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Capítulo 18El discurso cruel y sus consecuencias

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 13 min de lectura

—Basta ya, Liza, qué libro ni qué nada, si a mí mismo me da asco, y no de lejos. Y no de lejos. Todo eso se me ha despertado ahora en el alma… ¿De verdad, de verdad a ti misma no te da asco estar aquí? No, está claro que la costumbre tiene mucho peso. El diablo sabe lo que la costumbre puede hacer de una persona. Pero ¿acaso piensas en serio que nunca envejecerás, que siempre serás hermosa y que te tendrán aquí por los siglos de los siglos? Ya no hablo de que aquí también hay inmundicia… Pero, en fin, esto es lo que te voy a decir sobre tu vida de ahora: ahora eres joven, bonita, buena, con alma, con sentimientos; bueno, ¿pero sabes que hace un rato, en cuanto desperté, me dio asco estar aquí contigo? Solo borracho se puede venir a este sitio. Pero si estuvieras en otro lugar, si vivieras como vive la gente de bien, entonces yo, quizá, no solo andaría detrás de ti, sino que me enamoraría de ti, me sentiría feliz con una sola mirada tuya, y no digamos con una palabra; te esperaría junto al portal, me arrodillaría ante ti; te miraría como a mi novia, y lo tendría a honra. No me atrevería a pensar nada impuro sobre ti. Pero aquí sé que solo tengo que silbar, y tú, quieras o no, vienes conmigo, y ya no soy yo quien pregunta por tu voluntad, sino tú por la mía. El último patán que se contrata como trabajador de todas formas no se esclaviza del todo, y sabe que tiene un plazo. Pero ¿dónde está tu plazo? Piénsalo solo: ¿qué entregas aquí? ¿Qué esclavizas? El alma, el alma, sobre la cual no tienes poder, la esclavizas junto con el cuerpo. Tu amor lo entregas al escarnio de cualquier borracho. ¡El amor! Pero si eso es todo, pero si eso es un diamante, el tesoro de una muchacha, ¡el amor! Para merecer ese amor uno está dispuesto a dar la vida, a ir a la muerte. ¿Y en cuánto se cotiza ahora tu amor? Te han comprado entera, del todo, y para qué buscar amor, cuando sin amor todo es posible. Pues no hay ofensa mayor para una muchacha, ¿lo entiendes? Mira, he oído que las complacen a ustedes, estúpidas, les permiten tener amantes aquí. Pero eso es solo un capricho, un engaño, una burla hacia ustedes, y ustedes lo creen. ¿Acaso de verdad te ama, ese amante tuyo? No lo creo. ¿Cómo va a amarte, si sabe que en cualquier momento te llamarán lejos de él? Es un canalla después de eso. ¿Acaso te respeta aunque sea un poco? ¿Qué tienen en común tú y él? Se ríe de ti y encima te roba, esa es toda su amor. Bueno está si no te pega. Aunque quizá sí te pegue. Pregúntale, si tienes uno así: ¿se casará contigo? Te reirá en la cara, si es que no te escupe o te pega, cuando él mismo quizá no vale ni dos kopeks rotos. ¿Y por qué, piensas, has arruinado aquí tu vida? ¿Porque te dan café y te alimentan bien? Pero ¿para qué te alimentan? A otra, honrada, no le pasaría ese bocado por la garganta, porque sabe para qué la alimentan. Estás en deuda aquí, pues bien, y estarás en deuda y al fin de cuentas estarás en deuda, hasta esos mismos momentos en que los clientes empiecen a despreciarte. Y eso llegará pronto, no confíes en la juventud. Aquí todo pasa volando. Te echarán a empujones. Y no solo te echarán, sino que mucho antes empezarán a molestarte, a reprocharte, a insultarte, como si no fueras tú quien le entregó tu salud, que arruinó su juventud y su alma gratis para ella, sino como si tú la hubieras arruinado a ella, la hubieras dejado en la miseria, la hubieras robado. Y no esperes apoyo: las demás compañeras tuyas también se lanzarán contra ti para servirle a ella, porque aquí todas están esclavizadas, perdieron hace tiempo la conciencia y la compasión. Se han envilecido, y ya no hay en la tierra insultos más repugnantes, más viles, más ofensivos que estos. Y aquí lo dejarás todo, todo, sin remedio: la salud, la juventud, la belleza y las esperanzas, y a los veintidós años parecerás de treinta y cinco, y encima bien si no estás enferma, ruégale a Dios por eso. Porque ahora seguro piensas que no tienes trabajo, que es pura diversión. Pues no hay trabajo más duro y más agotador en el mundo ni nunca lo ha habido. Solo el corazón, parece, se te iría todo en lágrimas. Y no te atreverás a decir ni una palabra, ni media palabra, cuando te echen de aquí, te irás como culpable. Te pasarás a otro sitio, luego a un tercero, luego a otro más y llegarás por fin a Sennaya. Y allí ya de paso empezarán a pegarte; esa es la cortesía de allí; allí el cliente no sabe acariciar si no es pegando. No te crees que allí sea tan repugnante. Ve a verlo alguna vez, quizá lo veas con tus propios ojos. Yo una vez vi allí en Año Nuevo a una, junto a la puerta. Los suyos la echaron fuera en burla para que se congelara un poco porque lloraba demasiado, y cerraron la puerta tras ella. A las nueve de la mañana ya estaba completamente borracha, despeinada, medio desnuda, toda golpeada. Ella misma empolvada, pero los ojos amoratados; de la nariz y de los dientes le corría sangre: algún cochero acababa de arreglarla. Estaba sentada en el escalón de piedra, tenía en las manos un pescado salado; lloraba, decía algo sobre su «suerte», y golpeaba con el pescado los escalones. Y junto al portal se agolpaban cocheros y soldados borrachos burlándose de ella. ¿No te lo crees, que tú serás igual? Yo tampoco querría creerlo, pero ¿cómo sabes? Quizá hace diez, ocho años, esta misma, la del pescado salado, llegó aquí de algún sitio fresquita, como un querubín, inocente, limpia; no conocía el mal, se ruborizaba a cada palabra. Quizá era igual que tú, orgullosa, susceptible, distinta de las demás, miraba como una reina y sabía ella misma que una felicidad completa esperaba a quien la amara y a quien ella amara. ¿Ves cómo terminó? ¿Y qué si en ese mismo instante, cuando golpeaba con ese pescado los escalones sucios, borracha y despeinada, qué si en ese instante recordara todos sus años anteriores, limpios, en la casa paterna, cuando todavía iba a la escuela y el hijo del vecino la esperaba en el camino, le aseguraba que la amaría toda la vida, que le entregaría su destino, y cuando juntos prometieron amarse mutuamente para siempre y casarse, apenas fueran mayores? No, Liza, felicidad, felicidad tendrás si en algún sitio allí, en un rincón, en un sótano, como la de antes, te mueres pronto de tisis. ¿Dices que al hospital? Bien, te llevarán, pero ¿y si todavía le haces falta a la patrona? La tisis es una enfermedad así; no es una fiebre. Hasta el último minuto la persona tiene esperanza y dice que está sana. Se consuela a sí misma. Y a la patrona le conviene. No te preocupes, así es; el alma, pues, la has vendido, y encima debes dinero, así que no te atreves ni a rechinar. Y cuando te estés muriendo, todos te abandonarán, todos se apartarán, porque ¿qué van a sacar de ti entonces? Todavía te reprocharán que ocupas sitio gratis, que no te mueres pronto. No conseguirás ni agua de beber, te la darán con insultos: «Cuándo, dicen, te vas a morir, basura; no dejas dormir con tus gemidos, los clientes se asquean». Esto es verdad; yo mismo he escuchado esas palabras. Te meterán, moribunda, en el rincón más apestoso del sótano, en la oscuridad, en la humedad; ¿qué pensarás tú, acostada sola, entonces? Te morirás, te amortajarán de prisa, con mano ajena, refunfuñando, con impaciencia, nadie te bendecirá, nadie suspirará por ti, solo con quitarte de encima cuanto antes. Comprarán un ataúd barato, te sacarán, como hoy sacaron a esa pobre, irán a la taberna a beber en tu memoria. En la fosa habrá barro, basura, nieve mojada, no van a hacer ceremonias por ti. «Bájala, Vaniuja; mira, la muy puta hasta aquí se puso cabeza abajo, qué tipo. Acorta las cuerdas, demonio». «Está bien así». «¿Cómo que bien? Mira, está de lado. ¿También fue persona o no? Bueno, da igual, entierra». Y ni siquiera querrán pelearse mucho tiempo por ti. Te cubrirán de prisa con barro azul mojado y se irán a la taberna… Y ese será el fin de tu recuerdo en la tierra; los demás tienen hijos que van a la tumba, padres, maridos, pero tú, ni una lágrima, ni un suspiro, ni un recuerdo, y nadie, nadie, nunca en el mundo entero vendrá a verte; tu nombre desaparecerá de la faz de la tierra, como si jamás hubieras existido ni nacido. Barro y pantano, aunque golpees allí por las noches, cuando los muertos se levantan, en la tapa del ataúd: «Déjenme, buena gente, vivir a la luz. ¡Viví, pero no vi la vida, mi vida se fue en trapos de fregar; la bebieron en una taberna de Sennaya; déjenme, buena gente, vivir una vez más en el mundo!…»

Me metí tanto en el patetismo que a mí mismo se me preparaba un espasmo en la garganta, y… de pronto me detuve, me incorporé asustado y, inclinando la cabeza con temor, con el corazón latiendo, empecé a escuchar. Había de qué turbarse.

Hacía tiempo que presentía que le había dado vuelta a toda su alma y le había roto el corazón, y, cuanto más me aseguraba de ello, más deseaba alcanzar la meta lo antes posible y con la mayor fuerza. El juego, el juego me había arrastrado; aunque no solo el juego…

Sabía que hablaba con rigidez, artificialmente, hasta libremente, en una palabra, no sabía hablar de otra forma que no fuera «como de un libro». Pero eso no me turbaba; sabía, presentía, que me entenderían y que esa misma librería podría incluso ayudar más al asunto. Pero ahora, habiendo alcanzado el efecto, de pronto me asusté. No, nunca, nunca había sido testigo de semejante desesperación. Estaba tendida boca abajo, con el rostro hundido fuertemente en la almohada y abrazándola con ambas manos. Le desgarraba el pecho. Todo su cuerpo joven se estremecía como en convulsiones. Los sollozos retenidos en el pecho la oprimían, la desgarraban y de pronto salían afuera en alaridos, en gritos. Entonces se aferraba aún más fuerte a la almohada: no quería que nadie aquí, ni una sola alma viviente, se enterara de su tormento y de sus lágrimas. Mordía la almohada, se mordió la mano hasta sangrar (lo vi después) o, aferrándose con los dedos a sus trenzas sueltas, así se quedaba inmóvil en el esfuerzo, conteniendo la respiración y apretando los dientes. Empecé a decirle algo, a pedirle que se calmara, pero sentí que no me atrevía, y de pronto yo mismo, todo en un escalofrío, casi en terror, me lancé a tientas, de cualquier modo, de prisa, a recoger para irme. Estaba oscuro: por más que me esforzaba, no podía terminar pronto. De pronto toqué una caja de fósforos y un candelero con una vela entera sin estrenar. Apenas la luz iluminó la habitación, Liza de pronto se levantó de un salto, se sentó y con un rostro como retorcido, con una sonrisa medio enloquecida, casi sin sentido, me miró. Me senté a su lado y tomé sus manos; ella volvió en sí, se lanzó hacia mí, quiso abrazarme, pero no se atrevió e inclinó suavemente la cabeza ante mí.

—Liza, amiga mía, no debí… perdóname —empecé a decir—, pero ella apretó mis manos entre sus dedos con tanta fuerza, que me di cuenta de que no estaba diciendo lo correcto, y callé.

—Aquí está mi dirección, Liza, ven a verme.

—Iré… —susurró con decisión, sin levantar todavía la cabeza.

—Ahora me voy, adiós… hasta la vista.

Me levanté, se levantó ella también y de pronto se puso toda roja, se estremeció, agarró el chal que estaba sobre la silla y se lo echó sobre los hombros hasta el mentón. Tras hacer esto, volvió a sonreír de algún modo enfermizo, se ruborizó y me miró de forma extraña. Me dolía; me apresuraba por irme, por esfumarme.

—Espera —dijo de pronto, ya en el recibidor junto a la puerta misma, deteniéndome con la mano por el capote, puso la vela de prisa y corrió, se ve que recordó algo o quería traerme algo para enseñarme. Al correr se puso toda roja, los ojos le brillaban, una sonrisa apareció en sus labios, ¿qué sería? Esperé sin remedio; volvió al cabo de un minuto, con una mirada como si pidiera perdón por algo. En general ya no era aquel rostro, aquella mirada de antes, huraña, desconfiada y obstinada. La mirada ahora era suplicante, suave, y a la vez confiada, cariñosa, tímida. Así miran los niños a quienes aman mucho y de quienes piden algo. Tenía los ojos de color castaño claro, unos ojos hermosos, vivos, capaces de reflejar tanto el amor como el odio sombrío.

Sin explicarme nada, como si yo, como algún ser superior, debiera saberlo todo sin explicaciones, me tendió un papel. Todo su rostro resplandeció en ese instante con el más ingenuo, casi infantil, triunfo. Desdoblé el papel. Era una carta para ella de algún estudiante de medicina o algo así, muy altisonante, florida, pero extremadamente respetuosa, una declaración de amor. No recuerdo ahora las expresiones, pero recuerdo muy bien que a través del estilo elevado asomaba un sentimiento genuino, que no se puede falsificar. Cuando terminé de leer, encontré su mirada ardiente, curiosa e infantilmente impaciente sobre mí. Tenía los ojos clavados en mi rostro y esperaba con impaciencia: ¿qué diría yo? En pocas palabras, de prisa, pero de algún modo alegre y como orgullosa, me explicó que había estado en algún sitio en un baile, en la casa de una familia, de «gente muy, muy buena, gente de familia y donde todavía no saben nada, absolutamente nada», porque ella incluso aquí todavía era novata y solo así… pero de ningún modo había decidido quedarse y sin falta se iría, en cuanto pagara la deuda… «Bueno, y allí estaba este estudiante, bailó toda la velada, habló con ella, y resultó que él todavía en Riga, cuando era niño, la conocía, habían jugado juntos, solo que hace mucho, mucho tiempo, y conoce a sus padres, pero que de esto él no sabe nada-nada-nada ni lo sospecha. Y entonces al otro día después del baile (hace tres días) le envió a través de una amiga, con la que había ido al baile, esta carta… y… bueno, eso es todo».

Bajó de algún modo avergonzada sus ojos resplandecientes cuando terminó de contar.

La pobrecita guardaba la carta de ese estudiante como un tesoro y había corrido por ese único tesoro suyo, no queriendo que yo me fuera sin enterarme de que también a ella la amaban honrada y sinceramente, que también con ella hablaban respetuosamente. Seguramente a esa carta le estaba destinado quedar en el joyero sin consecuencias. Pero daba igual; estoy seguro de que la habría guardado toda la vida como un tesoro, como su orgullo y su justificación, y justo ahora en un momento así la recordó y trajo esta carta para jactarse ingenuamente ante mí, para reivindicarse a mis ojos, para que yo también viera, para que yo también la alabara. No dije nada, le estreché la mano y salí. Tenía tantas ganas de irme… Hice todo el camino a pie, a pesar de que la nieve mojada seguía cayendo en copos. Estaba agotado, aplastado, perplejo. Pero la verdad ya brillaba desde la perplejidad. ¡La repugnante verdad!

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