Parte 4Kent disfrazado y el Bufón
Acto IIV
Una sala en el palacio de Albany
(Entra Kent, disfrazado.)
KENT.— Si además tomo prestados otros acentos que disimulen mi habla, mi buena intención podrá alcanzar por sí misma el resultado pleno para el cual he alterado mi apariencia. Ahora, Kent desterrado, si puedes servir donde has sido condenado, que así sea: tu amo, a quien amas, te hallará lleno de diligencia. Clarines dentro. Entran el Rey Lear, Caballeros y Acompañantes.
LEAR.— Que no me hagan esperar ni un instante para cenar; ve a prepararlo.
(Sale un servidor.)
¡Vaya! ¿Quién eres tú?
KENT.— Un hombre, señor.
LEAR.— ¿A qué te dedicas? ¿Qué quieres de nosotros?
KENT.— Me dedico a no ser menos de lo que parezco; a servir fielmente a quien me dé su confianza; a amar a quien es honrado; a conversar con quien es sabio y habla poco; a temer el juicio; a luchar cuando no puedo elegir; y a no comer pescado.
LEAR.— ¿Qué eres tú?
KENT.— Un hombre de corazón muy honrado, y tan pobre como el rey.
LEAR.— Si eres tan pobre para súbdito como él lo es para rey, bastante pobre eres. ¿Qué quieres?
KENT.— Servicio.
LEAR.— ¿A quién querrías servir?
KENT.— A usted.
LEAR.— ¿Me conoces, amigo?
KENT.— No, señor; pero tiene usted algo en su semblante que yo querría llamar amo.
LEAR.— ¿Qué es eso?
KENT.— Autoridad.
LEAR.— ¿Qué servicios puedes hacer?
KENT.— Puedo guardar consejos honrados, cabalgar, correr, estropear un cuento ingenioso al contarlo y transmitir un mensaje simple sin rodeos. Aquello para lo que los hombres corrientes están capacitados, yo lo estoy, y lo mejor de mí es la diligencia.
LEAR.— ¿Qué edad tienes?
KENT.— No tan joven, señor, como para amar a una mujer por su canto; ni tan viejo como para desvariar por ella por cualquier cosa: tengo cuarenta y ocho años a mis espaldas.
LEAR.— Sígueme; me servirás. Si después de cenar no me desagradas más, todavía no me separaré de ti. ¡La cena, eh, la cena! ¿Dónde está mi criado? ¿Mi bufón? Ve y llama aquí a mi bufón.
(Sale un servidor.)
(Entra Oswaldo.)
Tú, tú, oye, ¿dónde está mi hija?
OSWALDO.— Si le place a usted,—
(Sale.)
LEAR.— ¿Qué dice ese tipo ahí? Llamad al zoquete de vuelta.
(Sale un caballero.)
¿Dónde está mi bufón? ¡Eh!, creo que el mundo está dormido.
(Vuelve a entrar un caballero.)
¡Vaya! ¿Dónde está ese bastardo?
UN CABALLERO DEL SÉQUITO.— Dice, mi señor, que vuestra hija no está bien.
LEAR.— ¿Por qué no volvió el esclavo a mí cuando lo llamé?
UN CABALLERO DEL SÉQUITO.— Señor, me respondió de la manera más grosera, que no quería.
LEAR.— ¿Que no quería?
UN CABALLERO DEL SÉQUITO.— Mi señor, no sé cuál es el asunto; pero a mi juicio vuestra alteza no es tratada con aquella cortesía afectuosa a la que estaba acostumbrada; hay una gran disminución de amabilidad que se manifiesta tanto en los servidores en general como en el propio duque también, y en vuestra hija.
LEAR.— ¡Ah! ¿Dices eso?
UN CABALLERO DEL SÉQUITO.— Os ruego me perdonéis, mi señor, si estoy equivocado; pues mi deber no puede callar cuando creo que se agravia a vuestra alteza.
LEAR.— No haces sino recordarme mi propia impresión: he percibido últimamente un descuido muy marcado; que he preferido achacar a mi propia curiosidad suspicaz antes que a una verdadera intención y propósito de descortesía: ahondaré más en ello. Pero ¿dónde está mi bufón? No lo he visto desde hace dos días.
UN CABALLERO DEL SÉQUITO.— Desde que mi joven señora se fue a Francia, señor, el bufón ha languidecido mucho.
LEAR.— Basta de eso; lo he notado bien. Ve y dile a mi hija que quiero hablar con ella.
(Sale un servidor.)
Y tú, ve, llama aquí a mi bufón.
(Sale otro servidor.)
(Vuelve a entrar Oswaldo.)
¡Oh, tú, señor, tú, ven aquí, señor! ¿Quién soy yo, señor?
OSWALDO.— El padre de mi señora.
LEAR.— ¡El padre de mi señora! El lacayo de mi señor: ¡perro hijo de puta! ¡esclavo! ¡chucho!
OSWALDO.— No soy nada de eso, mi señor; os ruego me perdonéis.
LEAR.— ¿Me devuelves la mirada, canalla?
(Golpeándolo.)
OSWALDO.— No consentiré que me peguen, mi señor.
KENT.— Ni que te hagan la zancadilla tampoco, vil jugador de pelota.
(Haciéndole la zancadilla.)
LEAR.— Gracias, amigo. Me sirves, y te amaré.
KENT.— ¡Vamos, señor, levántate, fuera! Te enseñaré las diferencias: ¡fuera, fuera! Si quieres medir otra vez tu longitud de patán, quédate; pero ¡fuera! ¡vamos! ¿tienes seso? Así.
(Empuja a Oswaldo fuera.)
LEAR.— Bien, mi buen criado, gracias: aquí tienes la prenda de tu servicio.
(Dándole dinero a Kent.)
(Entra el Bufón.)
EL BUFÓN.— Déjame contratarlo a mí también; aquí está mi capucha.
(Dándole a Kent su gorra.)
LEAR.— Bien, mi bonito bribón, ¿cómo estás?
EL BUFÓN.— Oye, más te valdría tomar mi capucha.
KENT.— ¿Por qué, bufón?
EL BUFÓN.— Pues por tomar partido por quien está en desgracia. Vaya, si no puedes sonreír según sopla el viento, pronto pescarás un resfriado: toma, coge mi capucha: vaya, este tipo ha desterrado a dos de sus hijas, y a la tercera le hizo una bendición contra su voluntad; si lo sigues, deberás llevar mi capucha por fuerza. ¡Pero bueno, tito! ¡Ojalá tuviera dos capuchas y dos hijas!
LEAR.— ¿Por qué, muchacho?
EL BUFÓN.— Si les diera todo mi patrimonio, me quedaría mis capuchas para mí. Ahí está la mía; pídele otra a tus hijas.
LEAR.— Ten cuidado, mozo, con el látigo.
EL BUFÓN.— La verdad es un perro que debe ir a la perrera; hay que echarlo a latigazos, mientras que la perra señora puede quedarse junto al fuego y apestar.
LEAR.— ¡Qué hiel tan pestilente para mí!
EL BUFÓN.— Oye, voy a enseñarte un discurso.
LEAR.— Hazlo.
EL BUFÓN.— Escucha, tito: Ten más de lo que muestres, habla menos de lo que sepas, presta menos de lo que tengas, cabalga más de lo que andes, aprende más de lo que creas, apuesta menos de lo que tires; deja tu bebida y tu puta, y quédate tras la puerta, y tendrás más de veinte en un veinteno.
KENT.— Esto es nada, bufón.
EL BUFÓN.— Pues entonces es como el aliento de un abogado sin paga, no me diste nada por ello. ¿No puedes hacer ningún uso de nada, tito?
LEAR.— Pues no, muchacho; nada puede hacerse de nada.
(A Kent.)
EL BUFÓN.— Te ruego que le digas que eso es lo que rinde la renta de su tierra: no le creerá a un bufón.
LEAR.— Un bufón amargo.
EL BUFÓN.— ¿Sabes tú la diferencia, muchacho mío, entre un bufón amargo y uno dulce?
LEAR.— No, rapaz; enséñame.
EL BUFÓN.— Aquel señor que te aconsejó entregar tu tierra, ven a colocarlo aquí a mi lado, ponte tú en su lugar. El bufón dulce y el amargo van a aparecer al instante; el uno con traje de colores aquí, el otro descubierto allá.
LEAR.— ¿Me llamas bufón, muchacho?
EL BUFÓN.— Todos tus otros títulos los has regalado; ése lo trajiste al nacer.
KENT.— Esto no es del todo de bufón, mi señor.
EL BUFÓN.— No, por cierto; los señores y grandes hombres no me dejarán; si yo tuviera un monopolio, ellos querrían una parte, y las damas también, no me dejarán tener todo el bufón para mí; andarán arrebatándolo. Tito, dame un huevo, y yo te daré dos coronas.
LEAR.— ¿Qué dos coronas serán ésas?
EL BUFÓN.— Pues mira, después de cortar el huevo por la mitad y comerme la carne, las dos coronas del huevo. Cuando partiste tu corona por la mitad y regalaste las dos partes, cargaste tu asno a la espalda por encima del barro: tenías poco seso en tu calva corona cuando regalaste la de oro. Si al hablar así hablo como un bufón, que azoten al primero que lo descubra.
(Cantando.)
Nunca el bufón cayó tan bajo en un año; pues los sabios se han vuelto necios, y no saben dónde llevar su ingenio, tan simiescas son sus maneras.
LEAR.— ¿Desde cuándo te has vuelto tan cantor, bribón?
EL BUFÓN.— Lo he hecho costumbre, tito, desde que convertiste a tus hijas en tus madres; pues cuando les diste la vara y te bajaste tus propios calzones,
(Cantando.)
Entonces ellas de gozo lloraron, y yo de pena canté, que tal rey jugara al cucú, y anduviera entre los bufones. Por favor, tito, contrata a un maestro que enseñe a tu bufón a mentir; me gustaría mucho aprender a mentir.
LEAR.— Si mientes, bribón, te haremos azotar.
EL BUFÓN.— Me maravilla qué parentesco tenéis tú y tus hijas: ellas me harán azotar por decir la verdad; tú me harás azotar por mentir; y a veces me azotan por callarme. Preferiría ser cualquier cosa antes que bufón: y sin embargo no querría ser tú, tito: has mondado tu ingenio por ambos lados y no has dejado nada en el medio: ahí viene una de las mondaduras.
(Entra Goneril.)
LEAR.— ¿Qué pasa, hija? ¿A qué viene esa cejera? Me parece que últimamente frunces demasiado el ceño.
EL BUFÓN.— Eras un tipo gracioso cuando no tenías que preocuparte por su ceño fruncido. Ahora eres un cero sin cifra: yo valgo más que tú ahora. Yo soy un bufón, tú no eres nada. [_A Goneril._] Sí, en verdad, me callaré la boca. Así me lo ordena tu cara, aunque no digas nada. Chitón, chitón, quien no guarda corteza ni miga, cansado de todo, algo le faltará.
(Señalando a Lear.)
Esa es una vaina de guisante desgranada.
GONERIL.— No sólo, señor, este vuestro bufón con toda licencia, sino otros de vuestra insolente comitiva se quejan y riñen a cada hora; prorrumpiendo en desórdenes groseros e intolerables. Señor, yo había pensado, al hacéroslo saber, haber hallado un remedio seguro; pero ahora temo, por lo que vos mismo habéis dicho y hecho últimamente, que protegéis esta conducta y la alentáis con vuestra aprobación; y si así fuera, la falta no escaparía a la censura, ni dormirían los remedios, que, velando por el bien común, podrían al obrar haceros esa ofensa que de otro modo sería vergüenza, pero que entonces la necesidad llamará proceder discreto.
EL BUFÓN.— Pues ya sabes, tito, que el gorrión alimentó al cuclillo tanto tiempo que le arrancó la cabeza de un mordisco su polluelo. Así se apagó la vela, y nos quedamos a oscuras.
LEAR.— ¿Sois nuestra hija?
GONERIL.— Vamos, señor, quisiera que hicierais uso de esa buena cordura de la que sé que estáis dotado; y apartarais estas disposiciones que últimamente os transforman de lo que realmente sois.
EL BUFÓN.— ¿No puede un asno saber cuándo el carro tira del caballo? ¡Eh, amor! ¡Te quiero!
LEAR.— ¿Hay alguien aquí que me conozca? Este no es Lear; ¿acaso Lear anda así? ¿habla así? ¿Dónde están sus ojos? O su razón se debilita, o sus discernimientos están aletargados. ¡Ah! ¿Estoy despierto? ¡No puede ser! ¿Quién puede decirme quién soy?
EL BUFÓN.— La sombra de Lear.
LEAR.— Quisiera saberlo; pues por las marcas de soberanía, conocimiento y razón, debería ser falsamente persuadido de que tuve hijas.
EL BUFÓN.— De las que harán un padre obediente.
LEAR.— ¿Vuestro nombre, hermosa dama?
GONERIL.— Esta admiración, señor, se parece mucho a vuestras otras nuevas extravagancias. Os ruego que entendáis bien mis propósitos: siendo como sois viejo y venerable, deberíais ser prudente. Aquí mantenéis a cien caballeros y escuderos; hombres tan desordenados, tan libertinos y atrevidos que esta nuestra corte, infectada con sus costumbres, parece una posada escandalosa. El epicureísmo y la lujuria la vuelven más parecida a una taberna o un burdel que a un palacio noble. La vergüenza misma pide remedio inmediato. Sed entonces requerido por quien de otro modo tomará por la fuerza lo que pide, a reducir un poco vuestra comitiva; y que el resto que permanezca sean hombres que convengan a vuestra edad, que se conozcan a sí mismos, y os conozcan a vos.
LEAR.— ¡Tinieblas y demonios! Ensillad mis caballos; convocad a mi gente. ¡Bastarda degenerada! No te molestaré: todavía me queda una hija.
GONERIL.— Vos golpeáis a mi gente; y vuestra chusma desordenada convierte en sirvientes a sus superiores.
(Entra Albany.)
LEAR.— ¡Ay de quien se arrepiente demasiado tarde!—
(A Albany.)
Oh, señor, ¿habéis venido? ¿Es vuestra voluntad? Hablad, señor.—Preparad mis caballos. Ingratitud, demonio de corazón de mármol, más horroroso cuando te muestras en un hijo que el monstruo marino.
ALBANY.— Por favor, señor, tened paciencia.
(a Goneril.)
LEAR.— Milano detestado, mientes. Mi gente son hombres de la mejor elección y las dotes más raras, que conocen cada detalle del deber; y con el más exacto cuidado sostienen el honor de su nombre. Oh, falta tan pequeña, ¡qué fea pareciste en Cordelia! Que, como un torno, arrancó mi naturaleza de su lugar fijo; sacó de mi corazón todo amor y añadió hiel. ¡Oh, Lear, Lear, Lear!
(Golpeándose la cabeza.)
¡Golpead esta puerta que dejó entrar tu locura y salir tu precioso juicio! Id, id, gente mía.
ALBANY.— Señor, soy inocente, tanto como ignorante de lo que os ha movido.
LEAR.— Puede que sea así, señor. ¡Oye, naturaleza, oye; diosa querida, oye! ¡Suspende tu propósito, si acaso intentabas hacer fecunda a esta criatura! ¡Mete esterilidad en su vientre! ¡Seca en ella los órganos de la procreación; y de su cuerpo degradado jamás brote un bebé que la honre! Si ha de parir, crea a su hijo de rencor, para que viva y sea un tormento retorcido y desnaturalizado para ella. Que le estampe arrugas en su frente juvenil; que con lágrimas caídas le cave surcos en las mejillas; que convierta todos los dolores y beneficios de su madre en risa y desprecio; para que sienta cuán más afilado que un diente de serpiente es tener un hijo ingrato. ¡Fuera, fuera!
(Sale.)
ALBANY.— ¡Dioses que adoramos, de dónde viene esto?
GONERIL.— Nunca os aflijáis por saber más de ello; dejad que su disposición tenga ese margen que le da la senilidad.
(Vuelve a entrar Lear.)
LEAR.— ¿Cómo, cincuenta de mis seguidores de un golpe? ¿En quince días?
ALBANY.— ¿Qué pasa, señor?
LEAR.— Te lo diré. [_A Goneril._] ¡Vida y muerte! Me avergüenza que tengas poder para sacudir así mi hombría; que estas lágrimas ardientes, que brotan de mí por fuerza, te hagan valer algo. ¡Pestes y nieblas sobre ti! ¡Que las heridas sin curar de una maldición de padre atraviesen cada sentido en ti! Viejos ojos necios, si lloráis otra vez por esta causa, os arrancaré, y os arrojaré con las aguas que perdéis para ablandar barro. ¡Ah! Que así sea. Tengo otra hija que, estoy seguro, es buena y consoladora: cuando se entere de esto de ti, con sus uñas te desollará tu rostro lobuno. Descubrirás que retomaré la forma que tú crees que he dejado para siempre.
(Salen Lear, Kent y acompañantes.)
GONERIL.— ¿Oyes eso?
ALBANY.— No puedo ser tan parcial, Goneril, contra el gran amor que te tengo,—
GONERIL.— Te ruego que te calles. ¡Eh, Oswaldo!
(Al Bufón.)
Y tú, señor, más bribón que bufón, tras tu amo.
EL BUFÓN.— Tío Lear, tío Lear, espera y llévate al bufón contigo. A una zorra cuando la han cazado, y una hija tan malvada, directo a la degollada, si mi gorro comprara una soga; así el bufón se larga.
(Sale.)
GONERIL.— Este hombre ha recibido buenos consejos. ¡Cien caballeros! Qué político y seguro es dejarlo tener a punto cien caballeros: sí, para que a cada sueño, cada rumor, cada capricho, cada queja, cada disgusto, pueda guardar su chochez con esas fuerzas y tener nuestras vidas a su merced. ¡Oswaldo, digo!
ALBANY.— Bien, puede que temas demasiado.
GONERIL.— Más seguro que confiar demasiado: déjame seguir quitando los males que temo, y no temer seguir siendo sorprendida: conozco su corazón. Lo que él ha dicho se lo he escrito a mi hermana: si ella lo mantiene a él y a sus cien caballeros, cuando yo le haya mostrado lo inadecuado,—
(Vuelve a entrar Oswaldo.)
¡Ah, Oswaldo! ¿Qué, has escrito esa carta a mi hermana?
OSWALDO.— Sí, señora.
GONERIL.— Toma algo de compañía y márchate a caballo: infórmala por entero de mi temor particular, y a eso añade las razones tuyas propias que puedan reforzarlo más. Vete ya, y apresura tu regreso.
(Sale Oswaldo.)
¡No, no, señor mío! Esta mansa dulzura y esta conducta tuya, aunque no la condeno, sin embargo, con perdón, eres mucho más censurado por falta de sabiduría que alabado por dañina blandura.
ALBANY.— Hasta dónde penetra tu mirada no puedo saberlo: intentando mejorar, a menudo estropeamos lo que está bien.
GONERIL.— Bien, entonces,—
ALBANY.— Bien, bien; ya se verá.
(Salen.)
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