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Capítulo 21El billete arrojado sobre la mesa

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 9 min de lectura

Al cabo de un cuarto de hora iba de un lado a otro de la habitación en febril impaciencia, acercándome a cada momento a la mampara y espiando por una rendija a Liza. Estaba sentada en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama, y seguramente lloraba. Pero no se marchaba, y eso era justamente lo que me irritaba. Esta vez ella lo sabía ya todo. La había ofendido definitivamente, pero… no hay nada que contar. Había comprendido que mi arrebato de pasión era precisamente venganza, una nueva humillación para ella, y que a mi odio de antes, casi sin objeto, se había sumado ahora un odio personal, envidioso hacia ella… Aunque, por otra parte, no afirmo que ella lo entendiese todo con claridad; pero en cambio sí comprendió plenamente que yo era un hombre miserable y, sobre todo, incapaz de amarla.

Lo sé, me dirán que esto es inverosímil: inverosímil ser tan malvado, tan estúpido como yo; quizá añadan que era inverosímil no amarla o al menos no valorar ese amor. ¿Por qué inverosímil? En primer lugar, yo ya no podía amar, porque, repito, amar para mí significaba tiranizar y ser moralmente superior. En toda mi vida no he podido siquiera imaginarme otro amor, y he llegado a tal punto que a veces ahora pienso que el amor consiste justamente en el derecho a tiranizar otorgado voluntariamente por el objeto amado. Ni siquiera en mis sueños subterráneos me representaba el amor de otro modo que como una lucha; siempre lo empezaba con el odio y lo terminaba con el sometimiento moral, y después ya no podía imaginarme qué hacer con el objeto sometido. Pero ¿qué hay de inverosímil en esto, cuando ya había conseguido corromperme moralmente hasta tal punto, me había desacostumbrado tanto de la «vida viva», que hacía un rato se me ocurrió echarle en cara y avergonzarla por haber venido a escuchar «palabras lastimeras», y no se me ocurrió que ella no había venido en absoluto para escuchar palabras lastimeras, sino para amarme, porque para una mujer en el amor está toda la resurrección, toda la salvación de cualquier perdición y toda la regeneración, y no puede manifestarse de otro modo? Por lo demás, no la odiaba tanto cuando iba de un lado a otro de la habitación y espiaba por la rendija detrás de la mampara. Simplemente me resultaba insoportablemente pesado que estuviera allí. Quería que desapareciera. Deseaba «tranquilidad», deseaba quedarme solo en el subsuelo. La «vida viva», por falta de costumbre, me había aplastado hasta tal punto que hasta respirar se me hacía difícil.

Pero pasaron aún varios minutos más y seguía sin levantarse, como si estuviera aletargada. Tuve el descaro de llamar suavemente a la mampara para recordárselo… De pronto se estremeció, se levantó de un salto y se lanzó a buscar su pañuelo, su sombrero, su abrigo, como si huyera de mí a alguna parte… Al cabo de dos minutos salió lentamente de detrás de la mampara y me miró con pesadumbre. Sonreí con malicia, aunque forzadamente, por decoro, y aparté la vista de su mirada.

—Adiós —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.

De pronto corrí hacia ella, le agarré la mano, se la abrí, puse dentro… y después volví a cerrársela. Luego inmediatamente me di la vuelta y salté lo más rápido posible a otro rincón para no ver al menos…

Estuve a punto de mentir ahora mismo, de escribir que hice aquello sin querer, fuera de mí, perdido, como un estúpido. Pero no quiero mentir y por eso digo directamente que le abrí la mano y puse en ella… por maldad. Se me ocurrió hacerlo cuando iba de un lado a otro de la habitación mientras ella estaba sentada detrás de la mampara. Pero esto es lo que puedo decir con seguridad: hice esa crueldad, aunque a propósito, no de corazón, sino por mi malvada cabeza. Esa crueldad era tan fingida, tan cerebral, tan artificialmente inventada, tan libresca, que yo mismo no aguanté ni un minuto: primero salté al rincón para no ver, y después con vergüenza y desesperación corrí tras Liza. Abrí la puerta al recibidor y me puse a escuchar.

—¡Liza! ¡Liza! —grité en la escalera, pero tímidamente, a media voz…

No hubo respuesta, me pareció oír sus pasos en los escalones de abajo.

—¡Liza! —grité más alto.

No hubo respuesta. Pero en ese mismo instante oí desde abajo cómo se abría pesadamente, con un chirrido, la pesada puerta exterior de cristal que daba a la calle y se cerraba de golpe. El estruendo subió por la escalera.

Se había marchado. Volví a la habitación pensativo. Me sentía terriblemente pesado.

Me detuve junto a la mesa, al lado de la silla en que ella se había sentado, y miré sin sentido delante de mí. Pasó un minuto, de pronto me estremecí entero: justo delante de mí, sobre la mesa, vi… en una palabra, vi el billete azul arrugado de cinco rublos, el mismo que un minuto antes había metido en su mano. Era ese billete; no podía ser otro; no había otro en la casa. Así que había conseguido sacarlo de su mano y arrojarlo sobre la mesa en ese momento en que yo había saltado al otro rincón.

¿Y qué? ¿Podía esperarme que hiciera eso? ¿Podía esperármelo? No. Yo era tan egoísta, respetaba tan poco a las personas en realidad, que ni siquiera pude imaginar que ella haría eso. No pude soportarlo. Un instante después, como un loco, me lancé a vestirme, me eché encima lo que pude coger a toda prisa y salí precipitadamente tras ella. No había logrado alejarse ni doscientos pasos cuando salí a la calle.

Había silencio, la nieve caía copiosamente y casi perpendicular, formando un colchón sobre la acera y la calle desierta. No había ningún transeúnte, no se oía ningún sonido. Melancólicamente y en vano parpadeaban los faroles. Corrí unos doscientos pasos hasta el cruce y me detuve.

«¿Adónde habrá ido? ¿Y por qué corro tras ella? ¿Para qué? ¿Para caer ante ella, sollozar de arrepentimiento, besarle los pies, suplicarle perdón? Eso quería; todo mi pecho se desgarraba en pedazos, y nunca, nunca recordaré con indiferencia ese minuto. Pero —¿para qué?— pensé—. ¿Acaso no la odiaré mañana mismo, precisamente por haberle besado hoy los pies? ¿Acaso le daré la felicidad? ¿Acaso no he conocido hoy de nuevo, por centésima vez, mi propio valor? ¿Acaso no la torturaré?».

Me quedé de pie sobre la nieve, escudriñando la turbia niebla, y pensaba en esto.

«Y ¿no será mejor, no será mejor —fantaseé ya en casa, después, sofocando con fantasías el dolor vivo del corazón—, no será mejor que se lleve ahora consigo para siempre el ultraje? El ultraje… pues es una purificación; ¡es la conciencia más corrosiva y dolorosa! Mañana mismo yo habría ensuciado su alma con la mía y habría agotado su corazón. Pero el ultraje no morirá nunca en ella ahora, y por muy repugnante que sea la suciedad que le espera, el ultraje la elevará y la purificará… con el odio… hm… quizá también con el perdón… Aunque, por lo demás, ¿le resultará todo esto más fácil?».

Pero en serio: ahora yo mismo me hago una pregunta ociosa: ¿qué es mejor, la felicidad barata o los sufrimientos elevados? Vamos, ¿qué es mejor?

Así imaginaba cuando me senté aquella tarde en mi casa, apenas vivo por el dolor del alma. Nunca había soportado tanto sufrimiento y arrepentimiento; pero ¿podía haber alguna duda, cuando salí corriendo del apartamento, de que no volvería a medio camino a casa? Nunca más volví a encontrarme con Liza y nada más supe de ella. Añadiré también que durante mucho tiempo quedé satisfecho con la frase sobre el beneficio del ultraje y el odio, a pesar de que yo mismo estuve a punto de enfermar entonces de melancolía.

Incluso ahora, después de tantos años, todo esto me resulta de algún modo demasiado desagradable al recordarlo. Muchas cosas ahora me resultan desagradables al recordarlas, pero… ¿no sería mejor terminar aquí las «Memorias»? Me parece que cometí un error al empezar a escribirlas. Al menos tuve vergüenza todo el tiempo mientras escribía esta historia: por tanto, esto ya no es literatura, sino castigo correccional. Porque contar, por ejemplo, largas historias sobre cómo malogré mi vida con la corrupción moral en un rincón, la falta de ambiente, el desacostumbramiento de lo vivo y la cólera vanidosa en el subsuelo, por Dios, no es interesante; en una novela hace falta un héroe, y aquí se han reunido a propósito todos los rasgos de un antihéroe, y sobre todo, todo esto producirá una impresión muy desagradable, porque todos nos hemos desacostumbrado de la vida, todos cojeamos, cada uno más o menos. Nos hemos desacostumbrado hasta tal punto que sentimos a veces hacia la verdadera «vida viva» una especie de repugnancia, y por eso no podemos soportar que nos la recuerden. Porque hemos llegado a tal punto que casi consideramos la verdadera «vida viva» un trabajo, casi un servicio, y todos estamos de acuerdo entre nosotros en que según el libro es mejor. ¿Y por qué nos agitamos a veces, por qué caprichamos, por qué pedimos? No sabemos qué. Será peor para nosotros si cumplen nuestras caprichosas peticiones. Vamos, probadlo, vamos, dadnos, por ejemplo, más independencia, desatad las manos a cualquiera de nosotros, ampliad el círculo de actividad, aflojad la tutela, y nosotros… pues os aseguro que inmediatamente pediremos volver otra vez bajo tutela. Sé que quizá os enfadéis conmigo por esto, gritéis, pataleéis: «Hable, dicen, de usted mismo y de sus miserias en el subsuelo, y no se atreva a decir "todos nosotros"». Permitidme, señores, pero yo no me justifico con ese «todos nosotros». En lo que respecta a mí en particular, yo solo he llevado en mi vida al extremo lo que vosotros no os atrevisteis a llevar ni a la mitad, y además tomasteis vuestra cobardía por sensatez, y con eso os consolabais, engañándoos a vosotros mismos. Así que quizá yo resulte todavía más «vivo» que vosotros. ¡Pero mirad más atentamente! Pues ni siquiera sabemos dónde vive ahora lo vivo y qué es, cómo se llama. Dejadnos solos, sin libro, e inmediatamente nos enredaremos, nos perderemos; no sabremos a qué adherirnos, de qué agarrarnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar. Incluso ser hombres nos pesa, hombres con cuerpo y sangre propios, verdaderos; nos avergonzamos de ello, lo consideramos una deshonra y procuramos ser unos nunca vistos hombres generales. Somos nacidos muertos, y hace ya mucho que no nacemos de padres vivos, y esto cada vez nos gusta más. Le tomamos el gusto. Pronto inventaremos nacer de algún modo de una idea. Pero basta; no quiero escribir más «desde el Subsuelo»…

Por lo demás, aquí no terminan todavía las «memorias» de este paradojista. No se contuvo y continuó más adelante. Pero a nosotros también nos parece que aquí se puede parar.

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