Capítulo 16Clases de reconocimiento
Ya se ha explicado qué es el reconocimiento. Ahora enumeraremos sus clases.
En primer lugar, la forma menos artística, que por pobreza de ingenio se emplea más comúnmente: el reconocimiento por señales. De estas, algunas son congénitas, como «la lanza que la raza nacida de la tierra lleva en sus cuerpos», o las estrellas introducidas por Carcino en su Tiestes. Otras se adquieren después del nacimiento; y de estas, algunas son marcas corporales, como cicatrices; otras son señales externas, como collares, o la pequeña arca en el Tiro mediante la cual se efectúa el descubrimiento.
Incluso estas admiten un tratamiento más o menos hábil. Así, en el reconocimiento de Odiseo por su cicatriz, el descubrimiento se hace de un modo por la nodriza, de otro por los porqueros. El uso de señales con el propósito expreso de prueba —y, de hecho, cualquier prueba formal con o sin señales— es un modo de reconocimiento menos artístico. Una clase mejor es la que surge por un giro del incidente, como en la escena del baño en la Odisea.
Después vienen los reconocimientos inventados a voluntad por el poeta, y por esa razón carentes de arte. Por ejemplo, Orestes en la Ifigenia revela el hecho de que él es Orestes. Ella, en efecto, se da a conocer mediante la carta; pero él, hablando por sí mismo y diciendo lo que el poeta requiere, no lo que la trama requiere. Esto, por tanto, está muy emparentado con el defecto mencionado arriba: pues Orestes bien podría haber traído señales consigo. Otro caso similar es «la voz de la lanzadera» en el Tereo de Sófocles.
La tercera clase depende de la memoria, cuando la visión de algún objeto despierta un sentimiento: como en los Ciprios de Diceógenes, donde el héroe rompe a llorar al ver el cuadro; o de nuevo en el «Canto de Alcínoo», donde Odiseo, al oír al aedo tocar la lira, recuerda el pasado y llora; y de ahí el reconocimiento.
La cuarta clase es por proceso de razonamiento. Así en las Coéforas: «Alguien parecido a mí ha venido: nadie se me parece excepto Orestes: por tanto, Orestes ha venido». Tal es también el descubrimiento hecho por Ifigenia en la obra de Políido el Sofista. Era una reflexión natural que hiciera Orestes: «Así que yo también debo morir en el altar como mi hermana». Así también en el Tideo de Teodectes, el padre dice: «Vine a encontrar a mi hijo y pierdo mi propia vida».
Así también en las Fineidas: las mujeres, al ver el lugar, infirieron su destino: «Aquí estamos condenadas a morir, pues aquí fuimos arrojadas». Además, existe una clase compuesta de reconocimiento que implica inferencia falsa por parte de uno de los personajes, como en el Odiseo disfrazado de mensajero. A dijo <que nadie más era capaz de tensar el arco;... de ahí que B (el Odiseo disfrazado) imaginara que A> reconocería el arco que, de hecho, no había visto; y lograr un reconocimiento por este medio en que la expectativa de que A reconocería el arco es inferencia falsa.
Pero, de todos los reconocimientos, el mejor es el que surge de los incidentes mismos, donde el descubrimiento asombroso se produce por medios naturales. Tal es el del Edipo de Sófocles, y el de la Ifigenia; pues era natural que Ifigenia quisiera enviar una carta. Solo estos reconocimientos prescinden de la ayuda artificial de señales o amuletos. Después vienen los reconocimientos por proceso de razonamiento.
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