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Capítulo 1Retrato de un hombre del subsuelo

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 6 min de lectura

Soy un hombre enfermo… Soy un hombre malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que me duele el hígado. Aunque, la verdad, no entiendo ni pizca de mi enfermedad y no sé a ciencia cierta qué es lo que me duele. No me trato ni me he tratado nunca, si bien respeto la medicina y a los médicos. Además, por si fuera poco, soy extremadamente supersticioso; bueno, al menos lo bastante supersticioso como para respetar la medicina. (Tengo educación suficiente para no ser supersticioso, pero lo soy). No, señor, no quiero tratarme por pura maldad. Esto, seguramente, no vais a entenderlo. Bueno, pues yo sí lo entiendo. Desde luego, no sabré explicaros a quién le fastidia exactamente mi maldad en este caso; sé perfectamente bien que tampoco a los médicos podré «joderles» por no tratarme con ellos; mejor que nadie sé que con todo esto me perjudico únicamente a mí mismo y a nadie más. Pero aun así, si no me trato, es por pura maldad. Me duele el hígado, ¡pues que me duela todavía más fuerte!

Así llevo viviendo ya mucho tiempo, unos veinte años. Ahora tengo cuarenta. Antes servía en la administración, y ahora no. Fui un funcionario malvado. Fui grosero y encontraba placer en ello. Ya que no aceptaba sobornos, debía recompensarme al menos con esto. (Una gracia de mal gusto; pero no la tacharé. La escribí pensando que quedaría muy aguda; pero ahora, al darme cuenta de que solo quería fardar de forma repugnante, ¡no la tacharé adrede!). Cuando se acercaban a la mesa donde yo estaba sentado solicitantes que pedían informes, yo rechinaba los dientes contra ellos y sentía un placer implacable cuando lograba afligir a alguien. Casi siempre lo lograba. La mayoría de las veces era gente tímida: ya se sabe, solicitantes. Pero entre los petimetres había uno al que no podía soportar especialmente, un oficial. De ninguna manera quería doblegarse y repiqueteaba la sable de forma repugnante. Mantuve con él una guerra por ese sable durante año y medio. Al final lo vencí. Dejó de repiquetear. Aunque esto ocurrió todavía en mi juventud. Pero ¿sabéis, señores, en qué consistía el punto principal de mi maldad? Pues en eso consistía todo el asunto, en eso residía la mayor vileza: que a cada minuto, incluso en el momento de la mayor bilis, me daba cuenta vergonzosamente de que yo no solo no era malvado, sino que ni siquiera era un hombre amargado, que solo asustaba a los gorriones inútilmente y me entretenía con eso. Tenía espuma en la boca, pero traedme una muñequita, dadme un tecito con azúcar, y quizá me calmaré. Hasta me enterneceré de alma, aunque después, seguro, me rechinarán los dientes por mi propia culpa y sufriré de insomnio varios meses por la vergüenza. Así es mi costumbre.

Mentí sobre mí mismo hace un momento, cuando dije que fui un funcionario malvado. Mentí por pura maldad. Simplemente me dedicaba a hacer tonterías con los solicitantes y con el oficial, pero en el fondo nunca pude volverme malvado. A cada minuto era consciente de muchísimos elementos absolutamente opuestos a eso dentro de mí. Sentía cómo pululaban en mí, esos elementos opuestos. Sabía que habían estado pululando en mí toda la vida y pugnaban por salir fuera de mí, pero yo no los dejaba, no los dejaba, no los dejaba salir adrede. Me atormentaban hasta la vergüenza; me llevaban hasta las convulsiones y, por fin, me fastidiaron, ¡cómo me fastidiaron! ¿No os parece, señores, que ahora me estoy arrepintiendo ante vosotros de algo, que os estoy pidiendo perdón por algo?… Estoy seguro de que os lo parece… Pero, en cualquier caso, os aseguro que me da igual si os lo parece…

No solo no supe volverme malvado, sino que no supe volverme nada: ni malvado, ni bueno, ni canalla, ni honrado, ni héroe, ni insecto. Ahora me dedico a vivir mis últimos días en mi rincón, burlándome de mí mismo con el consuelo rencoroso y que no sirve para nada de que un hombre inteligente no puede volverse seriamente nada, y que solo el tonto se vuelve algo. Sí, señor, el hombre inteligente del siglo diecinueve debe y está moralmente obligado a ser un ser esencialmente sin carácter; el hombre con carácter, el hombre de acción, es un ser esencialmente limitado. Esta es mi convicción de cuarenta años. Ahora tengo cuarenta años, y cuarenta años son toda una vida; cuarenta años son la más profunda vejez. Vivir más allá de los cuarenta años es indecoroso, vulgar, ¡inmoral! ¿Quién vive más allá de los cuarenta años? ¡Responded sincera, honradamente! Os diré quién vive: los tontos y los canallas viven. Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos viejos respetables, a todos esos viejos de cabeza blanca y olorosos. ¡Se lo diré en la cara al mundo entero! Tengo derecho a hablar así, porque yo mismo viviré hasta los sesenta años. ¡Viviré hasta los setenta años! ¡Viviré hasta los ochenta años!… ¡Esperad! Dejadme respirar…

Seguramente pensáis, señores, que quiero haceros reír. También en esto os equivocáis. No soy en absoluto un hombre tan alegre como os parece o como quizá os parece; aunque, si vosotros, irritados por toda esta charlatanería (y ya siento que estáis irritados), decidierais preguntarme: ¿quién soy yo exactamente?, os respondería: soy un asesor colegial. Servía para tener algo que comer (pero únicamente para eso), y cuando el año pasado un pariente lejano mío me dejó seis mil rublos en su testamento, inmediatamente me retiré y me instalé en mi rincón. Ya vivía antes en este rincón, pero ahora me he instalado en este rincón. Mi habitación es miserable, horrible, en las afueras de la ciudad. Mi criada es una vieja campesina, malvada por estúpida, y además de ella siempre huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo se me está volviendo nocivo y que con mis recursos insignificantes es muy caro vivir en Petersburgo. Todo esto lo sé, lo sé mejor que todos esos consejeros experimentados y sapientísimos que asienten con la cabeza. Pero me quedo en Petersburgo; ¡no me iré de Petersburgo! No me iré porque… ¡Eh! Pero en realidad da absolutamente igual que me vaya o no me vaya.

Por cierto: ¿de qué puede hablar un hombre decente con el mayor placer?

Respuesta: de sí mismo.

Pues así hablaré yo de mí mismo.

Nota del autor. Tanto el autor de estas notas como las propias «Notas», desde luego, son ficticios. Sin embargo, personas como el autor de estas notas no solo pueden, sino que incluso deben existir en nuestra sociedad, teniendo en cuenta las circunstancias en que en general se ha formado nuestra sociedad. He querido sacar ante el rostro del público, con más claridad de lo habitual, uno de los caracteres de un tiempo pasado reciente. Es uno de los representantes de una generación que todavía está terminando de vivir. En este fragmento, titulado «El subsuelo», este personaje se presenta a sí mismo, su punto de vista, y como que quiere aclarar las causas por las que apareció y debía aparecer en nuestro medio. En el siguiente fragmento vendrán ya las auténticas «notas» de este personaje sobre algunos acontecimientos de su vida. Fiódor Dostoievski

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