Parte 2La carta falsa de Edmundo
Acto III
Un salón en el castillo del conde de Gloucester
(Entra Edmundo con una)
carta.
EDMUNDO.— Tú, Naturaleza, eres mi diosa; a tu ley consagro mi servicio. ¿Por qué habría yo de permanecer en la plaga de la costumbre y permitir que la manía de las naciones me despoje? ¿Porque vine unas doce o catorce lunas después que mi hermano? ¿Por qué bastardo? ¿Por qué innoble? ¿Acaso mis proporciones no están tan bien formadas, mi inteligencia tan generosa y mi figura tan cabal como las del hijo de una honrada señora? ¿Por qué nos marcan con lo innoble? ¿Con la indignidad? ¿Con la bastardía? ¿Innoble, innoble? Los que en el robo lujurioso de la naturaleza reciben más composición y cualidad vigorosa que la que va a la creación de toda una tribu de necios engendrados entre el sueño y la vigilia en un lecho torpe, rancio y cansado. Bien, entonces, legítimo Edgar, he de tener tus tierras: el amor de nuestro padre por el bastardo Edmundo es igual que por el legítimo. ¡Hermosa palabra: legítimo! Bien, legítimo mío, si esta carta prospera y mi invención triunfa, Edmundo el innoble ha de coronar al legítimo. Crezco, prospero. ¡Ahora, dioses, defended a los bastardos!
(Entra Gloucester.)
GLOUCESTER.— ¡Kent desterrado así! ¡Y Francia partido en cólera! ¡Y el rey marchado esta noche! ¡Limitado su poder! ¡Reducido a una pensión! ¡Todo esto hecho de repente! Edmundo, ¿qué hay? ¿Qué noticias?
EDMUNDO.— Si place a vuestra señoría, ninguna.
(Guardando la carta.)
GLOUCESTER.— ¿Por qué tan afanosamente procuras guardar esa carta?
EDMUNDO.— No sé de ninguna noticia, señor.
GLOUCESTER.— ¿Qué papel estabas leyendo?
EDMUNDO.— Nada, señor.
GLOUCESTER.— ¿No? ¿Qué necesidad había entonces de ese terrible apresuramiento para meterla en tu bolsillo? La cualidad de nada no tiene tal necesidad de ocultarse. Veamos. Vamos, si es nada, no necesitaré anteojos.
EDMUNDO.— Os lo ruego, señor, perdonadme. Es una carta de mi hermano que no he leído del todo; y por lo mucho que he examinado, hallo que no es propia para vuestra inspección.
GLOUCESTER.— Dame la carta, señor.
EDMUNDO.— Ofenderé tanto si la retengo como si la entrego. El contenido, según en parte lo entiendo, es censurable.
GLOUCESTER.— ¡Veamos, veamos!
EDMUNDO.— Espero, para justificación de mi hermano, que haya escrito esto sólo como un ensayo o prueba de mi virtud.
(Lee.)
GLOUCESTER.— «Esta política y reverencia de la vejez hace el mundo amargo a lo mejor de nuestro tiempo; mantiene nuestras fortunas lejos de nosotros hasta que nuestra ancianidad no puede saborearlas. Empiezo a hallar una ociosa y necia servidumbre en la opresión de la tiranía envejecida, que no gobierna porque tenga poder, sino porque se le tolera. Ven a mí para que de esto pueda hablar más. Si nuestro padre durmiese hasta que yo lo despertara, gozarías de la mitad de sus rentas para siempre y vivirías amado de tu hermano, EDGAR.» ¡Hum! ¿Conspiración? «Durmiese hasta que yo lo despertara, gozarías de la mitad de sus rentas.» ¡Mi hijo Edgar! ¿Tuvo él mano para escribir esto? ¿Corazón y cerebro para engendrarlo? ¿Cuándo te llegó esto? ¿Quién lo trajo?
EDMUNDO.— No me lo trajeron, señor; ahí está la astucia del asunto. Lo hallé arrojado por la ventana de mi aposento.
GLOUCESTER.— ¿Reconoces la letra como de tu hermano?
EDMUNDO.— Si la materia fuese buena, señor, me atrevería a jurar que es suya; pero respecto a eso, quisiera pensar que no lo es.
GLOUCESTER.— Es suya.
EDMUNDO.— Es su letra, señor; pero espero que su corazón no esté en el contenido.
GLOUCESTER.— ¿Nunca antes te ha sondeado en este asunto?
EDMUNDO.— Nunca, señor. Pero le he oído sostener a menudo que es justo que, estando los hijos en edad perfecta y los padres en decadencia, el padre sea como pupilo del hijo, y el hijo administre sus rentas.
GLOUCESTER.— ¡Oh villano, villano! ¡Su mismísima opinión en la carta! ¡Abominable villano! ¡Villano antinatural, detestable, brutal! ¡Peor que brutal! Ve, muchacho, búscalo; lo haré apresar. Villano abominable, ¿dónde está?
EDMUNDO.— No lo sé bien, señor. Si os pluguiere suspender vuestra indignación contra mi hermano hasta que podáis obtener de él mejor testimonio de su intención, seguiríais un curso seguro; mientras que si procedéis violentamente contra él, malentendiendo su propósito, haríais una gran brecha en vuestro propio honor y haríais pedazos el corazón de su obediencia. Me atrevo a empeñar mi vida por él en que ha escrito esto para tantear mi afecto a vuestro honor, y sin otro propósito de peligro.
GLOUCESTER.— ¿Eso piensas?
EDMUNDO.— Si vuestro honor lo juzga conveniente, os colocaré donde nos oigáis conversar de esto, y mediante una seguridad auricular tendréis vuestra satisfacción, y eso sin más demora que esta misma tarde.
GLOUCESTER.— No puede ser tal monstruo.
EDMUNDO.— Ni lo es, seguro.
GLOUCESTER.— Con su padre, que tan tierna y enteramente lo ama. ¡Cielo y tierra! Edmundo, búscalo; introdúcete en él por mí, te lo ruego: dispón el asunto según tu propia sabiduría. Renunciaría a mi estado para estar en debida certidumbre.
EDMUNDO.— Lo buscaré, señor, enseguida; conduciré el asunto según halle medios, y os informaré de todo.
GLOUCESTER.— Estos últimos eclipses del sol y la luna no nos presagian nada bueno: aunque la sabiduría de la Naturaleza pueda razonarlo así y asá, la naturaleza se halla azotada por los efectos subsecuentes. El amor se enfría, la amistad decae, los hermanos se dividen: en las ciudades, motines; en los países, discordia; en los palacios, traición; y el vínculo quebrado entre hijo y padre. Este villano mío cae bajo la predicción; ahí está el hijo contra el padre: el rey cae del sesgo de la naturaleza; ahí está el padre contra el hijo. Hemos visto lo mejor de nuestro tiempo. Maquinaciones, falsedad, traición y todos los desórdenes ruinosos nos siguen inquietamente a nuestras tumbas. Descubre a este villano, Edmundo; no te costará nada; hazlo cuidadosamente. ¡Y el noble y leal Kent desterrado! ¡Su ofensa, la honradez! Qué extraño.
(Sale.)
EDMUNDO.— Esta es la excelente necedad del mundo: que cuando estamos enfermos de fortuna, a menudo por los excesos de nuestra propia conducta, hacemos culpables de nuestros desastres al sol, la luna y las estrellas; como si fuésemos villanos por necesidad; necios por compulsión celestial; bribones, ladrones y traidores por predominio esférico; borrachos, mentirosos y adúlteros por obediencia forzada de influencia planetaria; y todo lo que somos de malo, por un impulso divino. Admirable evasión del hombre putañero, achacar su disposición cabruna a cargo de una estrella. Mi padre se ayuntó con mi madre bajo la cola del dragón, y mi natividad fue bajo la Osa Mayor, de modo que se sigue que soy tosco y lujurioso. ¡Bah! Yo habría sido lo que soy aunque la estrella más virginal del firmamento hubiese centelleado sobre mi bastardeo.
(Entra Edgar.)
¡Justo! Llega como la catástrofe de la vieja comedia: mi papel es de melancólico villano, con un suspiro como Tom de Bedlam. ¡Oh, estos eclipses presagian estas divisiones! Fa, sol, la, mi.
EDGAR.— ¿Qué hay, hermano Edmundo? ¿En qué seria contemplación estás?
EDMUNDO.— Estoy pensando, hermano, en una predicción que leí el otro día, sobre lo que ha de seguir a estos eclipses.
EDGAR.— ¿Te ocupas de eso?
EDMUNDO.— Le prometo que los efectos de los que escribe se cumplen desgraciadamente: como la falta de natural afecto entre el hijo y el padre; muerte, hambruna, disoluciones de antiguas amistades; divisiones en el Estado, amenazas y maldiciones contra el rey y los nobles; desconfianzas sin motivo, destierro de amigos, dispersión de cohortes, rupturas nupciales, y no sé qué más.
EDGAR.— ¿Cuánto tiempo llevas siendo sectario de la astronomía?
EDMUNDO.— ¡Vamos, vamos! ¿Cuándo viste a mi padre por última vez?
EDGAR.— Anoche.
EDMUNDO.— ¿Hablaste con él?
EDGAR.— Sí, dos horas seguidas.
EDMUNDO.— ¿Os separasteis en buenos términos? ¿No encontraste disgusto en él, ni de palabra ni de semblante?
EDGAR.— Ninguno en absoluto.
EDMUNDO.— Piensa bien en qué puedes haberlo ofendido, y por mi ruego evita su presencia hasta que un poco de tiempo haya templado el calor de su disgusto; que en este instante está tan furioso en él que con el daño de tu persona apenas se aplacaría.
EDGAR.— Algún villano me ha hecho mal.
EDMUNDO.— Ese es mi temor. Te ruego que tengas una abstención contenida hasta que la velocidad de su rabia vaya más despacio; y, como digo, retírate conmigo a mi alojamiento, desde donde te llevaré en el momento oportuno para oír hablar a mi señor: te lo ruego, ve; aquí está mi llave. Si sales fuera, ve armado.
EDGAR.— ¿Armado, hermano?
EDMUNDO.— Hermano, te aconsejo lo mejor; no soy hombre honrado si hay alguna buena intención hacia ti: te he contado lo que he visto y oído. Pero débilmente; nada comparable a la imagen y horror de ello: ¡te lo ruego, vete!
EDGAR.— ¿Tendré noticias tuyas pronto?
EDMUNDO.— Te sirvo en este asunto.
(Sale Edgar.)
¡Un padre crédulo! Y un hermano noble, cuya naturaleza está tan lejos de hacer daño que no sospecha de nadie; sobre cuya necia honradez cabalgan fáciles mis maquinaciones. Veo el negocio. Que si no por nacimiento, tenga tierras por ingenio; todo me viene bien si puedo darle forma a mi medida.
(Sale.)
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