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Capítulo 13Las ensoñaciones tras el desenfreno

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 8 min de lectura

Pero mi temporada de desenfreno terminaba y me sentía terriblemente mal. Llegaba el arrepentimiento, yo lo apartaba: me sentía demasiado mal. Poco a poco, sin embargo, también me fui acostumbrando a eso. Me acostumbraba a todo, o mejor dicho, no es que me acostumbrara, sino que de algún modo aceptaba voluntariamente soportarlo. Pero yo tenía una salida que lo conciliaba todo: refugiarme en «lo bello y lo sublime», claro está, en sueños. Soñaba terriblemente, soñaba durante tres meses seguidos, escondido en mi rincón, y creedme que en esos instantes no me parecía a aquel señor que, con la cobardía de un corazón de gallina, cosía un castor alemán al cuello de su capote. Me convertía de pronto en un héroe. Al teniente de dos varas no lo habría recibido entonces ni de visita. No podía ni siquiera imaginármelo entonces. Qué eran mis sueños y cómo podía contentarme con ellos, es difícil decirlo ahora, pero entonces me contentaba con eso. Por lo demás, es que también ahora me contento en parte con eso. Los sueños me venían de manera especialmente dulce y fuerte después del desenfreno, venían con arrepentimiento y lágrimas, con maldiciones y éxtasis. Había instantes de tan positivo rapto, de tal felicidad, que no sentía dentro de mí ni la menor burla, lo juro por Dios. Había fe, esperanza, amor. Lo que pasa es que entonces yo creía ciegamente que por algún milagro, por alguna circunstancia exterior, todo eso de pronto se abriría, se ensancharía; de pronto aparecería un horizonte de actividad correspondiente, benéfica, hermosa y, sobre todo, completamente lista (cuál exactamente, nunca lo sabía, pero lo principal es que completamente lista), y entonces yo saldría de pronto a la luz de Dios, casi sobre un caballo blanco y casi con una corona de laurel. No podía entender un papel secundario y justamente por eso en la realidad ocupaba muy tranquilo el último. O héroe o basura, no había término medio. Eso es lo que me perdió, porque en la basura me consolaba pensando que en otro momento era un héroe, y el héroe encubría la basura: a un hombre corriente, decía yo, le da vergüenza ensuciarse, pero un héroe es demasiado elevado para ensuciarse del todo, por lo tanto, puede ensuciarse. Es notable que esas oleadas de «lo bello y lo sublime» me llegaban también durante el desenfreno, y precisamente cuando ya estaba en el fondo mismo, llegaban así, en destellos aislados, como recordándome su existencia, pero sin destruir, sin embargo, el desenfreno con su aparición; al contrario, como si lo alimentaran por contraste y llegaban exactamente en la medida en que hacía falta para una buena salsa. La salsa aquí consistía en la contradicción y el sufrimiento, en el torturante análisis interior, y todos estos tormentos y tormentillos daban cierta picardía, incluso sentido a mi desenfreno, en una palabra, cumplían por completo el papel de una buena salsa. Todo esto incluso tenía cierta profundidad. ¿Y acaso habría podido yo conformarme con un desenfreíllo simple, vulgar, directo, de escribientillo, y soportar toda esa basura? ¿Qué habría podido entonces atraerme en ella y sacarme a la calle por la noche? No, señor, yo tenía una salida noble para todo…

Pero cuánto amor, Dios mío, cuánto amor vivía yo en esos sueños míos, en esas «salvaciones en lo bello y lo sublime»; aunque fuera un amor fantástico, aunque nunca se aplicara en la práctica a nada humano, de todos modos había tanto de ese amor que después, en la práctica, ya ni siquiera sentía la necesidad de aplicarlo: habría sido un lujo superfluo. Todo, por lo demás, terminaba siempre muy felizmente con un tránsito perezoso y delicioso al arte, es decir, a las bellas formas de la existencia, completamente listas, fuertemente robadas a los poetas y novelistas y adaptadas a toda clase de servicios y exigencias. Yo, por ejemplo, triunfaba sobre todos; todos, naturalmente, estaban en el polvo y se veían obligados a reconocer voluntariamente todas mis perfecciones, y yo los perdonaba a todos. Me enamoraba siendo un poeta famoso y gentilhombre de cámara; recibía millones incontables y en seguida los sacrificaba por el género humano y al mismo tiempo me confesaba ante todo el pueblo de mis vergüenzas, que, naturalmente, no eran simplemente vergüenzas, sino que encerraban muchísimo de «lo bello y lo sublime», algo manfrediano. Todos lloraban y me besaban (si no, ¿qué clase de tontos habrían sido?), y yo me iba descalzo y hambriento a predicar nuevas ideas y derrotaba a los retrógrados bajo Austerlitz. Después se tocaba una marcha, se decretaba una amnistía, el Papa aceptaba salir de Roma a Brasil; después había un baile para toda Italia en la villa Borghese, que está a orillas del lago de Como, porque el lago de Como se trasladaba adrede para la ocasión a Roma; después una escena entre los arbustos, etcétera, etcétera —¿como si no lo supierais? Diréis que es vulgar y ruin sacar todo esto ahora a la plaza pública, después de tantos raptos y lágrimas en los que yo mismo he confesado. ¿Por qué ruin, señor? ¿Es que pensáis que me avergüenzo de todo eso y que todo eso era más estúpido que cualquier cosa en vuestra vida, señores? Y además creed que algo de eso estaba muy bien compuesto… No todo sucedía en el lago de Como. Pero por lo demás, tenéis razón; efectivamente, es vulgar y ruin. Y lo más ruin de todo es que ahora he empezado a justificarme ante vosotros. Y más ruin aún es que ahora hago esta observación. Pero basta ya, por lo demás, porque si no nunca acabaré: todo será más ruin que lo anterior…

Más de tres meses seguidos no era capaz de soñar y empezaba a sentir una necesidad irresistible de lanzarme a la sociedad. Lanzarme a la sociedad significaba para mí ir de visita donde mi jefe de mesa, Antón Antónich Setiochkin. Era el único conocido permanente que tuve en toda mi vida, y yo mismo me asombro ahora de esta circunstancia. Pero incluso a él solo iba cuando llegaba tal temporada y mis sueños alcanzaban tal felicidad que era imprescindible e inmediato abrazar a la gente y a toda la humanidad; y para esto hacía falta tener aunque fuera a un ser humano disponible, que existiera realmente. A Antón Antónich, sin embargo, había que presentarse los martes (su día), por lo tanto, también había que ajustar la necesidad de abrazar a toda la humanidad siempre a los martes. Este Antón Antónich vivía en Cinco Esquinas, en el cuarto piso y en cuatro cuartitos, bajitos y cada cual más pequeño, que tenían un aspecto muy económico y amarillento. Tenía dos hijas y una tía de ellas que servía el té. Las hijas —una tenía trece años y la otra catorce, ambas eran chatas— me avergonzaban terriblemente, porque siempre estaban cuchicheando entre ellas y riéndose tontamente. El dueño de casa solía estar sentado en su gabinete, en un diván de cuero, delante de la mesa, junto con algún huésped canoso, un funcionario de nuestro mismo departamento o incluso de otro. Nunca vi allí más de dos o tres huéspedes, y siempre los mismos. Hablaban del impuesto sobre consumos, de las licitaciones en el Senado, del sueldo, de los ascensos, de su excelencia, de los medios para caer en gracia, etcétera, etcétera. Yo tenía paciencia para permanecer sentado al lado de esa gente como un idiota durante cuatro horas y los escuchaba, sin atreverme ni saber decir nada con ellos. Me embrutecía, varias veces empezaba a sudar, sentía que me rondaba la parálisis; pero esto era bueno y útil. Al regresar a casa, posponía por algún tiempo mi deseo de abrazar a toda la humanidad.

Tenía, sin embargo, también como otro conocido, Simónov, antiguo compañero mío de escuela. Compañeros de escuela tal vez tenía muchos en Petersburgo, pero no me relacionaba con ellos e incluso había dejado de saludarlos en la calle. Puede que me haya cambiado a otro departamento precisamente para no estar junto con ellos y cortar de raíz con toda mi odiosa infancia. ¡Maldición sobre esa escuela, sobre esos terribles años de presidio! En una palabra, me separé enseguida de los compañeros en cuanto salí en libertad. Quedaban dos o tres personas a las que todavía saludaba al encontrarlos. Entre ellos estaba Simónov, que en nuestra escuela no se distinguía por nada, era parejo y tranquilo, pero en él yo distinguía cierta independencia de carácter e incluso honestidad. Ni siquiera creo que fuera muy limitado. Conmigo tuvo alguna vez momentos bastante luminosos, pero no duraron mucho y de algún modo de pronto se cubrieron de niebla. Él evidentemente sentía el peso de esos recuerdos y, parece, siempre temía que yo cayera en el tono de antes. Yo sospechaba que le resultaba muy antipático, pero de todos modos iba a verlo, sin estar seguro de ello del todo.

Así que un día, un jueves, no aguantando mi soledad y sabiendo que los jueves la puerta de Antón Antónich estaba cerrada, me acordé de Simónov. Subiendo a su cuarto piso, pensaba precisamente que este señor sentía el peso de mi presencia y que iba allí en vano. Pero como siempre terminaba de tal modo que consideraciones semejantes, como adrede, me incitaban aún más a meterme en una situación equívoca, entré. Hacía casi un año que no veía a Simónov.

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