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Capítulo 4Mañana habrá tiempo para los negocios

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

Otorgo con razón, me parece, la palma a Jacques Amiot sobre todos nuestros escritores franceses; no solo por la naturalidad y pureza del lenguaje, en lo que supera a todos los demás, ni por la constancia de un trabajo tan largo, ni por la profundidad de su saber, habiendo podido desentrañar tan felizmente a un autor tan espinoso y condensado: porque digan lo que digan, yo no entiendo nada de griego, pero veo un sentido tan bien hilado y sostenido, en toda su traducción, que o bien ha comprendido ciertamente la imaginación verdadera del autor, o bien, habiendo plantado vivamente en su alma, por una larga convivencia, una idea general de la de Plutarco, al menos no le ha prestado nada que lo desmienta o contradiga: pero sobre todo, le agradezco haber sabido escoger y elegir un libro tan digno y tan apropiado, para ofrecérselo a su país. Nosotros los ignorantes estaríamos perdidos si este libro no nos hubiera sacado del lodazal: gracias a él nos atrevemos ahora a hablar y a escribir: las damas adoctrinan con él a los maestros de escuela: es nuestro breviario. Si este buen hombre vive, le cedo a Jenofonte para que haga otro tanto. Es una ocupación más fácil, y tanto más adecuada a su vejez. Y además, no sé cómo me parece que, aunque se desenvuelve bastante bruscamente y con limpieza en un mal paso, sin embargo su estilo está más a gusto consigo mismo cuando no se siente presionado y rueda con soltura.

Estaba yo en este momento leyendo el pasaje donde Plutarco dice de sí mismo que Rústico, asistiendo a una declamación suya en Roma, recibió un paquete de parte del emperador, y esperó para abrirlo hasta que todo hubiese acabado: en lo cual, dice, toda la asistencia alabó singularmente la gravedad de este personaje. En verdad, estando sobre el tema de la curiosidad, y de esta pasión ávida y glotona de novedades, que nos hace con tanta indiscreción e impaciencia abandonar todas las cosas para atender a un recién llegado, y perder todo respeto y compostura para abrir de golpe, dondequiera que estemos, las cartas que nos traen: tuvo razón en alabar la gravedad de Rústico; y podía además añadir la alabanza de su civilidad y cortesía, por no haber querido interrumpir el curso de su declamación. Pero yo dudo que se le pueda alabar de prudencia, pues recibiendo de improviso cartas, y especialmente de un emperador, bien podía suceder que el diferir su lectura fuese de gran perjuicio.

El vicio contrario a la curiosidad es la negligencia: hacia la cual me inclino evidentemente por mi complexión; y en la cual he visto a varios hombres tan extremos que tres o cuatro días después se encontraban todavía en su bolsillo las cartas completamente cerradas que les habían enviado. Yo nunca abrí ninguna, no solo de aquellas que me hubieran confiado: sino incluso de aquellas que la fortuna hubiera hecho pasar por mis manos. Y me pesa en la conciencia si mis ojos roban por descuido algún conocimiento de las cartas de importancia que lee cuando estoy al lado de un gran personaje. Jamás hombre se interesó menos ni husmeó menos en los asuntos ajenos.

En tiempos de nuestros padres, el señor de Boutières estuvo a punto de perder Turín por haber aplazado, estando en buena compañía cenando, la lectura de un aviso que le daban de las traiciones que se tramaban contra esta ciudad, donde él mandaba. Y ese mismo Plutarco me ha enseñado que Julio César se habría salvado si, yendo al Senado el día en que fue asesinado por los conjurados, hubiera leído un memorial que le presentaron. Y cuenta también la historia de Arquias, tirano de Tebas, que la noche antes de la ejecución de la empresa que Pelópidas había planeado de matarlo para devolver la libertad a su país, le fue escrito por otro Arquias ateniense punto por punto lo que le preparaban: y que este paquete habiéndole sido entregado durante su cena, aplazó abrirlo, diciendo esta frase que después se convirtió en proverbio en Grecia: Mañana habrá tiempo para los negocios.

Un hombre sabio puede, en mi opinión, por el interés ajeno, como para no romper indecentemente la compañía tal como hizo Rústico, o para no discontinuar otro asunto de importancia, aplazar el enterarse de lo que le traen de nuevo: pero por su interés o placer particular, especialmente si es hombre que tiene cargo público; por no interrumpir su cena, ni siquiera su sueño, es inexcusable hacerlo. Y antiguamente estaba en Roma el puesto consular, que llamaban, el más honorable en la mesa, por estar más libre y más accesible a quienes llegaran para hablar con quien estuviera sentado allí. Testimonio de que, aun estando en la mesa, no se apartaban del despacho de otros asuntos y ocurrencias. Pero cuando todo está dicho, es difícil en las acciones humanas dar una regla tan justa por discurso de razón que la fortuna no mantenga en ella su derecho.

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