Parte 11Dudas sobre la inmortalidad del alma
Simias dijo: Debo confesar, Sócrates, que surgieron dudas en nuestras mentes, y cada uno de nosotros instaba e incitaba al otro a plantear la pregunta que queríamos que se respondiera y que ninguno de los dos se atrevía a hacer, temiendo que nuestra insistencia pudiera resultar molesta en las presentes circunstancias, en un momento como este.
Sócrates respondió con una sonrisa: Oh, Simias, ¿qué estás diciendo? No es muy probable que logre persuadir a otros hombres de que no considero mi situación presente como una desgracia, si ni siquiera puedo persuadiros a vosotros de que no estoy peor ahora que en cualquier otro momento de mi vida. ¿No me concederás que tengo tanto espíritu profético en mí como los cisnes? Pues ellos, cuando perciben que deben morir, habiendo cantado durante toda su vida, cantan entonces con más vigor que nunca, regocijándose con el pensamiento de que están a punto de partir hacia el dios cuyos servidores son. Pero los hombres, porque ellos mismos temen a la muerte, afirman calumniosamente de los cisnes que cantan un lamento al final, sin considerar que ningún pájaro canta cuando tiene frío, o hambre, o dolor, ni siquiera el ruiseñor, ni la golondrina, ni tampoco la abubilla; de los cuales se dice que entonan un canto de pena, aunque yo no creo que esto sea cierto de ellos más que de los cisnes. Pero como están consagrados a Apolo, tienen el don de la profecía, y anticipan las cosas buenas del otro mundo, por lo cual cantan y se regocijan en ese día más que nunca antes. Y yo también, creyéndome servidor consagrado del mismo dios, y compañero de servicio de los cisnes, y pensando que he recibido de mi amo dones de profecía que no son inferiores a los suyos, no saldría de la vida con menos alegría que los cisnes. Así que no importa, si esta es vuestra única objeción, sino hablad y preguntad cualquier cosa que queráis, mientras los once magistrados de Atenas lo permitan.
Muy bien, Sócrates, dijo Simias; entonces te diré mi dificultad, y Cebes te dirá la suya. Yo siento (y me atrevería a decir que tú tienes el mismo sentimiento) lo difícil o más bien imposible que es alcanzar alguna certeza sobre cuestiones como estas en la vida presente. Y sin embargo consideraría cobarde a quien no pusiera a prueba hasta el límite lo que se dice sobre ellas, o a quien le faltara el ánimo antes de haberlas examinado por todos lados. Pues debe perseverar hasta que haya logrado una de dos cosas: o bien descubrir, o que se le enseñe la verdad sobre ellas; o, si esto es imposible, yo querría que tomara la mejor y más irrefutable de las teorías humanas, y dejara que esta fuera la balsa sobre la cual navegue a través de la vida —no sin riesgo, lo admito, si no puede encontrar alguna palabra de Dios que lo lleve con mayor seguridad y firmeza. Y ahora, como me invitas, me aventuraré a cuestionarte, y entonces no tendré que reprocharme más adelante el no haber dicho en su momento lo que pienso. Pues cuando considero el asunto, ya sea solo o con Cebes, el argumento ciertamente me parece a mí, Sócrates, no ser suficiente.
Sócrates respondió: Me atrevería a decir, amigo mío, que puedes tener razón, pero me gustaría saber en qué aspecto el argumento es insuficiente.
En este aspecto, respondió Simias: Supón que una persona usara el mismo argumento sobre la armonía y la lira —¿no podría decir que la armonía es algo invisible, incorpóreo, perfecto, divino, que existe en la lira que está armonizada, pero que la lira y las cuerdas son materia y material, compuestas, terrenales, y afines a la mortalidad? Y cuando alguien rompe la lira, o corta y desgarra las cuerdas, entonces quien sostiene este punto de vista argumentaría como tú lo haces, y por la misma analogía, que la armonía sobrevive y no ha perecido —no puedes imaginar, diría, que la lira sin las cuerdas, y las cuerdas rotas mismas que son mortales permanezcan, y sin embargo que la armonía, que es de naturaleza celestial e inmortal y afín, haya perecido— perecido antes que lo mortal. La armonía debe estar todavía en algún lugar, y la madera y las cuerdas se descompondrán antes de que pueda ocurrirle algo a aquella. El pensamiento, Sócrates, debe haberte ocurrido a tu propia mente de que tal es nuestra concepción del alma; y que cuando el cuerpo está de cierto modo tensado y mantenido unido por los elementos de lo caliente y lo frío, lo húmedo y lo seco, entonces el alma es la armonía o mezcla debidamente proporcionada de ellos. Pero si es así, cada vez que las cuerdas del cuerpo se aflojan indebidamente o se tensan en exceso por la enfermedad u otra lesión, entonces el alma, aunque muy divina, como otras armonías de la música o de obras de arte, por supuesto perece de inmediato, aunque los restos materiales del cuerpo pueden durar un tiempo considerable, hasta que se descomponen o se queman. Y si alguien sostiene que el alma, siendo la armonía de los elementos del cuerpo, es lo primero en perecer en lo que se llama muerte, ¿cómo le responderemos?
Sócrates nos miró fijamente como era su costumbre, y dijo con una sonrisa: Simias tiene razón de su lado; ¿y por qué no le responde alguno de vosotros que sea más capaz que yo? pues hay fuerza en su ataque contra mí. Pero quizás, antes de responderle, sería mejor también escuchar lo que Cebes tiene que decir para que ganemos tiempo para reflexionar, y cuando ambos hayan hablado, podamos o bien asentir con ellos, si hay verdad en lo que dicen, o si no, mantendremos nuestra posición. Por favor, dime entonces, Cebes, dijo, cuál fue la dificultad que te preocupó.
Cebes dijo: Te lo diré. Mi sentimiento es que el argumento está donde estaba, y abierto a las mismas objeciones que se plantearon antes; pues estoy dispuesto a admitir que la existencia del alma antes de entrar en la forma corporal ha sido muy ingeniosamente, y, si puedo decirlo así, bastante suficientemente probada; pero la existencia del alma después de la muerte todavía está, en mi juicio, sin probar. Ahora bien, mi objeción no es la misma que la de Simias; pues no estoy dispuesto a negar que el alma es más fuerte y más duradera que el cuerpo, siendo de la opinión de que en todos esos aspectos el alma supera con mucho al cuerpo. Pues bien, entonces, me dice el argumento, ¿por qué permaneces inconvencido? Cuando ves que lo más débil continúa existiendo después de que el hombre ha muerto, ¿no admitirás que lo más duradero debe también sobrevivir durante el mismo período de tiempo? Ahora te pediré que consideres si la objeción, que, como Simias, expresaré en una figura, tiene algún peso. La analogía que aduciré es la de un viejo tejedor, que muere, y después de su muerte alguien dice: No está muerto, debe estar vivo; mira, ahí está el abrigo que él mismo tejió y vistió, y que permanece entero y sin descomponerse. Y luego procede a preguntar a alguien que es incrédulo, si un hombre dura más, o el abrigo que está en uso y desgaste; y cuando se le responde que un hombre dura mucho más, piensa que ha demostrado así ciertamente la supervivencia del hombre, que es más duradero, porque lo menos duradero permanece. Pero eso, Simias, como te rogaría que observaras, es un error; cualquiera puede ver que quien habla así está diciendo tonterías. Pues la verdad es que el tejedor mencionado, habiendo tejido y vestido muchos abrigos semejantes, sobrevivió a varios de ellos, y fue sobrevivido por el último; pero un hombre no por ello resulta probado ser más ligero y más débil que un abrigo. Ahora bien, la relación del cuerpo con el alma puede expresarse en una figura similar; y cualquiera puede decir muy justamente de manera semejante que el alma es duradera, y el cuerpo débil y de corta vida en comparación. Puede argumentar de manera similar que cada alma desgasta muchos cuerpos, especialmente si un hombre vive muchos años. Mientras está vivo el cuerpo se licua y se descompone, y el alma siempre teje otra vestidura y repara el desgaste. Pero por supuesto, cada vez que el alma perece, debe tener puesta su última vestidura, y esta le sobrevivirá; y entonces al final, cuando el alma está muerta, el cuerpo mostrará su debilidad nativa, y rápidamente se descompondrá y pasará. Por lo tanto yo preferiría no confiar en el argumento de la fuerza superior para probar la existencia continuada del alma después de la muerte. Pues aun concediendo incluso más de lo que tú afirmas ser posible, y reconociendo no solo que el alma existió antes del nacimiento, sino también que las almas de algunos existen, y continuarán existiendo después de la muerte, y nacerán y morirán una y otra vez, y que hay una fuerza natural en el alma que resistirá y nacerá muchas veces —sin embargo, podemos estar todavía inclinados a pensar que se fatigará en los trabajos de nacimientos sucesivos, y puede al final sucumbir en una de sus muertes y perecer completamente; y esta muerte y disolución del cuerpo que trae destrucción al alma puede ser desconocida para cualquiera de nosotros, pues ninguno de nosotros puede haber tenido experiencia de ella: y si es así, entonces sostengo que quien tiene confianza sobre la muerte tiene solo una confianza necia, a menos que sea capaz de probar que el alma es completamente inmortal e imperecedera. Pero si no puede probar la inmortalidad del alma, quien está a punto de morir siempre tendrá razón para temer que cuando el cuerpo se desune, el alma también pueda perecer completamente.
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