Capítulo 12A propósito de la nieve mojada
Cuando del error y las tinieblas
con palabras ardientes de convicción
rescaté tu alma caída,
y, llena toda de profunda angustia,
maldijiste, retorciéndote las manos,
el vicio que te había enredado;
cuando tu conciencia olvidadiza,
castigándola con el recuerdo,
me contaste la historia
de todo lo que hubo antes de mí,
y de pronto, cubriéndote el rostro con las manos,
llena de vergüenza y horror,
te deshiciste en lágrimas,
conmovida, estremecida...
Etcétera, etcétera, etcétera.
En aquel tiempo yo tenía apenas veinticuatro años. Mi vida era ya entonces sombría, desordenada y solitaria hasta el salvajismo. No me trataba con nadie y hasta evitaba hablar, y cada vez me encerraba más en mi rincón. En el trabajo, en la oficina, hasta procuraba no mirar a nadie, y me daba muy bien cuenta de que mis compañeros no solo me consideraban un bicho raro, sino que —eso me parecía siempre también— me miraban con cierto asco. Me venía a la cabeza: ¿por qué a nadie más que a mí se le ocurre que lo miran con asco? Uno de los de nuestra oficina tenía un rostro repugnante y lleno de marcas de viruela, y hasta con aspecto de forajido. Me parece que yo no me habría atrevido a mirar a nadie con una cara tan indecente. Otro tenía el uniforme tan usado que apestaba a su alrededor. Y, sin embargo, ninguno de estos señores se turbaba, ni por la ropa, ni por el rostro, ni de ningún modo moralmente. Ni el uno ni el otro imaginaban que los miraran con asco; y aunque lo imaginaran, les habría dado lo mismo, con tal de que las autoridades no se dignaran mirarlos así. Ahora me resulta completamente claro que yo mismo, a consecuencia de mi vanidad desmesurada, y por lo tanto de mi exigencia conmigo mismo, me miraba con gran frecuencia con un furibundo descontento que llegaba al asco, y por eso atribuía mentalmente mi mirada a todo el mundo. Yo, por ejemplo, odiaba mi cara, la encontraba repugnante, y hasta sospechaba que había en ella cierta expresión rastrera, y por eso cada vez que me presentaba en el trabajo procuraba con sufrimiento comportarme de la manera más independiente posible, para que no sospecharan que era rastrero, y hacer que mi cara expresara la máxima nobleza. «Aunque sea una cara fea —pensaba—, pero que sea noble, expresiva y, sobre todo, extraordinariamente inteligente». Pero yo sabía con certeza y con sufrimiento que jamás lograría expresar todas esas perfecciones con mi cara. Pero lo más horrible era que la encontraba positivamente estúpida. Y me habría conformado plenamente con la inteligencia. Hasta tal punto que habría aceptado incluso una expresión rastrera, con tal de que mi cara fuera considerada al mismo tiempo terriblemente inteligente.
A todos los de nuestra oficina, naturalmente, los odiaba, del primero al último, y los despreciaba a todos, pero al mismo tiempo era como si también les tuviera miedo. Me ocurría que de pronto los ponía incluso por encima de mí. En mí eso sucedía así de repente entonces: unas veces los despreciaba, otras me ponía por debajo de ellos. El hombre desarrollado y decente no puede ser vanidoso sin exigirse a sí mismo sin límites y sin despreciarse en ciertos momentos hasta el odio. Pero, tanto si los despreciaba como si los ponía por encima de mí, bajaba los ojos casi ante cada persona que me encontraba. Hasta hacía experimentos: ¿soportaré la mirada de fulano?, y siempre era yo el primero en bajarlos. Esto me torturaba hasta la locura. Además temía de modo enfermizo resultar ridículo y por eso adoraba servilmente la rutina en todo lo exterior; me acomodaba con amor al carril general y tenía miedo con toda el alma de cualquier excentricidad en mí. Pero ¿cómo iba yo a sostenerlo? Estaba enfermizamente desarrollado, como debe estarlo el hombre de nuestro tiempo. Ellos, en cambio, eran todos obtusos y se parecían unos a otros como ovejas en un rebaño. Quizá solo a mí, en toda la oficina, me parecía constantemente que era un cobarde y un esclavo; precisamente porque estaba desarrollado me lo parecía. Pero no solo me lo parecía, sino que en realidad lo era: era un cobarde y un esclavo. Lo digo sin ninguna vergüenza. Todo hombre decente de nuestro tiempo es y debe ser un cobarde y un esclavo. Ese es su estado normal. De eso estoy profundamente convencido. Así está hecho y para eso está dispuesto. Y no en el tiempo actual, por cualesquiera circunstancias casuales, sino en general, en todos los tiempos, el hombre decente debe ser un cobarde y un esclavo. Es una ley de la naturaleza de toda la gente decente sobre la tierra. Y si a alguno de ellos le ocurre hacer alarde de valor por algo, que no se consuele ni se deje arrastrar por eso: de todos modos ante otra cosa se acobardará. Tal es la única y eterna salida. Solo se hacen los valientes los asnos y sus bastardos, pero hasta cierto muro. No vale la pena ni prestarles atención, porque no significan nada en absoluto.
Me atormentaba entonces aún otra circunstancia: precisamente que yo no me parecía a nadie y nadie se parecía a mí. «Yo estoy solo, y ellos todos», pensaba y… me quedaba pensativo.
De esto se ve que yo era todavía un completo crío.
Ocurrían también cosas contrarias. Porque, ¡qué asqueroso se hacía a veces ir a la oficina!: llegaba hasta el punto de que muchas veces volvía del trabajo enfermo. Pero de pronto, sin venir a cuento, sobrevenía una fase de escepticismo e indiferencia (en mí todo eran fases), y entonces yo mismo me reía de mi intolerancia y mi quisquillosidad, me reprochaba a mí mismo el romanticismo. Unas veces no quería hablar con nadie, y otras llegaba al punto de no solo hablar, sino hasta de proponerme trabar amistad con ellos. Toda la quisquillosidad se me desaparecía de golpe sin venir a cuento. Quién sabe, tal vez nunca la tuve, y fue algo fingido, sacado de los libros. Hasta hoy no he resuelto todavía esta cuestión. Una vez incluso me hice amigo de ellos del todo, empecé a visitarlos en sus casas, a jugar al preferans, a beber vodka, a hablar de ascensos… Pero aquí permitidme hacer una digresión.
Nosotros, los rusos, hablando en general, nunca hemos tenido esos románticos alemanes, estúpidos y ultraterrenales, y sobre todo franceses, a quienes nada les afecta, aunque la tierra se raje bajo sus pies, aunque perezca toda Francia en las barricadas: ellos siguen siendo los mismos, no cambian ni siquiera por decencia y seguirán cantando sus canciones ultraterrenales, por así decir, hasta la tumba, porque son idiotas. En cambio, en tierra rusa no hay idiotas; eso es conocido; en eso nos diferenciamos de las demás tierras alemanas. Por consiguiente, las naturalezas ultraterrenales tampoco se dan entre nosotros en su estado puro. Todo eso se lo inventaron nuestros publicistas y críticos «positivos» de entonces, cuando andaban a la caza de Kostanzhoglos y de tíos Piotr Ivánovich y por estupidez los tomaron por nuestro ideal, y acusaron a nuestros románticos de ser ultraterrenales como en Alemania o en Francia. Al contrario, las propiedades de nuestro romántico son absoluta y directamente opuestas a las del ultraterreno europeo, y ninguna medida europea sirve aquí. (Permitidme emplear esta palabra: «romántico»; es una palabrita antigua, respetable, meritoria y conocida por todos). Las propiedades de nuestro romántico son comprenderlo todo, verlo todo, y verlo a menudo incomparablemente con más claridad que nuestras mentes más positivistas; no reconciliarse con nadie ni con nada, pero al mismo tiempo no desdeñar nada; rodearlo todo, ceder ante todo, tratar con todos diplomáticamente; no perder constantemente de vista el objetivo útil, práctico (alguna que otra vivienda estatal, pensión, estrellita), ver ese objetivo a través de todos los entusiasmos y tomos de versos líricos, y al mismo tiempo conservar «lo bello y lo elevado» intacto en sí mismo hasta la tumba, y de paso conservarse también a sí mismo perfectamente en algodones, como una joya cualquiera, aunque sea, por ejemplo, para beneficio de ese mismo «bello y elevado». Hombre amplio es nuestro romántico, y el mayor pícaro de todos nuestros pícaros, os lo aseguro… incluso por experiencia. Claro está, todo esto, si el romántico es inteligente. Es decir, ¿qué estoy diciendo?: el romántico siempre es inteligente, solo quería observar que aunque entre nosotros ha habido románticos idiotas, no cuentan, únicamente porque en plena flor de la vida se transformaban definitivamente en alemanes y, para conservar más cómodamente su joya, se instalaban allí en alguna parte, sobre todo en Weimar o en la Selva Negra. Yo, por ejemplo, despreciaba sinceramente mi actividad laboral y si no escupía era solo por necesidad, porque yo mismo estaba sentado allí y cobraba por eso. Pero en definitiva, observadlo, de todos modos no escupía. Nuestro romántico antes enloquecerá (lo que, sin embargo, ocurre muy raramente), que escupir, si no tiene otra carrera en perspectiva, y nunca lo echarán a patadas, a no ser que lo lleven al manicomio en calidad de «rey de España», y eso solo si enloquece del todo. Pero entre nosotros enloquecen solo los canijos y rubitos. En cambio, un sinnúmero de románticos llegan después a ser grados importantes. ¡Qué versatilidad extraordinaria! ¡Y qué capacidad para las sensaciones más contradictorias! Yo me consolaba con eso entonces, y sigo pensando lo mismo ahora. Por eso entre nosotros hay tantas «naturalezas amplias» que incluso en la caída más completa jamás pierden su ideal; y aunque no muevan un dedo por el ideal, aunque sean ladrones y maleantes declarados, sin embargo respetan su ideal original hasta las lágrimas y son extraordinariamente honrados en el alma. Sí, señores: solo entre nosotros el más declarado canalla puede ser completa e incluso elevadamente honrado en el alma, sin dejar al mismo tiempo ni un ápice de ser un canalla. Repito: de nuestros románticos salen a cada paso canallas tan hábiles (empleo la palabra «canallas» con cariño), demuestran de pronto tal olfato de la realidad y conocimiento de lo positivo, que las autoridades pasmadas y el público solo pueden chasquear la lengua estupefactos ante ellos.
La versatilidad es en verdad asombrosa, y Dios sabe en qué se transformará y se elaborará con las circunstancias posteriores y qué nos augura en nuestro futuro. ¡Y no es mal material, señores! No lo digo por ningún patriotismo cómico o de aguardiente. Sin embargo, estoy seguro de que vosotros de nuevo pensáis que me estoy burlando. O quién sabe, tal vez al revés, es decir, que estáis convencidos de que en realidad pienso así. De cualquier modo, señores, ambas opiniones vuestras las consideraré un honor y un placer especial. Y perdonadme mi digresión.
Naturalmente, no mantuve la amistad con mis compañeros y muy pronto rompí con ellos, y a consecuencia de mi inexperiencia juvenil de entonces hasta dejé de saludarlos, como si los cortara. Esto, sin embargo, solo me ocurrió una vez. En general, siempre estaba solo.
En casa, ante todo, leía más que nada. Quería acallar con sensaciones externas todo lo que burbujeaba sin cesar dentro de mí. Y como sensación externa solo tenía a mi alcance la lectura. La lectura, claro está, me ayudaba mucho: me agitaba, me deleitaba y me atormentaba. Pero a veces me cansaba horriblemente. De todos modos quería moverme, y de pronto me sumergía en un depravadillo oscuro, subterráneo, asqueroso, no diré depravación. Mis pasiones eran agudas, ardientes, por mi irritabilidad enfermiza de siempre. Los arrebatos eran histéricos, con lágrimas y convulsiones. Aparte de la lectura, no había ningún sitio adonde ir, es decir, no había nada que entonces pudiera yo respetar en mi entorno y que me atrajera. Además, hervía la melancolía; aparecía una sed histérica de contradicciones, de contrastes, y entonces me lanzaba a la vida licenciosa. No es para justificarme que he hablado tanto ahora… Pero no, no: ¡he mentido! Precisamente quería justificarme. Esto lo anoto para mí, señores. No quiero mentir. Di mi palabra.
Andaba de juerga en soledad, de noche, a escondidas, con miedo, sucio, con una vergüenza que no me abandonaba en los momentos más repugnantes e incluso llegaba en tales momentos a la maldición. Ya entonces llevaba en mi alma el subsuelo. Temía horriblemente que de algún modo me vieran, me encontraran, me reconocieran. Andaba por sitios muy oscuros.
Una vez, pasando de noche junto a una tabernucha, vi por una ventana iluminada cómo unos señores se peleaban con los tacos junto al billar y cómo a uno de ellos lo tiraron por la ventana. En otra ocasión me habría dado mucho asco; pero entonces me dio un momento tal que hasta envidié al señor arrojado, y lo envidié tanto que hasta entré en la taberna, en el salón de billar: «A ver si también me peleo yo y me tiran por la ventana».
No estaba borracho, pero ¿qué se le va a hacer?, hasta tal histeria puede llevar la melancolía. Pero no pasó nada. Resultó que ni siquiera era capaz de saltar por la ventana, y me fui sin pelearme.
Me frenó allí desde el primer momento un oficial.
Yo estaba junto al billar y por ignorancia tapaba el paso, y él tenía que pasar; me cogió por los hombros y en silencio —sin advertir ni explicar— me cambió del sitio donde estaba a otro, y pasó como si no se hubiera dado cuenta. Yo le habría perdonado incluso los golpes, pero de ninguna manera podía perdonarle que me hubiera cambiado de sitio y al fin y al cabo no se hubiera dado cuenta.
¡El diablo sabe qué habría dado yo entonces por una riña auténtica, más correcta, más decente, más, por así decir, literaria! Me trataron como a una mosca. Este oficial medía unas diez vershoks; yo, en cambio, soy un hombre bajito y consumido. Sin embargo, la riña estaba en mis manos: bastaba con protestar y, desde luego, me habrían tirado por la ventana. Pero reflexioné y preferí… eclipsarme encolerizadamente.
Salí de la taberna turbado y agitado, fui directamente a casa, y al día siguiente continué mi vida licenciosa aún más tímido, apocado y triste que antes, como si tuviera una lágrima en los ojos, pero de todos modos la continué. Pero no penséis que me acobardé ante el oficial por cobardía: nunca he sido cobarde en el alma, aunque sin cesar me acobardaba en los actos, pero esperad a reíros, para esto hay una explicación; tengo una explicación para todo, estad seguros.
¡Ah, si este oficial hubiera sido de los que consienten batirse en duelo! Pero no, era precisamente de esos señores (¡ay!, desaparecidos hace tiempo) que preferían actuar con los tacos o, como el subteniente Pirogov en Gógol, por vía administrativa. No se batían en duelo, y con uno de nuestros, con un pobretón, considerarían el duelo en cualquier caso indecoroso; y en general consideraban el duelo algo inconcebible, librepensador, francés, mientras que ellos ofendían con toda tranquilidad, sobre todo en caso de tener diez vershoks de estatura.
No me acobardé aquí por cobardía, sino por la vanidad más ilimitada. No me asustaron las diez vershoks de estatura ni el que me pegaran mucho y me tiraran por la ventana; la valentía física, de verdad, me habría sobrado; pero me faltó la valentía moral. Tuve miedo de que todos los presentes, desde el descarado marcador hasta el último chupóptero y seboso chupasangres, que andaba revoloteando por allí con el cuello grasiento, no me comprendieran y se rieran cuando protestara y les hablara en lenguaje literario. Porque del punto de honor, es decir, no del honor, sino del punto de honor (point d'honneur), entre nosotros hasta hoy no se puede hablar de otro modo que en lenguaje literario. En lenguaje ordinario no se menciona el «punto de honor». Estaba completamente convencido (¡el olfato de la realidad, a pesar de todo el romanticismo!) de que todos se morirían de risa, y el oficial no me pegaría simplemente, es decir, sin ofender, sino que con toda seguridad me empujaría a patadas en la rodilla, dándome la vuelta de ese modo alrededor del billar, y solo después se apiadaría quizá y me tiraría por la ventana. Naturalmente, esta miserable historia no podía terminar para mí solo con esto. Después me encontré muchas veces a ese oficial en la calle y lo memoricé bien. Solo que no sé si él me reconoció a mí. Debe de ser que no; lo deduzco por ciertos indicios. Pero yo, yo lo miraba con odio y rencor, y así continuó… durante varios años, señores. Mi odio incluso se fortificaba y crecía con los años. Al principio, disimuladamente, empecé a averiguar cosas sobre ese oficial. Me costaba trabajo, porque no conocía a nadie. Pero una vez alguien lo llamó por el apellido en la calle, cuando yo lo seguía de lejos, como atado a él, y así supe el apellido. Otra vez lo seguí hasta su propio apartamento y por una grivenka supe del portero dónde vivía, en qué piso, solo o con alguien, etc., en una palabra, todo lo que se puede saber de un portero. Una vez por la mañana, aunque yo nunca me dedicaba a la literatura, de pronto se me ocurrió la idea de describir a ese oficial en un relato desenmascarador, en caricatura. Escribí ese relato con deleite. Lo desenmascaré, hasta lo difamé; el apellido lo retoqué al principio de tal modo que se podía reconocer enseguida, pero después, tras madura reflexión, lo cambié y lo envié a las Otiéchestvennye zapiski. Pero entonces todavía no había denuncias, y mi relato no lo publicaron. Eso me contrarió mucho. A veces el odio simplemente me ahogaba. Al final decidí retar a duelo a mi adversario. Le compuse una carta preciosa, atrayente, suplicándole que me pidiera disculpas; en caso de negarse, aludía con bastante firmeza a un duelo. La carta estaba tan compuesta que si el oficial hubiera comprendido un poco «lo bello y lo elevado», sin duda habría acudido corriendo a mí para echárseme al cuello y ofrecerme su amistad. ¡Y qué bien habría sido eso! ¡Cómo habríamos vivido!, ¡cómo habríamos vivido! Él me habría protegido con su prestancia; yo lo habría ennoblecido con mi desarrollo, bueno, y… con mis ideas, ¡y podía haber salido muchísimo de todo eso! Imaginaos que ya habían pasado dos años desde que me ofendió, y mi desafío era del más grotesco anacronismo, a pesar de toda la habilidad de mi carta, que explicaba y encubría el anacronismo. Pero, gracias a Dios (hasta hoy doy gracias al altísimo con lágrimas), no envié mi carta. Me da escalofríos cuando recuerdo lo que podía haber salido si la hubiera enviado. Y de pronto… de pronto me vengué del modo más simple, más genial. De pronto me iluminó la idea más brillante. A veces los días de fiesta solía pasear por el Nevski a las cuatro en punto, por el lado soleado. Es decir, no paseaba en absoluto, sino que sufría innumerables tormentos, humillaciones y derramamientos de bilis; pero eso, seguramente, era lo que me hacía falta. Zigzagueaba, como una anguila, del modo más feo, entre los paseantes, cediendo sin cesar el paso ora a generales, ora a oficiales de caballería de la guardia y de húsares, ora a damas; en esos momentos sentía dolores convulsivos en el corazón y calor en la espalda ante la sola idea de la miseria de mi traje, de la miseria y vulgaridad de mi figura zigzagueante. Era un tormento torturante, una humillación insoportable e incesante por el pensamiento, que se convertía en sensación incesante e inmediata, de que yo era una mosca, ante todo este mundo, una mosca repugnante, indecente, más inteligente que todos, más desarrollada que todos, más noble que todos, eso por supuesto, pero una mosca que cedía continuamente a todos, humillada por todos y ofendida por todos. Por qué me infligía ese tormento, por qué iba al Nevski, no lo sé; pero simplemente me atraía allí en cada ocasión posible.
Ya entonces empezaba a experimentar los aflujos de aquellos placeres de los que ya hablé en el primer capítulo. Pero después de la historia con el oficial me empezó a atraer allí aún con más fuerza: era en el Nevski donde me lo encontraba más, allí era donde lo contemplaba. Él también iba allí sobre todo en días de fiesta. Él, aunque también se apartaba del camino ante los generales y ante personas de alto rango y también serpenteaba, como una anguila, entre ellos, pero a los como nuestro, o incluso algo mejor que nuestro, simplemente los aplastaba; iba directamente hacia ellos, como si delante de él hubiera un espacio vacío, y en ningún caso les cedía el paso. Yo me embriagaba de odio mirándolo, y… encolerizadamente me apartaba cada vez ante él. Me torturaba el que incluso en la calle no pudiera de ninguna manera estar a su nivel. «¿Por qué eres tú precisamente el primero en apartarte? —me azuzaba a mí mismo, en frenética histeria, despertándome a veces a eso de las tres de la madrugada—. ¿Por qué precisamente tú y no él? No hay ninguna ley para esto, no está escrito en ninguna parte. Bueno, que sea a partes iguales, como habitualmente ocurre cuando se encuentran personas delicadas: él cede la mitad y tú la mitad, y pasáis, respetándoos mutuamente». Pero no era así, y de todos modos era yo el que se apartaba, y él ni siquiera se daba cuenta de que yo le cedía el paso. Y de pronto me iluminó la idea más sorprendente. «¿Y si —pensé— me encuentro con él y… no me aparto? ¿Si a propósito no me aparto, aunque tenga que empujarlo?: a ver, ¿qué tal sería?» Este pensamiento audaz poco a poco me dominó hasta tal punto que no me dejaba en paz. Soñaba con ello incesantemente, horriblemente, y a propósito iba más a menudo al Nevski para representarme aún más claramente cómo lo haría cuando lo hiciera. Estaba en éxtasis. Cada vez más me parecía esta intención probable y posible. «Claro está, no lo empujaré del todo —pensaba, enternecido de antemano de alegría—, sino así, simplemente no me apartaré, me encontraré con él, no de modo que duela mucho, sino así, hombro con hombro, precisamente lo que determine la decencia; de modo que por cuanto me empuje él, por tanto lo empujaré yo». Por fin me decidí completamente. Pero los preparativos se llevaron muchísimo tiempo. Lo primero era que durante la ejecución había que estar de manera más decente y preocuparse del traje. «En cualquier caso, si, por ejemplo, se organiza una historia pública (y el público allí es superflu: pasea la condesa, pasea el príncipe D., pasea toda la literatura), hay que estar bien vestido; esto inspira y de cierto modo nos pone directamente en pie de igualdad ante los ojos de la sociedad elevada». Con ese fin pedí un anticipo del sueldo y compré unos guantes negros y un sombrero decente en casa de Churkin. Los guantes negros me parecían más sólidos y de mejor tono que los amarillo limón, a los que me había inclinado al principio. «El color es demasiado llamativo, demasiado como si quisiera destacar la persona», y no tomé los amarillo limón. Una buena camisa, con gemelos blancos de hueso, ya la tenía preparada hacía tiempo; pero me retrasó mucho el capote. Mi capote en sí no estaba nada mal, daba calor; pero tenía guata, y el cuello era de piel de nutria, lo que constituía ya el colmo de la lacayería. Había que cambiar el cuello a toda costa y poner castor, como los oficiales. Para eso empecé a ir al Gostiny Dvor y tras varios intentos me fijé en un castor alemán barato. Estos castores alemanes, aunque se gastan muy pronto y adquieren un aspecto muy miserable, al principio, de nuevos, lucen incluso muy decente; y yo solo lo necesitaba una vez. Pregunté el precio: de todos modos era caro. Tras profunda reflexión decidí vender mi cuello de nutria. Y la suma que faltaba, bastante importante para mí, decidí pedirla prestada a Antón Antónich Setochkin, mi jefe de mesa, un hombre humilde pero serio y formal, que no prestaba dinero a nadie, pero a quien yo había sido especialmente recomendado en su tiempo, al entrar en la oficina, por la persona importante que me colocó en el puesto. Sufrí horriblemente. Pedirle dinero a Antón Antónich me parecía monstruoso y vergonzoso. Hasta dos o tres noches no dormí, y en general entonces dormía poco, tenía fiebre; el corazón de algún modo se me angustiaba o de pronto empezaba a saltar, saltar, saltar… Antón Antónich se sorprendió al principio, luego frunció el ceño, luego reflexionó y de todos modos me lo prestó, obligándome a firmar un recibo con el derecho de recibir del sueldo a las dos semanas el dinero prestado. Así, todo estuvo por fin listo; el hermoso castor reinó en lugar de la inmunda nutria, y empecé poco a poco a acercarme al asunto. No se podía decidirse de golpe, de buenas a primeras; había que hacer este asunto con mañas, precisamente poco a poco. Pero reconozco que después de múltiples intentos hasta empecé a desesperarme: no nos empujábamos de ninguna manera, y nada. Ya me preparaba, ya lo intentaba, parecía que ahora, ahora nos empujaríamos, miro, y otra vez yo cedí el paso, y él pasó sin notarme. Hasta leía oraciones al acercarme a él, para que Dios me inspirara decisión. Una vez ya me había decidido del todo, pero terminó en que solo caí bajo sus pies, porque en el último momento, a una distancia de unas dos vershoks, no me alcanzó el ánimo. Él pasó muy tranquilamente sobre mí, y yo, como una pelota, salí disparado a un lado. Esa noche estuve otra vez enfermo con fiebre y delirando. Y de pronto todo terminó de la mejor manera posible. La víspera por la noche decidí definitivamente no ejecutar mi nefasta intención y dejarlo todo en nada, y con ese fin salí por última vez al Nevski, solo para mirar así, cómo dejaba todo eso en nada. De pronto, a tres pasos de mi enemigo, decidí inesperadamente, cerré los ojos y ¡nos empujamos fuertemente hombro con hombro! No cedí ni una vershok y pasé completamente en pie de igualdad. Él ni siquiera se volvió e hizo como que no se daba cuenta; pero solo hizo como; de eso estoy seguro. ¡Hasta hoy estoy seguro de eso! Naturalmente, a mí me tocó más; él era más fuerte, pero no era eso lo importante. Lo importante era que yo había logrado mi objetivo, había sostenido mi dignidad, no había cedido ni un paso y me había puesto públicamente con él en pie de igualdad social. Volví a casa completamente vengado de todo. Estaba en éxtasis. Estaba triunfante y cantaba arias italianas. Naturalmente, no os voy a describir lo que me ocurrió tres días después; si leísteis mi primer capítulo «El subsuelo», podéis adivinarlo vosotros mismos. Al oficial después lo trasladaron a alguna parte; hace ya unos catorce años que no lo veo. ¿Qué será de él ahora, de mi querido? ¿A quién estará aplastando?
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