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Capítulo 10El palacio de cristal y el gallinero

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 3 min de lectura

Vosotros creéis en el palacio de cristal, eternamente indestructible, es decir, en uno al que no se le podrá sacar la lengua a escondidas ni hacerle un palmo de narices en el bolsillo. Pues bien, yo quizá tengo miedo precisamente de ese palacio porque es de cristal y eternamente indestructible y porque no se le podrá siquiera sacar la lengua a escondidas.

Mirad: si en lugar del palacio hubiera un gallinero y se pusiera a llover, puede que me metiera en el gallinero para no mojarme, pero aun así no tomaría el gallinero por un palacio por agradecimiento a que me protegió de la lluvia. Os reís, incluso decís que en ese caso el gallinero y el palacio son lo mismo. Sí —respondo yo—, si solo hubiera que vivir para no mojarse.

Pero ¿qué hacer si se me ha metido en la cabeza que se vive no solo para eso y que si ya hay que vivir, hay que vivir en un palacio? Este es mi querer, este es mi deseo. Me lo arrancaréis solo cuando cambiéis mis deseos. Pues bien, cambiadlos, seducidme con otra cosa, dadme otro ideal. Pero mientras tanto no tomaré el gallinero por un palacio. Aunque sea verdad que el palacio de cristal es un engaño, que según las leyes de la naturaleza no se supone que exista y que yo lo inventé solo a consecuencia de mi propia estupidez, a consecuencia de ciertos hábitos antiguos e irracionales de nuestra generación. ¿Pero qué me importa que no se suponga que exista? ¿No da lo mismo, si existe en mis deseos o, mejor dicho, existe mientras existan mis deseos? Puede que os riáis de nuevo. Reíos cuanto queráis; yo aceptaré todas las burlas y aun así no diré que estoy saciado cuando tengo hambre; aun así sé que no me conformaré con un compromiso, con un cero periódico incesante, solo porque exista según las leyes de la naturaleza y exista de verdad. No aceptaré como colmo de mis deseos un edificio de alquiler con apartamentos para inquilinos pobres con contrato de mil años y, por si acaso, con el dentista Vaguenguéim en el letrero. Destruid mis deseos, borrad mis ideales, mostradme algo mejor y yo os seguiré. Quizá digáis que no vale la pena meterse en esto; pero en ese caso yo también puedo responderos lo mismo. Razonamos en serio; pero si no queréis honrarme con vuestra atención, pues no os haré reverencias. Tengo mi subsuelo.

Y mientras tanto aún vivo y deseo —¡que se me seque la mano si llevo aunque sea un solo ladrillo a ese edificio de alquiler! No os fijéis en que hace poco rechacé yo mismo el palacio de cristal únicamente por la razón de que no se le podrá provocar sacándole la lengua. Lo dije no porque me encante tanto sacar la lengua. Quizá me enfurecí solo porque entre todos vuestros edificios hasta ahora no se encuentra ninguno al que no haya que sacarle la lengua. Al contrario, yo dejaría que me cortaran la lengua, solo por agradecimiento, si se arreglara de tal modo que a mí mismo ya no me dieran más ganas de sacarla. ¿Qué me importa que sea imposible arreglarlo así y que haya que conformarse con los apartamentos? ¿Por qué estoy hecho con tales deseos? ¿Acaso estoy hecho solo para llegar a la conclusión de que todo mi mecanismo es un engaño? ¿Acaso esa es toda la finalidad? No lo creo.

Pero, por otra parte, ¿sabéis qué?: estoy convencido de que a los de nuestra especie, los del subsuelo, hay que tenerlos en corto. Aunque sea capaz de pasar cuarenta años sentado en el subsuelo en silencio, en cuanto sale a la luz y se desborda, pues habla, habla, habla…

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