Capítulo 13La construcción de la trama trágica
Como continuación de lo que ya hemos dicho, debemos proceder a considerar qué debe buscar el poeta y qué debe evitar al construir sus tramas, y por qué medios se producirá el efecto específico de la tragedia.
Una tragedia perfecta debe, como hemos visto, estar organizada no según el plan simple, sino según el complejo. Debe, además, imitar acciones que despierten compasión y temor, pues esta es la marca distintiva de la imitación trágica. De ello se sigue claramente, en primer lugar, que el cambio de fortuna presentado no debe ser el espectáculo de un hombre virtuoso llevado de la prosperidad a la adversidad, pues esto no mueve ni a compasión ni a temor; simplemente nos escandaliza.
Ni tampoco el de un hombre malvado que pasa de la adversidad a la prosperidad, pues nada puede ser más ajeno al espíritu de la tragedia; no posee ni una sola cualidad trágica; no satisface el sentido moral ni provoca compasión o temor. Ni tampoco debe exhibirse la caída del villano absoluto. Una trama de este tipo satisfaría, sin duda, el sentido moral, pero no inspiraría ni compasión ni temor, pues la compasión surge ante la desgracia inmerecida, el temor ante la desgracia de un hombre semejante a nosotros.
Tal suceso, por tanto, no será ni compasivo ni terrible. Queda, entonces, el personaje entre estos dos extremos: el de un hombre que no es eminentemente bueno y justo, pero cuya desgracia no es causada por el vicio o la depravación, sino por algún error o fragilidad. Debe ser alguien de gran renombre y prosperidad, un personaje como Edipo, Tiestes u otros hombres ilustres de tales familias.
Una trama bien construida debe, por tanto, ser singular en su desenlace, más que doble como algunos sostienen. El cambio de fortuna no debe ir de lo malo a lo bueno, sino, al contrario, de lo bueno a lo malo. Debe producirse como resultado no del vicio, sino de algún gran error o fragilidad, en un personaje como el que hemos descrito, o mejor antes que peor. La práctica del escenario respalda nuestra opinión. Al principio los poetas relataban cualquier leyenda que se les cruzaba en el camino.
Ahora, las mejores tragedias se fundan en la historia de unas pocas casas, en las fortunas de Alcmeón, Edipo, Orestes, Meleagro, Tiestes, Télefo y aquellos otros que han hecho o sufrido algo terrible. Una tragedia, entonces, para ser perfecta según las reglas del arte, debe tener esta construcción. De ahí que estén equivocados quienes censuran a Eurípides precisamente porque sigue este principio en sus obras, muchas de las cuales terminan desdichadamente. Es, como hemos dicho, el final correcto.
La mejor prueba es que en el escenario y en la competición dramática, tales obras, si están bien elaboradas, son las más trágicas en su efecto; y Eurípides, aunque pueda ser defectuoso en el manejo general de su tema, se siente como el más trágico de los poetas.
En segundo rango viene el tipo de tragedia que algunos colocan en primer lugar. Como la Odisea, tiene un doble hilo argumental y también una catástrofe opuesta para los buenos y para los malos. Se la considera la mejor debido a la debilidad de los espectadores, pues el poeta se guía en lo que escribe por los deseos de su audiencia. El placer, sin embargo, que de allí deriva no es el verdadero placer trágico. Es más propio de la comedia, donde aquellos que, en la pieza, son enemigos mortales —como Orestes y Egisto— abandonan el escenario como amigos al final, y nadie mata ni es muerto.
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