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Capítulo 3La venganza del hombre consciente

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 7 min de lectura

Porque las personas que saben vengarse y en general defenderse, ¿cómo lo hacen? Pues cuando las domina, supongamos, el sentimiento de venganza, ya no queda nada más en todo su ser durante ese tiempo, salvo ese sentimiento. Ese señor embiste directo hacia su objetivo, como un toro enfurecido, con los cuernos inclinados, y solo la pared lo detiene. (Por cierto: ante la pared esos señores, es decir, las personas directas y activas, se rinden sinceramente. Para ellos la pared no es una evasiva, como por ejemplo para nosotros, los hombres pensantes, y por consiguiente, que no hacemos nada; no es un pretexto para desviarse del camino, un pretexto en el que nuestra clase habitualmente ni siquiera cree, pero del cual siempre nos alegramos mucho. No, ellos se rinden con toda sinceridad. La pared tiene para ellos algo tranquilizador, algo moralmente resolutivo y definitivo, quizá incluso algo místico… Pero de la pared hablaré después). Pues bien, a ese hombre directo precisamente lo considero el hombre auténtico, normal, tal como quiso verlo la tierna madre naturaleza, al engendrarlo amablemente sobre la tierra. Envidio a ese hombre hasta el extremo de la bilis. Es estúpido, no discuto eso con vosotros, pero quizá el hombre normal precisamente deba ser estúpido, ¿cómo sabéis? Quizá esto sea incluso muy hermoso. Y me convenzo aún más de esta maligna, por así decir, sospecha, porque si, por ejemplo, se toma la antítesis del hombre normal, es decir, el hombre hiperconsciente, que ha salido, por supuesto, no del seno de la naturaleza, sino de una retorta (esto ya es casi misticismo, señores, pero también lo sospecho), este hombre de retorta a veces se rinde tanto ante su antítesis, que él mismo, con toda su hiperconciencia, se considera honestamente un ratón, y no un hombre. Aunque sea un ratón hiperconsciente, aun así es un ratón, mientras que aquí hay un hombre, y por consiguiente…, etcétera. Y, lo principal, él mismo, él mismo se considera un ratón; nadie le pide eso; y esto es un punto importante. Miremos ahora a ese ratón en acción. Supongamos, por ejemplo, que también está ofendido (y casi siempre está ofendido) y también desea vengarse. Quizá se acumule en él incluso más rabia que en el l'homme de la nature et de la vérité. El deseo vil, bajo, de devolver al ofensor el mismo mal, quizá le roe aún más repugnante que al l'homme de la nature et de la vérité, porque el l'homme de la nature et de la vérité, por su estupidez congénita, considera su venganza sencillamente como justicia; mientras que el ratón, a consecuencia de su hiperconciencia, niega aquí la justicia. Llega finalmente al asunto mismo, al acto mismo de la venganza. El desdichado ratón, además de la primera vileza, ya ha acumulado a su alrededor, en forma de preguntas y dudas, tantas otras vilezas; a una cuestión ha añadido tantas cuestiones sin resolver, que inevitablemente se acumula en torno a él una especie de inmundicia fatal, una porquería hedionda, compuesta de sus dudas, agitaciones y, finalmente, de los escupitajos que le llegan de los actores directos, que están alrededor solemnemente en calidad de jueces y dictadores y se ríen de él a carcajada limpia. Naturalmente, no le queda más que hacer un gesto con su patita y, con una sonrisa de desprecio fingido en la que ni él mismo cree, escurrirse vergonzosamente hacia su agujero. Allí, en su asqueroso y hediondo subsuelo, nuestro ratón ofendido, aplastado y ridiculizado se sumerge inmediatamente en una rabia fría, venenosa y, lo principal, eterna. Durante cuarenta años seguidos recordará su ofensa hasta los últimos y más vergonzosos detalles, y cada vez añadirá de su cosecha detalles aún más vergonzosos, provocándose y excitándose maliciosamente con su propia fantasía. Se avergonzará de su fantasía, pero aun así lo recordará todo, lo repasará todo, se inventará cosas que nunca sucedieron, con el pretexto de que también pudieron ocurrir, y no perdonará nada. Quizá incluso empezará a vengarse, pero de algún modo a saltos, por pequeñeces, desde detrás de la estufa, de incógnito, sin creer ni en su derecho a vengarse ni en el éxito de su venganza y sabiendo de antemano que de todas sus tentativas de venganza sufrirá ella misma cien veces más que aquel a quien se venga, y ese quizá ni se inmutar á. En su lecho de muerte recordará de nuevo todo, con los intereses acumulados durante todo ese tiempo y… Pero precisamente aquí, en esta desesperación fría y repugnante a medias, en esta semicreencia, en este enterramiento consciente de uno mismo en vida, en el subsuelo durante cuarenta años, en esta salida sin salida de su posición intensamente creada y sin embargo en parte dudosa, en todo este veneno de deseos insatisfechos que han entrado dentro, en toda esta fiebre de vacilaciones, de decisiones tomadas para siempre y de arrepentimientos que sobrevienen de nuevo al minuto siguiente, está la esencia de ese extraño placer del que hablaba. Es tan sutil, a veces tan inaccesible a la conciencia, que las personas un poco limitadas o incluso simplemente las personas de nervios fuertes no comprenderán en él ni un solo rasgo. «Quizá tampoco comprendan —añadiréis vosotros por vuestra cuenta, con una sonrisita— los que nunca han recibido bofetadas, y así me insinuaréis cortésmente que yo en mi vida quizá también he experimentado alguna bofetada, y por eso hablo como conocedor. Apuesto a que eso es lo que pensáis. Pero tranquilizaos, señores, no he recibido bofetadas, aunque me da completamente igual lo que penséis al respecto. Quizá yo mismo lamente más bien haber repartido pocas bofetadas en mi vida. Pero basta, ni una palabra más sobre este tema tan extraordinariamente interesante para vosotros.

Continúo tranquilamente sobre las personas de nervios fuertes, que no comprenden cierta refinación de los placeres. Estos señores en determinados casos, por ejemplo, aunque rujan como toros a todo pulmón, lo cual, supongamos, les reporta el mayor honor, sin embargo, como ya he dicho, ante lo imposible se someten enseguida. Lo imposible significa la pared de piedra. ¿Qué pared de piedra? Pues, naturalmente, las leyes de la naturaleza, las conclusiones de las ciencias naturales, las matemáticas. Cuando te demuestran, por ejemplo, que desciendes del mono, ya no hay que fruncir el ceño, acéptalo como es. Cuando te demuestren que, en esencia, una gotita de tu propia grasa te debe ser más querida que cien mil semejantes a ti y que en este resultado se resolverán al final todas las llamadas virtudes y deberes y demás delirios y prejuicios, pues así es, acéptalo, no hay nada que hacer, porque dos por dos son… matemáticas. Intentad refutar esto.

«¡Por favor! —os gritarán—, no se puede rebelar: ¡esto es dos por dos son cuatro! La naturaleza no os pide vuestra opinión; no le importan vuestros deseos ni si os gustan o no sus leyes. Estáis obligados a aceptarla tal como es, y por consiguiente, también todos sus resultados. La pared, pues, es la pared… etcétera, etcétera». ¡Señor Dios!, ¿qué me importan a mí las leyes de la naturaleza y la aritmética, cuando por alguna razón no me gustan esas leyes y el dos por dos son cuatro? Naturalmente, no derribaré esa pared a cabezazos, si de verdad no tengo fuerzas para derribarla, pero tampoco me resignaré con ella solo porque hay una pared de piedra y a mí me faltaron fuerzas.

¡Como si una pared de piedra semejante fuera realmente un consuelo y realmente contuviera aunque fuera alguna palabra sobre el mundo, únicamente porque es dos por dos son cuatro! ¡Oh, absurdo de absurdos! Qué diferente es comprenderlo todo, tomar conciencia de todo, de todas las imposibilidades y paredes de piedra; no resignarse con ninguna de esas imposibilidades y paredes de piedra, si os da asco resignaros; llegar mediante las más inevitables combinaciones lógicas a las conclusiones más repugnantes sobre el tema eterno de que incluso en esa pared de piedra uno mismo es como si fuera culpable de algo, aunque a la vez hasta la claridad de la evidencia uno no es culpable en absoluto, y como consecuencia de esto, rechinando los dientes en silencio e impotente, quedarse voluptuosamente inmóvil en la inercia, soñando con que resulta que ni siquiera tienes contra quién enojarte; que no se encuentra el objeto, y quizá nunca se encuentre, que hay una suplantación, una trampa, un engaño, que aquí hay simplemente una basura —no se sabe qué ni quién, pero, a pesar de todas estas incógnitas y trampas, a ti de todas formas te duele, y cuanto más desconocido te es, más te duele!

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