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Capítulo 2Por qué no logré ser insecto

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 5 min de lectura

Ahora quiero contaros, señores, os apetezca o no oírlo, por qué ni siquiera conseguí hacerme un insecto. Os diré solemnemente que muchas veces quise hacerme insecto. Pero ni siquiera eso me fue concedido. Os juro, señores, que ser demasiado consciente es una enfermedad, una verdadera, completa enfermedad. Para el uso humano corriente bastaría con una conciencia humana ordinaria, es decir, la mitad, la cuarta parte de la porción que le toca en suerte al hombre desarrollado de nuestro desdichado siglo diecinueve y que, además, tiene la doble desgracia de habitar en Petersburgo, la ciudad más abstracta e intencional de todo el orbe. (Hay ciudades intencionales y no intencionales). Sería del todo suficiente, por ejemplo, esa conciencia con que viven todos los llamados hombres inmediatos y hombres de acción. Apuesto a que pensáis que escribo todo esto para presumir, para hacer bromas a costa de los hombres de acción, y además con la presunción de mal gusto hago sonar el sable, como mi oficial. Pero, señores, ¿quién puede vanagloriarse de sus propias enfermedades y además presumir de ellas?

Aunque, ¿qué digo? —todos lo hacen; de las enfermedades precisamente se vanaglorian, y yo, quizá, más que nadie. No discutamos; mi objeción es absurda. Pero aun así estoy firmemente convencido de que no solo mucha conciencia, sino incluso cualquier conciencia es una enfermedad. Me mantengo en eso. Dejemos también esto por un momento. Decidme esto: ¿por qué sucedía que, como adrede, precisamente en aquellos momentos, sí, en aquellos mismos instantes en que yo era más capaz de ser consciente de todas las sutilezas de «todo lo bello y elevado», como decíamos antes entre nosotros, me ocurría ya no ser consciente, sino hacer tales actos desagradables, tales que... bueno, en una palabra, que aunque todos, quizá, los hacen, pero que, como adrede, me sobrevenían precisamente cuando yo era más consciente de que no había que hacerlos en absoluto? Cuanto más consciente era del bien y de todo eso de «lo bello y elevado», más profundo me hundía en mi ciénaga y más capaz era de quedar completamente atascado en ella. Pero el rasgo principal estaba en que todo esto parecía no ser casual en mí, sino que así tenía que ser. Como si ese fuera mi estado más normal, y en absoluto una enfermedad o una corrupción, de modo que, al final, se me pasaron las ganas de luchar contra esa corrupción. Terminó en que casi llegué a creer (y quizá de verdad creí) que eso, quizá, era mi estado normal. Y al principio, al comienzo, ¡cuánta tortura soporté en esa lucha! No creía que les sucediera así a los demás, y por eso toda mi vida guardé esto para mí como un secreto. Me avergonzaba (incluso, quizá, ahora me avergüenzo); llegaba hasta el punto de sentir cierto placer secreto, anormal, rastrero al volver, solía suceder, en alguna noche petersburguesa de lo más repugnante a mi rincón, y ser intensamente consciente de que hoy otra vez había hecho una porquería, de que lo hecho, otra vez, no había manera de deshacerlo, y por dentro, en secreto, roerme, roerme por eso con los dientes, morderme y chuparme hasta tal punto que la amargura se convertía al fin en una dulzura vergonzosa, maldita, y al final —¡en un placer decidido, serio! Sí, ¡en placer, en placer! Me mantengo en eso. Por eso he empezado a hablar, porque quiero averiguar con seguridad: ¿tienen otros tales placeres? Os lo explicaré: el placer estaba aquí precisamente en la conciencia demasiado vívida de mi humillación; en que uno mismo siente que ha llegado hasta la última pared; en que es malo, sí, pero tampoco puede ser de otro modo; en que ya no hay salida para ti, en que nunca te harás otro hombre; en que aunque aún quedara tiempo y fe para rehacerse en algo distinto, seguramente tú mismo no querrías rehacerte; y si quisieras, tampoco harías nada, porque en realidad quizá no hay en qué rehacerse. Y lo principal y el final de todo, es que todo esto sucede según las leyes normales y fundamentales de la conciencia intensificada y por la inercia que se deriva directamente de esas leyes, y, por consiguiente, aquí no solo no te reharás, sino que sencillamente no harás nada. Resulta, por ejemplo, a consecuencia de la conciencia intensificada: tienes razón en que eres un canalla, como si eso fuera un consuelo para el canalla, cuando ya él mismo siente que efectivamente es un canalla. Pero basta... Eh, ¡cuánto he soltado, pero qué he explicado?... ¿Cómo se explica aquí el placer? ¡Pero me explicaré! ¡Llegaré hasta el final! Para eso he tomado la pluma...

Yo, por ejemplo, soy terriblemente vanidoso. Soy suspicaz y susceptible como un jorobado o un enano, pero, de verdad, hubo conmigo tales momentos en que si hubiera sucedido que me hubieran dado una bofetada, quizá hasta me hubiera alegrado de ello. Hablo en serio: seguramente habría sabido encontrar también ahí mi especie de placer, naturalmente, el placer de la desesperación, pero en la desesperación es donde están los placeres más ardientes, especialmente cuando eres muy fuertemente consciente de lo sin salida de tu situación. Y aquí con la bofetada —ahí precisamente te aplasta la conciencia de en qué papilla te han convertido. Lo principal, además, es que por más que lo mires, resulta siempre que yo salgo culpable el primero de todo y, lo que es más ofensivo, culpable sin culpa y, por decirlo así, según las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, primero, culpable porque soy más inteligente que todos los que me rodean. (Constantemente me he considerado más inteligente que todos los que me rodean, y a veces, lo creeréis, hasta me avergonzaba de ello. Al menos, toda mi vida miraba de algún modo hacia un lado y nunca podía mirar a la gente directamente a los ojos). Por lo tanto, finalmente, culpable en que aunque hubiera en mí magnanimidad, solo habría más tormento para mí por la conciencia de toda su inutilidad. Porque, seguramente, no habría sabido hacer nada con mi magnanimidad: ni perdonar, porque el ofensor, quizá, me golpeó según las leyes de la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no se pueden perdonar; ni olvidar, porque aunque sean las leyes de la naturaleza, de todos modos es ofensivo. Por último, aunque hubiera querido ser del todo no magnánimo, sino al contrario, hubiera deseado vengarme del ofensor, tampoco habría podido vengarme de nadie en nada, porque seguramente no me habría decidido a hacer algo, aunque hubiera podido. ¿Por qué no me habría decidido? Sobre esto quiero decir dos palabras aparte.

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