Parte 26El duelo y el final
Acto VIII
El campamento británico cerca de Dover
(Entran en son de conquista con tambores y enseñas, Edmundo, Lear y Cordelia)
como prisioneros; Oficiales, Soldados, etc.
EDMUNDO.— Que se los lleven algunos oficiales: buena guardia hasta que se conozcan primero las mayores voluntades de quienes han de juzgarlos.
CORDELIA.— No somos los primeros que con la mejor intención hemos incurrido en lo peor. Por ti, rey oprimido, me veo abatida; yo sola podría desafiar con el ceño el ceño de la falsa fortuna. ¿No veremos a estas hijas y estas hermanas?
LEAR.— No, no, no, no. Vamos, marchemos a prisión: nosotros dos solos cantaremos como pájaros en la jaula. Cuando me pidas la bendición yo me arrodillaré y te pediré perdón. Así viviremos, y rezaremos, y cantaremos, y contaremos viejas historias, y nos reiremos de las mariposas doradas, y oiremos a pobres bribones hablar de noticias de la corte; y hablaremos con ellos también, de quién pierde y quién gana, quién está dentro, quién fuera; y tomaremos sobre nosotros el misterio de las cosas, como si fuésemos espías de Dios. Y sobreviviremos, en una prisión amurallada, a manadas y sectas de grandes que crecen y menguan con la luna.
EDMUNDO.— Lleváoslos.
LEAR.— Sobre tales sacrificios, Cordelia mía, los dioses mismos arrojan incienso. ¿Te he atrapado? Quien nos separe tendrá que traer una tea del cielo y sacarnos de aquí a fuego como a zorros. Sécate los ojos; los buenos años los devorarán, carne y pellejo, antes de que nos hagan llorar. Los veremos morir de hambre primero: ven.
(Salen Lear y Cordelia, custodiados.)
EDMUNDO.— Ven aquí, capitán, escucha. Toma esta nota [_dándole un papel_]; ve, síguelos a prisión. Un peldaño te he ascendido; si haces lo que esto te indica, te labrarás camino hacia nobles fortunas: sábete esto, que los hombres son según es el tiempo; ser de corazón tierno no conviene a una espada. Tu gran cometido no admitirá preguntas; di que lo harás o medra por otros medios.
UN CAPITÁN.— Lo haré, mi señor.
EDMUNDO.— A ello; y escríbete dichoso cuando lo hayas hecho. Fíjate, digo, al instante; y llévalo a cabo tal como lo he puesto por escrito.
UN CAPITÁN.— No puedo tirar de un carro ni comer avena seca; si es trabajo de hombre, lo haré.
(Sale.)
(Toque de trompetas. Entran Albany, Goneril,)
Regan, Oficiales y Asistentes.
ALBANY.— Señor, habéis mostrado hoy vuestra estirpe valiente, y la fortuna os condujo bien: tenéis a los cautivos que fueron los adversarios en la contienda de este día: os los reclamo, para que hagáis uso de ellos según sus méritos y nuestra seguridad puedan igualmente determinar.
EDMUNDO.— Señor, me pareció conveniente enviar al viejo y miserable rey a algún encierro y guardia señalados; cuya edad tiene encantos, cuyo título más aún, para atraer el corazón común a su lado y volver contra nuestros ojos nuestras lanzas reclutadas que les mandan. Con él envié a la reina; mi razón toda la misma; y están listos mañana, o más adelante, para comparecer donde vos celebréis vuestra sesión. En este momento sudamos y sangramos: el amigo ha perdido a su amigo; y las mejores causas en el calor son maldecidas por quienes sienten su acritud. La cuestión de Cordelia y su padre requiere un lugar más adecuado.
ALBANY.— Señor, con vuestra venia, yo os tengo por un súbdito de esta guerra, no como un hermano.
REGAN.— Eso es según nos plazca honrarlo. Me parece que nuestra voluntad podría haber sido consultada antes de que hubierais hablado tan lejos. Él condujo nuestras fuerzas; llevó la comisión de mi rango y persona; cuya inmediatez bien puede alzarse y llamarse vuestro hermano.
GONERIL.— No tan deprisa: en su propia gracia se ensalza a sí mismo, más que en vuestra concesión.
REGAN.— En mis derechos, por mí investido, iguala a los mejores.
ALBANY.— Eso sería el colmo, si él llegara a desposaros.
REGAN.— Los bufones suelen resultar profetas.
GONERIL.— ¡Vaya, vaya! Ese ojo que así te lo dijo miraba bizco.
REGAN.— Señora, no me encuentro bien; si no, debería responder desde un estómago rebosante. General, toma mis soldados, prisioneros, patrimonio; dispón de ellos, de mí; los muros son tuyos: testigo sea el mundo de que te creo aquí mi señor y amo.
GONERIL.— ¿Pretendes gozarlo?
ALBANY.— El impedimento no está en vuestra buena voluntad.
EDMUNDO.— Ni en la tuya, señor.
ALBANY.— Bastardo, sí.
(A Edmundo.)
REGAN.— Que toque el tambor y pruebe que mi título es tuyo.
ALBANY.— Espera aún; oye razón: Edmundo, te arresto por alta traición; y con tu arresto, a esta serpiente dorada. [_señalando a Goneril._] En cuanto a vuestra pretensión, bella hermana, la prohibo en interés de mi esposa; ella es quien está subcontratada a este señor, y yo, su marido, contradigo vuestras amonestaciones. Si queréis casaros, dirigid vuestros amores hacia mí; mi dama está comprometida.
GONERIL.— ¡Una farsa!
ALBANY.— Estás armado, Gloucester. Que suene la trompeta: si nadie comparece para probar contra tu persona tus traiciones atroces, manifiestas y múltiples, ahí está mi prenda. [_Arroja un guante._] La probaré sobre tu corazón, antes de que pruebe el pan, en nada eres menos que lo que aquí he proclamado de ti.
REGAN.— ¡Enferma, oh, enferma!
(Aparte.)
GONERIL.— Si no, nunca más confiaré en la medicina.
EDMUNDO.— Ahí está mi desafío. [_Arroja un guante._] Quien sea en el mundo el que me llame traidor, miente como un villano. Convoca con tu trompeta: quien se atreva a acercarse, a él, a vos, ¿a quién no? Mantendré mi verdad y honor firmemente.
ALBANY.— ¡Un heraldo, aquí!
(Entra un Heraldo.)
Confía en tu virtud sola; porque tus soldados, todos reclutados en mi nombre, en mi nombre han recibido su licencia.
REGAN.— Mi enfermedad crece sobre mí.
ALBANY.— No se encuentra bien. Llevadla a mi tienda.
(Sale Regan, conducida.)
Ven aquí, heraldo. Que suene la trompeta y lee esto en voz alta.
UN OFICIAL.— ¡Tocad, trompeta!
(Suena una trompeta.)
(Lee.)
EL HERALDO.— Si algún hombre de calidad o rango dentro de las listas del ejército quiere sostener contra Edmundo, supuesto conde de Gloucester, que es un traidor múltiple, que comparezca al tercer toque de trompeta. Es osado en su defensa.
EDMUNDO.— ¡Tocad!
(Primera trompeta.)
EL HERALDO.— ¡Otra vez!
(Segunda trompeta.)
EL HERALDO.— ¡Otra vez! Tercera trompeta. Responde una trompeta desde dentro. Entra Edgar, armado, precedido por una trompeta.
ALBANY.— Preguntadle sus propósitos, por qué comparece a esta llamada de la trompeta.
EL HERALDO.— ¿Quién sois? ¿Vuestro nombre, vuestra condición? ¿Y por qué respondéis a esta presente convocatoria?
EDGAR.— Sabed que mi nombre está perdido; roído hasta el hueso por el diente de la traición y carcomido. Mas soy tan noble como el adversario al que vengo a enfrentarme.
ALBANY.— ¿Quién es ese adversario?
EDGAR.— ¿Quién es el que habla por Edmundo, conde de Gloucester?
EDMUNDO.— Él mismo, ¿qué le dices?
EDGAR.— Desenvaina tu espada, para que si mi discurso ofende a un corazón noble, tu brazo pueda hacerte justicia: aquí está la mía. Mira, es el privilegio de mis honores, mi juramento y mi profesión: protesto que, a pesar de tu fuerza, juventud, posición y eminencia, a despecho de tu espada vencedora y tu fortuna recién forjada, tu valor y tu corazón, eres un traidor; falso a tus dioses, a tu hermano y a tu padre; conspirador contra este alto e ilustre príncipe; y, desde lo más extremo y alto de tu cabeza hasta el descenso y polvo bajo tu pie, un traidor manchado de sapo. Di que no, y esta espada, este brazo y mis mejores ánimos se aplicarán a probar sobre tu corazón, al que hablo, que mientes.
EDMUNDO.— Siendo prudente debería preguntarte tu nombre; pero como tu aspecto es tan gallardo y marcial, y tu lengua exhala, según dicen, noble crianza, lo que con toda seguridad y cautela podría bien demorar por la regla de la caballería, desdeño y rechazo. Te devuelvo de golpe esas traiciones a tu cabeza, con la mentira odiada del infierno anego tu corazón; y porque aún rozan de lado y apenas hieren, esta espada mía les abrirá camino inmediato a donde reposarán para siempre. ¡Trompetas, hablad!
(Toques de guerra. Luchan. Edmundo cae.)
ALBANY.— ¡Salvadlo, salvadlo!
GONERIL.— Esto es pura trampa, Gloucester: según la ley de armas no estabas obligado a responder a un adversario desconocido; no estás vencido, sino engañado y burlado.
ALBANY.— Cierra la boca, señora, o con este papel te la taparé. Quieto, señor; tú, peor que cualquier nombre, lee tu propia maldad. Nada de romperlo, señora; veo que lo conoces.
(Le da la carta a Edmundo.)
GONERIL.— Y si es así, ¿qué importa? Las leyes son mías, no tuyas: ¿quién puede acusarme por ello?
(Sale.)
ALBANY.— ¡Monstruoso! ¡Oh! ¿Conoces este papel?
EDMUNDO.— No me preguntes qué sé.
(A un oficial, que sale.)
ALBANY.— Id tras ella; está desesperada; refrénadla.
EDMUNDO.— Lo que me habéis imputado, eso he hecho; y más, mucho más; el tiempo lo sacará a luz. Ya pasó, y yo también. Pero ¿quién eres tú que has tenido esta fortuna sobre mí? Si eres noble, te perdono.
EDGAR.— Intercambiemos caridad. No soy de sangre menos que tú, Edmundo; si de más, más me has agraviado. Mi nombre es Edgar y soy hijo de tu padre. Los dioses son justos, y de nuestros vicios placenteros hacen instrumentos para atormentarnos: el lugar oscuro y vicioso donde te engendró le costó los ojos.
EDMUNDO.— Has dicho verdad, es cierto; la rueda ha dado su círculo completo; aquí estoy.
ALBANY.— Me pareció que tu mismo porte profetizaba una nobleza real. Debo abrazarte. Que la pena parta mi corazón si alguna vez te odié a ti o a tu padre.
EDGAR.— Digno príncipe, lo sé.
ALBANY.— ¿Dónde os habéis ocultado? ¿Cómo habéis conocido las desdichas de vuestro padre?
EDGAR.— Atendiéndolas, señor. Oíd un breve relato; y cuando sea contado, ¡oh, que estallara mi corazón! La sangrienta proclama que escapar quise y que me siguió tan de cerca —¡oh, dulzura de nuestras vidas!, que con el dolor de la muerte moriríamos hora tras hora antes que morir de una vez— me enseñó a mudar en harapos de loco; a asumir una apariencia que los mismos perros desdeñaban; y con este hábito encontré a mi padre con sus anillos sangrantes, sus piedras preciosas recién perdidas; me hice su guía, lo conduje, mendigué por él, lo salvé de la desesperación; jamás —¡oh falta!— me revelé ante él hasta hace cosa de media hora, cuando estuve armado; sin estar seguro, aunque esperanzado en este buen éxito, pedí su bendición, y de principio a fin le conté mi peregrinaje. Pero su corazón quebrado, ¡ay!, demasiado débil para soportar el conflicto, entre dos extremos de pasión, gozo y pena, estalló sonriendo.
EDMUNDO.— Este discurso tuyo me ha conmovido, y quizá hará algún bien, pero seguid hablando; parecéis tener algo más que decir.
ALBANY.— Si hay más, más doloroso, guardadlo dentro; porque estoy casi listo para disolverme al oír esto.
EDGAR.— Esto habría parecido un final para quienes no aman el dolor; pero otro, por ampliar demasiado, haría mucho más y colmaría el extremo. Mientras yo estaba grande en clamor, vino allí un hombre que, habiéndome visto en mi peor estado, rehuyó mi aborrecida compañía; pero entonces, descubriendo quién era el que tanto había sufrido, con sus brazos fuertes se prendió a mi cuello, y bramó como si fuera a reventar el cielo; se arrojó sobre mi padre; contó el relato más lastimoso de Lear y de él que jamás oído recibiera, y al relatarlo su pena se hizo potente, y las cuerdas de la vida comenzaron a quebrarse. Entonces sonaron dos veces las trompetas, y allí lo dejé en trance.
ALBANY.— ¿Pero quién era éste?
EDGAR.— Kent, señor, el desterrado Kent; quien disfrazado siguió a su enemigo rey y le hizo un servicio impropio de un esclavo.
(Entra un caballero apresuradamente,)
con un cuchillo ensangrentado.
UN CABALLERO.— ¡Socorro, socorro! ¡Oh, socorro!
EDGAR.— ¿Qué clase de socorro?
ALBANY.— Hablad, hombre.
EDGAR.— ¿Qué significa ese cuchillo ensangrentado?
UN CABALLERO.— ¡Está caliente, humea; vino directamente del corazón de... ¡Oh, está muerta!
ALBANY.— ¿Quién muerta? Hablad, hombre.
UN CABALLERO.— Vuestra señora, señor, vuestra señora; y su hermana está envenenada por ella; lo ha confesado.
EDMUNDO.— Estaba comprometido con ambas, los tres nos desposamos ahora en un instante.
EDGAR.— Aquí viene Kent.
(Entra Kent.)
ALBANY.— Traed sus cuerpos, estén vivos o muertos. Este juicio de los cielos que nos hace temblar no nos toca con piedad. Oh, ¿es éste? El tiempo no permite el cumplido que los buenos modales imponen.
KENT.— Vengo a dar las buenas noches para siempre a mi rey y señor: ¿no está aquí?
ALBANY.— ¡Gran cosa olvidada por nosotros! Habla, Edmundo, ¿dónde está el rey? ¿Y dónde está Cordelia? Traen los cuerpos de Goneril y Regan. ¿Ves este espectáculo, Kent?
KENT.— ¡Ay, por qué así!
EDMUNDO.— Sin embargo Edmundo fue amado. Una a la otra envenenó por mi causa, y después se mató a sí misma.
ALBANY.— Así es. Cubrid sus rostros.
EDMUNDO.— Jadeo por vida. Algún bien me propongo hacer, a pesar de mi propia naturaleza. Enviad rápido, sed breve en ello, al castillo; porque mi orden pesa sobre la vida de Lear y sobre Cordelia; no, enviad a tiempo.
ALBANY.— ¡Corred, corred, oh, corred!
EDGAR.— ¿A quién, señor? ¿Quién tiene el encargo? Enviad vuestra señal de perdón.
EDMUNDO.— Bien pensado: tomad mi espada, dádsela al capitán.
EDGAR.— Date prisa por tu vida.
(Sale Edgar.)
EDMUNDO.— Tiene comisión de tu esposa y de mí para ahorcar a Cordelia en la prisión, y echar la culpa a su propia desesperación, de que ella misma se quitó la vida.
ALBANY.— ¡Los dioses la defiendan! Lleváoslo de aquí un momento.
(Edmundo es sacado.)
(Entra Lear con Cordelia muerta en sus brazos; Edgar,)
un oficial y otros siguiéndole.
LEAR.— ¡Aullad, aullad, aullad, aullad! Oh, sois hombres de piedra. Si yo tuviera vuestras lenguas y ojos, los usaría de modo que la bóveda del cielo se agrietara. ¡Se ha ido para siempre! Sé cuándo uno está muerto, y cuándo vive; ella está muerta como la tierra. Dadme un espejo; si su aliento empaña o mancha el cristal, entonces vive.
KENT.— ¿Es éste el fin prometido?
EDGAR.— ¿O imagen de ese horror?
ALBANY.— ¡Caed, y cesad!
LEAR.— ¡Esta pluma se mueve; vive! Si es así, es una suerte que redime todos los dolores que jamás he sentido.
KENT.— ¡Oh, mi buen señor! [_Arrodillándose._]
LEAR.— ¡Por favor, apártate!
EDGAR.— Es el noble Kent, vuestro amigo.
LEAR.— ¡Peste sobre vosotros, asesinos, traidores todos! ¡Pude haberla salvado; ahora se ha ido para siempre! ¡Cordelia, Cordelia! Espera un poco. ¡Ah! ¿Qué es lo que dices? Su voz fue siempre suave, gentil y baja, cosa excelente en la mujer. Yo maté al esclavo que estaba ahorcándote.
UN OFICIAL.— Es verdad, mi señor, así fue.
LEAR.— ¿A que sí, amigo? Hubo un tiempo en que con mi buen acero mordiente los habría hecho saltar. Soy viejo ahora, y estos mismos reveses me desbaratan. ¿Quién sois vos? No veo muy bien, he de decíroslo.
KENT.— Si la Fortuna alardease de dos a quienes amó y odió, a uno de ellos contemplamos.
LEAR.— Esta es una vista turbia. ¿No sois Kent?
KENT.— El mismo, vuestro servidor Kent. ¿Dónde está vuestro servidor Caius?
LEAR.— Es buen sujeto, puedo decíroslo; sabe golpear, y rápido además. Está muerto y podrido.
KENT.— No, mi buen señor; soy yo ese hombre.
LEAR.— Voy a aclarar eso.
KENT.— Que desde el principio de vuestra caída y decadencia he seguido vuestros pasos tristes.
LEAR.— Sois bienvenido aquí.
KENT.— Ni yo ni ningún otro hombre. Todo es sombrío, oscuro y mortal. Vuestras hijas mayores se han destruido a sí mismas y han muerto desesperadas.
LEAR.— Sí, eso creo.
ALBANY.— No sabe lo que dice; y es inútil que nos presentemos ante él.
EDGAR.— Muy inútil.
(Entra un Oficial.)
UN OFICIAL.— Edmund ha muerto, mi señor.
ALBANY.— Eso es apenas una nimiedad aquí. Vos, señores y nobles amigos, conoced nuestra intención. El consuelo que pueda venir a esta gran ruina será aplicado. En cuanto a nosotros, renunciaremos, durante la vida de esta anciana majestad, a nuestro poder absoluto en su favor;
(a Edgar y Kent)
vos recibiréis vuestros derechos; con provecho y los honores que vuestros méritos han ganado con creces. Todos los amigos probarán el salario de su virtud y todos los enemigos la copa de lo que merecen. ¡Oh, ved, ved!
LEAR.— ¡Y mi pobre loca está ahorcada! ¡No, no, no hay vida! ¿Por qué un perro, un caballo, una rata han de tener vida, y tú no tienes aliento? No volverás más, ¡nunca, nunca, nunca, nunca, nunca! Os ruego, desabrochad este botón. Gracias, señor. ¿Veis esto? Miradla: mirad sus labios. ¡Mirad ahí, mirad ahí!
(Muere.)
EDGAR.— ¡Se desmaya! ¡Mi señor, mi señor!
KENT.— ¡Rómpete, corazón; te lo ruego, rómpete!
EDGAR.— Alzad la vista, mi señor.
KENT.— No perturbéis su espíritu: ¡oh, dejadlo marchar! Odia a quien pretenda sobre el potro de este mundo áspero estirarlo más tiempo.
EDGAR.— Se ha ido, en verdad.
KENT.— Lo asombroso es que haya resistido tanto: no hizo sino usurpar su vida.
ALBANY.— Llevadlos de aquí. Nuestro asunto presente es el dolor general. Amigos de mi alma, vosotros dos, gobernad en este reino y sostened el estado desangrado.
KENT.— Tengo un viaje, señor, que hacer en breve; mi amo me llama, no puedo decirle que no.
EDGAR.— El peso de este tiempo triste debemos obedecer; decir lo que sentimos, no lo que deberíamos decir. El más anciano ha soportado más; nosotros, que somos jóvenes, nunca veremos tanto ni viviremos tanto tiempo.
(Salen con una marcha fúnebre.)
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