Capítulo 5La parálisis de la conciencia
Pero ¿es posible, es posible que se respete a sí mismo, así sea un poco, un hombre que incluso en el sentimiento mismo de su propia humillación se ha puesto a buscar placer? No digo esto ahora por algún arrepentimiento empalagoso. Y además, en general, no soportaba decir: «Perdón, papá, no lo volveré a hacer», no porque no fuera capaz de decirlo, sino al contrario, tal vez precisamente porque era demasiado capaz de decirlo, ¡y de qué manera! Como a propósito me metía en líos, precisamente en los casos en que no tenía ni la más mínima culpa. Eso era lo más asqueroso de todo. Y al mismo tiempo me enternecía en el alma, me arrepentía, derramaba lágrimas y, por supuesto, me engañaba a mí mismo, aunque no fingía en absoluto. El corazón, de algún modo, hacía porquerías… Ahí ya ni siquiera se podía culpar a las leyes de la naturaleza, aunque de todos modos las leyes de la naturaleza me han ofendido constantemente y más que nada durante toda mi vida. Es repugnante recordar todo esto, y ya entonces era repugnante. Porque al cabo de un minuto ya razonaba con rabia que todo eso era mentira, mentira, repugnante mentira fingida, es decir, todos esos arrepentimientos, todos esos enternecimientos, todos esos votos de regeneración. ¿Y me preguntan para qué me deformaba y me torturaba así a mí mismo? Respuesta: porque era demasiado aburrido estar sentado con los brazos cruzados; así que me ponía a hacer piruetas. De verdad, así es. Obsérvenlo mejor en ustedes mismos, señores, y entonces lo entenderán. Me inventaba aventuras y me componía una vida para, al menos de algún modo, vivir. ¡Cuántas veces me pasó que —bueno, por ejemplo, me ofendía, así, sin motivo, a propósito; y bien que sabía que me había ofendido sin motivo, que me lo había fingido, pero me llevaba a tal punto que al final, de verdad, me ofendía de verdad! Toda mi vida me atraía hacer esas cosas, de modo que al final ya no tenía poder sobre mí mismo. En otro momento quise enamorarme por la fuerza, hasta dos veces. Sufría, señores, se los aseguro. En el fondo del alma no crees que sufres, la burla se mueve dentro, pero aun así sufres, y de manera auténtica, verdadera; celo, me salgo de mis casillas… Y todo por aburrimiento, señores, todo por aburrimiento; la inercia me aplastó. Porque el fruto directo, legítimo, inmediato de la conciencia es la inercia, es decir, el estar conscientemente sentado con los brazos cruzados. Ya mencioné esto antes. Lo repito, lo repito con énfasis: todas las personas inmediatas y activas son activas precisamente porque son torpes y limitadas. ¿Cómo explicar esto? Pues así: ellas, a consecuencia de su limitación, toman las causas próximas y secundarias por las primarias, de ese modo se convencen más rápido y más fácil que otros de que han encontrado un fundamento inquebrantable para su acción, bueno, y se tranquilizan; y esto es lo principal. Porque para empezar a actuar hay que estar completamente tranquilo de antemano, y que no quede ninguna duda. Pues bien, ¿cómo me tranquilizo yo, por ejemplo? ¿Dónde están mis causas primarias en las que me apoyaré, dónde están los fundamentos? ¿De dónde las sacaré? Me ejercito en el pensamiento, y por consiguiente, en mí toda causa primaria arrastra enseguida tras de sí otra, aún más primaria, y así hasta el infinito. Esa es precisamente la esencia de toda conciencia y pensamiento. Son otra vez, por tanto, las leyes de la naturaleza. ¿Qué resulta al final? Pues lo mismo de siempre. Recuerden: hace un rato hablé de la venganza. (Seguramente no profundizaron). Dije: el hombre se venga porque encuentra en ello la justicia. Significa que ha encontrado la causa primaria, ha encontrado el fundamento, a saber: la justicia. Por tanto, está tranquilo desde todos los puntos de vista, y en consecuencia se venga tranquilo y exitosamente, estando convencido de que hace una obra honesta y justa. Pero yo no veo justicia ahí, tampoco encuentro ninguna virtud, y por consiguiente, si me pongo a vengarme, será solo por rencor. El rencor, por supuesto, podría vencerlo todo, todas mis dudas, y por tanto podría servir perfectamente en lugar de la causa primaria precisamente porque no es una causa. Pero ¿qué hacer si ni siquiera tengo rencor? (Porque con eso empecé hace un rato). El rencor, en mí, otra vez a consecuencia de esas malditas leyes de la conciencia, se somete a descomposición química. Miras: el objeto se evapora, los motivos se evaporan, el culpable no se encuentra, la ofensa se convierte en no-ofensa sino en fatum, en algo parecido al dolor de muelas, del que nadie tiene la culpa, y por consiguiente queda otra vez la misma salida: golpearse más fuerte contra la pared. Bueno, y te das por vencido, porque no encontraste la causa primaria. Pero intenta dejarte llevar por tu sentimiento ciegamente, sin razonamientos, sin causa primaria, ahuyentando la conciencia al menos por ese tiempo; odia o ama, con tal de no estar sentado con los brazos cruzados. Pasado mañana, y ése es el plazo más largo, empezarás a despreciarte a ti mismo por haberte engañado a ti mismo a sabiendas. Resultado: una pompa de jabón y la inercia. Ah, señores, tal vez yo me considero un hombre inteligente precisamente porque en toda mi vida no he podido ni empezar ni terminar nada. Sea, sea yo un charlatán, un charlatán inofensivo y fastidioso, como todos nosotros. Pero ¿qué hacer si la misión directa y única de todo hombre inteligente es la charlatanería, es decir, el deliberado verter de lo vacío en lo vacío?
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