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Capítulo 7De las recompensas de honor

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 7 min de lectura

Quienes escriben la vida de Augusto César destacan esto en su disciplina militar: que con los regalos era maravillosamente generoso hacia quienes lo merecían, pero que de las puras recompensas de honor era muy ahorrativo. Y eso que él mismo había sido gratificado por su tío con todas las recompensas militares antes de haber ido jamás a la guerra. Ha sido una bella invención, y aceptada en la mayor parte de los gobiernos del mundo, establecer ciertas marcas vanas y sin precio para honrar y recompensar la virtud: como son las coronas de laurel, de roble, de mirto, el uso de cierta vestimenta, el privilegio de ir en coche por la ciudad, o de noche con antorcha, algún asiento particular en las asambleas públicas, la prerrogativa de algunos sobrenombres y títulos, ciertas marcas en los escudos de armas, y cosas semejantes cuyo uso ha sido diversamente aceptado según la opinión de las naciones, y dura todavía. Nosotros tenemos por nuestra parte, y varios de nuestros vecinos, las órdenes de caballería, que no están establecidas más que con este fin. Es en verdad una costumbre muy buena y provechosa hallar modo de reconocer el valor de los hombres raros y excelentes, y contentarlos y satisfacerlos con pagos que no cargan en absoluto al público y que no cuestan nada al príncipe.

Y lo que siempre se ha conocido por experiencia antigua, y que nosotros también pudimos ver entre nosotros hace tiempo, que las personas de calidad tenían más celos de tales recompensas que de aquellas donde había ganancia y provecho, eso no es sin razón ni sin gran fundamento. Si al premio que debe ser simplemente de honor se mezclan otras comodidades y riqueza: esta mezcla, en lugar de aumentar la estima, la rebaja y reduce. La orden de San Miguel, que estuvo tan largo tiempo en crédito entre nosotros, no tuvo mayor ventaja que ésa, de no tener comunicación con ninguna otra comodidad. Eso hacía que antiguamente no hubiera cargo ni estado, cualquiera que fuese, al que la nobleza pretendiese con tanto deseo y afecto como a la orden, ni cualidad que aportase más respeto y grandeza: la virtud abraza y aspira más voluntariamente a una recompensa puramente suya, más gloriosa que útil. Porque en verdad los otros dones no tienen un uso tan digno, puesto que se emplean en toda clase de ocasiones. Con riquezas se satisface el servicio de un criado, la diligencia de un correo, el bailar, el voltear, el hablar, y los más viles oficios que se reciben: incluso el vicio se paga con ellas, la adulación, el proxenetismo, la traición: no es maravilla que la virtud reciba y desee menos voluntariamente esta clase de moneda común, que aquella que le es propia y particular, toda noble y generosa. Augusto tenía razón de ser mucho más económico y ahorrativo con ésta que con la otra: puesto que el honor es un privilegio que extrae su principal esencia de la rareza; y la virtud misma.

«Cui malus est nemo, quis bonus esse potest?» No se destaca para la recomendación de un hombre que tenga cuidado de la crianza de sus hijos, puesto que es una acción común, por justa que sea: ni tampoco un gran árbol, donde el bosque es todo igual. No creo que ningún ciudadano de Esparta se glorificase de su valentía: porque era una virtud popular en su nación; y tampoco de la fidelidad y el desprecio de las riquezas. No corresponde recompensa a una virtud, por grande que sea, que ha pasado a ser costumbre: y no sé ni siquiera si la llamaríamos jamás grande, siendo común. Pues bien, puesto que estos premios de honor no tienen otro precio y estimación que éste, que pocos gozan de ellos, no hay, para aniquilarlos, más que hacer largueza de ellos. Aunque se encontrasen más hombres que en tiempos pasados que mereciesen nuestra orden, no había por ello que corromper su estima. Y puede fácilmente suceder que más la merezcan: porque no hay ninguna de las virtudes que se extienda tan fácilmente como la valentía militar. Hay otra verdadera, perfecta y filosófica, de la que no hablo (y me sirvo de esta palabra según nuestro uso), mucho más grande que ésta y más plena: que es una fuerza y seguridad del alma que desprecia igualmente toda clase de accidentes contrarios; ecuánime, uniforme y constante, de la cual la nuestra no es más que un pequeñísimo rayo.

El uso, la institución, el ejemplo y la costumbre pueden todo lo que quieren en el establecimiento de aquella de la que hablo, y la hacen fácilmente vulgar, como es muy fácil de ver por la experiencia que nos dan nuestras guerras civiles. Y quien pudiera reunirnos en este momento y encarnizar a todo nuestro pueblo en una empresa común, haría reflorecer nuestro antiguo nombre militar. Es muy cierto que la recompensa de la orden no tocaba en tiempos pasados solamente a la valentía, miraba más lejos. Nunca ha sido el pago de un valeroso soldado, sino de un capitán famoso. La ciencia de obedecer no merecía un galardón tan honorable: se requería antiguamente una pericia bélica más universal, y que abrazase la mayor parte y las más grandes partes de un hombre militar, «neque enim eaedem militares et imperatoriae artes sunt», que fuese además, aparte de eso, de condición acomodable a tal dignidad. Pero yo digo que, aunque más gente fuese digna de ella que la que se encontraba antiguamente, no había por ello que hacerse más liberal: y habría valido más fallar en no otorgarla a todos aquellos a quienes era debida, que perder para siempre, como acabamos de hacer, el uso de una invención tan útil. Ningún hombre de corazón se digna aprovecharse de lo que tiene en común con muchos. Y aquellos de hoy día que menos han merecido esta recompensa, hacen mayor apariencia de desdeñarla, para situarse así en el rango de aquellos a quienes se hace agravio expandiendo indignamente y envileciendo esta marca que les era particularmente debida.

Ahora bien, esperar borrando y aboliendo ésta poder súbitamente poner de nuevo en crédito y renovar una costumbre semejante, no es empresa propia de una época tan licenciosa y enferma como aquella en la que nos encontramos al presente: y ocurrirá que la última incurrirá desde su nacimiento en las incomodidades que vienen de arruinar la otra. Las reglas de la dispensación de este nuevo orden necesitarían ser extremadamente tensas y estrictas para darle autoridad, y esta época tumultuaria no es capaz de una brida corta y reglada. Además de que, antes de que se le pueda dar crédito, es necesario que se haya perdido la memoria del primero y del desprecio al que ha caído. Este lugar podría recibir algún discurso sobre la consideración de la valentía y la diferencia de esta virtud con las otras: pero Plutarco, habiendo vuelto a menudo sobre este tema, me mezclaría en vano para relatar aquí lo que dice de ello. Esto es digno de ser considerado: que nuestra nación da a la valentía el primer grado de las virtudes, como su nombre muestra, que viene de valor, y que en nuestro uso, cuando decimos un hombre que vale mucho, o un hombre de bien, al estilo de nuestra corte y de nuestra nobleza, no es decir otra cosa que un hombre valiente: de manera semejante a la romana. Porque la apelación general de virtud toma en ellos etimología de la fuerza. La forma propia, y única, y esencial de nobleza en Francia es la vocación militar. Es verosímil que la primera virtud que se hizo aparecer entre los hombres, y que dio ventaja a unos sobre los otros, fue ésta: por la cual los más fuertes y valerosos se hicieron amos de los más débiles, y adquirieron rango y reputación particular; de donde le ha quedado este honor y dignidad de lenguaje: o bien que estas naciones, siendo muy belicosas, dieron el premio a aquella de las virtudes que les era más familiar, y el más digno título. Del mismo modo que nuestra pasión, y esa febril solicitud que tenemos por la castidad de las mujeres, hace también que una buena mujer, una mujer de bien, y mujer de honor y de virtud, no sea en efecto decir otra cosa para nosotros que una mujer casta: como si para obligarlas a este deber pusiésemos en nada todos los demás, y les soltásemos la brida para toda otra falta, para entrar en composición de que abandonen ésta.

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