Parte 10Kent y el caballero en la tormenta
Acto IIII
Un páramo
Una tormenta con truenos y relámpagos. Entran Kent y un Caballero, por lados opuestos.
KENT.— ¿Quién anda ahí, además del mal tiempo?
UN CABALLERO.— Uno que tiene el ánimo como el tiempo, muy inquieto.
KENT.— Os conozco. ¿Dónde está el rey?
UN CABALLERO.— Luchando con los elementos enfurecidos; manda al viento que sople la tierra hasta el mar, o que hinche las aguas rizadas por encima del continente, para que las cosas cambien o cesen; se desgarra el pelo blanco, que las ráfagas impetuosas con su rabia ciega atrapan en su furia y convierten en nada; pugna en su pequeño mundo de hombre por desafiar al viento y la lluvia que van y vienen en conflicto. Esta noche, en que el oso destetado buscaría guarida, el león y el lobo hambriento procuran mantener seca la piel, él corre descubierto, y manda que venga lo que venga y se lo lleve todo.
KENT.— ¿Pero quién está con él?
UN CABALLERO.— Nadie más que el bufón, que se esfuerza en burlar con chanzas las heridas que le parten el corazón.
KENT.— Señor, yo os conozco; y me atrevo, bajo garantía de mi conocimiento, a confiaros un asunto de importancia. Hay división, aunque todavía la faz de ello esté cubierta con astucia mutua, entre Albany y Cornwall; quienes tienen, como quién no los tiene, a aquellos que sus grandes astros entronizaron y pusieron en alto; servidores, que no parecen ser menos, y que son para Francia espías e informadores conocedores de nuestro estado. Lo que se ha visto, ya sea en las querellas y las intrigas de los duques; o en las duras riendas que ambos han llevado contra el viejo y bondadoso rey; o algo más profundo, del cual, quizá, estas no son más que apariencias;— pero es cierto que de Francia viene una fuerza a este reino disperso; que ya, advertida de nuestra negligencia, ha puesto pie secreto en algunos de nuestros mejores puertos, y está a punto de mostrar su bandera abierta.—Ahora, en cuanto a vos: si fundándoos en mi crédito os atrevéis a ir a toda prisa a Dover, hallaréis a algunos que os agradecerán que deis fiel relación de cuán innatural y enloquecedor es el dolor del que el rey tiene motivo para quejarse. Soy un caballero de sangre y crianza; y desde cierto conocimiento y certeza os ofrezco este servicio.
UN CABALLERO.— Hablaré más largo con vos.
KENT.— No, no lo hagáis. Como confirmación de que soy mucho más que mi apariencia, abrid esta bolsa, y tomad lo que contiene. Si veis a Cordelia, como no dudéis que la veréis, mostradle este anillo; y ella os dirá quién es vuestro compañero, a quien todavía no conocéis. ¡Maldita sea esta tormenta! Voy a buscar al rey.
UN CABALLERO.— Dadme vuestra mano: ¿no tenéis nada más que decir?
KENT.— Pocas palabras, pero, en cuanto al efecto, más que todo lo dicho aún: que, cuando hayamos encontrado al rey, en lo cual vuestra fatiga irá por ese camino, yo por este; el que primero dé con él llame al otro.
(Salen.)
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