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Capítulo 11Adiós al subsuelo

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 6 min de lectura

En fin de cuentas, señores: ¡más vale no hacer nada! ¡Más vale la inercia consciente! Así que ¡viva el subsuelo! Aunque dije que envidio al hombre normal hasta la última gota de bilis, en las condiciones en que lo veo no quiero ser él (aunque de todos modos no dejaré de envidiarle. No, no, ¡el subsuelo es en cualquier caso más ventajoso!). Allí por lo menos se puede… ¡Eh! ¡Pero si aquí también estoy mintiendo! Miento, porque sé tan bien como que dos por dos son cuatro que no es el subsuelo lo mejor, sino algo distinto, completamente distinto, algo que ansío pero que de ningún modo puedo encontrar. ¡Al diablo el subsuelo!

Lo mejor incluso sería esto: que yo creyera por lo menos en algo de todo lo que ahora he escrito. Os juro, señores, que no creo ni una, ni una sola palabra de todo lo que acabo de garabatear. Es decir, quizá sí creo, pero al mismo tiempo, sin saber por qué, siento y sospecho que miento como un zapatero.

—Entonces ¿para qué escribiste todo esto? —me decís vosotros.

—Pues mira, si te encerrara yo unos cuarenta años sin ninguna ocupación, y luego fuera a verte al cabo de cuarenta años, al subsuelo, a ver adónde has llegado. ¿Acaso se puede dejar a un hombre cuarenta años solo sin nada que hacer?

—¡Y esto no es vergonzoso, y esto no es humillante! —quizá me diréis vosotros, sacudiendo la cabeza con desprecio—. Ansías la vida y tú mismo resuelves las cuestiones de la vida con un embrollo lógico. Y qué impertinentes, qué atrevidas son tus salidas, y al mismo tiempo ¡cómo tienes miedo! Dices tonterías y estás contento con ellas; dices insolencias, y al mismo tiempo tienes miedo de ellas sin parar y pides perdón. Aseguras que no tienes miedo de nada, y al mismo tiempo buscas nuestra aprobación. Aseguras que rechinas los dientes, y al mismo tiempo haces bromas para hacernos reír. Sabes que tus bromas no tienen gracia, pero evidentemente estás muy contento con su mérito literario. Quizá de verdad te ha tocado sufrir, pero no respetas en absoluto tu sufrimiento. Hay verdad en ti, pero no hay pudor; por la vanidad más mezquina llevas la verdad al escaparate, a la vergüenza, al mercado… Realmente quieres decir algo, pero por miedo escondes tu última palabra, porque no tienes la resolución de pronunciarla, sino solo un descaro cobarde. Presumes de conciencia, pero solo vacilas, porque aunque tu mente funciona, tu corazón está oscurecido por la corrupción, y sin un corazón puro no habrá conciencia plena y correcta. ¡Y cuánta impertinencia hay en ti, cómo buscas que te lo pidan, cómo haces muecas! Mentira, mentira y mentira.

Por supuesto, todas estas palabras vuestras acabo de inventármelas yo mismo. Esto también viene del subsuelo. Durante cuarenta años seguidos he estado escuchando estas palabras vuestras por la rendija. Las he inventado yo mismo, porque solo esto se inventaba. No es de extrañar que las aprendiera de memoria y que tomaran forma literaria…

Pero ¿de verdad, de verdad sois tan frívolos como para imaginar que voy a imprimir todo esto y encima a dároslo a leer? Y aquí hay otro enigma para mí: ¿para qué, en realidad, os llamo «señores», para qué me dirijo a vosotros como si de verdad fuerais lectores? Confesiones como las que me propongo empezar a exponer no se imprimen ni se dan a leer a otros. Por lo menos yo no tengo tanta firmeza en mí ni considero necesario tenerla. Pero veis: se me ocurrió una fantasía y quiero llevarla a cabo cueste lo que cueste. Ahí está la cosa.

Hay en los recuerdos de todo hombre cosas que no revela a todos, sino quizá solo a los amigos. Hay también otras que no revelará ni a los amigos, sino quizá solo a sí mismo, y eso en secreto. Pero hay, por fin, otras que el hombre tiene miedo de revelarse incluso a sí mismo, y todo hombre decente ha acumulado bastantes de estas cosas. Es decir, incluso más: cuanto más decente es el hombre, más tiene de ellas. Por lo menos yo solo hace poco me decidí a recordar algunas de mis antiguas aventuras, y hasta ahora siempre las evité, incluso con cierta inquietud. Ahora, sin embargo, cuando no solo las recuerdo sino que incluso me he decidido a escribirlas, ahora quiero precisamente probar esto: ¿se puede ser completamente sincero por lo menos con uno mismo y no tener miedo de toda la verdad? De paso señalo: Heine afirma que las autobiografías veraces son casi imposibles, y que el hombre seguramente mentirá sobre sí mismo. En su opinión, Rousseau, por ejemplo, mintió seguramente sobre sí mismo en su confesión, e incluso mintió a propósito, por vanidad. Estoy convencido de que Heine tiene razón; comprendo muy bien cómo a veces se pueden achacar sobre uno mismo crímenes enteros únicamente por vanidad, y comprendo incluso muy bien de qué clase puede ser esa vanidad. Pero Heine juzgaba sobre un hombre que se confesaba ante el público. Yo, en cambio, escribo para mí solo y declaro de una vez por todas que si escribo como dirigiéndome a lectores, es únicamente para la galería, porque así me resulta más fácil escribir. Es la forma, una forma vacía, pero lectores no los tendré nunca. Ya lo he declarado…

No quiero limitarme en nada en la redacción de mis notas. No estableceré orden ni sistema. Lo que recuerde, eso escribiré.

Pues bien, por ejemplo: podrían agarrarse a la palabra y preguntarme: si de verdad no cuentas con lectores, entonces ¿para qué haces ahora contigo mismo, y además por escrito, tales acuerdos, es decir, que no establecerás orden ni sistema, que escribirás lo que recuerdes, etcétera, etcétera? ¿Para qué te explicas? ¿Para qué te disculpas?

—Pues mira —contesto yo.

Aquí, sin embargo, hay toda una psicología. Quizá también sea que simplemente soy un cobarde. Y quizá también sea que me imagino a propósito un público delante de mí, para comportarme con más decencia mientras escriba. Puede haber mil razones.

Pero aquí hay otra cosa: ¿para qué, por qué exactamente quiero escribir? Si no es para el público, pues podría recordarlo todo mentalmente, sin pasarlo al papel.

Así es; pero en el papel saldrá de algún modo más solemne. Hay en esto algo que impone, habrá más juicio sobre uno mismo, se añadirá estilo. Además: quizá del hecho de escribir obtenga realmente alivio. Hoy, por ejemplo, me oprime especialmente un recuerdo antiguo. Lo recordé con claridad hace unos días y desde entonces se ha quedado conmigo, como un motivo musical molesto que no quiere despegarse. Y sin embargo hay que despegarse de él. Tengo cientos de recuerdos así; pero a veces de entre los cientos sobresale uno cualquiera y oprime. Por alguna razón creo que si lo escribo, se despegará. ¿Por qué no probarlo?

Por último: me aburro, y no hago nada constantemente. Escribir, en cambio, es realmente como trabajar. Dicen que el trabajo vuelve al hombre bueno y honrado. Pues aquí hay por lo menos una oportunidad.

Hoy nieva, nieve casi mojada, amarilla, turbia. Ayer también nevó, hace unos días también nevó. Me parece que a propósito de la nieve mojada recordé esa anécdota que ahora no quiere despegarse de mí. Así que sea un relato a propósito de la nieve mojada.

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