Parte 16La teoría de las Ideas
En absoluto, respondió Cebes, no muy bien.
No hay nada nuevo, dijo él, en lo que voy a contaros; solo lo que siempre y en todas partes he venido repitiendo en la discusión anterior y en otras ocasiones: quiero mostraros la naturaleza de esa causa que ha ocupado mis pensamientos. Tendré que volver a esas palabras familiares que están en boca de todos, y en primer lugar suponer que existe una belleza, una bondad y una grandeza absolutas, y otras por el estilo; concededme esto, y espero poder mostraros la naturaleza de la causa y demostrar la inmortalidad del alma.
Cebes dijo: Puedes proceder de inmediato con la demostración, pues te concedo esto.
Bien, dijo él, entonces me gustaría saber si estás de acuerdo conmigo en el siguiente paso; pues no puedo evitar pensar que, si hay algo bello aparte de la belleza absoluta —si es que existe tal cosa—, solo puede ser bello en la medida en que participa de la belleza absoluta, y diría lo mismo de todo. ¿Estás de acuerdo con esta noción de la causa?
Sí, dijo él, estoy de acuerdo.
Prosiguió: No sé nada y no puedo entender nada de esas otras causas sabias que se aducen; y si alguien me dice que el resplandor del color, o la forma, o algo así es una fuente de belleza, dejo todo eso, que solo me confunde, y simple y llanamente, y quizá neciamente, sostengo y estoy convencido en mi propia mente de que nada hace bella a una cosa sino la presencia y participación de la belleza, de cualquier modo o manera que se obtenga; pues en cuanto al modo, no estoy seguro, pero sostengo firmemente que por la belleza todas las cosas bellas se vuelven bellas. Esto me parece la respuesta más segura que puedo dar, ya sea a mí mismo o a otro, y a esto me aferro, en la convicción de que este principio nunca será derribado, y de que a mí mismo o a cualquiera que me pregunte, puedo responder con seguridad que por la belleza las cosas bellas se vuelven bellas. ¿No estás de acuerdo conmigo?
Lo estoy.
¿Y que solo por la grandeza las cosas grandes se vuelven grandes y las mayores mayores, y por la pequeñez lo menor se vuelve menor?
Cierto.
Entonces, si alguien comentara que A es más alto por una cabeza que B, y B menor por una cabeza que A, te negarías a admitir su afirmación, y sostendrías firmemente que lo que quieres decir es solo que lo mayor es mayor por, y en razón de, la grandeza, y lo menor es menor solo por, y en razón de, la pequeñez; y así evitarías el peligro de decir que lo mayor es mayor y lo menor menor por la medida de la cabeza, que es la misma en ambos, y también evitarías el absurdo monstruoso de suponer que el hombre mayor es mayor en razón de la cabeza, que es pequeña. Tendrías miedo de sacar tal inferencia, ¿no es así?
En efecto, lo tendría, dijo Cebes, riendo.
Del mismo modo tendrías miedo de decir que diez excede a ocho por, y en razón de, dos; sino que dirías por, y en razón de, el número; o dirías que dos codos exceden a un codo no por la mitad, sino por la magnitud, pues existe la misma posibilidad de error en todos estos casos.
Muy cierto, dijo él.
De nuevo, ¿no serías cauto al afirmar que la adición de uno a uno, o la división de uno, es la causa de dos? Y proclamarías en voz alta que no conoces ninguna manera en que algo llegue a existir excepto por participación en su propia esencia propia, y en consecuencia, hasta donde sabes, la única causa de dos es la participación en la dualidad —esta es la manera de hacer dos—, y la participación en la unidad es la manera de hacer uno. Dirías: dejaré tranquilos los enigmas de la división y la adición —cabezas más sabias que la mía pueden responderlos—; inexperto como soy, y dispuesto a asustarme, como dice el proverbio, de mi propia sombra, no puedo permitirme abandonar el terreno seguro de un principio. Y si alguien te ataca ahí, no le harías caso ni le responderías, hasta que hubieras visto si las consecuencias que se siguen concuerdan entre sí o no, y cuando se te requiera además que des una explicación de este principio, pasarías a suponer un principio superior, y otro superior, hasta que encontraras un punto de reposo en el mejor de los superiores; pero no confundirías el principio y las consecuencias en tu razonamiento, como los erísticos —al menos si quisieras descubrir la existencia real—. No es que esta confusión les importe a ellos, que nunca se preocupan o piensan en el asunto en absoluto, pues tienen el ingenio de estar muy satisfechos consigo mismos por grande que sea la agitación de sus ideas. Pero tú, si eres filósofo, ciertamente harás como digo.
Lo que dices es muy cierto, dijeron Simias y Cebes, ambos hablando a la vez.
EQUÉCRATES: Sí, Fedón; y no me asombra su asentimiento. Cualquiera que tenga el menor sentido reconocerá la maravillosa claridad del razonamiento de Sócrates.
FEDÓN: Ciertamente, Equécrates; y tal era el sentimiento de toda la compañía en ese momento.
EQUÉCRATES: Sí, e igualmente el nuestro, que no estábamos en la compañía y ahora escuchamos tu relato. ¿Pero qué siguió?
FEDÓN: Después de que todo esto había sido admitido, y de que habían acordado que las ideas existen, y que las demás cosas participan en ellas y derivan sus nombres de ellas, Sócrates, si recuerdo bien, dijo:
Esta es tu manera de hablar; y sin embargo, cuando dices que Simias es más grande que Sócrates y menor que Fedón, ¿no predicas de Simias tanto grandeza como pequeñez?
Sí, lo hago.
Pero aún así admites que Simias no excede realmente a Sócrates, como las palabras podrían parecer implicar, porque es Simias, sino en razón del tamaño que tiene; así como Simias no excede a Sócrates porque es Simias, ni tampoco porque Sócrates es Sócrates, sino porque tiene pequeñez cuando se compara con la grandeza de Simias, ¿no es así?
Cierto.
¿Y si Fedón lo excede en tamaño, no es porque Fedón es Fedón, sino porque Fedón tiene grandeza en relación con Simias, que es comparativamente más pequeño?
Eso es cierto.
Y por tanto se dice que Simias es grande, y también se dice que es pequeño, porque está en un punto intermedio entre ellos, excediendo la pequeñez del uno por su grandeza, y permitiendo que la grandeza del otro exceda su pequeñez. Añadió, riendo: estoy hablando como un libro, pero creo que lo que digo es verdad.
Simias asintió.
Hablo así porque quiero que estés de acuerdo conmigo en pensar, no solo que la grandeza absoluta nunca será grande y también pequeña, sino que la grandeza en nosotros o en lo concreto nunca admitirá lo pequeño ni admitirá ser excedida: en lugar de esto, una de dos cosas sucederá, o bien lo mayor huirá o se retirará ante lo opuesto, que es lo menor, o ante la aproximación de lo menor ya habrá cesado de existir; pero no será, si permite o admite la pequeñez, cambiado por ella; así como yo, habiendo recibido y admitido la pequeñez cuando se me compara con Simias, permanezco tal como era, y soy la misma persona pequeña. Y así como la idea de grandeza no puede condescender jamás a ser o volverse pequeña, del mismo modo la pequeñez en nosotros no puede ser o volverse grande; ni puede ningún otro opuesto que permanezca el mismo ser jamás o volverse su propio opuesto, sino que o bien se marcha o perece en el cambio.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
