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Parte 18Goneril y Edmundo

El rey Lear · William Shakespeare · 4 min de lectura

Acto IVII

Ante el palacio del duque de Albany

(Entran Goneril, Edmundo;)

Oswaldo, que les sale al encuentro.

GONERIL.— Bienvenido, mi señor. Me extraña que nuestro apacible esposo no nos haya salido al camino. Y bien, ¿dónde está tu amo?

OSWALDO.— Señora, dentro; pero jamás hubo hombre tan mudado. Le conté del ejército que había desembarcado; se sonrió: le dije que veníais vos; su respuesta fue: «Peor». De la traición de Gloucester y del leal servicio de su hijo cuando le informé, me llamó imbécil y me dijo que había puesto las cosas del revés. Lo que más debería disgustarle le parece grato; lo grato, ofensivo.

(A Edmundo.)

GONERIL.— Entonces no seguirás adelante. Es el terror cobarde de su espíritu, que no se atreve a emprender nada. No sentirá agravios que le obliguen a dar respuesta. Nuestros deseos en el camino pueden resultar hechos. Vuelve, Edmundo, junto a mi hermano; apresura sus levas y conduce sus tropas. He de cambiar los nombres en casa y poner la rueca en manos de mi marido. Este fiel servidor hará de correo entre nosotros. Antes de mucho has de oír, si te atreves a arriesgarte en causa propia, la orden de una dueña. [Le da una prenda.] Lleva esto; ahorra palabras; inclina la cabeza. Este beso, si osara hablar, lanzaría tu espíritu hasta el aire. Entiéndeme, y ve con bien.

EDMUNDO.— Vuestro hasta la muerte.

(Sale Edmundo.)

GONERIL.— Mi queridísimo Gloucester. ¡Oh, la diferencia de hombre a hombre! A ti se deben los servicios de una mujer; mi necio usurpa mi cuerpo.

OSWALDO.— Señora, aquí viene mi señor.

(Sale.)

(Entra Albany.)

GONERIL.— Hubo un tiempo en que yo valía un silbido.

ALBANY.— ¡Oh, Goneril! No vales el polvo que el viento hostil te arroja a la cara. Temo tu natural; esa naturaleza que desprecia su origen no puede mantenerse dentro de límites ciertos. La que a sí misma quiere astillarse y desgajarse de su savia maternal, por fuerza ha de marchitarse y acabar en uso mortífero.

GONERIL.— Basta; el sermón es necio.

ALBANY.— La sabiduría y la bondad a los viles les parecen viles; las inmundicias sólo se saborean a sí mismas. ¿Qué habéis hecho? Tigres, no hijas, ¿qué habéis perpetrado? A un padre, y un anciano lleno de gracia, cuya reverencia hasta el oso arrastrado por la argolla lamería, de la manera más bárbara, más degenerada, lo habéis enloquecido. ¿Pudo mi buen cuñado consentir que lo hicierais? ¡Un hombre, un príncipe, por él tan beneficiado! Si los cielos no envían pronto sus espíritus visibles a domar estas ofensas viles, llegará el momento en que la Humanidad habrá por fuerza de devorarse a sí misma, como los monstruos del abismo.

GONERIL.— ¡Hombre sin hígado! Que ofreces una mejilla para los golpes, una cabeza para los agravios; que no tienes en el ceño un ojo que sepa distinguir tu honra de tu sufrimiento; que no sabes que los necios compadecen a aquellos villanos que son castigados antes de haber consumado su fechoría. ¿Dónde está tu tambor? Francia despliega sus pendones en nuestra tierra silenciosa; con yelmo empenachado empieza a amenazar tu estado, mientras tú, necio moralista, te quedas quieto y clamas: «¡Ay, por qué hace eso?»

ALBANY.— ¡Mírate, demonio! La deformidad propia no parece en el diablo tan horrenda como en la mujer.

GONERIL.— ¡Oh, necio vano!

ALBANY.— ¡Cosa mudada y tapada a ti misma, ten vergüenza! ¡No conviertas en monstruo tu forma! Si fuera conveniente dejar que estas manos obedecieran a mi sangre, están bastante dispuestas a dislocar y desgarrar tu carne y tus huesos. Por más que seas un demonio, la forma de mujer te escuda.

GONERIL.— ¡Vaya, tu hombría, miau!

(Entra un mensajero.)

ALBANY.— ¿Qué noticias?

UN MENSAJERO.— Oh, mi buen señor, el duque de Cornwall ha muerto; lo mató su servidor cuando iba a sacarle el otro ojo a Gloucester.

ALBANY.— ¡Los ojos de Gloucester!

UN MENSAJERO.— Un criado que él había criado, traspasado de remordimiento, se opuso al acto, volviendo su espada contra su gran amo; quien, enfurecido por ello, se lanzó sobre él, y entre todos lo derribaron muerto; mas no sin aquel golpe funesto que después lo ha arrastrado a él también.

ALBANY.— Esto muestra que estáis en lo alto, justicias vosotras, que estos nuestros crímenes de aquí abajo tan presto podéis vengar. Pero, ¡oh, pobre Gloucester! ¿Perdió su otro ojo?

UN MENSAJERO.— Los dos, los dos, mi señor. Esta carta, señora, requiere pronta respuesta; es de vuestra hermana.

(Aparte.)

GONERIL.— De un lado esto me place; mas siendo ella viuda, y mi Gloucester con ella, puede echar abajo toda la construcción de mi fantasía sobre mi vida odiosa. De otro lado la noticia no es tan amarga. Leeré, y responderé.

(Sale.)

ALBANY.— ¿Dónde estaba su hijo cuando le sacaron los ojos?

UN MENSAJERO.— Vino aquí con mi señora.

ALBANY.— No está aquí.

UN MENSAJERO.— No, mi buen señor; lo encontré de vuelta.

ALBANY.— ¿Conoce él la maldad?

UN MENSAJERO.— Sí, mi buen señor. Fue él quien lo denunció; y abandonó la casa a propósito, para que su castigo tuviera curso más libre.

ALBANY.— Gloucester, vivo para agradecerte el amor que mostraste al Rey, y para vengar tus ojos. Ven aquí, amigo, cuéntame qué más sabes.

(Salen.)

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