Capítulo 22La claridad y distinción del estilo
La perfección del estilo consiste en ser claro sin resultar vulgar. El estilo más claro es el que usa solo palabras corrientes o propias; pero al mismo tiempo resulta vulgar: ejemplo de ello es la poesía de Cleofonte y de Esténelo. Por otra parte, la dicción que emplea palabras inusuales es elevada y se alza por encima de lo común. Por inusual entiendo palabras extrañas (o raras), metafóricas, alargadas... en resumen, todo lo que difiere del lenguaje normal.
Sin embargo, un estilo compuesto enteramente de tales palabras es o bien un acertijo o bien una jerga; un acertijo, si consiste en metáforas; una jerga, si consiste en palabras extrañas (o raras). Pues la esencia de un acertijo es expresar hechos verdaderos mediante combinaciones imposibles. Ahora bien, esto no puede hacerse mediante ninguna disposición de palabras ordinarias, pero sí mediante el uso de la metáfora. Tal es el acertijo: «Vi a un hombre que sobre otro hombre había pegado el bronce con ayuda del fuego», y otros del mismo tipo.
Una dicción compuesta de términos extraños (o raros) es una jerga. Por tanto, es necesaria cierta dosis de estos elementos en el estilo; pues la palabra extraña (o rara), la metafórica, la ornamental y los demás tipos antes mencionados lo elevarán por encima de lo común y vulgar, mientras que el uso de palabras propias lo hará claro. Pero nada contribuye más a producir una claridad de dicción alejada de lo común que el alargamiento, la contracción y la alteración de palabras.
Pues al desviarse en casos excepcionales del lenguaje normal, el lenguaje ganará distinción; mientras que, al mismo tiempo, la conformidad parcial con el uso dará claridad. Por tanto, se equivocan los críticos que censuran estas licencias del lenguaje y ridiculizan al autor. Así, Euclides, el Viejo, declaró que sería fácil ser poeta si se pudieran alargar las sílabas a voluntad. Caricaturizó esta práctica en la forma misma de su dicción, como en el verso: «Epicharén eidon Marathónde badídzonta», o «ouk an g erámenós tón ekeínóu ellébóron».
Emplear tal licencia de manera demasiado ostentosa es, sin duda, grotesco; pero en cualquier modo de dicción poética debe haber moderación. Incluso las metáforas, las palabras extrañas (o raras) o cualquier forma similar del lenguaje producirían el mismo efecto si se usaran sin propiedad y con el propósito expreso de ser ridículas. Qué gran diferencia produce el uso apropiado del alargamiento puede verse en la poesía épica mediante la inserción de formas ordinarias en el verso. Del mismo modo, si tomamos una palabra extraña (o rara), una metáfora o cualquier modo similar de expresión, y la sustituimos por el término corriente o propio, la verdad de nuestra observación se hará manifiesta.
Por ejemplo, Esquilo y Eurípides compusieron cada uno el mismo verso yámbico. Pero la alteración de una sola palabra por parte de Eurípides, que empleó el término más raro en lugar del ordinario, hace que un verso parezca hermoso y el otro trivial. Esquilo en su Filoctetes dice: «Phagédaina d'è mou sárkas esthíei podós».
Eurípides sustituye «thoinátai», «se banquetea con», por «esthíei», «se alimenta de». De nuevo, en el verso «nyn dé m'eón olígygós te kaì outidanós kaì aeikés», se sentirá la diferencia si sustituimos las palabras comunes: «nyn dé m'eón mikrós te kaì asthenikós kaì aeidés». O, si en lugar del verso «díphron aeikélion katathéis olígèn te trápedzan», leemos «díphron mochthèrón katathéis mikrán te trápedzan».
O, en lugar de «èiónes boóosin», «èiónes krádzousi».
Además, Arífrades ridiculizó a los trágicos por usar frases que nadie emplearía en el habla ordinaria: por ejemplo, «domáton ápo» en lugar de «apò domáton», «séten», «egò dé nin», «Achilléos péri» en lugar de «perì Achilléos», y cosas por el estilo. Es precisamente porque tales frases no forman parte del lenguaje corriente que dan distinción al estilo. Sin embargo, él no supo ver esto.
Es muy importante observar la propiedad en estos diversos modos de expresión, como también en las palabras compuestas, las palabras extrañas (o raras), y demás. Pero lo más importante con mucho es dominar la metáfora. Solo esto no puede ser enseñado por otro; es la marca del genio, pues hacer buenas metáforas implica tener ojo para las semejanzas.
De los diversos tipos de palabras, las compuestas se adaptan mejor a los ditirambos, las raras a la poesía heroica, las metáforas al yambo. En la poesía heroica, de hecho, todas estas variedades son útiles. Pero en el verso yámbico, que reproduce, en la medida de lo posible, el habla familiar, las palabras más apropiadas son aquellas que se encuentran incluso en la prosa. Estas son: la corriente o propia, la metafórica, la ornamental.
Respecto a la Tragedia y la imitación mediante la acción, esto puede bastar.
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