Parte 16Los ojos de Gloucester
Acto IIIVII
Una sala en el castillo de Gloucester
(Entran Cornualles, Regan, Goneril,)
Edmundo y criados.
CORNUALLES.— Cabalga a toda prisa adonde tu señor marido, muéstrale esta carta: el ejército de Francia ha desembarcado. Buscad al traidor Gloucester.
(Salen algunos de los criados.)
REGAN.— Ahorcadlo inmediatamente.
GONERIL.— Arrancadle los ojos.
CORNUALLES.— Dejadlo a mi disgusto. Edmundo, acompaña a nuestra hermana: las venganzas que estamos obligados a tomar sobre tu traidor padre no son propias para que tú las presencies. Aconseja al Duque, allí donde vas, que prepare lo más deprisa posible: nosotros estamos obligados a lo mismo. Nuestros correos serán rápidos e inteligentes entre nosotros. Adiós, querida hermana, adiós, mi señor de Gloucester.
(Entra Oswaldo.)
¡Ah, bueno! ¿Dónde está el Rey?
OSWALDO.— Mi señor de Gloucester se lo ha llevado de aquí: unos treinta y cinco o treinta y seis de sus caballeros, en ardiente busca tras él, lo encontraron en la puerta; y ellos, con algunos otros servidores del señor, se han ido con él hacia Dover: donde se jactan de tener amigos bien armados.
CORNUALLES.— Buscad caballos para vuestra señora.
GONERIL.— Adiós, dulce señor, y hermana.
CORNUALLES.— Edmundo, adiós.
(Salen Goneril, Edmundo y Oswaldo.)
Id a buscar al traidor Gloucester, atadlo como a un ladrón, traedlo ante nosotros.
(Salen otros criados.)
Aunque bien puede ser que no podamos decidir sobre su vida sin la forma de la justicia, sin embargo nuestro poder hará una cortesía a nuestra ira, cosa que los hombres podrán censurar, pero no impedir. ¿Quién está ahí? ¿El traidor?
(Entra Gloucester)
y criados.
REGAN.— ¡Zorro ingrato! Es él.
CORNUALLES.— Atad fuerte sus correosos brazos.
GLOUCESTER.— ¿Qué pretendéis, señorías? Buenos amigos míos, considerad que sois mis huéspedes. No me hagáis villanía, amigos.
CORNUALLES.— Atadlo, digo.
(Los criados lo atan.)
REGAN.— Fuerte, fuerte. ¡Oh, asqueroso traidor!
GLOUCESTER.— Señora despiadada como sois, yo no lo soy.
CORNUALLES.— Atadlo a esta silla. Villano, descubrirás—
(Regan le arranca la barba.)
GLOUCESTER.— Por los dioses bondadosos, es lo más innoble que se ha hecho arrancarme la barba.
REGAN.— ¡Tan blanca, y sin embargo un traidor!
GLOUCESTER.— Señora malvada, estos cabellos que arrancas con violencia de mi mentón cobrarán vida y te acusarán. Yo soy vuestro anfitrión: con manos de salteador no debierais maltratar así mis favores hospitalarios. ¿Qué vais a hacer?
CORNUALLES.— Vamos, señor, ¿qué cartas recibisteis últimamente de Francia?
REGAN.— Responded con sencillez, porque conocemos la verdad.
CORNUALLES.— ¿Y qué confederación tenéis con los traidores que han puesto el pie hace poco en el reino?
REGAN.— ¿A qué manos habéis enviado al Rey lunático? Hablad.
GLOUCESTER.— Tengo una carta escrita por conjeturas, que viene de alguien de corazón neutral, y no de alguien enemigo.
CORNUALLES.— Astuto.
REGAN.— Y falso.
CORNUALLES.— ¿Adónde has enviado al Rey?
GLOUCESTER.— A Dover.
REGAN.— ¿Por qué a Dover? ¿No se te ordenó, bajo pena—
CORNUALLES.— ¿Por qué a Dover? Dejad que responda primero a eso.
GLOUCESTER.— Estoy atado al poste, y he de aguantar la embestida.
REGAN.— ¿Por qué a Dover, señor?
GLOUCESTER.— Porque no quería ver tus crueles uñas arrancar sus pobres ojos viejos; ni a tu feroz hermana clavar colmillos de jabalí en su carne ungida. El mar, con una tormenta como la que su cabeza desnuda soportó en noche negra como el infierno, se habría hinchado y apagado los fuegos estrellados; sin embargo, pobre viejo corazón, él ayudó a los cielos a llover. Si los lobos hubieran aullado a tu puerta en aquel tiempo cruel, habrías debido decir: «Buen portero, gira la llave». Todas las crueldades se sometieron: pero yo veré la venganza alada alcanzar a tales hijos.
CORNUALLES.— Jamás lo verás. Compañeros, sujetad la silla. Sobre estos ojos tuyos pondré mi pie.
(Gloucester es sujetado en su silla, mientras Cornualles le arranca un)
ojo y pone su pie sobre él.
GLOUCESTER.— El que piense vivir hasta ser viejo, ¡dadme ayuda! ¡Oh, cruel! ¡Oh, dioses!
REGAN.— Un lado se burlará del otro; ¡el otro también!
CORNUALLES.— Si ves venganza—
CRIADO 1º.— Deteneos, mi señor: os he servido desde que era un niño; pero mejor servicio nunca os hice que ahora al pediros que os detengáis.
REGAN.— ¡Cómo, perro!
CRIADO 1º.— Si tuvierais barba en el mentón, la sacudiría en esta disputa. ¿Qué pretendéis?
CORNUALLES.— ¿Mi villano?
(Desenvaina y se lanza sobre él.)
CRIADO 1º.— Pues entonces, vamos, y aceptad el riesgo de la cólera.
(Desenvaina. Luchan. Cornualles es herido.)
(A otro criado.)
REGAN.— Dame tu espada. ¿Un campesino se atreve a enfrentarse así?
(Arrebata una espada, viene por detrás, y lo apuñala.)
CRIADO 1º.— ¡Oh, me han matado! Milord, os queda un ojo para ver caer algún daño sobre él. ¡Oh!
(Muere.)
CORNUALLES.— Para que no vea más, impídelo. ¡Fuera, vil gelatina! ¿Dónde está tu lustre ahora?
(Arranca el otro ojo de Gloucester y lo arroja al suelo.)
GLOUCESTER.— Todo oscuro y sin consuelo. ¿Dónde está mi hijo Edmundo? Edmundo, enciende todas las chispas de la naturaleza para vengar este acto horroroso.
REGAN.— ¡Fuera, villano traidor! Llamas a quien te odia: fue él quien nos reveló tus traiciones; él es demasiado bueno para compadecerte.
GLOUCESTER.— ¡Oh, mis locuras! Entonces Edgar fue injuriado. Dioses bondadosos, perdonadme eso, y haced que prospere.
REGAN.— Id, arrojadlo por las puertas, y dejad que huela su camino hacia Dover. ¿Cómo estáis, milord? ¿Qué aspecto tenéis?
CORNUALLES.— He recibido una herida: seguidme, señora. Echad fuera a ese villano sin ojos. Arrojad a este esclavo sobre el estercolero. Regan, sangro rápidamente: inoportuna viene esta herida: dadme vuestro brazo.
(Sale Cornualles, conducido por Regan; los criados desatan a Gloucester y lo)
sacan.
CRIADO 2º.— Nunca más me importará qué maldad haga, si este hombre llega a buen fin.
CRIADO 3º.— Si ella vive mucho tiempo, y al final encuentra el curso viejo de la muerte, todas las mujeres se volverán monstruos.
CRIADO 2º.— Sigamos al viejo Conde, y consigamos que el loco lo lleve adonde quiera ir: su locura bribona se presta a cualquier cosa.
CRIADO 3º.— Ve tú: yo iré a buscar algo de lino y claras de huevo para aplicar a su cara sangrante. ¡Que el cielo lo ayude ahora!
(Salen.)
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