Parte 11Lear contra los elementos
Acto IIIII
Otra parte del páramo
(Continúa la tormenta. Entran Lear)
y el Bufón.
LEAR.— ¡Soplad, vientos, y reventad vuestras mejillas! ¡Rabia! ¡Soplad! ¡Cataratas y huracanes, derramaos hasta anegar nuestros campanarios, ahogar las veletas! ¡Fuegos sulfúreos que ejecutáis el pensamiento, heraldos de los rayos que hienden el roble, chamuscad mi cabeza blanca! ¡Y tú, trueno que todo lo estremeces, aplasta de un golpe la redondez espesa del mundo! ¡Rompe los moldes de la naturaleza, derrama de una vez todos los gérmenes que engendran al hombre ingrato!
EL BUFÓN.— Ay, tío, agua bendita de corte en casa seca es mejor que esta agua de lluvia a la intemperie. Buen tío, entra y pide la bendición de tus hijas: esta noche no tiene piedad ni de sabios ni de locos.
LEAR.— ¡Retumba hasta hartarte! ¡Escupe, fuego! ¡Derrámate, lluvia! Ni lluvia, viento, trueno ni fuego sois hijas mías; no os acuso a vosotros, elementos, de crueldad. Nunca os di un reino, os llamé hijos; no me debéis obediencia: dejad caer entonces vuestro horrible placer. Aquí estoy, vuestro esclavo, un viejo pobre, enfermo, débil y despreciado: pero aun así os llamo ministros serviles, que queréis unir vuestras batallas engendradas en lo alto con dos hijas perversas contra una cabeza tan vieja y blanca como esta. ¡Oh! ¡Oh! ¡Es inmundo!
EL BUFÓN.— Quien tiene casa donde meter la cabeza tiene buen casco. La bragueta que busque casa antes que la cabeza la haya hallado, la cabeza y él tendrán piojos: así los mendigos se casan a montones. El hombre que hace de su dedo lo que debiera hacer su corazón llorará por un callo y convertirá su sueño en vigilia. Porque jamás hubo mujer hermosa que no hiciera muecas ante un espejo.
LEAR.— No, seré el ejemplo de toda paciencia; no diré nada.
(Entra Kent.)
KENT.— ¿Quién va?
EL BUFÓN.— Caray, aquí hay gracia y bragueta; o sea, un sabio y un loco.
KENT.— Ay, señor, ¿está usted aquí? Las criaturas que aman la noche no aman noches como estas; los cielos iracundos aterran a los mismos vagabundos de la oscuridad y los hacen guarecerse en sus cuevas. Desde que soy hombre, tales sábanas de fuego, tales estallidos de trueno horrendo, tales gemidos de viento rugiente y lluvia jamás recuerdo haber oído. La naturaleza del hombre no puede soportar la aflicción, ni el terror.
LEAR.— Que los grandes dioses que mantienen este espantoso estruendo sobre nuestras cabezas descubran ahora a sus enemigos. Tiembla tú, miserable, que guardas dentro crímenes no revelados que la justicia no ha castigado. Escóndete, mano sangrienta; tú, perjuro, y tú, simulador de virtud que eres incestuoso. Villano, hazte pedazos tú que bajo apariencia encubierta y cómoda has conspirado contra la vida del hombre: culpas encerradas y ocultas, reventad vuestros continentes que os disimulan y pedid gracia a estos espantosos alguaciles. Yo soy un hombre más pecado contra él que pecador.
KENT.— Ay, con la cabeza descubierta! Bondadoso señor, aquí cerca hay una choza; algún abrigo os dará contra la tempestad: reposad ahí mientras yo vuelvo a esta casa dura —más dura que las piedras con que está hecha; que aun ahora mismo, preguntando por usted, me negó la entrada— y les arranco su cortesía mezquina.
LEAR.— Empiezo a perder el juicio. Vamos, muchacho mío. ¿Cómo estás, muchacho? ¿Tienes frío? Yo mismo tengo frío. ¿Dónde está esa paja, amigo? El arte de nuestras necesidades es extraño, que puede volver preciosas las cosas viles. Ven, a tu choza. Pobre bufón y bribón, hay una parte en mi corazón que todavía se duele por ti.
(Cantando.)
EL BUFÓN.— Quien tiene y un poco de ingenio, con jay-jo, el viento y la lluvia, debe contentarse con lo que le cupo, aunque la lluvia llueva cada día.
LEAR.— Cierto, muchacho. Ven, llévanos a esa choza.
(Salen Lear y Kent.)
EL BUFÓN.— Buena noche es esta para enfriar a una cortesana. Voy a recitar una profecía antes de irme: Cuando los curas sean más de palabra que de obra; cuando los cerveceros agüen su malta; cuando los nobles sean maestros de sus sastres; cuando no se queme a herejes, sino a pretendientes de mozas; cuando todo pleito tenga razón; cuando no haya escudero endeudado ni caballero pobre; cuando las calumnias no vivan en las lenguas; ni los cortabolsas vengan a las multitudes; cuando los usureros cuenten su oro en el campo; y rameras y putas edifiquen iglesias, entonces el reino de Albión caerá en gran confusión: entonces llegará el tiempo, quien viva para verlo, en que andar se hará con los pies. Esta profecía la hará Merlín; pues yo vivo antes de su época.
(Sale.)
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