Capítulo 15Sobre el carácter en la tragedia
Respecto al carácter hay que aspirar a cuatro cosas. Primero, y lo más importante, debe ser bueno. Ahora bien, cualquier discurso o acción que manifieste propósito moral de algún tipo será expresivo del carácter: el carácter será bueno si el propósito es bueno. Esta regla es relativa a cada clase. Incluso una mujer puede ser buena, y también un esclavo; aunque puede decirse que la mujer es un ser inferior, y el esclavo completamente sin valor. Lo segundo a lo que hay que aspirar es la propiedad.
Existe un tipo de valor viril; pero el valor en una mujer, o la astucia sin escrúpulos, es inapropiado. En tercer lugar, el carácter debe ser fiel a la vida: porque esto es algo distinto de la bondad y la propiedad, tal como aquí se describen. El cuarto punto es la coherencia: pues aunque el sujeto de la imitación, que sugirió el tipo, sea incoherente, aun así debe ser coherentemente incoherente. Como ejemplo de degradación inmotivada del carácter, tenemos a Menelao en el Orestes: de carácter indecoroso e inapropiado, el lamento de Odiseo en la Escila, y el discurso de Melanipa: de incoherencia, la Ifigenia en Áulide, pues Ifigenia la suplicante no se parece en nada a ella misma más tarde.
Como en la estructura de la trama, así también en el retrato del carácter, el poeta debe aspirar siempre a lo necesario o a lo probable. Así, una persona de un carácter dado debe hablar o actuar de una manera dada, según la regla de la necesidad o de la probabilidad; igual que un suceso debe seguir a otro por secuencia necesaria o probable. Por tanto, es evidente que el desenlace de la trama, no menos que la complicación, debe surgir de la trama misma, no debe ser producido por el «Deus ex Machina», como en la Medea, o en el Regreso de los griegos en la Ilíada.
El «Deus ex Machina» debe emplearse solo para acontecimientos externos al drama, para sucesos anteriores o posteriores que están más allá del alcance del conocimiento humano y que requieren ser relatados o predichos; pues a los dioses atribuimos el poder de verlo todo. Dentro de la acción no debe haber nada irracional. Si lo irracional no puede excluirse, debe quedar fuera del alcance de la tragedia. Tal es el elemento irracional en el Edipo de Sófocles.
De nuevo, puesto que la tragedia es una imitación de personas que están por encima del nivel común, debe seguirse el ejemplo de los buenos pintores de retratos. Ellos, al tiempo que reproducen la forma distintiva del original, hacen una semejanza que es fiel a la vida y sin embargo más bella. Así también el poeta, al representar hombres que son irascibles o indolentes, o tienen otros defectos de carácter, debe preservar el tipo y sin embargo ennoblecerlo. De este modo Aquiles es retratado por Agatón y Homero.
Estas son, pues, las reglas que el poeta debe observar. Ni debe descuidar aquellos recursos dirigidos a los sentidos, que, aunque no se cuentan entre lo esencial, son concomitantes de la poesía; pues aquí también hay mucho lugar para el error. Pero de esto ya se ha dicho bastante en nuestros tratados publicados.
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