Clasicalia
InicioMemorias del subsueloCapítulo 19
19 / 21

Capítulo 19La llegada de Liza

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 17 min de lectura

En cualquier caso, no tardé demasiado en reconocer esta verdad. Al despertar a la mañana siguiente, después de unas horas de sueño profundo, pesado como el plomo, y cayendo en la cuenta de todo lo del día anterior, hasta me asombré de mi sentimentalismo de ayer con Liza, de todos esos «horrores y lastimeros sentimientos de ayer». «¡Cómo es posible que me diera semejante alteración nerviosa de mujercita, puaj!», resolví. «¿Y para qué le metí mi dirección? ¿Qué pasa si viene? Aunque bueno, está bien, que venga si quiere; no pasa nada…» Pero evidentemente lo principal y más importante ahora no era eso: había que apresurarse y, costara lo que costara, salvar cuanto antes mi reputación ante los ojos de Zvierkov y Simónov. Eso era lo principal. Y de Liza hasta me olvidé por completo esa mañana, ocupado en otras cosas.

Ante todo había que devolver inmediatamente la deuda de ayer a Simónov. Decidí recurrir a una medida desesperada: pedir prestados quince rublos enteros a Antón Antónovich. Como adrede, esa mañana estaba él de excelente humor y me los entregó en cuanto se lo pedí. Me alegré tanto que, al firmar el recibo, con cierto aire fanfarrón, le conté descuidadamente que ayer «me corrí una juerga con unos amigos en el Hôtel de Paris; despedíamos a un camarada, hasta se podría decir un amigo de la infancia, y, sabe usted, es un juerguista tremendo, malcriado, bueno, como es natural, de buena familia, patrimonio considerable, brillante carrera, ingenioso, encantador, tiene líos con las damas, entiende: bebimos unas copas de más y…» Y lo asombroso es que no hubo problema; salió todo muy fácil, desenvuelto y satisfecho de sí mismo.

Al llegar a casa, inmediatamente le escribí a Simónov.

Hasta hoy me enorgullezco, al recordar el tono verdaderamente caballeresco, cordial y franco de mi carta. Con habilidad y nobleza, y, sobre todo, sin palabras innecesarias, me culpé de todo. Me justificaba, «si es que todavía me está permitido justificarme», diciendo que, por no estar acostumbrado al alcohol, me embriagué con la primera copa que (supuestamente) bebí antes de que ellos llegaran, cuando los esperaba en el Hôtel de Paris de cinco a seis. Pedía disculpas sobre todo a Simónov; a él le rogaba que transmitiera mis explicaciones también a todos los demás, especialmente a Zvierkov, a quien, «me parece recordar, como en sueños», creo que ofendí. Añadía que yo mismo habría ido a verlos a todos, pero me dolía la cabeza, y, más aún, me daba vergüenza. Quedé especialmente satisfecho con cierta «ligereza», casi negligencia (aunque totalmente decorosa), que de repente se reflejó en mi pluma y que mejor que todos los argumentos posibles les daba a entender de golpe que yo miraba «toda esta porquería de ayer» con bastante independencia; que no había quedado muerto de un golpe, como ustedes, señores, probablemente piensan, sino que, por el contrario, lo miraba como debe mirarlo un caballero que se respeta a sí mismo con calma. Lo pasado, pasado está, y no es deshonra para un buen mozo.

«¡Hasta hay cierta jovialidad de marqués!», me admiraba yo, releyendo la nota. «¡Y todo porque soy un hombre desarrollado y culto! Otro en mi lugar no sabría cómo salir del apuro, pero yo me las arreglé y me divierto de nuevo, y todo porque soy un "hombre culto y desarrollado de nuestro tiempo". Y en realidad, quizá todo eso de ayer fue por el alcohol. Hm... bueno no, no fue por el alcohol. No bebí nada de vodka de cinco a seis, cuando los esperaba. Le mentí a Simónov; mentí descaradamente; y ahora tampoco me da vergüenza…

Aunque bueno, ¡al diablo! Lo principal es que me libré.

Metí seis rublos en la carta, la sellé y le rogué a Apolón que se la llevara a Simónov. Al saber que en la carta había dinero, Apolón se volvió más respetuoso y aceptó ir. Al atardecer salí a pasear. Todavía me dolía y me daba vueltas la cabeza de lo de ayer. Pero cuanto más avanzaba la tarde y más espesas se volvían las sombras, tanto más cambiaban y se confundían mis impresiones, y tras ellas mis pensamientos. Algo no moría dentro de mí, en lo profundo del corazón y de la conciencia, no quería morir y se manifestaba como una angustia ardiente. Me movía principalmente por las calles más concurridas, comerciales, por Meshchánskaya, por Sadóvaya, por el jardín de Yusúpov. Siempre me gustó pasear por esas calles al atardecer, precisamente cuando se aglomeraba la multitud de toda clase de transeúntes, gente comerciante y artesana, con rostros preocupados hasta la irritación, que regresaban a casa después de sus trabajos diarios. Me gustaba precisamente ese ajetreo insignificante, esa prosaica desvergüenza. Esta vez todo ese empujarse callejero me irritaba aún más. No podía manejarme a mí mismo, no encontraba la solución. Algo se levantaba, se levantaba en mi alma sin cesar, con dolor, y no quería calmarse. Regresé a casa totalmente alterado. Era como si en mi alma pesara algún crimen.

Me atormentaba constantemente la idea de que Liza vendría. Me parecía extraño que de todos esos recuerdos de ayer, el recuerdo de ella me atormentara de alguna manera especial, de alguna manera totalmente aparte. De todo lo demás ya había logrado olvidarme por completo al atardecer, lo dejé pasar y seguía totalmente satisfecho con mi carta a Simónov. Pero aquí de algún modo ya no estaba satisfecho. Era como si me atormentara únicamente Liza. «¿Qué pasa si viene?», pensaba sin cesar. «Bueno, ¿y qué? Nada, que venga si quiere. Hm. Lo malo es que verá, por ejemplo, cómo vivo. Ayer me mostré ante ella como un… héroe… y ahora, hm. Es malo, es verdad, que me haya descuidado tanto. Simplemente miseria en el apartamento. Y ayer me atreví a ir a cenar con semejante atuendo. ¡Y mi diván de hule, del que sale el relleno! ¡Y mi bata, con la que no puedo taparme! ¡Qué harapos…! Y ella lo verá todo; y verá a Apolón. Ese canalla seguro que la ofenderá. Se meterá con ella para hacerme una grosería. Y yo, por supuesto, como es habitual, me acobardaré, empezaré a hacer reverencias ante ella, empezaré a taparme con los faldones de la bata, empezaré a sonreír, empezaré a mentir. ¡Uf, qué asco! Pero no es eso lo más asqueroso. Hay algo más importante, más repugnante, más vil, ¡sí, más vil! Y otra vez, otra vez tendré que ponerme esa máscara mentirosa y deshonrosa…»

Al llegar a este pensamiento, me encendí:

«¿Por qué deshonrosa? ¿Qué tiene de deshonrosa? Ayer hablé sinceramente. Recuerdo que en mí también había un sentimiento genuino. Precisamente quería despertar en ella sentimientos nobles… si lloró, es bueno, tendrá un efecto benéfico…»

Pero de todos modos no lograba calmarme.

Durante toda esa tarde, ya cuando volví a casa, ya después de las nueve, cuando, según mis cálculos, Liza ya no podía venir, ella seguía apareciéndoseme, y, sobre todo, la recordaba siempre en la misma posición. Precisamente un momento de todo lo de ayer se me presentaba con especial nitidez: cuando encendí la cerilla e iluminé la habitación y vi su rostro pálido, contraído, con mirada de mártir. ¡Y qué sonrisa tan lastimera, tan antinatural, tan contraída tenía en aquel momento! Pero todavía no sabía entonces que incluso quince años después seguiría imaginándome a Liza precisamente con esa sonrisa lastimera, contraída e innecesaria que tenía en aquel momento.

Al día siguiente ya estaba dispuesto de nuevo a considerar todo aquello un disparate, nervios desbocados y, sobre todo, exageración. Siempre reconocía esta mi cuerda floja y a veces le tenía mucho miedo: «siempre exagero, por eso cojeo», me repetía a cada hora. Pero, sin embargo, «sin embargo, Liza quizá venga», ese era el estribillo con el que concluían todos mis razonamientos de entonces. Estaba tan inquieto que a veces me ponía furioso. «¡Vendrá! ¡Vendrá sin falta!», exclamaba, corriendo por la habitación, «si no hoy, mañana vendrá, ¡ya me encontrará! Así es el maldito romanticismo de todos estos corazones puros. ¡Oh, qué miseria, qué estupidez, qué estrechez de estas "inmundas almas sentimentales"! Bueno, ¿cómo no comprender, cómo, parece, no comprender?...» Pero aquí me detenía yo mismo y hasta con gran turbación.

«Y qué pocas, qué pocas palabras», pensaba de paso, «qué poco de idilio hacía falta (y además un idilio artificial, libresco, inventado) para dar vuelta de inmediato a toda el alma humana a mi manera. ¡Eso es la virginidad! ¡Eso es la frescura del terreno!»

A veces me venía la idea de ir yo mismo donde ella, «contárselo todo» y rogarle que no viniera a mi casa. Pero ante este pensamiento se levantaba en mí tal ira, que me parecía que habría aplastado a esa «maldita» Liza si de repente se hubiera encontrado junto a mí, la habría ofendido, escupido, echado, ¡golpeado!

Pasó, sin embargo, un día, otro, un tercero, ella no venía, y yo empezaba a calmarme. Especialmente me animaba y me ponía alegre después de las nueve, hasta empezaba a veces a soñar, y bastante dulcemente: «Por ejemplo, yo salvo a Liza, precisamente porque ella me visita, y yo le hablo… La desarrollo, la educo. Finalmente noto que me ama, me ama apasionadamente. Me hago el que no entiendo (no sé, sin embargo, para qué me hago; así, para darle belleza, probablemente). Finalmente ella, toda turbada, hermosa, temblando y sollozando, se arroja a mis pies y me dice que soy su salvador y que me ama más que a nada en el mundo. Yo me asombro, pero… "Liza", le digo, "¿acaso crees que no he notado tu amor? Lo vi todo, lo adiviné, pero no me atreví a aspirar a tu corazón primero, porque tenía influencia sobre ti y temía que, por gratitud, te forzaras a responder a mi amor, que tú misma te forzaras a despertar en ti un sentimiento que quizá no existe, y yo no quería eso, porque eso es… despotismo… Es indelicado (bueno, en una palabra, aquí divagaba en alguna fineza europea, georgesandiana, inexplicablemente noble…). Pero ahora, ahora eres mía, eres mi creación, eres pura, hermosa, eres mi hermosa esposa.

Luego comenzamos a vivir felices, nos vamos al extranjero, etcétera, etcétera». En una palabra, a mí mismo me daba asco, y terminaba haciéndome burla con la lengua.

«Además no la dejarán salir, a la "desgraciada"», pensaba. «A ellas, parece, no las dejan salir mucho a pasear, sobre todo por la tarde (por alguna razón me parecía que debía venir por la tarde y precisamente a las siete). Aunque bueno, ella dijo que todavía no está completamente esclavizada allí, que tiene un régimen especial; significa, hm. ¡Demonios, vendrá, vendrá sin falta!»

Era bueno al menos que en este tiempo me distrajera Apolón con sus groserías. ¡Me sacaba de quicio! Era mi llaga, mi azote, enviado por la providencia. Peleábamos constantemente, durante varios años seguidos, y yo lo odiaba. ¡Dios mío, cómo lo odiaba! A nadie en mi vida he odiado tanto, me parece, como a él, especialmente en ciertos momentos. Era un hombre maduro, solemne, que se dedicaba en parte a la sastrería. Pero no sé por qué me despreciaba, incluso más allá de toda medida, y me miraba de manera insoportablemente condescendiente. Aunque miraba a todos con condescendencia. Bastaba con mirar esa cabeza rubia, peinada con esmero, ese copete que se levantaba en la frente y se engrasaba con aceite de linaza, esa boca solemne, siempre fruncida en forma de ízhitsa, y ya sentías ante ti a un ser que nunca dudaba de sí mismo. Era un pedante en el más alto grado, y el pedante más colosal de todos los que he encontrado en la tierra; y además con un amor propio digno quizá solo de Alejandro Magno. Estaba enamorado de cada uno de sus botones, de cada una de sus uñas —inevitablemente enamorado, así miraba—. Me trataba completamente de manera despótica, me hablaba muy poco, y si le ocurría mirarme, me miraba con una mirada firme, majestuosamente segura de sí misma y constantemente burlona, que a veces me ponía furioso. Cumplía sus obligaciones con tal aire como si me hiciera el más alto favor. Sin embargo, casi no hacía nada por mí y ni siquiera se consideraba obligado a hacer algo. No podía haber duda de que me consideraba el último tonto de todo el mundo, y si «me tenía a su servicio», era únicamente porque podía recibir de mí cada mes el salario. Aceptaba «no hacer nada» en mi casa por siete rublos al mes. Muchos pecados se me perdonarán por él. A veces llegaba a tal odio que me daban casi convulsiones solo con su modo de caminar. Pero lo que especialmente me repugnaba era su ceceo. Tenía la lengua un poco más larga de lo debido, o algo parecido, por eso constantemente ciseaba y susurraba y, al parecer, estaba terriblemente orgulloso de ello, imaginando que eso le añadía muchísima dignidad. Hablaba en voz baja, medidamente, con las manos detrás de la espalda y los ojos bajos mirando al suelo. Me enfurecía especialmente cuando empezaba a leer el Salterio en su habitación detrás del biombo. Muchas batallas soporté por esa lectura. Pero a él le encantaba leer por las tardes, con voz tranquila y uniforme, salmodiando, exactamente como si leyera por un difunto. Curiosamente, así terminó: ahora se alquila para leer el Salterio por los muertos, y al mismo tiempo extermina ratas y fabrica betún. Pero entonces yo no podía despedirlo, era como si estuviera fundido químicamente con mi existencia. Además, él mismo no habría aceptado irse de mi lado por nada. Yo no podía vivir en una chambre garnie: mi apartamento era mi mansión particular, mi caparazón, mi estuche, en el que me escondía de toda la humanidad, y Apolón, el diablo sabe por qué, me parecía que pertenecía a este apartamento, y durante siete años enteros no pude echarlo.

Retenerle, por ejemplo, el salario aunque fuera dos o tres días era imposible. Armaría tal escándalo que no sabría dónde meterme. Pero en esos días estaba yo tan enfurecido con todos que decidí, por alguna razón y para algo, castigar a Apolón y no pagarle durante dos semanas más. Hacía tiempo, unos dos años, que me proponía hacer esto, únicamente para demostrarle que no se atreviera a darse tanta importancia conmigo y que si yo quería, siempre podía no pagarle. Decidí no hablarle de esto y hasta callar adrede, para vencer su orgullo y obligarlo a él mismo, primero, a hablar del salario. Entonces sacaría los siete rublos del cajón, le mostraría que los tengo y que están apartados adrede, pero que «no quiero, no quiero, simplemente no quiero pagarle, no quiero, porque así lo quiero», porque esa es «mi voluntad de amo», porque es irrespetuoso, porque es un grosero; pero que si pide respetuosamente, entonces quizá me ablande y le pague; si no, que espere otras dos semanas, tres semanas, un mes entero…

Pero por muy enojado que estuviera, él me venció. No aguanté ni cuatro días. Empezó por donde siempre empezaba en casos semejantes, porque casos semejantes ya habían ocurrido, se habían probado (y, lo remarco, yo sabía todo esto de antemano, conocía de memoria su táctica vil), precisamente: empezaba dirigiéndome una mirada extremadamente severa, sin quitármela durante varios minutos seguidos, especialmente cuando me encontraba o me despedía de casa. Si, por ejemplo, yo aguantaba e intentaba no darme cuenta de esas miradas, él, como antes en silencio, procedía a torturas adicionales. De repente, sin venir a cuento, entraba tranquila y suavemente en mi habitación, cuando yo caminaba o leía, se detenía en la puerta, ponía una mano detrás de la espalda, adelantaba un pie y dirigía hacia mí su mirada, ya no severa, sino completamente despectiva. Si de repente le preguntaba qué quería, no respondía nada, seguía mirándome fijamente unos segundos más, luego, apretando los labios de una manera especial, con aire significativo, se daba la vuelta lentamente y se iba lentamente a su habitación. Dos horas después salía de repente de nuevo y volvía a aparecer ante mí de la misma manera. A veces ocurría que yo, furioso, ya ni le preguntaba qué quería, sino que yo mismo levantaba la cabeza brusca e imperiosamente y también empezaba a mirarlo fijamente. Así nos mirábamos el uno al otro durante dos minutos; finalmente él se daba la vuelta, lenta y solemnemente, y se iba de nuevo por dos horas.

Si ni siquiera con esto me convencía y yo seguía rebelándome, él de repente empezaba a suspirar, mirándome, suspiraba largo y profundo, como si midiera con ese solo suspiro toda la profundidad de mi caída moral, y, desde luego, terminaba por vencerme completamente: yo me enfurecía, gritaba, pero lo que estaba en cuestión me veía forzado a cumplir.

Esta vez, apenas comenzaron las maniobras habituales de «miradas severas», inmediatamente perdí el control y me lancé furioso sobre él. Ya estaba demasiado irritado de por sí.

—¡Alto! —grité fuera de mí, cuando lenta y silenciosamente se daba la vuelta, con una mano detrás de la espalda, para irse a su habitación—. ¡Alto! ¡Vuelve! ¡Vuelve, te digo! —y, probablemente, bramé de manera tan antinatural que se dio la vuelta y hasta empezó a examinarme con cierta sorpresa. Sin embargo, seguía sin decir palabra, y eso era lo que me enfurecía.

—¿Cómo te atreves a entrar donde mí sin permiso y mirarme así? ¡Responde!

Pero después de mirarme tranquilamente durante medio minuto, empezó de nuevo a darse la vuelta.

—¡Alto! —rugí, corriendo hacia él—, ¡ni un paso! Así. Ahora responde: ¿para qué entras a mirar?

—Si taperiocha usted tiene algo que mandarme, es mi deber cumplirlo —respondió, después de callar de nuevo, ciceando tranquila y medidamente, levantando las cejas y pasando tranquilamente la cabeza de un hombro al otro—, y todo esto con una calma espantosa.

—¡No es eso, no es eso lo que te pregunto, verdugo! —grité, temblando de rabia—. Yo mismo te diré, verdugo, para qué vienes aquí: ves que no te pago el salario, tú mismo no quieres, por orgullo, inclinarte para pedirlo, y por eso vienes con tus miradas estúpidas a castigarme, a torturarme, ¡y no sospechas, verdugo, lo estúpido que es esto, estúpido, estúpido, estúpido, estúpido, estúpido!

Iba a darse la vuelta en silencio de nuevo, pero lo agarré.

—¡Escucha! —le grité—. Aquí está el dinero, ¿ves? ¡Aquí está! (Lo saqué del cajón) ¡Los siete rublos completos, pero no los recibirás, no los recibirás hasta que vengas respetuosamente, con la cabeza gacha, a pedirme perdón! ¿Oíste?

—Eso no puede ser —respondió con una seguridad antinatural en sí mismo.

—¡Será! —grité—, te doy mi palabra de honor, ¡será!

—Y no tengo nada por qué pedirle perdón —continuó él, como si no notara en absoluto mis gritos—, porque usted mismo me llamó «verdugo», por lo cual puedo demandarlo siempre en la comisaría por ofensa.

—¡Ve! ¡Demanda! —rugí—, ¡ve ahora mismo, en este minuto, en este segundo! Pero tú sigues siendo un verdugo. ¡Verdugo! ¡Verdugo! —Pero él solo me miró, luego se dio la vuelta y, sin escuchar ya mis gritos de llamada, se fue tranquilamente a su habitación, sin volverse.

«Si no fuera por Liza, nada de esto habría pasado», decidí para mis adentros. Luego, después de quedarme parado un minuto, solemne y ceremonioso, pero con el corazón latiendo lenta y fuertemente, me fui yo mismo donde él detrás del biombo.

—Apolón —dije tranquila y pausadamente, pero jadeando—, ve inmediatamente y sin ninguna demora a buscar al inspector de distrito.

Ya se había sentado mientras tanto ante su mesa, se había puesto las gafas y había tomado algo para coser. Pero al oír mi orden, de repente resopló de risa.

—¡Ahora mismo, en este minuto, ve! ¡Ve, o no te imaginas lo que pasará!

—De veras que usted no está en su sano juicio —observó, sin siquiera levantar la cabeza, ciceando lentamente como siempre y continuando enhebrando el hilo—. Y dónde se ha visto que un hombre vaya él mismo a buscar a la autoridad contra sí mismo. Y en cuanto al miedo, en vano se desgasta, porque no pasará nada.

—¡Ve! —chillé, agarrándolo por el hombro. Sentí que en ese momento lo golpearía.

Pero no oí cómo en ese instante de repente la puerta del recibidor se abrió tranquila y lentamente y entró una figura, se detuvo y empezó a mirarnos con desconcierto. Miré, me morí de vergüenza y corrí a mi habitación. Allí, agarrándome el cabello con ambas manos, apoyé la cabeza contra la pared y me quedé inmóvil en esa posición.

Dos minutos después se oyeron los pasos lentos de Apolón.

—Ahí alguien lo busca —dijo, mirándome con especial severidad, luego se hizo a un lado y dejó pasar a Liza. No quería irse y nos examinaba burlonamente.

—¡Vete! ¡Vete! —le ordené, desconcertado. En ese momento mi reloj hizo un esfuerzo, siseó y dio las siete.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/memorias-del-subsuelo/capitulo-19-la-llegada-de-liza/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Memorias del subsuelo» →

¿Lo estás estudiando? Guía de Memorias del subsuelo: resumen, temas y personajes →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.