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Capítulo 4El placer perverso del dolor

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 3 min de lectura

—¡Ja, ja, ja! ¡Con ese criterio hasta en el dolor de muelas vas a encontrar placer! —exclamaréis entre risas.

—¿Y qué tiene de malo? También en el dolor de muelas hay placer —os respondo—. He tenido dolor de muelas durante un mes entero; lo sé perfectamente. Aquí, claro está, no se guardan en silencio con rabia, sino que gimen; pero esos gemidos no son sinceros, son gemidos con maldad, y en esa maldad está todo el meollo del asunto. Precisamente en esos gemidos se expresa el placer del que sufre; si no sintiera placer en ellos, no gemiría. Es un buen ejemplo, señores, y voy a desarrollarlo. En esos gemidos se expresa, en primer lugar, toda la humillante falta de sentido de vuestro dolor, consciente de sí misma; toda la legalidad de la naturaleza, que naturalmente os importa un bledo, pero de la cual sin embargo sufrís, mientras que ella no sufre en absoluto. Se expresa la conciencia de que no encontráis enemigo alguno, pero el dolor existe; la conciencia de que vosotros, con todos los Vagenheim posibles, estáis completamente esclavizados a vuestros dientes; que si alguien quiere, vuestros dientes dejarán de doler, y si no quiere, seguirán doliendo tres meses más; y que, finalmente, si todavía no estáis de acuerdo y seguís protestando, lo único que os queda para vuestro propio consuelo es flagelaros a vosotros mismos o golpear con más fuerza vuestra pared con el puño, y nada más decisivo. Bien, pues de estas ofensas sangrantes, de estas burlas de no se sabe quién, nace por fin el placer, que a veces llega al más alto grado de voluptuosidad. Os ruego, señores, que escuchéis alguna vez los gemidos de un hombre culto del siglo diecinueve que sufre dolor de muelas, digamos al segundo o tercer día de la enfermedad, cuando ya no gime como gemía el primer día, es decir, no simplemente porque le duelan los dientes; no como gime un campesino tosco cualquiera, sino como gime un hombre tocado por el desarrollo y la civilización europea, como un hombre «desligado de la tierra y de los principios populares», como se dice ahora. Sus gemidos se vuelven algo repugnante, asquerosamente malignos, y continúan días y noches enteros. Y bien sabe él mismo que no se traerá ningún provecho con los gemidos; sabe mejor que nadie que sólo se está destrozando inútilmente a sí mismo e irritando a los demás; sabe que incluso el público ante el cual se esfuerza, y toda su familia, ya le han escuchado con repugnancia, no le creen ni un ápice y comprenden para sí que podría gemir de otra manera, más sencilla, sin florituras ni aspavientos, y que sólo se está divirtiendo así por rabia, por maldad. Pues bien, precisamente en todas estas conciencias y vergüenzas reside la voluptuosidad. «Parece ser que os molesto, os desgarro el corazón, no dejo dormir a nadie en la casa. Pues entonces no durmáis, sentid también vosotros a cada minuto que me duelen los dientes. Ya no soy para vosotros el héroe que antes quería parecer, sino simplemente un hombre repugnante, un canalla. ¡Pues que así sea! Me alegro mucho de que me hayáis calado. ¿Os resulta desagradable escuchar mis miserables gemidos? Pues entonces que sea desagradable; ahora mismo os haré una floritura todavía más desagradable…» ¿Todavía no lo entendéis, señores? No, por lo visto hay que desarrollarse y tomar conciencia profundamente para comprender todos los recovecos de esta voluptuosidad. ¿Os reís? Me alegro mucho. Mis bromas, señores, son naturalmente de mal gusto, desiguales, confusas, con desconfianza en mí mismo. Pero eso es porque yo mismo no me respeto. ¿Acaso un hombre consciente puede respetarse a sí mismo en lo más mínimo?

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