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Capítulo 6Las seis partes de la tragedia

Poética · Aristóteles · 5 min de lectura

De la poesía que imita en verso hexámetro, y de la comedia, hablaremos más adelante. Discutamos ahora la tragedia, retomando su definición formal, como resultado de lo que ya se ha dicho.

La tragedia, entonces, es una imitación de una acción que es seria, completa y de cierta magnitud; en un lenguaje embellecido con cada tipo de ornamento artístico, encontrándose los diversos tipos en partes separadas de la obra; en forma de acción, no de narración; que a través de la compasión y el temor lleva a cabo la purgación apropiada de estas emociones. Por «lenguaje embellecido» quiero decir un lenguaje al que entran el ritmo, la «armonía» y el canto. Por «los diversos tipos en partes separadas» quiero decir que algunas partes se representan únicamente mediante el verso, otras nuevamente con la ayuda del canto.

Ahora bien, como la imitación trágica implica personas que actúan, se sigue necesariamente, en primer lugar, que el equipamiento espectacular será una parte de la tragedia. A continuación, el canto y la dicción, pues estos son el medio de la imitación. Por «dicción» quiero decir el simple arreglo métrico de las palabras: en cuanto al «canto», es un término cuyo sentido todo el mundo entiende.

Además, la tragedia es la imitación de una acción; y una acción implica agentes personales, que necesariamente poseen ciertas cualidades distintivas tanto de carácter como de pensamiento; pues es mediante estos que calificamos las acciones mismas, y estos —pensamiento y carácter— son las dos causas naturales de las que brotan las acciones, y de las acciones depende nuevamente todo éxito o fracaso. Por lo tanto, el argumento es la imitación de la acción: pues por argumento entiendo aquí la disposición de los incidentes.

Por carácter entiendo aquello en virtud de lo cual atribuimos ciertas cualidades a los agentes. El pensamiento se requiere siempre que se prueba una afirmación, o, si cabe, se enuncia una verdad general. Toda tragedia, por tanto, debe tener seis partes, partes que determinan su calidad: a saber, argumento, carácter, dicción, pensamiento, espectáculo, canto. Dos de las partes constituyen el medio de la imitación, una la manera, y tres los objetos de la imitación. Y estas completan la lista.

Estos elementos han sido empleados, podemos decir, por todos los poetas sin excepción; de hecho, cada obra contiene elementos espectaculares así como carácter, argumento, dicción, canto y pensamiento.

Pero lo más importante de todo es la estructura de los incidentes. Pues la tragedia es una imitación, no de hombres, sino de una acción y de la vida, y la vida consiste en acción, y su fin es un modo de acción, no una cualidad. Ahora bien, el carácter determina las cualidades de los hombres, pero es por sus acciones que son felices o lo contrario. La acción dramática, por tanto, no tiene como objetivo la representación del carácter: el carácter entra como subsidiario de las acciones.

Por eso los incidentes y el argumento son el fin de una tragedia; y el fin es lo más importante de todo. Además, sin acción no puede haber una tragedia; puede haberla sin carácter. Las tragedias de la mayoría de nuestros poetas modernos fallan en la representación del carácter; y de los poetas en general esto es a menudo cierto. Ocurre lo mismo en la pintura; y aquí radica la diferencia entre Zeuxis y Polignoto. Polignoto delinea bien el carácter: el estilo de Zeuxis carece de cualidad ética.

Además, si ensartas una serie de discursos expresivos del carácter, y bien acabados en cuanto a dicción y pensamiento, no producirás el efecto trágico esencial ni de lejos tan bien como con una obra que, por deficiente que sea en estos aspectos, tenga sin embargo un argumento e incidentes artísticamente construidos. Aparte de lo cual, los elementos más poderosos del interés emocional en la tragedia —la peripecia o inversión de la situación, y las escenas de reconocimiento— son partes del argumento.

Una prueba adicional es que los novatos en el arte alcanzan el acabado de la dicción y la precisión del retrato antes de que puedan construir el argumento. Ocurre lo mismo con casi todos los poetas primitivos.

El argumento, entonces, es el primer principio, y, por así decirlo, el alma de una tragedia: el carácter ocupa el segundo lugar. Un hecho similar se ve en la pintura. Los colores más bellos, aplicados confusamente, no darán tanto placer como el esbozo en tiza de un retrato. Así, la tragedia es la imitación de una acción, y de los agentes principalmente en función de la acción.

En tercer lugar está el pensamiento, es decir, la facultad de decir lo que es posible y pertinente en circunstancias dadas. En el caso de la oratoria, esta es la función del arte político y del arte de la retórica: y así en efecto los poetas más antiguos hacen que sus personajes hablen el lenguaje de la vida cívica; los poetas de nuestro tiempo, el lenguaje de los retóricos. El carácter es aquello que revela el propósito moral, mostrando qué clase de cosas elige o evita un hombre.

Los discursos, por tanto, que no manifiestan esto, o en los que el hablante no elige ni evita nada en absoluto, no son expresivos del carácter. El pensamiento, por otra parte, se encuentra donde algo se prueba que es, o que no es, o se enuncia una máxima general.

En cuarto lugar entre los elementos enumerados viene la dicción; con la cual quiero decir, como ya se ha dicho, la expresión del significado en palabras; y su esencia es la misma tanto en verso como en prosa.

De los elementos restantes, el canto ocupa el lugar principal entre los embellecimientos.

El espectáculo tiene, en efecto, una atracción emocional propia, pero, de todas las partes, es la menos artística, y la menos conectada con el arte de la poesía. Pues el poder de la tragedia, podemos estar seguros, se siente incluso sin representación y actores. Además, la producción de efectos espectaculares depende más del arte del maquinista teatral que del del poeta.

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