Capítulo 15La cena con Zvierkov
Ya desde la víspera sabía que llegaría el primero. Pero ya no era cuestión de llegar primero.
No solo no había nadie, sino que apenas logré encontrar nuestro cuarto. En la mesa ni siquiera estaba del todo puesto. ¿Qué significaba aquello? Tras muchas preguntas logré por fin averiguar de los criados que la cena había sido encargada para las seis, y no para las cinco. Esto me lo confirmaron también en la cantina. Hasta me dio vergüenza andar preguntando. Todavía eran solo las seis menos veinticinco. Si habían cambiado la hora, en cualquier caso debían haberme avisado; para eso está el correo urbano, y no para someterme a este «bochorno» ante mí mismo y… y al menos ante los criados. Me senté; el criado empezó a poner la mesa; en su presencia me sentí aún más humillado. A las seis, además de las lámparas encendidas, trajeron velas a la habitación. Sin embargo, al criado no se le ocurrió traerlas en cuanto yo llegué. En el cuarto de al lado cenaban, en distintas mesas, dos clientes taciturnos, de aspecto hosco y silenciosos. En uno de los cuartos más lejanos había mucho ruido; incluso gritaban; se oía la risa de toda una pandilla de personas; se oían unos chillidos asquerosos en francés: había una cena con damas. En una palabra, era muy repugnante. Rara vez he pasado un momento más desagradable, de modo que cuando ellos, a las seis en punto, aparecieron todos a la vez, en el primer instante me alegré de verlos como a unos libertadores y casi olvidé que debía mostrarme ofendido.
Zvierkov entró delante de todos, evidentemente haciendo de jefe. Tanto él como todos los demás se reían; pero al verme, Zvierkov se irguió, se acercó sin prisa, inclinándose algo por la cintura, como coqueteando, y me tendió la mano con afabilidad, pero no demasiada, con cierta cortesía cautelosa, casi de general, como si al tenderme la mano se protegiera de algo. Yo me imaginaba, por el contrario, que en cuanto entrara soltaría su antigua carcajada, aguda y chillona, y que desde las primeras palabras vendría con sus chistes y agudezas vulgares. Para eso me había estado preparando desde la víspera, pero de ningún modo esperaba semejante condescendencia, semejante bondad altanera. ¿De modo que ahora se consideraba a sí mismo inconmensurablemente superior a mí en todos los aspectos? Si solo quisiera ofenderme con ese tono de general, eso aún sería nada, pensé; de algún modo me las arreglaría para escupirle. Pero ¿y si de verdad, sin ningún deseo de ofender, en su cabeza de carnero se le había metido seriamente la idea de que él era inconmensurablemente superior a mí y que no podía mirarme más que con protección? Solo de suponerlo ya empezaba a ahogarme.
—Me enteré con sorpresa de su deseo de participar con nosotros —empezó cecean do y silabeando, y alargando las palabras, cosa que antes no le pasaba—. Nosotros de algún modo no nos encontramos nunca con usted. Usted nos rehúye. Sin razón. No somos tan terribles como le parecemos. Bueno, en cualquier caso me alegro de re-no-var…
Y se volvió con desdén para dejar su sombrero en la ventana.
—¿Hace mucho que esperas? —preguntó Trudoliúbov.
—Llegué a las cinco en punto, como me indicaron ayer —contesté en voz alta y con irritación, que prometía una explosión inminente.
—¿No le avisaste que cambiamos la hora? —se volvió Trudoliúbov hacia Simónov.
—No le avisé. Se me olvidó —contestó este, pero sin el menor arrepentimiento y, sin siquiera disculparse ante mí, se fue a ocuparse de los entremeses.
—¡Así que llevas aquí una hora, ah, pobrecito! —gritó burlonamente Zvierkov, porque según sus conceptos aquello debía resultar espantosamente gracioso. Tras él, con su vocecita ruin y aguda como la de un perrillo, se desternilló el canalla de Ferfíchkin. A él también le pareció muy graciosa y vergonzosa mi situación.
—¡Esto no tiene ninguna gracia! —le grité a Ferfíchkin, irritándome cada vez más—. Los culpables son otros, no yo. Se desdeñaron avisarme. Esto-esto-esto… es sencillamente absurdo.
—No solo absurdo, sino algo más todavía —rezongó Trudoliúbov, defendiéndome con ingenuidad—. Usted es demasiado blando. Sencillamente mala educación. Desde luego, no intencionada. ¿Y cómo es que Simónov… hum?
—Si a mí me la jugaran así —observó Ferfíchkin—, yo habría…
—Pues usted se habría pedido que le sirvieran algo —lo interrumpió Zvierkov—, o sencillamente habría pedido cenar sin esperar.
—Admita que podría haberlo hecho sin ningún permiso —corté yo—. Si esperé, fue porque…
—Siéntense, señores —gritó Simónov, que entraba—, todo está listo; respondo del champán, está excelentemente enfriado… Es que no sabía tu dirección, ¿dónde iba a buscarte? —se volvió de pronto hacia mí, pero otra vez como sin mirarme. Evidentemente tenía algo contra mí. A lo que se ve, después de ayer se había puesto a pensar.
Todos se sentaron; yo también. La mesa era redonda. A mi izquierda quedó Trudoliúbov, a la derecha Simónov. Zvierkov se sentó enfrente; Ferfíchkin junto a él, entre él y Trudoliúbov.
—Di-i-iga, usted… ¿en el departamento? —siguió ocupándose de mí Zvierkov. Al verme confundido, se imaginó seriamente que debía acariciarme y, por así decir, animarme—. «¿Qué es esto, acaso quiere que le tire una botella?», pensé furioso. Me estaba irritando, por falta de costumbre, de un modo antinatural de rápido.
—En la… oficina —respondí secamente, mirando el plato.
—¿Y… le saca be-beneficio? Di-iga, ¿qué fue lo que le mo-ovió a dejar su servicio anterior?
—Lo que me mo-o-ovió fue que quise dejar el servicio anterior —me extendí el triple, casi sin controlarme ya. Ferfíchkin resopló. Simónov me miró con ironía; Trudoliúbov dejó de comer y empezó a examinarme con curiosidad.
A Zvierkov le molestó aquello, pero no quiso darse por enterado.
—Bu-e-eno, ¿y cómo está su mantenimiento?
—¿Qué mantenimiento?
—Es de-ecir, ¿su s-sueldo?
—¿Y por qué me examina?
Sin embargo, acto seguido mencioné cuánto cobraba de sueldo. Me puse terriblemente colorado.
—No es mucho —señaló Zvierkov con importancia.
—Sí, señor, no da para cenar en cafés-restaurantes —añadió Ferfíchkin con insolencia.
—A mi parecer, es francamente pobre —observó Trudoliúbov con seriedad.
—Y cómo ha adelgazado, cómo ha cambiado… desde entonces… —añadió Zvierkov, ya no sin veneno, con una especie de lástima descarada, examinándome a mí y a mi traje.
—Basta ya de avergonzarlo —chilló Ferfíchkin, riéndose.
—Caballero, sepa que no me avergüenzo —estallé por fin—, ¿me oye? ¡Ceno aquí, «en el café-restaurante», con mi dinero, con el mío, no con el ajeno, fíjese en eso, monsieur Ferfíchkin!
—¿Có-ómo? ¿Quién es el que cena aquí con dinero ajeno? Usted parece… —se me agarró Ferfíchkin, poniéndose rojo como un cangrejo y mirándome furiosamente a los ojos.
—A-así —contesté, sintiendo que me había pasado de la raya—, y creo que sería mejor que nos ocupáramos de una conversación más inteligente.
—Parece que tiene la intención de mostrar su inteligencia.
—No se preocupe, aquí eso sería completamente superfluo.
—¿Pero qué es esto, caballero mío, se puso a cacarear, o qué? ¿No se habrá vuelto loco en su leparta mento?
—¡Basta, señores, basta! —gritó Zvierkov con autoridad.
—¡Qué estupidez! —rezongó Simónov.
—En efecto, qué estupidez, nos reunimos en compañía amistosa para despedir a un buen amigo en su viaje, y ustedes ajustan cuentas —dijo Trudoliúbov, dirigiéndose groseramente solo a mí—. Usted mismo se invitó ayer, no nos descomponga la armonía general…
—Basta, basta —gritaba Zvierkov—. Dejen eso, señores, así no se puede. Mejor les voy a contar cómo anteayer casi me caso…
Y empezó una especie de pasquín sobre cómo este caballero anteayer estuvo a punto de casarse. De casamiento, sin embargo, no hubo ni una palabra, pero en el relato no paraban de aparecer generales, coroneles e incluso gentilhombres de cámara, y Zvierkov casi a la cabeza de todos ellos. Empezaron risas aprobatorias; Ferfíchkin hasta chillaba.
Todos me dejaron de lado, y yo me quedé sentado, aplastado y aniquilado.
«Dios mío, ¿es esta mi compañía? —pensaba—. ¿Y qué idiota he hecho de mí ante ellos? Sin embargo, le he permitido mucho a Ferfíchkin. Estos palurdos piensan que me hicieron un honor al darme sitio en su mesa, cuando no entienden que soy yo, yo quien les hace honor a ellos, ¡y no ellos a mí! "¡Adelgazó! ¡El traje!" ¡Oh, malditos pantalones! Zvierkov ya hace un rato notó la mancha amarilla en la rodilla… ¿Pero para qué me quedo? Ahora mismo, en este instante levantarme de la mesa, tomar el sombrero y sencillamente irme, sin decir ni una palabra… Por desprecio. Y mañana aunque sea un duelo. Los canallas. Es que no voy a lamentar siete rublos. Puede que piensen… ¡Al diablo! No me importan los siete rublos. ¡En este instante me voy!…»
Claro está, me quedé.
Bebía de la pena burdeos y jerez a vasos. Por falta de costumbre me embriagaba rápido, y con la borrachera crecía el rencor. De pronto me entraron ganas de ofenderlos a todos del modo más insolente posible y luego irme. Aprovechar el momento y mostrarme —que digan después: aunque sea ridículo, es inteligente… y… y… en una palabra, ¡al diablo con ellos!
Los recorrí a todos insolentemente con ojos embotados. Pero ellos parecían haberme olvidado por completo. Había ruido, gritos, alegría. Hablaba todo el tiempo Zvierkov. Empecé a escuchar. Zvierkov contaba de una dama fastuosa a la que al final llevó a una confesión (desde luego, mentía como un caballo), y que en aquel asunto le había ayudado especialmente su amigo íntimo, un tal principito, un húsar llamado Kolia, que tenía tres mil almas.
—Pero en cambio ese Kolia, que tiene tres mil almas, no está aquí para despedirte —me metí de pronto en la conversación. Por un momento todos callaron.
—Ya a estas alturas estás borracho —se dignó al fin a fijarse en mí Trudoliúbov, mirándome de reojo con desprecio. Zvierkov me examinaba en silencio, como a un bicho. Bajé los ojos. Simónov se apresuró a servir champán.
Trudoliúbov levantó su copa, tras él todos, excepto yo.
—¡Por tu salud y feliz viaje! —le gritó a Zvierkov—. Por los viejos tiempos, señores, por nuestro futuro, ¡hurra!
Todos bebieron y se lanzaron a besar a Zvierkov. Yo no me moví; mi copa llena permanecía intacta ante mí.
—¿Y tú no vas a beber? —bramó Trudoliúbov, que había perdido la paciencia, dirigiéndose a mí amenazadoramente.
—Quiero pronunciar un discurso por mi parte, aparte… y entonces beberé, señor Trudoliúbov.
—¡Maldito malicioso! —rezongó Simónov.
Me enderecé en la silla y tomé la copa con fiebre, preparándome para algo extraordinario y sin saber aún qué es lo que iba a decir exactamente.
—¡Silence! —gritó Ferfíchkin—. ¡Ya veremos qué inteligencia! —Zvierkov esperaba muy serio, entendiendo de qué se trataba.
—Señor alférez Zvierkov —empecé—, sepa que odio la frase, los fraseadores y las cinturas estrechas… Este es el primer punto, y tras este seguirá el segundo.
Todos se agitaron fuertemente.
—El segundo punto: odio los escándalos y los escandalosos. ¡Y especialmente los escandalosos!
—El tercer punto: amo la verdad, la sinceridad y la honestidad —continué casi mecánicamente, porque yo mismo empezaba a congelarme de terror, sin entender cómo era que hablaba así—. Amo el pensamiento, monsieur Zvierkov; amo el verdadero compañerismo, en pie de igualdad, y no… hum… Amo… Pero en fin, ¿para qué? ¡Y beberé por su salud, monsieur Zvierkov! Seduzca a las circasianas, dispare a los enemigos de la patria y… y… ¡Por su salud, monsieur Zvierkov!
Zvierkov se levantó de la silla, me hizo una reverencia y dijo:
—Muy agradecido.
Estaba terriblemente ofendido y hasta palideció.
—¡Al diablo! —bramó Trudoliúbov, golpeando la mesa con el puño.
—¡No, señor, por eso se dan bofetadas! —chilló Ferfíchkin.
—¡Hay que echarlo! —rezongó Simónov.
—Ni una palabra, señores, ni un gesto —gritó Zvierkov solemnemente, deteniendo la indignación general—. Les agradezco a todos, pero yo mismo sabré demostrarle cuánto valoro sus palabras.
—¡Señor Ferfíchkin, mañana mismo me dará usted satisfacción por sus palabras de ahora! —dije en voz alta, dirigiéndome con importancia a Ferfíchkin.
—Es decir, ¿un duelo? Con mucho gusto —contestó él, pero probablemente yo era tan ridículo desafiándolo, y aquello convenía tan poco a mi figura, que todos, y con ellos Ferfíchkin, se desternillaron de risa.
—Sí, claro, dejarlo ya. Está completamente borracho —dijo Trudoliúbov con repugnancia.
—Nunca me perdonaré haberlo apuntado —rezongó de nuevo Simónov.
«Ahora sí que debería tirarles la botella a todos», pensé, tomé la botella y… me serví un vaso lleno.
«…No, mejor me quedo hasta el final —seguí pensando—. Estarían encantados, señores, de que me fuera. Ni por esas. Precisamente me quedaré sentado y beberé hasta el final, como señal de que no les doy la menor importancia. Me quedaré sentado y beberé, porque esto es una taberna, y yo pagué mi entrada. Me quedaré sentado y beberé, porque a ustedes los considero peones, peones inexistentes. Me quedaré sentado y beberé… y cantaré, si quiero, sí, señor, y cantaré, porque tengo ese derecho… a cantar… hum».
Pero no canté. Me esforzaba solo en no mirar a ninguno de ellos; adoptaba poses lo más independientes posible y esperaba con impaciencia que ellos mismos, los primeros, me hablaran. Pero, ay, no me hablaron. Y cómo, cómo deseaba en ese momento reconciliarme con ellos. Dieron las ocho, finalmente las nueve. Pasaron de la mesa al diván. Zvierkov se tumbó en el sofá, poniendo un pie sobre una mesita redonda. Allí llevaron también el vino. Efectivamente les puso tres botellas suyas. A mí, desde luego, no me invitaron. Todos se acomodaron alrededor de él en el diván. Lo escuchaban casi con veneración. Era evidente que lo querían. «¿Por qué? ¿Por qué?», pensaba yo. De cuando en cuando llegaban al éxtasis de borrachos y se besaban. Hablaban del Cáucaso, de qué era la verdadera pasión, de una partida a las cartas, de puestos ventajosos en el servicio; de cuántas rentas tenía el húsar Podjarzhevski, que ninguno de ellos conocía personalmente, y se alegraban de que tuviera muchas rentas; de la belleza y gracia extraordinarias de la princesa D., que tampoco había visto ninguno de ellos jamás; finalmente llegaron a que Shakespeare era inmortal.
Yo sonreía con desprecio y caminaba por el otro lado del cuarto, exactamente frente al diván, a lo largo de la pared, de la mesa a la estufa y de vuelta. Con todas mis fuerzas quería mostrar que podía prescindir de ellos; y mientras tanto, golpeaba adrede con las botas, apoyándome en los tacones. Pero todo era en vano. Ellos ni siquiera prestaban atención. Tuve paciencia de caminar así, directamente ante ellos, desde las ocho hasta las once, siempre por el mismo lugar, de la mesa a la estufa y de la estufa de vuelta a la mesa. «Así camino, y nadie puede prohibírmelo». El criado que entraba en el cuarto se detenía varias veces a mirarme; por las vueltas frecuentes se me mareaba la cabeza; a ratos me parecía que deliraba. Durante esas tres horas sudé y me sequé tres veces. A veces, con el más profundo, con el más venenoso dolor se me clavaba en el corazón el pensamiento: que pasarán diez años, veinte años, cuarenta años, y yo siempre, aunque sea dentro de cuarenta años, recordaré con repugnancia y humillación estos minutos inmundísimos, ridiculísimos y horribilísimos de toda mi vida. Humillarse a uno mismo más desvergonzada y voluntariamente era ya imposible, y yo lo entendía perfectamente, perfectamente, y sin embargo seguía caminando de la mesa a la estufa y de vuelta. «¡Ah, si supierais de qué sentimientos y pensamientos soy capaz y lo desarrollado que estoy!», pensaba a ratos, dirigiéndome mentalmente al diván donde estaban sentados mis enemigos. Pero mis enemigos se comportaban como si yo no estuviera en el cuarto. Una vez, una sola vez se volvieron hacia mí, precisamente cuando Zvierkov empezó a hablar de Shakespeare, y yo de pronto me eché a reír con desprecio. Resoplé de forma tan estudiada y repugnante que todos interrumpieron la conversación al unísono y durante dos minutos me observaron en silencio, con seriedad, sin reírse, mientras yo caminaba a lo largo de la pared, de la mesa a la estufa, y como yo no les prestaba ninguna atención. Pero no salió nada: no me hablaron y a los dos minutos volvieron a dejarme de lado. Dieron las once.
—Señores —gritó Zvierkov, levantándose del diván—, ahora todos allá.
—¡Desde luego, desde luego! —dijeron los otros.
Me volví bruscamente hacia Zvierkov. Estaba tan agotado, tan destrozado, que aunque fuera degollándome, tenía que acabar con aquello. Tenía fiebre; el pelo mojado de sudor se me había pegado a la frente y las sienes.
—Zvierkov, le pido perdón —dije con brusquedad y decisión—. Ferfíchkin, a usted también, y a todos, a todos, ¡he ofendido a todos!
—¡Ajá! ¡El duelo no es para tanto! —siseó venenosamente Ferfíchkin.
Me dolió agudamente en el corazón.
—No, no temo al duelo, Ferfíchkin. Estoy dispuesto a batirme con usted mañana mismo, incluso después de la reconciliación. Insisto incluso en ello, y usted no puede negarse. Quiero demostrarle que no temo al duelo. Usted disparará primero, y yo dispararé al aire.
—Se está divirtiendo consigo mismo —observó Simónov.
—¡Sencillamente delira! —respondió Trudoliúbov.
—Pero permitan pasar, ¡se han puesto en medio del camino!… Bueno, ¿qué quieren? —contestó Zvierkov con desprecio. Todos estaban colorados; a todos les brillaban los ojos: habían bebido mucho.
—Le pido su amistad, Zvierkov, lo ofendí, pero…
—¿Ofendido? ¿Us-ted? ¿A mí? Sepa, caballero, que usted nunca ni en ninguna circunstancia puede ofenderme.
—Y basta ya, apártese —zanjó Trudoliúbov—. Vámonos.
—¡Olimpia es mía, señores, el acuerdo! —gritó Zvierkov.
—¡No lo discutimos! ¡No lo discutimos! —le contestaron riendo.
Me quedé escupido. La pandilla salía ruidosamente del cuarto, Trudoliúbov entonó alguna canción estúpida. Simónov se quedó un instante breve para dar la propina a los criados. De pronto me le acerqué.
—Simónov, déme seis rublos —dije con decisión y desesperación.
Me miró con extraordinario asombro con unos ojos torpes. También él estaba borracho.
—¿Acaso va usted también allá con nosotros?
—¡Sí!
—No tengo dinero —cortó, sonrió con desprecio y salió del cuarto.
Lo agarré del capote. Era una pesadilla.
—¡Simónov! Yo vi que tiene dinero, ¿por qué me niega? ¿Acaso soy un canalla? Cuídese de negarme: si supiera, si supiera para qué lo pido. De esto depende todo, todo mi futuro, todos mis planes.
Simónov sacó el dinero y casi me lo arrojó.
—Tome, si es tan desvergonzado —dijo despiadadamente y salió corriendo a alcanzarlos.
Me quedé solo un momento. Desorden, sobras, una copa rota en el suelo, vino derramado, colillas de cigarrillos, embriaguez y delirio en la cabeza, tormento angustioso en el corazón y, finalmente, el criado, que lo había visto todo y lo había oído todo y me miraba con curiosidad a los ojos.
—¡Allá! —grité—. O todos de rodillas, abrazándome las piernas, me suplicarán mi amistad, o… ¡o le daré una bofetada a Zvierkov!
Nota del autor. «¡Silencio!» (francés).
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
¿Lo estás estudiando? Guía de Memorias del subsuelo: resumen, temas y personajes →
