguiendo a Epicuro, los placeres me parecen dignos de evitarse si traen consigo dolores más grandes, y los dolores dignos de buscarse si traen consigo placeres más grandes. Es algo precioso la salud, y la única que merece en verdad que empleemos en ella no solo el tiempo, el sudor, la pena, los bienes, sino incluso la vida en su búsqueda; tanto más cuanto que sin ella la vida viene a sernos penosa. El placer, la sabiduría, la ciencia y la virtud, sin ella se empañan y se desvanecen. Y a los discursos más firmes y tensos que la filosofía quiera imprimirnos en contra, no tenemos sino que oponer la imagen de Platón atacado por el mal caduco o por una apoplejía: y en esta presuposición desafiarlo a llamar en su socorro las ricas facultades de su alma.

Todo camino que nos conduzca a la salud no puede decirse para mí ni áspero ni costoso. Pero tengo algunas otras apariencias que me hacen desconfiar extraordinariamente de toda esta mercancía. No digo que no pueda haber algún arte: que no haya entre tantas obras de la Naturaleza cosas propias para la conservación de nuestra salud, eso es cierto. Entiendo bien que hay algún simple que humedece, algún otro que seca: sé por experiencia que los rábanos producen vientos y que las hojas de sen sueltan el vientre: sé muchas experiencias de este tipo: como sé que el cordero me nutre y que el vino me calienta. Y decía Solón que el comer era, como las otras drogas, una medicina contra la enfermedad del hambre. No desapruebo el uso que sacamos del mundo, ni dudo del poder y la fertilidad de la Naturaleza, y de su aplicación a nuestra necesidad. Veo bien que los lucios y las golondrinas se encuentran bien con ella. Desconfío de las invenciones de nuestro espíritu, de nuestra ciencia y arte: en favor de los cuales la hemos abandonado, y sus reglas, y en los cuales no sabemos mantener moderación ni límite. Como llamamos justicia al amasijo de las primeras leyes que nos caen en la mano, y su dispensación y práctica, muy inepta a menudo y muy inicua.

Y como aquellos que se burlan de ella y que la acusan no pretenden sin embargo injuriar esta noble virtud, sino solo condenar el abuso y la profanación de este título sagrado. De la misma manera, en la medicina honro bien este glorioso nombre, su proposición, su promesa, tan útil al género humano: pero lo que designa entre nosotros no lo honro ni lo estimo.

En primer lugar, la experiencia me la hace temer, pues de lo que tengo conocimiento no veo ninguna raza de gentes tan pronto enferma y tan tarde curada como la que está bajo la jurisdicción de la medicina. Su salud misma está alterada y corrompida por la obligación de los regímenes. Los médicos no se contentan con tener la enfermedad en gobierno, vuelven la salud enferma para impedir que en cualquier temporada se escape de su autoridad. De una salud constante y entera, ¿no sacan el argumento de una gran enfermedad futura? He estado bastante a menudo enfermo: he encontrado, sin sus socorros, mis enfermedades tan suaves de soportar (y he probado casi de todas clases) y tan cortas como cualquier otro; y no he mezclado en ellas la amargura de sus ordenanzas. La salud la tengo libre y entera, sin regla y sin otra disciplina que la de mi costumbre y mi placer. Todo lugar me es bueno para detenerme: pues no necesito otras comodidades estando enfermo que las que necesito estando sano. No me apasiona estar sin médico, sin boticario y sin socorro, de lo cual veo a la mayor parte más afligidos que del mal. ¿Qué? ¿Ellos mismos nos hacen ver dicha y duración en su vida que pueda testimoniarnos algún efecto aparente de su ciencia? No hay nación que no haya estado varios siglos sin la medicina, y los primeros siglos, es decir, los mejores y los más felices, y del mundo la décima parte no se sirve de ella aún en esta hora.

Infinitas naciones no la conocen, donde se vive más sanamente y más largamente que aquí; y entre nosotros, el pueblo común se pasa felizmente sin ella. Los romanos habían estado seiscientos años antes de recibirla: pero después de haberla probado, la expulsaron de su ciudad por intercesión de Catón el Censor, quien mostró cuán fácilmente se podía pasar sin ella, habiendo vivido ochenta y cinco años y hecho vivir a su mujer hasta la extrema vejez, no sin medicina, pero sí sin médico, pues toda cosa que se encuentra saludable para nuestra vida puede llamarse medicina. Mantenía, dice Plutarco, a su familia en salud con el uso, me parece, de la liebre. Como los arcadios, dice Plinio, curan todas las enfermedades con leche de vaca. Y los libios, dice Heródoto, gozan popularmente de una rara salud por esta costumbre que tienen, después de que sus hijos han alcanzado cuatro años, de cauterizarles y quemarles las venas de la cabeza y las sienes: con lo cual cortan el camino durante su vida a toda defluxión de reuma. Y la gente de pueblo de este país, para todos los accidentes no emplea sino el vino más fuerte que pueden, mezclado con mucho azafrán y especias, todo ello con una fortuna pareja.

Y a decir verdad, de toda esta diversidad y confusión de ordenanzas, ¿qué otro fin y efecto hay después de todo sino vaciar el vientre? Lo que mil simples domésticos pueden hacer. Y no sé si es tan útilmente como dicen, y si nuestra naturaleza no tiene necesidad de la residencia de sus excrementos hasta cierta medida, como el vino tiene de su poso para su conservación. Se ve a menudo a hombres sanos caer en vómitos o flujos de vientre por accidente extraño, y hacer un gran vaciado de excrementos sin ninguna necesidad precedente y sin ninguna utilidad subsiguiente, incluso con empeoramiento y daño. Es del gran Platón que aprendí hace poco que, de tres clases de movimientos que nos pertenecen, el último y el peor es el de las purgaciones: que ningún hombre, si no es loco, debe emprender sino en extrema necesidad. Se va turbando y despertando el mal con oposiciones contrarias. Tiene que ser la forma de vivir la que dulcemente lo ablande y lo reconduzca a su fin. Los violentos zarpazos de la droga y del mal son siempre para nuestra pérdida, puesto que la querella se dirime dentro de nosotros, y la droga es un socorro poco fiable, por su naturaleza enemigo de nuestra salud, y que no tiene acceso a nuestro estado sino por el trastorno. Dejemos un poco hacer. El orden que provee a las pulgas y a los topos provee también a los hombres que tienen la misma paciencia de dejarse gobernar que las pulgas y los topos. Por más que gritemos bihore: es bueno para enronquecernos, pero no para adelantarlo. Es un orden soberbio y despiadado. Nuestro miedo, nuestra desesperación, lo disgustan y retardan de nuestra ayuda, en lugar de atraerlo a ella. Debe al mal su curso, como a la salud. Dejarse corromper en favor del uno en perjuicio de los derechos del otro, no lo hará: caería en desorden. Sigamos, por Dios, sigamos. Él guía a quienes siguen; a quienes no lo siguen, los arrastra, y su rabia y su medicina juntamente. Haced ordenar una purgación a vuestro cerebro. Estará mejor empleada ahí que en vuestro estómago.

Se le preguntó a un lacedemonio qué le había hecho vivir sano tanto tiempo: «La ignorancia de la medicina», respondió. Y el emperador Adriano gritaba sin cesar al morir que la turba de médicos lo había matado. Un mal luchador se hizo médico. «Ánimo», le dijo Diógenes, «tienes razón, ahora pondrás bajo tierra a quienes te pusieron ahí en otro tiempo». Pero tienen esta suerte, según Nicocles, que el sol ilumina sus éxitos y la tierra oculta sus faltas.

Y además tienen una forma muy ventajosa de servirse de toda clase de sucesos, pues lo que la Fortuna, lo que la Naturaleza o cualquier otra causa extraña, de las cuales el número es infinito, produce en nosotros de bueno y de saludable, es el privilegio de la medicina atribuírselo. Todos los felices sucesos que le ocurren al paciente que está bajo su régimen, los tiene de ella. Las ocasiones que me han curado a mí, y que curan a otros mil que no llaman a los médicos en su socorro, ellos las usurpan en sus sujetos. Y en cuanto a los malos accidentes, o bien los desautorizan del todo atribuyendo la culpa al paciente por razones tan vanas que no tienen dificultad en encontrar siempre un número bastante bueno de ellas: «Ha descubierto su brazo, ha oído el ruido de un coche»:

«El paso de los carros en el estrecho recodo de las calles»:

que ha entreabierto su ventana, que se ha acostado sobre el lado izquierdo, o que le ha pasado por la cabeza algún pensamiento penoso. En suma, una palabra, un sueño, una ojeada, les parece excusa suficiente para descargarse de culpa. O, si les place, se sirven aún de ese empeoramiento, y hacen de él su negocio, por ese otro medio que nunca puede faltarles: consiste en pagarse, cuando la enfermedad se encuentra agravada por sus aplicaciones, de la seguridad que nos dan de que habría empeorado mucho más sin sus remedios. Aquel a quien han arrojado de un resfriado a una fiebre cotidiana, habría tenido sin ellos la continua. Se guardan bien de hacer mal sus faenas, puesto que el daño les viene a provecho. Verdaderamente tienen razón al requerir del enfermo una aplicación de creencia favorable: debe serla en verdad muy sinceramente, y bien flexible, para aplicarse a imaginaciones tan difíciles de creer. Platón decía bien a propósito que solo a los médicos correspondía mentir con toda libertad, puesto que nuestra salud depende de la vanidad y falsedad de sus promesas. Esopo, autor de rarísima excelencia, y del cual poca gente descubre todas las gracias, es placentero al representarnos esa autoridad tiránica que usurpan sobre esas pobres almas debilitadas y abatidas por el mal y el miedo, pues cuenta que un enfermo, siendo interrogado por su médico sobre qué efecto sentía de las medicinas que le había dado, respondió: «He sudado mucho». «Eso es bueno», dijo el médico. Otra vez le preguntó de nuevo cómo se había sentido desde entonces: «He tenido un frío extremo y he temblado mucho», dijo él. «Eso es bueno», prosiguió el médico. A la tercera vez, le preguntó nuevamente cómo se encontraba: «Me siento hinchar e inflar como de hidropesía», dijo. «Eso va bien», añadió el médico. Uno de sus domésticos viniendo después a preguntarle por su estado, respondió: «Ciertamente, amigo mío, a fuerza de estar bien, me muero».

Había en Egipto una ley más justa, por la cual el médico tomaba a su paciente a cargo los tres primeros días, a riesgos y fortunas del paciente, mas pasados los tres días, era a riesgos suyos propios. Pues ¿qué razón hay para que Esculapio, su patrón, haya sido fulminado por el rayo por haber devuelto a Hipólito de la muerte a la vida,

«Pues el Padre omnipotente, indignado de que algún mortal surgiera de las sombras infernales a la luz de la vida, al inventor mismo de tal medicina y arte, al hijo de Febo, lo precipitó con su rayo a las ondas estigias»:

y sus seguidores sean absueltos, ellos que envían tantas almas de la vida a la muerte? Un médico se vanagloriaba ante Nicocles de que su arte era de gran autoridad: «Verdaderamente así es», dijo Nicocles, «quien puede impunemente matar a tanta gente».

Por lo demás, si yo hubiera sido de su consejo, habría hecho mi disciplina más sagrada y misteriosa: habían empezado bastante bien, pero no acabaron del mismo modo. Fue un buen comienzo haber hecho de los dioses y los demonios autores de su ciencia, haber adoptado un lenguaje aparte, una escritura aparte. Aunque lo sienta la filosofía, que es locura aconsejar a un hombre para su provecho por manera no inteligible: «Como si un médico ordenara que tomara»

Terrestre, herbívora, que lleva su casa, sin sangre. Era una buena regla en su arte, y que acompaña a todas las artes fanáticas, vanas y sobrenaturales, que es preciso que la fe del paciente, predispuesta por la buena esperanza y la confianza, favorezca su efecto y operación. Regla que sostienen hasta tal punto que consideran que el médico más ignorante y tosco es más apropiado para aquel que tiene fe en él, que el más experimentado pero desconocido. La elección misma de la mayor parte de sus drogas tiene algo de misterioso y divino. La pata izquierda de una tortuga, la orina de un lagarto, el estiércol de un elefante, el hígado de un topo, sangre extraída bajo el ala derecha de una paloma blanca; y para nosotros, los que padecemos cólicos (tan desdeñosamente abusan de nuestra miseria), excrementos de rata pulverizados, y otras bufonadas semejantes que tienen más aspecto de encantamiento mágico que de ciencia sólida. Dejo aparte el número impar de sus píldoras, la designación de ciertos días y festividades del año, la distinción de las horas para recoger las hierbas de sus ingredientes, y ese gesto adusto y prudente de su porte y continencia del que el propio Plinio se burla. Pero han fallado, quiero decir, en que a ese hermoso comienzo no añadieron esto: hacer más religiosas y secretas sus asambleas y consultas; ningún hombre profano debería tener acceso a ellas, como tampoco a las ceremonias secretas de Esculapio.

Pues sucede que por esta falta, su irresolución, la debilidad de sus argumentos, adivinaciones y fundamentos, la aspereza de sus controversias, llenas de odio, de celos y de consideraciones particulares, al quedar al descubierto para todos, es preciso estar maravillosamente ciego para no sentirse muy expuesto entre sus manos. ¿Quién vio jamás a un médico servirse de la receta de su colega sin quitarle o añadirle algo? Con ello traicionan bastante su arte y nos hacen ver que consideran más su reputación, y en consecuencia su provecho, que el interés de sus pacientes. Aquel de sus doctores es más sabio quien les prescribió antiguamente que uno solo se encargue de tratar a un enfermo: pues si no hace nada que valga, el reproche al arte de la medicina no será muy grande por la falta de un solo hombre; y al contrario, la gloria será grande si acierta; mientras que cuando son muchos, desacreditan a cada momento el oficio, puesto que les sucede hacer mal más a menudo que bien. Deberían contentarse con el perpetuo desacuerdo que se encuentra en las opiniones de los principales maestros y autores antiguos de esta ciencia, el cual solo es conocido por los hombres versados en los libros, sin hacer ver todavía al pueblo las controversias e inconstancias de juicio que alimentan y mantienen entre ellos.

¿Queremos un ejemplo del antiguo debate de la medicina? Hierófilo ubica la causa original de las enfermedades en los humores; Erasístrato, en la sangre de las arterias; Asclepíades, en los átomos invisibles que se escurren por nuestros poros; Alcmeón, en la abundancia o el defecto de las fuerzas corporales; Diócles, en la desigualdad de los elementos del cuerpo y en la calidad del aire que respiramos; Estratón, en la abundancia, crudeza y corrupción del alimento que ingerimos; Hipócrates la ubica en los espíritus. Hay uno de sus amigos, a quien ellos conocen mejor que yo, que exclama a este propósito que la ciencia más importante que existe en nuestro uso, como aquella que tiene a su cargo nuestra conservación y salud, es por desgracia la más incierta, la más turbulenta y agitada por más cambios. No hay gran peligro de equivocarnos en la altura del sol o en el cálculo de algún cómputo astronómico; pero aquí, donde está en juego todo nuestro ser, no es sabiduría abandonarnos a merced de la agitación de tantos vientos contrarios.

Antes de la guerra del Peloponeso, no había gran noticia de esta ciencia: Hipócrates le dio crédito; todo lo que este había establecido, Crisipo lo derribó; después Erasístrato, nieto de Aristóteles, todo lo que Crisipo había escrito sobre ello. Tras estos vinieron los empíricos, que tomaron un camino completamente diferente del de los antiguos en el manejo de este arte. Cuando el crédito de estos últimos comenzó a envejecer, Herófilo puso en uso otra suerte de medicina, que Asclepíades vino a combatir y aniquilar a su vez. En su momento ganaron autoridad las opiniones de Temisón, y luego las de Musa, y más tarde las de Vexio Valente, médico famoso por la relación que tenía con Mesalina. El imperio de la medicina cayó en tiempos de Nerón en manos de Tésalo, quien abolió y condenó todo lo que se había sostenido hasta él. La doctrina de este fue abatida por Crinas de Marsella, que aportó de nuevo regular todas las operaciones medicinales por las efemérides y movimientos de los astros: comer, dormir y beber a la hora que placiera a la luna y a Mercurio. Su autoridad fue muy pronto suplantada por Carino, médico de esa misma ciudad de Marsella. Este combatía no solamente la medicina antigua, sino también el uso de los baños calientes, públicos y acostumbrados tantos siglos atrás. Hacía bañar a los hombres en agua fría, incluso en invierno, y sumergía a los enfermos en el agua natural de los arroyos. Hasta el tiempo de Plinio ningún romano se había dignado aún ejercer la medicina: la practicaban extranjeros y griegos, como entre nosotros los franceses se hace por latinistas. Pues como dice un muy grande médico, no recibimos fácilmente la medicina que entendemos, como tampoco la droga que recogemos. Si las naciones de las cuales obtenemos el guayaco, la zarzaparrilla y el palo de china tienen médicos, ¿cuánto pensamos que por esa misma recomendación de la extrañeza, la rareza y la carestía hacen fiesta de nuestras coles y de nuestro perejil? Pues ¿quién osaría menospreciar las cosas buscadas desde tan lejos, a riesgo de una peregrinación tan larga y peligrosa? Desde esas antiguas mutaciones de la medicina ha habido infinitas otras hasta nosotros; y muy a menudo mutaciones enteras y universales, como son las que producen en nuestro tiempo Paracelso, Fioravanti y Argenterio, pues no cambian solamente una receta, sino, según me dicen, toda la contextura y política del cuerpo de la medicina, acusando de ignorancia y de charlatanería a quienes la han profesado hasta ellos. Os dejo imaginar dónde queda el pobre paciente.

Si al menos estuviéramos seguros, cuando se equivocan, de que no nos perjudica si no nos beneficia, sería una composición bien razonable arriesgarse a adquirir un bien sin ponerse en peligro de pérdida. Esopo cuenta esta historia: uno que había comprado un esclavo moro, estimando que ese color le hubiera venido por accidente y mal trato de su primer amo, lo hizo medicar con varios baños y brebajes con gran esmero; sucedió que el moro no mejoró en nada su color moreno, sino que perdió por completo su salud primera. ¡Cuántas veces nos sucede ver a los médicos imputarse unos a otros la muerte de sus pacientes! Recuerdo una enfermedad popular que hubo en las villas de mi vecindad hace algunos años, mortal y muy peligrosa; pasada esa tormenta que se había llevado un número infinito de hombres, uno de los más famosos médicos de toda la comarca vino a publicar un librito sobre esta materia, por el cual se retractaba de que hubieran usado la sangría, y confiesa que es una de las causas principales del daño que había sobrevenido. Además, sus autores sostienen que no hay ninguna medicina que no tenga alguna parte nociva. Y si incluso aquellas que nos sirven nos ofenden en algo, ¿qué deben hacer las que se nos aplican completamente fuera de propósito? Por mi parte, aunque no hubiera otra cosa, estimo que para quienes odian el sabor de la medicina es un esfuerzo peligroso y perjudicial tragarla a una hora tan incómoda, con tanto disgusto; y creo que eso afecta maravillosamente al enfermo en una temporada en que tiene tanta necesidad de reposo.

Además de que, al considerar las ocasiones sobre las que fundan ordinariamente la causa de nuestras enfermedades, son tan ligeras y tan delicadas que argumento por ello que un error muy pequeño en la dispensación de sus drogas puede aportarnos mucho daño. Ahora bien, si el error del médico es peligroso, nos va muy mal, pues es muy difícil que no caiga en él a menudo: tiene necesidad de demasiadas piezas, consideraciones y circunstancias para ajustar justamente su designio. Es preciso que conozca la complexión del enfermo, su temperatura, sus humores, sus inclinaciones, sus acciones, sus pensamientos incluso e imaginaciones. Es preciso que responda por las circunstancias externas, de la naturaleza del lugar, condición del aire y del tiempo, posición de los planetas y sus influencias; que sepa en la enfermedad las causas, los signos, las afecciones, los días críticos; en la droga, el peso, la fuerza, el país, la figura, la edad, la dispensación; y es preciso que todas estas piezas las sepa proporcionar y relacionar unas con otras para engendrar de ellas una perfecta simetría. Si falla por poco que sea, si de tantos resortes hay uno solo que tire hacia la izquierda, ya es suficiente para perdernos. Dios sabe de qué dificultad es el conocimiento de la mayor parte de estas partes: pues por ejemplo, ¿cómo encontrará el signo propio de la enfermedad, siendo cada una capaz de un número infinito de signos?

¡Cuántos debates tienen entre ellos y qué dudas sobre la interpretación de las orinas! De otro modo, ¿de dónde vendría esa alteración continua que vemos entre ellos sobre el conocimiento del mal? ¿Cómo excusaremos esta falta en la que caen tan a menudo, de tomar marta por zorro? En los males que he tenido, por poca dificultad que hubiera, jamás encontré tres que estuvieran de acuerdo. Remarco más voluntariamente los ejemplos que me tocan. Recientemente en París un gentilhombre fue operado de la piedra por orden de los médicos, a quien no se le encontró piedra ni en la vejiga ni en la mano; y allí mismo un obispo que era muy amigo mío había sido instante y solicitado por la mayor parte de los médicos que convocaba a su consejo de hacerse operar: yo mismo le ayudé, bajo la fe de otros, a persuadirlo; cuando falleció y se le abrió, se encontró que solo tenía mal en los riñones. Son menos excusables en esta enfermedad, puesto que es de algún modo palpable. Es por ello que la cirugía me parece mucho más cierta, porque ve y maneja lo que hace; hay menos que conjeturar y adivinar. Mientras que los médicos no tienen ningún speculum matricis que les descubra nuestro cerebro, nuestro pulmón y nuestro hígado.

Las promesas mismas de la medicina son increíbles. Pues teniendo que proveer a diversos accidentes y contrarios que nos apresan a menudo juntos, y que tienen una relación casi necesaria, como el calor del hígado y el frío del estómago, nos van persuadiendo de que de sus ingredientes, uno calentará el estómago, otro refrescará el hígado; uno tiene a su cargo ir derecho a los riñones, incluso hasta la vejiga, sin extender en otra parte sus operaciones, y conservando sus fuerzas y su virtud en ese largo camino lleno de obstáculos hasta el lugar al servicio del cual está destinado, por su propiedad oculta; otro secará el cerebro; aquel otro humedecerá el pulmón. De todo ese amasijo, habiendo hecho una mixtura de brebaje, ¿no es una especie de ensoñación esperar que esas virtudes vayan dividiéndose y separándose de esa confusión y mezcla para correr a cargas tan diversas? Temería infinitamente que perdieran o intercambiaran sus etiquetas y turbaran sus cuarteles. Y ¿quién podría imaginar que en esa confusión líquida esas facultades no se corrompan, confundan y alteren unas a otras? ¿Y qué decir de que la ejecución de esa orden depende de otro oficial, a cuya fe y merced abandonamos una vez más nuestra vida? Así como tenemos juboneros, calceteros para vestirnos, y somos tanto mejor servidos cuanto cada uno se ocupa solo de su asunto y tiene su ciencia más restringida y más corta que un sastre que abraza todo. Y así como, para nutrirnos, los grandes, para más comodidad, tienen oficios distinguidos de soperos y asadores, de lo que un cocinero que toma a su cargo todo no puede tan exquisitamente venir a cabo. De igual modo, para curarnos, los egipcios tenían razón de rechazar ese oficio general de médico y recortar esa profesión para cada enfermedad, para cada parte del cuerpo su obrero. Pues esa parte era mucho más propiamente y menos confusamente tratada por alguien que solo miraba por ella especialmente. Los nuestros no se dan cuenta de que quien provee a todo no provee a nada; de que la política total de ese pequeño mundo les es indigesta. Mientras temen detener el curso de un disentérico para no causarle fiebre, me mataron a un amigo que valía más que todos ellos juntos. Ponen sus adivinaciones en la balanza contra los males presentes; y para no curar el cerebro en perjuicio del estómago, ofenden el estómago y empeoran el cerebro con esas drogas tumultuarias y disensivas.

En cuanto a la variedad y debilidad de las razones de este arte, es más aparente que en ningún otro arte. Las cosas aperitivas son útiles a un hombre que padece cólicos, puesto que abriendo los pasajes y dilatándolos, encaminan esa materia glutinosa de la que se forma la grava y la piedra, y conducen hacia abajo lo que empieza a endurecerse y amontonarse en los riñones. Las cosas aperitivas son peligrosas para un hombre que padece cólicos, puesto que abriendo los pasajes y dilatándolos, encaminan hacia los riñones la materia propia para formar la grava, y estos, apoderándose de ella voluntariamente por la propensión que tienen, es difícil que no retengan mucho de lo que se ha acarreado allí. Además, si por ventura se encuentra allí algún cuerpo un poco más grueso de lo necesario para pasar todos esos estrechos que quedan por franquear para expulsarlo fuera, ese cuerpo, siendo movido por esas cosas aperitivas y arrojado a esos canales estrechos, al taponarlos, encaminará a una muerte cierta y muy dolorosa. Tienen una firmeza pareja en los consejos que nos dan sobre nuestro régimen de vida: es bueno orinar a menudo, pues vemos por experiencia que dejándola estancarse le damos tiempo de descargarse de sus excrementos y de su sedimento, que servirán de materia para formar la piedra en la vejiga; es bueno no orinar a menudo, pues los pesados excrementos que arrastra consigo no se eliminarán si no hay violencia, como se ve por experiencia que un torrente que rueda con fuerza barre mucho más limpiamente el lugar por donde pasa que el curso de un arroyo suave y lento.

Igualmente, es bueno tener a menudo trato con mujeres, pues eso abre los pasajes y encamina la grava y la arena. Es también muy malo, pues calienta los riñones, los cansa y debilita. Es bueno bañarse en aguas calientes, puesto que eso relaja y ablanda los lugares donde se estanca la arena y la piedra. Malo es también, puesto que esa aplicación de calor externo ayuda a los riñones a cocer, endurecer y petrificar la materia que está dispuesta allí. Para quienes están en los baños es más salubre comer poco por la noche, a fin de que el brebaje de las aguas que han de tomar a la mañana siguiente haga más operación, encontrando el estómago vacío y no impedido. Al contrario, es mejor comer poco en la comida para no turbar la operación del agua, que aún no está completa, y no cargar el estómago tan pronto después de ese otro trabajo, y para dejar el oficio de digerir a la noche, que lo sabe hacer mejor que el día, cuando el cuerpo y el espíritu están en perpetuo movimiento y acción. He aquí cómo van jugando y burlándose a nuestras expensas en todos sus discursos, y no sabrían proporcionarme proposición a la cual yo no pudiera construir una contraria de igual fuerza. Que no se grite entonces contra quienes en este tumulto se dejan conducir dulcemente por su apetito y el consejo de la Naturaleza, y se remiten a la suerte común.

He visto con ocasión de mis viajes casi todos los baños famosos de la cristiandad, y desde hace algunos años he comenzado a servirme de ellos. Pues en general estimo que el bañarse es salubre, y creo que incurrimos en no ligeras incomodidades en nuestra salud por haber perdido esa costumbre que era generalmente observada en el tiempo pasado casi en todas las naciones, y lo es todavía en varias, de lavarse el cuerpo todos los días; y no puedo imaginar que no valemos mucho menos por tener así nuestros miembros incrustados y nuestros poros taponados de mugre. Y en cuanto a su bebida, la Fortuna ha hecho primeramente que no sea en absoluto enemiga de mi gusto; en segundo lugar, que es natural y simple, lo que al menos no es peligroso aunque sea vano. De lo cual tomo por garante esa infinidad de pueblos de todas clases y complexiones que allí se reúnen. Y aunque no haya percibido efecto extraordinario y milagroso alguno, antes bien, informándome un poco más curiosamente de lo que se acostumbra, he encontrado mal fundados y falsos todos los rumores de tales operaciones que se esparcen en esos lugares y que se creen allí (como el mundo suele engañarse fácilmente con lo que desea), sin embargo tampoco he visto apenas personas a quienes esas aguas hayan empeorado; y no se les puede sin malicia negar esto: que despiertan el apetito, facilitan la digestión y nos prestan alguna nueva alegría, si no se va demasiado abatido de fuerzas; lo que desaconsejo hacer. No son para levantar una pesada ruina; pueden apoyar una inclinación ligera o prevenir la amenaza de alguna alteración. Quien no lleve suficiente alegría para poder gozar del placer de las compañías que allí se encuentran, y de los paseos y ejercicios a los que nos convida la belleza de los lugares donde comúnmente se asientan esas aguas, pierde sin duda la mejor pieza y la más segura de su efecto. Por esta causa he escogido hasta esta hora detenerme y servirme de aquellas donde había más amenidad de lugar, comodidad de alojamiento, de víveres y de compañías, como son en Francia los baños de Bagnères; en la frontera de Alemania y de Lorena, los de Plombières; en Suiza, los de Baden; en la Toscana, los de Lucca, y especialmente los de la Villa, de los que me he servido más a menudo y en diversas estaciones.

Cada nación tiene opiniones particulares tocantes a su uso, y leyes y formas de servirse de ellos, todas diversas, y según mi experiencia el efecto casi igual. El beber no está en absoluto admitido en Alemania. Para todas las enfermedades se bañan, y están chapoteando en el agua casi de sol a sol. En Italia, cuando beben nueve días, se bañan por lo menos treinta; y comúnmente beben el agua mezclada con otras drogas para auxiliar su operación. Aquí nos ordenan pasearnos para digerirla; allá los detienen en el lecho donde la han tomado hasta que la hayan evacuado, calentándoles continuamente el estómago y los pies. Así como los alemanes tienen de particular hacerse generalmente todos ventosear y sangrar con escarificación en el baño, así tienen los italianos sus doccie, que son ciertas canaletas de esa agua caliente que conducen por cañas y van bañando una hora por la mañana, y otra tanto por la tarde, por espacio de un mes, ya la cabeza, ya el estómago u otra parte del cuerpo que les aqueja. Hay infinitas otras diferencias de costumbres en cada comarca; o mejor dicho, no hay casi ninguna semejanza de unas a otras. He aquí cómo esta parte de medicina, a la cual sola me he dejado llevar, aunque sea la menos artificial, tiene también su buena parte de la confusión e incertidumbre que se ve por doquier en este arte.

Los poetas dicen todo lo que quieren con más énfasis y gracia; testigos estos dos epigramas:

Alcón tocó ayer la estatua de Júpiter. Él, aunque sea de mármol, sufre la fuerza del médico. He aquí que hoy, ordenado ser trasladado desde el templo viejo, es sacado, aunque sea Dios y piedra.

Y el otro:

Se bañó con nosotros, cenó alegre, y fue encontrado muerto por la mañana Andrágoras. ¿Preguntas la causa de muerte tan súbita, Faustino? En sueños había visto al médico Hermócrates.

Sobre esto quiero contar dos historias. El barón de Caupene en Chalosse y yo tenemos en común el derecho de patronazgo de un beneficio que es de gran extensión, al pie de nuestras montañas, que se llama Lahontan. De los habitantes de este rincón se dice lo mismo que de los del valle de Angrougne: tenían una vida aparte, las costumbres, el vestir y las conductas aparte; regidos y gobernados por ciertas normas y costumbres particulares, recibidas de padres a hijos, a las que se obligaban sin otra coacción que la reverencia a su uso. Este pequeño estado había continuado desde toda la antigüedad en una condición tan feliz, que ningún juez vecino había tenido necesidad de informarse de sus asuntos; ningún abogado empleado para darles consejo, ni extranjero llamado para zanjar sus querellas; y nunca se había visto a ninguno de este distrito pedir limosna. Evitaban las alianzas y el comercio con el resto del mundo, para no alterar la pureza de su política; hasta que, según cuentan, uno de ellos, en la memoria de sus padres, con el alma picada por una noble ambición, se le ocurrió para poner su nombre en crédito y reputación, hacer de uno de sus hijos maestro Juan, o maestro Pedro; y habiéndolo hecho instruir para escribir en alguna villa vecina, acabó convirtiéndolo en un hermoso notario de pueblo.

Este, ya importante, comenzó a desdeñar sus antiguas costumbres y a meterles en la cabeza la pompa de las regiones de acá. Al primero de sus compadres a quien le robaron una cabra, le aconsejó que pidiera satisfacción a los jueces reales de los alrededores; y de este a otro, hasta que lo bastardizó todo. A raíz de esta corrupción, dicen, sobrevino inmediatamente otra, de peor consecuencia, por medio de un médico a quien le entró la envidia de desposar a una de sus hijas y establecerse entre ellos. Este comenzó a enseñarles primero el nombre de las fiebres, de los catarros y de los abscesos, la situación del corazón, del hígado y de los intestinos, que era una ciencia hasta entonces muy alejada de su conocimiento; y en lugar del ajo, con el que habían aprendido a expulsar toda clase de males, por ásperos y extremos que fueran, los acostumbró a tomar las mixturas extranjeras para una tos o para un resfriado, y comenzó a hacer negocio no solo de su salud, sino también de su muerte. Juran que solo desde entonces han notado que el sereno les pesaba en la cabeza, que beber estando acalorados era perjudicial, y que los vientos del otoño eran más graves que los de la primavera; que desde el uso de esta medicina se encuentran abrumados por una legión de enfermedades desacostumbradas, y que perciben un declive general en su antigua fuerza, y sus vidas acortadas a la mitad.

Esta es la primera de mis historias. La otra es que, antes de mi dolencia de cálculos, oyendo encomiar la sangre de macho cabrío por muchos como un maná celestial enviado en estos últimos siglos para la tutela y conservación de la vida humana; y oyendo hablar de ello a personas entendidas como de una droga admirable y de una operación infalible, yo, que siempre he pensado estar en el blanco de todos los accidentes que pueden tocar a cualquier otro hombre, tuve el gusto estando en plena salud de provecharme de ese milagro; y mandé que en mi casa me criaran un macho cabrío según la receta. Pues hay que retirarlo en los meses más calurosos del verano y no darle de comer más que hierbas aperitivas, y de beber solo vino blanco. Me hallé por casualidad en casa el día en que debía ser sacrificado: vinieron a decirme que mi cocinero encontró en la panza dos o tres bolas grandes que chocaban una contra otra entre su comida. Tuve curiosidad de hacer traer todas esas tripas a mi presencia, y mandé abrir esa gran y ancha piel: salieron tres cuerpos grandes, ligeros como esponjas, de modo que parece que son huecos, por lo demás duros por fuera y firmes, jaspeados de varios colores apagados: uno perfecto en redondez, del tamaño de una pelota pequeña; los otros dos, un poco menores, en los que la redondez es imperfecta, y parece que se encaminaban hacia ella.

He descubierto, habiéndome informado con quienes tienen costumbre de abrir estos animales, que es un accidente raro e inusitado. Es verosímil que sean piedras primas de las nuestras. Y si es así, es una esperanza muy vana para los que sufren de cálculos sacar su curación de la sangre de una bestia que iba ella misma a morir de un mal parecido. Pues decir que la sangre no se resiente de ese contagio y no altera su virtud acostumbrada, es más bien de creer que no se engendra nada en un cuerpo sino por la conspiración y comunicación de todas las partes: la masa actúa toda entera, aunque una pieza contribuya más que otra, según la diversidad de las operaciones. Por lo que hay grande apariencia de que en todas las partes de ese macho cabrío había alguna cualidad petrificante. No era tanto por el temor del porvenir y para mí que yo estaba curioso de esta experiencia, sino porque sucede en mi casa, así como en muchas casas, que las mujeres hacen acopio de tales pequeñas drogas para socorrer al pueblo usando la misma receta para cincuenta enfermedades, y tal receta que ellas no toman para sí, y sin embargo se vanaglorian de los buenos resultados. Por lo demás, honro a los médicos, no según el precepto, por la necesidad (pues a ese pasaje se opone otro del profeta, reprochando al rey Asa haber recurrido al médico), sino por amor a ellos mismos, habiendo visto muchos hombres honrados y dignos de ser amados.

No es contra ellos contra quienes lo tengo, es contra su arte, y no les doy gran reproche de hacer su provecho de nuestra simpleza, pues la mayor parte del mundo hace lo mismo. Varias ocupaciones y menores y más dignas que la suya no tienen fundamento y apoyo más que en los abusos públicos. Los llamo a mi compañía cuando estoy enfermo, si se encuentran a propósito, y pido ser atendido, y les pago como a los demás. Les doy licencia para mandarme abrigarme calurosamente, si lo prefiero así a otra manera; pueden elegir entre los puerros y las lechugas de cuál les place que se haga mi caldo, y ordenarme el vino blanco o el clarete y así de todas las otras cosas que son indiferentes a mi apetito y uso. Entiendo bien que eso no es nada para ellos, en tanto que la acidez y lo extraño son accidentes de la esencia propia de la medicina. Licurgo ordenaba el vino a los espartanos enfermos. ¿Por qué? Porque odiaban su uso estando sanos. Del mismo modo que un gentilhombre vecino mío se sirve de él como droga muy saludable para sus fiebres, porque por naturaleza odia mortalmente su sabor. ¿Cuántos vemos entre ellos ser de mi humor? Desdeñar la medicina para su servicio y tomar una forma de vida libre, y toda contraria a la que ordenan a los demás.

¿Qué es eso, si no abusar totalmente descaradamente de nuestra simplicidad? Pues no tienen su vida y su salud menos queridas que nosotros; y acomodarían sus efectos a su doctrina si no conocieran ellos mismos su falsedad. Es el miedo a la muerte y al dolor, la impaciencia del mal, una furiosa e indiscreta sed de curación, lo que nos ciega así. Es pura cobardía la que vuelve nuestra creencia tan blanda y manejable. La mayor parte sin embargo no creen tanto, como soportan y dejan hacer pues los oigo quejarse y hablar de ello como nosotros. Pero se resuelven al final: ¿Qué haría entonces? Como si la impaciencia fuera por sí misma algún mejor remedio que la paciencia. ¿Hay alguno de los que se han dejado llevar a esta miserable sujeción que no se entregue igualmente a toda suerte de imposturas? ¿Que no se ponga a la merced de cualquiera que tenga la impudencia de darle promesa de su curación? Los babilonios llevaban a sus enfermos a la plaza: el médico era el pueblo; cada uno de los transeúntes tenía por humanidad y civilidad que informarse de su estado; y, según su experiencia, darles algún consejo saludable. Nosotros no hacemos mucho más: no hay simple mujercilla cuyos barboteos y brebajes no empleemos; y según mi humor, si tuviera que aceptar alguna, aceptaría más voluntariamente esa medicina que cualquier otra, en tanto que al menos no hay ningún daño que temer.

Lo que Homero y Platón decían de los egipcios, que eran todos médicos, debe decirse de todos los pueblos. No hay persona que no se vanaglorie de alguna receta, y que no la arriesgue sobre su prójimo, si este quiere creerle. Estaba el otro día en una compañía donde no sé quién, de mi cofradía, trajo la noticia de una clase de píldoras compuestas de cien y tantos ingredientes, por la cuenta; se armó una fiesta y un consuelo singular, pues ¿qué roca sostendría el empuje de tan numerosa batería? Entiendo sin embargo por los que las probaron, que la más pequeña arenilla no se dignó moverse. No puedo desprenderme de este papel sin decir aún esta palabra sobre lo que nos dan como garante de la certeza de sus drogas, la experiencia que han hecho. La mayor parte, y creo que más de las dos terceras partes de las virtudes medicinales, consisten en la quintaesencia o propiedad oculta de las simples; de la cual no podemos tener otra instrucción que el uso. Pues quintaesencia no es otra cosa que una cualidad de la cual por nuestra razón no sabemos encontrar la causa. En tales pruebas, las que dicen haber adquirido por la inspiración de algún demonio, estoy contento de recibirlas (pues en cuanto a los milagros, nunca los toco); o bien aún las pruebas que se obtienen de cosas que por otra consideración caen a menudo en nuestro uso: como si en la lana con la que tenemos costumbre de vestirnos, se ha hallado por accidente alguna oculta propiedad desecativa que cure las ampollas en el talón; y si en el rábano picante que comemos para la nutrición se ha encontrado alguna operación aperitiva.

Galeno cuenta que sucedió que un leproso recibió curación por medio del vino que bebió, en tanto que por fortuna una víbora se había deslizado dentro del recipiente. Encontramos en este ejemplo el medio y una conducta verosímil para esta experiencia. Como también en aquellas en las que los médicos dicen haber sido encaminados por el ejemplo de algunos animales. Pero en la mayor parte de las otras experiencias a las que dicen haber sido conducidos por la fortuna, y no haber tenido otra guía que el azar, encuentro el progreso de esta información increíble. Imagino al hombre mirando a su alrededor el número infinito de cosas, plantas, animales, metales. No sé por dónde hacerle comenzar su ensayo: y cuando su primera fantasía se lance sobre el cuerno de un alce, al cual hay que prestar una creencia muy blanda y fácil, se encuentra aún tan embarazado en su segunda operación. Se le proponen tantas enfermedades y tantas circunstancias, que antes de que haya llegado a la certeza de este punto, donde debe juntarse la perfección de su experiencia, el sentido humano pierde el latín; y antes de que haya encontrado entre esa infinidad de cosas que es este cuerno: entre esa infinidad de enfermedades, la epilepsia; tantas complexiones, en el melancólico; tantas estaciones, en invierno; tantas naciones, en el francés; tantas edades, en la vejez; tantas mutaciones celestes, en la conjunción de Venus y de Saturno; tantas partes del cuerpo, en el dedo.

A todo eso no siendo guiado ni por argumento, ni por conjetura, ni por ejemplo, ni por inspiración divina, sino por el solo movimiento de la fortuna, haría falta que fuera por una fortuna perfectamente artificial, regulada y metódica. Y luego, cuando la curación se hizo, ¿cómo puede asegurarse de que no fue que el mal había llegado a su periodo, o un efecto del azar, o la operación de alguna otra cosa que hubiera comido, o bebido, o tocado ese día, o el mérito de las oraciones de su abuela? Además, cuando esta prueba hubiera sido perfecta, ¿cuántas veces fue reiterada? ¿Y esta larga sarta de fortunas y de encuentros, reensartada para concluir de ella una regla? Cuando sea concluida, ¿por quién es? De tantos millones, no hay más que tres hombres que se dediquen a registrar sus experiencias. ¿El azar habrá encontrado puntualmente a uno de estos? ¿Qué si otro, y si cien otros, han hecho experiencias contrarias? Quizá veríamos alguna luz si todos los juicios y razonamientos de los hombres nos fueran conocidos. Pero que tres testigos y tres doctores rijan al género humano, no es razonable: haría falta que la naturaleza humana los hubiera diputado y elegido, y que fueran declarados nuestros síndicos por expresa procuración.

A Madame de Duras. Señora, me encontrasteis en este pasaje la última vez que vinisteis a verme. Puesto que podría ser que estas niñerías caigan alguna vez entre vuestras manos, quiero también que den testimonio de que el autor se siente muy honrado por el favor que les haréis. Reconoceréis en ellas el mismo porte y el mismo aire que habéis visto en su conversación. Aunque hubiese podido adoptar alguna otra manera distinta de la mía habitual, y alguna otra forma más honorable y mejor, no lo habría hecho: pues no quiero sacar de estos escritos sino que me representen en vuestra memoria, al natural. Esas mismas condiciones y facultades que habéis conocido y acogido, señora, con mucho más honor y cortesía de lo que merecen, quiero alojarlas, pero sin alteración ni cambio, en un cuerpo sólido que pueda durar algunos años, o algunos días después de mí, donde las volveréis a encontrar, cuando os plazca refrescar la memoria de ellas, sin tomaros de otro modo la molestia de recordarlas: tampoco lo valen. Deseo que continuéis en mí el favor de vuestra amistad por esas mismas cualidades mediante las cuales fue producida. No busco en absoluto que se me ame y estime mejor muerto que vivo. El humor de Tiberio es ridículo, y común sin embargo, que tenía más cuidado en extender su fama hacia el porvenir que en hacerse estimable y agradable a los hombres de su tiempo.

Si yo fuera de aquellos a quienes el mundo puede deber alabanza, renunciaría a la mitad de ella con tal de que me la pagase por adelantado. Que se apresure y se amontone toda a mi alrededor, más espesa que alargada, más plena que duradera. Y que se desvanezca atrevidamente cuando mi conocimiento se desvanezca, y cuando ese dulce sonido ya no toque mis oídos. Sería un humor estúpido ir a esta hora en que estoy dispuesto a abandonar el trato con los hombres, a presentarme ante ellos mediante una nueva recomendación. No hago ninguna receta de los bienes que no he podido emplear en el uso de mi vida. Sea cual fuere, quiero serlo en otra parte que en papel. Mi arte y mi industria han sido empleados en hacerme valer a mí mismo. Mis estudios, en enseñarme a hacer, no a escribir. He puesto todos mis esfuerzos en formar mi vida. He ahí mi oficio y mi obra. Soy menos hacedor de libros que de ninguna otra tarea. He deseado suficiencia para el servicio de mis comodidades presentes y esenciales, no para hacer acopio y reserva para mis herederos. Quien tiene valor, que lo haga conocer en sus costumbres, en sus palabras ordinarias para tratar el amor, o las riñas, en el juego, en la cama, en la mesa, en la conducción de sus asuntos, en su economía.

Aquellos a quienes veo hacer buenos libros bajo malos calzones, habrían hecho primero sus calzones si me hubieran creído. Preguntad a un espartano si prefiere ser buen retórico que buen soldado: yo no, que buen cocinero, si no tuviera quien me sirviera. ¡Dios mío, señora, cómo odiaría yo tal recomendación, de ser hombre hábil por escrito y ser un hombre de nada y un necio en otra parte! Prefiero todavía más ser un necio aquí y allá, que haber elegido tan mal dónde emplear mi valor. Así pues, tan lejos estoy de esperar hacerme algún nuevo honor con estas tonterías, que ya haré mucho si no pierdo en ellas nada de ese poco que había adquirido. Pues, además de que esta pintura muerta y muda robará a mi ser natural, no se refiere a mi mejor estado, sino muy decaído de mi primer vigor y alegría, tirando a lo marchito y lo rancio. Estoy en el fondo del barco, que huele pronto a poso y a heces. Por lo demás, señora, no me habría atrevido a remover tan audazmente los misterios de la medicina, dado el crédito que vos y tantos otros le dais, si no hubiera sido conducido a ello por sus propios autores. Creo que no tienen sino dos antiguos latinos, Plinio y Celso. Si los veis algún día, encontraréis que hablan mucho más rudamente a su arte de lo que yo hago: yo no hago sino pellizcarla, ellos la degüellan.

Plinio se burla entre otras cosas de que cuando están al cabo de su cuerda, han inventado esta hermosa escapatoria de reenviar a los enfermos que han agitado y atormentado en vano con sus drogas y regímenes, unos al socorro de los votos y milagros, otros a las aguas termales. No os enfadéis, señora, no habla de las de acá, que están bajo la protección de vuestra casa, y todas son gramontesas. Tienen una tercera clase de escapatoria para echarnos de su lado y descargarse de los reproches que podemos hacerles por la poca mejoría de nuestros males, que han tenido tanto tiempo bajo su gobierno que ya no les queda ninguna invención para entretenernos: es enviarnos a buscar la bondad del aire de alguna otra comarca. Señora, ya basta: bien me dais licencia para retomar el hilo de mi propósito, del cual me había apartado para entretenerme con vos.

Fue, me parece, Pericles, a quien le preguntaban cómo se encontraba: «Podéis juzgarlo por ahí», dijo, mostrando unas cédulas que llevaba colgadas al cuello y al brazo. Quería inferir que estaba muy enfermo, puesto que había llegado hasta ahí, a recurrir a cosas tan vanas y a dejarse equipar de esa manera. No digo que no pueda ser arrastrado yo un día a esa opinión ridícula de poner mi vida y mi salud a la merced y gobierno de los médicos: podría caer en ese desvarío: no puedo responder de mi firmeza futura: pero entonces también, si alguien me pregunta cómo me encuentro, podré decirle, como Pericles: «Podéis juzgarlo por ahí», mostrando mi mano cargada de seis dracmas de opiata: será un signo bien evidente de una enfermedad violenta: tendré mi juicio maravillosamente descoyuntado. Si la impaciencia y el miedo ganan eso sobre mí, se podrá concluir de ello una fiebre bien áspera en mi alma. He tomado la molestia de defender esta causa, que entiendo bastante mal, para apoyar un poco y confortar la propensión natural contra las drogas y la práctica de nuestra medicina: que se ha derivado en mí por mis ancestros, a fin de que no fuese solamente una inclinación estúpida y temeraria, y que tuviera un poco más de forma. También para que quienes me ven tan firme contra las exhortaciones y amenazas que me hacen cuando mis enfermedades me apremian, no piensen que es simple obstinación: que haya alguno tan fastidioso que juzgue todavía que es algún aguijón de gloria.

Sería un deseo bien tonto querer sacar honor de una acción que me es común con mi jardinero y mi mulero. Ciertamente no tengo el corazón tan hinchado ni tan ventoso que un placer sólido, carnoso y jugoso como la salud, fuera a cambiarlo por un placer imaginario, espiritual y aéreo. La gloria, incluso la de los cuatro hijos Aimón, es demasiado cara comprada para un hombre de mi humor, si le cuesta tres buenos ataques de cólico. ¡La salud, por Dios! Quienes aman nuestra medicina pueden tener también sus consideraciones buenas, grandes y fuertes: no odio las fantasías contrarias a las mías. Tan lejos estoy de espantarme al ver la discordancia de mis juicios con los de otros, y de hacerme incompatible con la sociedad de los hombres por ser de otro sentir y partido que el mío, que al contrario (como es la manera más general que la Naturaleza ha seguido, la variedad, y más en los espíritus que en los cuerpos, en tanto que son de sustancia más blanda y susceptible de formas), encuentro mucho más raro ver convenir nuestros humores y nuestros designios. Y jamás hubo en el mundo dos opiniones parecidas, como tampoco dos pelos o dos granos. Su cualidad más universal es la diversidad.

Fin del segundo libro.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/ensayos-montaigne-ii/texto/capitulo-37-del-parecido-de-los-hijos-con-los-padres/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Ensayos, libro II» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.