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Parte 9«¿Y para qué uno?»

El rey Lear · William Shakespeare · 13 min de lectura

Acto IIIV

Ante el castillo de Gloucester; Kent en el cepo

(Entran Lear, el Bufón y un Caballero.)

LEAR.— Es extraño que hayan partido de casa así y no me envíen de vuelta a mi mensajero.

UN CABALLERO.— Según supe, la noche anterior no tenían intención alguna de trasladarse.

KENT.— ¡Salud, noble señor!

LEAR.— ¡Ah! ¿Haces de esta vergüenza tu pasatiempo?

KENT.— No, mi señor.

EL BUFÓN.— ¡Ja, ja! Lleva ligas crueles. Los caballos se atan por la cabeza; los perros y los osos por el cuello, los monos por los lomos y los hombres por las piernas: cuando un hombre tiene las piernas demasiado listas, entonces lleva medias de madera.

LEAR.— ¿Quién es el que ha confundido tanto tu lugar para ponerte aquí?

KENT.— Son él y ella, su yerno y su hija.

LEAR.— No.

KENT.— Sí.

LEAR.— No, digo yo.

KENT.— Yo digo que sí.

LEAR.— No, no; no lo habrían hecho.

KENT.— Sí, lo han hecho.

LEAR.— Por Júpiter, juro que no.

KENT.— Por Juno, juro que sí.

LEAR.— No se habrían atrevido. No podían, no querrían hacerlo; es peor que el asesinato infligir tan violento ultraje contra el respeto debido: explícame, con toda modesta prisa, de qué manera pudiste merecerlo tú o ellos imponer este trato, viniendo de nuestra parte.

KENT.— Mi señor, cuando en su casa entregué las cartas de vuestra alteza, antes de haberme levantado del lugar donde mostré mi deber arrodillado, llegó allí un correo hediendo, cocido en su prisa, medio sin aliento, jadeando las salutaciones de Goneril su señora; entregó cartas, sin respetar la interrupción, que inmediatamente leyeron; por ese contenido, convocaron a su servidumbre, montaron a caballo al instante; me ordenaron seguir y aguardar el momento de su respuesta; me dieron miradas frías: y encontrándome aquí con el otro mensajero, cuya bienvenida percibí había envenenado la mía, siendo el mismo individuo que hace poco se mostró tan insolente contra vuestra alteza, teniendo más hombre que seso en mí, desenvainé; él alborotó la casa con gritos ruidosos y cobardes. Su yerno y su hija consideraron esta transgresión merecedora de la vergüenza que aquí sufre.

EL BUFÓN.— El invierno aún no se ha ido, si los gansos salvajes vuelan en esa dirección. Padres que visten harapos hacen a sus hijos ciegos, mas padres que llevan bolsas verán a sus hijos de rodillas. La Fortuna, esa puta notoria, nunca abre la puerta al pobre. Pero con todo esto, tendrás tantos dolores por tus hijas como puedas contar en un año.

LEAR.— ¡Oh, cómo esta madre se me hincha hacia el corazón! Hysterica passio, abajo, pena trepadora, ¡tu elemento está debajo! ¿Dónde está esa hija?

KENT.— Con el conde, señor, aquí dentro.

LEAR.— No me sigáis; quedaos aquí.

(Sale.)

UN CABALLERO.— ¿No cometisteis más ofensa que la que mencionáis?

KENT.— Ninguna. ¿Cómo es que el rey viene con tan poco séquito?

EL BUFÓN.— Si te hubieran puesto en el cepo por esa pregunta, bien te lo habrías merecido.

KENT.— ¿Por qué, bufón?

EL BUFÓN.— Te pondremos a la escuela con una hormiga, para que te enseñe que no se trabaja en invierno. Todos los que siguen sus narices son guiados por sus ojos salvo los ciegos; y no hay una nariz entre veinte que no pueda oler al que está hediondo. Suelta tu agarre cuando una gran rueda baja una colina, no sea que te rompa el cuello siguiéndola; pero a la grande que sube, deja que te arrastre tras ella. Cuando un hombre sabio te dé mejor consejo, devuélveme el mío: no querría que nadie sino bribones lo siguieran, ya que un bufón lo da. Ese señor que sirve y busca ganancia, y sigue sólo por la forma, hará las maletas cuando empiece a llover y te dejará en la tormenta. Mas yo me quedaré; el bufón permanecerá, y dejará que el sabio huya: el bribón se vuelve bufón si escapa; el bufón no es bribón, pardié.

KENT.— ¿Dónde aprendiste esto, bufón?

EL BUFÓN.— No en el cepo, bufón.

(Entran Lear y Gloucester.)

LEAR.— ¿Negarse a hablar conmigo? ¿Están enfermos? ¿están cansados? ¿Han viajado toda la noche? Meros ardides; imágenes de revuelta y deserción. Tráeme una respuesta mejor.

GLOUCESTER.— Mi estimado señor, conocéis la fogosa condición del duque; cuán inamovible y fijo está en su propio curso.

LEAR.— ¡Venganza! ¡plaga! ¡muerte! ¡confusión! ¿Fogoso? ¿Qué condición? Vamos, Gloucester, Gloucester, quiero hablar con el duque de Cornualles y su esposa.

GLOUCESTER.— Bien, mi buen señor, así se lo he informado.

LEAR.— ¡Informado! ¿Me entiendes, hombre?

GLOUCESTER.— Sí, mi buen señor.

LEAR.— El rey quiere hablar con Cornualles; el padre querido quiere hablar con su hija, ordena, atiende, requiere servicio, ¿están informados de esto? ¡Mi aliento y mi sangre! ¿Fogoso? El duque fogoso, dile al duque ardiente que... No, pero todavía no: quizá no esté bien: la enfermedad siempre descuida todo deber al que nuestra salud está obligada: no somos nosotros mismos cuando la naturaleza, estando oprimida, ordena a la mente sufrir con el cuerpo: me contendré; y he reñido con mi voluntad más impetuosa, para tomar al hombre indispuesto y enfermizo por el hombre sano. [Mirando a Kent.] ¡Muerte sobre mi dignidad! ¿Por qué habría de estar sentado aquí? Este acto me persuade de que este alejamiento del duque y de ella es sólo estratagema. Devuélvanme a mi servidor. Id a decir al duque y a su esposa que quiero hablar con ellos, ahora, inmediatamente: ordenad que salgan y me escuchen, o a la puerta de su cámara tocaré el tambor hasta que grite al sueño hasta matarlo.

GLOUCESTER.— Quisiera que todo estuviera bien entre vosotros.

(Sale.)

LEAR.— ¡Oh, yo, mi corazón, mi corazón que sube! ¡Pero abajo!

EL BUFÓN.— Grítale, tío, como la melindrosa hizo con las anguilas cuando las metió vivas en la pasta; les golpeó las coronillas con un palo y gritó: «¡Abajo, descaradas, abajo!» Fue su hermano el que, por pura bondad hacia su caballo, untó su heno con mantequilla.

(Entran Cornualles, Regan,)

Gloucester y sirvientes.

LEAR.— Buenos días a los dos.

CORNUALLES.— ¡Salud a vuestra gracia!

(Kent es puesto aquí en libertad.)

REGAN.— Me alegro de ver a vuestra alteza.

LEAR.— Regan, creo que es cierto; sé qué razón tengo para pensarlo: si no te alegraras, me divorciaría de la tumba de tu madre, que sepulta a una adúltera. [A Kent] Oh, ¿estás libre? Ya habrá tiempo para eso. Amada Regan, tu hermana es perversa: oh Regan, ha atado aquí la crueldad de dientes afilados, como un buitre.

(Señala su corazón.)

Apenas puedo hablarte; no creerás con qué depravada condición... ¡Oh Regan!

REGAN.— Os ruego, señor, que tengáis paciencia. Tengo esperanza de que vos sepáis menos valorar su mérito que ella escatimar su deber.

LEAR.— Di, ¿cómo es eso?

REGAN.— No puedo pensar que mi hermana en lo más mínimo faltara a su obligación. Si acaso, señor, ha reprimido los desmanes de vuestros seguidores, es por tales motivos y con tan saludable fin que la libra de toda culpa.

LEAR.— Mis maldiciones sobre ella.

REGAN.— Oh, señor, sois viejo; la naturaleza en vos está al borde mismo de su confín: deberíais ser gobernado y guiado por alguna discreción que discierna vuestro estado mejor que vos mismo. Por eso os ruego que volváis con nuestra hermana; decid que la habéis agraviado, señor.

LEAR.— ¿Pedirle perdón? ¿Ves cómo le sienta esto a la casa? «Hija querida, confieso que soy viejo;

(Arrodillándose.)

La edad es innecesaria: de rodillas te suplico que te dignes concederme vestido, lecho y alimento.»

REGAN.— ¡Buen señor, basta ya! Esas son tretas indecorosas: vuelva usted con mi hermana.

(Levantándose.)

LEAR.— Nunca, Regan: me ha rebajado la mitad de mi séquito; me ha mirado con furia; me ha golpeado con su lengua, de lo más serpentino, en pleno corazón. ¡Caigan todas las venganzas acumuladas del cielo sobre su cabeza ingrata! ¡Hieran sus jóvenes huesos, aires contagiosos, con parálisis!

CORNUALLES.— ¡Vamos, señor, vamos!

LEAR.— ¡Veloces rayos, claven sus llamas cegatrices en sus ojos desdeñosos! ¡Infecten su belleza, nieblas chupadas de pantanos, atraídas por el sol poderoso, para caer y marchitar su orgullo!

REGAN.— ¡Oh dioses benditos! Así me maldecirá usted cuando le entre el arrebato.

LEAR.— No, Regan, tú nunca tendrás mi maldición. Tu naturaleza de temple delicado no te entregará a la dureza. Sus ojos son feroces; pero los tuyos reconfortan, y no queman. No está en ti el regatear mis placeres, recortar mi séquito, cruzar palabras ásperas, reducir mis asignaciones, y, por último, echar el cerrojo para impedirme entrar. Tú conoces mejor los deberes de la naturaleza, el vínculo de la infancia, los efectos de la cortesía, las deudas de gratitud; no has olvidado tu mitad del reino con que te doté.

REGAN.— Buen señor, al grano.

LEAR.— ¿Quién puso a mi criado en el cepo?

(Toque de trompeta dentro.)

CORNUALLES.— ¿Qué trompeta es esa?

REGAN.— La conozco, es de mi hermana: esto confirma su carta, que pronto estaría aquí.

(Entra Oswald.)

¿Ha llegado su señora?

LEAR.— Este es un esclavo cuyo fácil orgullo prestado habita en la gracia voluble de aquella a quien sigue. ¡Fuera, bellaco, de mi vista!

CORNUALLES.— ¿Qué quiere decir vuestra gracia?

LEAR.— ¿Quién puso en el cepo a mi criado? Regan, tengo buena esperanza de que tú no lo supieras. ¿Quién viene aquí? ¡Oh cielos!

(Entra Goneril.)

Si amáis a los viejos, si vuestro dulce gobierno permite obediencia, si vosotros mismos sois viejos, haced vuestra esta causa; descended y tomad mi partido!

(A Goneril.)

¿No te avergüenzas de mirar esta barba? Oh Regan, ¿le vas a tomar la mano?

GONERIL.— ¿Por qué no la mano, señor? ¿En qué he ofendido? No todo es ofensa lo que la indiscreción encuentra y el chocho llama así.

LEAR.— ¡Oh entrañas, sois demasiado duras! ¿Resistiréis aún? ¿Cómo fue a parar mi criado al cepo?

CORNUALLES.— Lo puse yo allí, señor: pero sus propios desórdenes merecieron mucho menos favor.

LEAR.— ¿Usted? ¿Fue usted?

REGAN.— Le ruego, padre, siendo débil, parezca serlo. Si hasta que expire su mes quiere volver y quedarse con mi hermana, despidiendo la mitad de su séquito, venga entonces conmigo: ahora no estoy en casa, y carezco de las provisiones que serán necesarias para su recibimiento.

LEAR.— ¿Volver con ella y despedir a cincuenta hombres? No, prefiero renunciar a todo techo y elegir combatir contra la hostilidad del aire; ser compañero del lobo y el búho, ¡el pellizco agudo de la necesidad! ¿Volver con ella? Pues bien, antes me convencerían de arrodillarme ante el trono del ardiente francés, que sin dote tomó a nuestra hija menor, y mendigar como un escudero una pensión para mantener en pie mi vil vida. ¿Volver con ella? Persuádeme más bien de ser esclavo y acémila de este detestable lacayo.

(Señalando a Oswald.)

GONERIL.— Como usted elija, señor.

LEAR.— Te lo ruego, hija, no me vuelvas loco: no te molestaré, hija mía; adiós: no nos veremos más, no nos volveremos a ver. Pero aún eres mi carne, mi sangre, mi hija; o más bien una enfermedad que está en mi carne, que por fuerza he de llamar mía. Eres un forúnculo, una llaga purulenta, o un carbunco abultado en mi sangre corrompida. Pero no te reprenderé; que venga la vergüenza cuando quiera, yo no la llamo: no ordeno al portador del trueno que dispare, ni cuento historias de ti al Jove que juzga en lo alto: enmiéndate cuando puedas; mejora cuando te venga bien: yo puedo ser paciente; puedo quedarme con Regan, yo y mis cien caballeros.

REGAN.— No del todo, no la esperaba aún, ni estoy preparada para su bienvenida apropiada. Escuche, señor, a mi hermana; pues quienes mezclan razón con su apasionamiento han de contentarse con pensar que es usted viejo, y así... Pero ella sabe lo que hace.

LEAR.— ¿Está esto bien dicho?

REGAN.— Me atrevo a confirmarlo, señor: ¿qué, cincuenta seguidores? ¿No está bien? ¿Para qué necesita más? Sí, o tantos, cuando tanto el gasto como el peligro hablan contra un número tan grande? ¿Cómo en una casa tantas personas, bajo dos mandos, mantendrían la armonía? Es difícil; casi imposible.

GONERIL.— ¿Por qué no podría, mi señor, recibir atención de aquellos que ella llama criados, o de los míos?

REGAN.— ¿Por qué no, mi señor? Si entonces llegaran a descuidarle, podríamos controlarlos. Si viene conmigo, pues ahora veo un peligro, le ruego que traiga solo veinticinco: a no más daré lugar ni acogida.

LEAR.— Os lo di todo...

REGAN.— Y en buen momento lo dio.

LEAR.— Os hice mis guardianas, mis depositarias; pero guardé la reserva de ser seguido con tal número. ¿Qué, he de ir a ti con veinticinco, Regan, dijiste eso?

REGAN.— Y lo repito, mi señor; conmigo no más.

LEAR.— Esas criaturas malvadas aún parecen bien cuando otras son más malvadas; no ser la peor tiene algún rango de alabanza.

(A Goneril.)

Iré contigo: tus cincuenta aún duplican veinticinco, y tú vales dos veces su amor.

GONERIL.— Óigame, mi señor: ¿para qué necesita veinticinco? ¿Diez? ¿O cinco? ¿Para seguir en una casa donde el doble tienen orden de atenderle?

REGAN.— ¿Para qué uno?

LEAR.— Oh, no razones la necesidad: nuestros mendigos más viles tienen en la cosa más pobre algo superfluo: no permitas a la naturaleza más de lo que la naturaleza necesita, la vida del hombre es tan barata como la de la bestia. Tú eres una dama; si solo ir abrigado fuera magnífico, pues la naturaleza no necesita lo magnífico que vistes, que apenas te mantiene caliente. Pero, por verdadera necesidad... ¡Cielos, dadme esa paciencia, paciencia que necesito! Me veis aquí, dioses, un pobre anciano, tan lleno de pena como de años; ¡miserable en ambas cosas! Si sois vosotros quienes azuzáis los corazones de estas hijas contra su padre, no me engañéis tanto como para soportarlo mansamente; tocadme con noble ira, y no dejes que las armas de mujer, gotas de agua, manchen mis mejillas de hombre! ¡No, arpías desnaturalizadas, tendré tales venganzas de vosotras dos que el mundo entero...! Haré tales cosas... Lo que son aún no lo sé; pero serán los terrores de la tierra. Creéis que lloraré; no, no lloraré: [_Tormenta y tempestad._] tengo plena causa de llorar; pero este corazón se romperá en cien mil fragmentos antes de que llore. ¡Oh bufón, me volveré loco!

(Salen Lear, Gloucester, Kent y el Bufón.)

CORNUALLES.— Retiremonos; va a haber tormenta.

REGAN.— Esta casa es pequeña: el anciano y su gente no pueden alojarse bien.

GONERIL.— Es culpa suya; él mismo se ha privado del reposo y ahora tiene que probar su locura.

REGAN.— En lo que a él toca, lo recibiré con gusto, pero ni un solo acompañante.

GONERIL.— Esa es también mi intención. ¿Dónde está mi señor de Gloucester?

(Entra Gloucester.)

CORNUALLES.— Siguió al viejo cuando salió, ya ha vuelto.

GLOUCESTER.— El rey está furioso.

CORNUALLES.— ¿Adónde va?

GLOUCESTER.— Pide su caballo; pero no sé adónde irá.

CORNUALLES.— Lo mejor es dejarlo ir; él solo se guía.

GONERIL.— Señor mío, no le ruegue de ningún modo que se quede.

GLOUCESTER.— Ay, viene la noche, y el viento sopla con fuerza; en muchas millas a la redonda apenas hay un arbusto.

REGAN.— Oh, señor, a los hombres obstinados las desgracias que ellos mismos se procuran tienen que servirles de maestros. Cierre sus puertas. Viene acompañado de una comitiva desesperada, y quién sabe a qué pueden incitarlo, siendo tan propenso a dejarse engañar el oído: la prudencia aconseja temer.

CORNUALLES.— Cierre sus puertas, señor; es una noche salvaje. Mi Regan aconseja bien: entre, salga de la tormenta.

(Salen.)

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