Parte 17El ciego y el mendigo
Acto IVI
El páramo
(Entra Edgar.)
EDGAR.— Mejor así, y saberse despreciado, que seguir despreciado y halagado. Ser lo peor, lo más bajo y abatido de la fortuna, sigue en pie con esperanza, no vive en el miedo: el cambio lamentable viene desde lo mejor; de lo peor se vuelve a la risa. Bienvenido entonces, aire insustancial al que abrazo; el desdichado a quien has soplado hasta lo peor no le debe nada a tus ráfagas.
(Entra Gloucester, guiado por un)
Anciano. ¿Pero quién viene aquí? ¿Mi padre, pobremente guiado? ¡Mundo, mundo, oh mundo! Si no fuera porque tus extrañas mudanzas nos hacen odiarte, la vida no cedería a la vejez.
UN ANCIANO.— Oh, mi buen señor, he sido vuestro arrendatario, y arrendatario de vuestro padre, estos ochenta años.
GLOUCESTER.— Vete, márchate; buen amigo, vete. Tus consuelos no pueden hacerme ningún bien; a ti pueden hacerte daño.
UN ANCIANO.— No podéis ver vuestro camino.
GLOUCESTER.— No tengo camino, y por tanto no necesito ojos; tropezaba cuando veía. Con frecuencia se ve que nuestros medios nos vuelven confiados, y nuestros meros defectos resultan nuestras ventajas. ¡Oh querido hijo Edgar, el alimento de la ira de tu padre engañado! ¡Si pudiera vivir para verte con mi tacto, diría que tengo ojos otra vez!
UN ANCIANO.— ¡Eh! ¿Quién anda ahí?
(Aparte.)
EDGAR.— ¡Oh dioses! ¿Quién puede decir "Estoy en lo peor"? Estoy peor de lo que jamás estuve.
UN ANCIANO.— Es el pobre Tom el loco.
(Aparte.)
EDGAR.— Y peor puedo estar aún. Lo peor no ha llegado mientras podamos decir "Esto es lo peor".
UN ANCIANO.— Amigo, ¿adónde vas?
GLOUCESTER.— ¿Es un mendigo?
UN ANCIANO.— Loco y mendigo también.
GLOUCESTER.— Tiene algo de razón, si no, no podría mendigar. En la tormenta de anoche vi a un tipo así; me hizo pensar que el hombre es un gusano. Mi hijo vino entonces a mi mente, y sin embargo mi mente apenas era amiga suya entonces. He oído más desde entonces. Somos para los dioses como moscas para muchachos caprichosos: nos matan por diversión.
(Aparte.)
EDGAR.— ¿Cómo puede ser esto? Mal oficio es el que debe hacer de bufón ante el dolor, enfureciendo a uno mismo y a otros. ¡Dios te bendiga, amo!
GLOUCESTER.— ¿Es ese el tipo desnudo?
UN ANCIANO.— Sí, mi señor.
GLOUCESTER.— Entonces te ruego que te marches. Si por mi causa quieres alcanzarnos a una o dos millas de aquí, camino de Dover, hazlo por antiguo amor, y trae alguna ropa para esta alma desnuda, a la que rogaré que me guíe.
UN ANCIANO.— Ay, señor, está loco.
GLOUCESTER.— Es la plaga de estos tiempos cuando los locos guían a los ciegos. Haz lo que te digo, o mejor haz tu gusto; por encima de todo, vete.
UN ANCIANO.— Le traeré la mejor ropa que tenga, venga lo que venga.
(Sale.)
GLOUCESTER.— Eh, tú, tipo desnudo.
EDGAR.— El pobre Tom tiene frío.
(Aparte.)
No puedo disimular más.
GLOUCESTER.— Ven acá, amigo.
(Aparte.)
EDGAR.— Y sin embargo debo hacerlo. Benditos tus dulces ojos, sangran.
GLOUCESTER.— ¿Conoces el camino a Dover?
EDGAR.— Tanto escalón como portillo, camino de herradura y sendero. Al pobre Tom lo han asustado sacándolo de su buen juicio. ¡Bendito seas, hijo de buena gente, líbrate del demonio sucio! Cinco demonios han estado en el pobre Tom a la vez: de lujuria, Obidicut; Hobbididence, príncipe de las tinieblas; Mahu, de robo; Modo, de asesinato; Flibbertigibbet, de muecas y visajes, que desde entonces posee a camareras y doncellas. ¡Así que bendito seas, amo!
GLOUCESTER.— Toma, toma esta bolsa, tú a quien las plagas del cielo han humillado a todos los golpes: que yo sea desdichado te hace más feliz. ¡Que el cielo obre siempre así! Que el hombre superfluo y saciado de lujuria, que esclaviza vuestro mandato, que no quiere ver porque no siente, sienta vuestro poder pronto; así la distribución deshará el exceso, y cada hombre tendrá suficiente. ¿Conoces Dover?
EDGAR.— Sí, amo.
GLOUCESTER.— Hay un acantilado cuya alta y saliente cumbre mira con pavor al hondo confinado: llévame sólo hasta el borde mismo, y repararé la miseria que soportas con algo rico que llevo encima: desde ese lugar no necesitaré que me guíen.
EDGAR.— Dame tu brazo: el pobre Tom te guiará.
(Salen.)
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