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Capítulo 13Sobre juzgar la muerte ajena

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 11 min de lectura

Cuando juzgamos la entereza de otro ante la muerte, que es sin duda la acción más notable de la vida humana, hay que tener cuidado con algo: difícilmente se cree haber llegado a ese punto. Pocas personas mueren convencidas de que es su última hora; y no hay terreno donde el engaño de la esperanza nos distraiga más. No cesa de susurrar al oído: «Otros han estado mucho más enfermos sin morir, el asunto no es tan desesperado como se piensa y, en el peor de los casos, Dios ha hecho otros milagros». Y ello ocurre porque nos damos demasiada importancia. Parece que el universo entero sufre de algún modo por nuestra aniquilación y que se compadece de nuestra situación. Tanto más cuanto que nuestra vista alterada se representa las cosas de igual manera, y nos parece que ellas le fallan en la medida en que ella les falta. Como quienes viajan por mar, para los que las montañas, los campos, las ciudades, el cielo y la tierra se mueven al mismo vaivén, y a la par con ellos:

«Partimos del puerto, y las tierras y ciudades retroceden». ¿Quién vio jamás a un viejo que no alabara los tiempos pasados y no culpara el presente, cargando al mundo y a las costumbres de los hombres su miseria y su disgusto?

«Y ya meneando la cabeza, el viejo labrador suspira, / y cuando compara los tiempos presentes con los tiempos / pasados, alaba a menudo las fortunas de su padre, / y deplora la raza antigua como llena de piedad».

Todo lo arrastramos con nosotros: de ahí se sigue que estimamos gran cosa nuestra muerte, y que no pasa tan fácilmente ni sin consulta solemne a los astros: «tantos dioses agitándose alrededor de una sola cabeza». Y lo pensamos tanto más cuanto más nos apreciamos. ¿Cómo, tanta ciencia se perdería con tanto daño sin particular cuidado de los destinos? ¿Un alma tan rara y ejemplar no cuesta más matar que un alma vulgar e inútil? Esta vida que cubre tantas otras, de la que tantas otras vidas dependen, que ocupa tanto mundo por su uso, llena tanto espacio, ¿se desplaza como aquella que se sostiene en su simple nudo? Ninguno de nosotros piensa ser suficientemente solo uno. De ahí vienen aquellas palabras de César a su piloto, más hinchadas que el mar que lo amenazaba:

«Si rehúsas a Italia con el cielo por autor, / búscame a mí: esta es tu única causa justa de temor, / no conocer a tu pasajero; atraviesa las tormentas / seguro bajo mi protección»:

y aquellas otras:

«Ya cree César que los peligros son dignos / de sus destinos: y tan grande, dijo, es el trabajo / de los dioses para hundirme a mí, que sentado en una pequeña barca / me atacan con un mar tan grande».

Y aquella ilusión pública de que el sol llevó en su frente durante todo un año el luto de su muerte:

«Él también, compadecido de Roma al extinguirse César, / cuando cubrió su brillante cabeza con oscuro óxido».

Y mil semejanzas, con las que el mundo se deja engañar tan fácilmente, estimando que nuestros intereses alteran el cielo y que su infinitud se afecta por nuestras menudas acciones. «No tenemos tal sociedad con el cielo / que mortal sea también, por nuestro destino, el fulgor de los astros». Ahora bien, juzgar la resolución y la constancia en quien todavía no cree con certeza estar en peligro, aunque lo esté, no es razonable y no basta con que haya muerto en esa disposición si no se puso en ella justamente para ese efecto. A la mayoría les sucede endurecer su semblante y sus palabras para adquirir reputación, pues esperan todavía gozar de ella en vida. En cuanto a los que he visto morir, la fortuna dispuso sus semblantes, no su designio. Y de aquellos mismos que antiguamente se dieron la muerte, hay mucho que elegir: si es una muerte súbita o muerte que tiene tiempo. Aquel cruel emperador romano decía de sus prisioneros que quería hacerles sentir la muerte, y si alguno se mataba en prisión, «Ese se me ha escapado», decía. Quería prolongar la muerte y hacerla sentir mediante tormentos.

«Vimos que aunque en todo el cuerpo herido / nada letal se dio al alma, y el modo impío / duro de crueldad, perdonar la muerte del que perece».

En verdad, no es tan gran cosa, hallándose sano y sosegado, matarse; es muy fácil hacerse el malvado antes de llegar a las manos. De manera que el hombre más afeminado del mundo, Heliogábalo, en medio de sus más cobardes voluptuosidades, tenía pensado hacerse morir delicadamente si la ocasión lo forzaba: y a fin de que su muerte no desmintiera el resto de su vida, había hecho construir expresamente una torre suntuosa, cuyo bajo y frente estaban entarimados con maderos enriquecidos de oro y pedrería, para precipitarse; y también había hecho hacer cuerdas de oro y seda carmesí para estrangularse, y forjar una espada de oro para atravesarse; y guardaba veneno en vasos de esmeralda y topacio para envenenarse, según le viniera en gana elegir de todas estas maneras de morir.

«Diligente y fuerte por virtud forzada». Sin embargo, en cuanto a este, la molicie de sus preparativos hace más verosímil que le hubiera sangrado la nariz si lo hubieran puesto en el aprieto. Pero incluso de aquellos más vigorosos que se resolvieron a la ejecución, hay que ver, digo, si fue de un golpe que quitara el tiempo de sentir el efecto. Pues es cosa de adivinar, al ver escurrirse la vida poco a poco, mezclándose el sentimiento del cuerpo con el del alma, ofreciéndose el medio de arrepentirse, si la constancia se hubiera hallado en ello, y la obstinación en una voluntad tan peligrosa. En las guerras civiles de César, Lucio Domicio, preso en La Prusia, habiéndose envenenado, se arrepintió después. Ha ocurrido en nuestro tiempo que cierto individuo resuelto a morir, y no habiendo dado en su primer intento lo suficientemente adentro, repulsándole el brazo el escozor de la carne, se volvió a herir bien fuerte dos o tres veces después, pero nunca pudo decidirse a hundir el golpe. Mientras se hacía el proceso a Plancio Silvano, Urgulania su abuela le envió una daga, con la cual no habiendo podido matarse, se hizo cortar las venas por sus criados. Albucila, en tiempo de Tiberio, habiéndose golpeado demasiado blandamente para matarse, dio todavía a sus adversarios medio de encarcelarla y hacerla morir a su modo. Otro tanto hizo el capitán Demóstenes tras su derrota en Sicilia. Y Cayo Fimbria, habiéndose herido demasiado débilmente, rogó a su criado que lo rematara. Por el contrario, Ostorius, el cual por no poder servirse de su brazo, desdeñó emplear el de su servidor para otra cosa que sostener la daga recta y firme; y dándose el impulso, llevó él mismo su garganta al encuentro y la atravesó. Es un alimento en verdad que hay que tragar sin masticar, quien no tiene la garganta forrada de hielo. Y por eso el emperador Adriano hizo que su médico marcara y circunscribiera en su seno justamente el lugar mortal donde aquel debiera apuntar a quien dio el encargo de matarlo. He ahí por qué César, cuando le preguntaban qué muerte encontraba más deseable, «La menos premeditada», respondió, «y la más corta». Si César osó decirlo, ya no es cobardía para mí creerlo. Una muerte corta, dice Plinio, es la suprema ventura de la vida humana. Les fastidia reconocerlo. Nadie puede decirse resuelto a la muerte quien teme enfrentarla, quien no puede sostenerla con los ojos abiertos. Quienes se ve en los suplicios correr hacia su fin y apresurar la ejecución y apremiarla, no lo hacen por resolución, quieren quitarse el tiempo de considerarla: estar muertos no les fastidia, pero sí el morir.

«No quiero morir, pero que esté muerto no me importa nada». Es un grado de firmeza al que he comprobado que podría llegar, como aquellos que se arrojan a los peligros, igual que al mar, con los ojos cerrados. No hay nada, en mi opinión, más ilustre en la vida de Sócrates que haber tenido treinta días enteros para rumiar el decreto de su muerte, haberlo digerido durante todo ese tiempo con una esperanza muy cierta, sin sobresalto, sin alteración y con un curso de acciones y palabras rebajado y apaciguado más bien que tenso y elevado por el peso de tal pensamiento.

Ese Pomponius Atticus, a quien Cicerón escribe, estando enfermo, hizo llamar a Agripa su yerno, y a dos o tres más de sus amigos; y les dijo que habiendo comprobado que no ganaba nada queriendo curarse, y que todo lo que hacía para alargar su vida alargaba también y aumentaba su dolor, estaba decidido a poner fin a una cosa y a la otra, rogándoles que aprobasen su decisión y, en el peor de los casos, que no perdiesen su tiempo en disuadirle. Pues bien, habiendo elegido matarse por abstinencia, he aquí que su enfermedad se curó por azar: ese remedio que había empleado para acabar consigo mismo lo devolvió a la salud. Los médicos y sus amigos celebraban un acontecimiento tan feliz y se alegraban con él, pero se vieron bien engañados, pues no les fue posible por ello hacerle cambiar de opinión, diciendo que de todos modos tenía que franquear ese paso algún día, y que estando tan adelantado, quería ahorrarse la molestia de recomenzar otra vez. Este, habiendo reconocido la muerte con todo sosiego, no solo no se desanima al enfrentarla, sino que se ensaña en ella: pues estando satisfecho con aquello por lo que había entrado en combate, se pica por bravura de ver el final. Esto está muy lejos de no temer la muerte, es querer gustarla y saborearla.

La historia del filósofo Cleantes es muy parecida. Las encías se le habían inflamado y podrido: los médicos le aconsejaron que observase una gran abstinencia. Habiendo ayunado dos días, está tan bien mejorado que le declaran su curación y le permiten volver a su modo de vida acostumbrado. Él, al contrario, saboreando ya alguna dulzura en ese desfallecimiento, emprende no retirarse más atrás y franquear el paso que había muy adelantado.

Tulio Marcelino, joven romano, queriendo anticipar la hora de su destino para librarse de una enfermedad que le atormentaba más de lo que quería soportar, aunque los médicos le prometían curación cierta si bien no tan súbita, llamó a sus amigos para deliberar sobre ello: unos, dice Séneca, le daban el consejo que por cobardía habrían tomado para sí mismos; los otros, por adulación, el que pensaban debía serle más agradable; pero un estoico le dijo así: «No te preocupes, Marcelino, como si deliberases sobre cosa de importancia: no es gran cosa vivir, tus criados y las bestias viven; pero es gran cosa morir honestamente, sabiamente y constantemente. Piensa cuánto tiempo hace que haces lo mismo: comer, beber, dormir; beber, dormir y comer. Giramos sin cesar en ese círculo. No solo los malos accidentes e insoportables, sino la saciedad misma de vivir da ganas de muerte. Marcelino no tenía necesidad de hombre que lo aconsejase, sino de hombre que lo socorriese: los sirvientes temían mezclarse en ello; pero ese filósofo les hizo entender que los domésticos son sospechosos solo cuando está en duda si la muerte del amo ha sido voluntaria; de otro modo, que sería de tan mal ejemplo impedirlo como matarlo, puesto que

«quien salva al que no quiere, hace lo mismo que matarlo». Luego advirtió a Marcelino que no estaría mal, como el postre de las mesas se da a los asistentes cuando terminan las comidas, que acabada la vida se distribuyese algo a quienes habían sido sus servidores. Pues bien, era Marcelino de corazón franco y liberal: hizo repartir cierta suma a sus sirvientes y los consoló. Por lo demás, no hubo necesidad de hierro ni de sangre: emprendió irse de esta vida, no huir de ella; no escapar de la muerte, sino probarla. Y para darse tiempo de negociarla, habiendo abandonado todo alimento, el tercer día siguiente, después de haberse hecho rociar con agua tibia, desfallecía poco a poco, y no sin cierta voluptuosidad, según decía. En verdad, quienes han tenido esos desfallecimientos de corazón que sobrevienen por debilidad, dicen no sentir en ellos ningún dolor, sino más bien cierto placer como de un paso al sueño y al reposo. He aquí muertes estudiadas y digeridas.

Pero a fin de que solo Catón pudiese suministrar todo ejemplo de virtud, parece que su buen destino hizo que se hiriera la mano con la que se dio el golpe, para que tuviese tiempo de afrontar la muerte y forcejear con ella, reforzando el valor en el peligro, en lugar de ablandarlo. Y si hubiese dependido de mí representarlo en su actitud más soberbia, habría sido desgarrándose ensangrentado las entrañas, más bien que con la espada en el puño, como hicieron los estatuarios de su tiempo. Pues ese segundo asesinato fue mucho más furioso que el primero.

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