Capítulo 17El despertar junto a Liza
…En algún sitio detrás del tabique, como si algo las presionara con fuerza, como si alguien las estrangulara, las horas empezaron a jadear. Después de un jadeo antinatural y prolongado sobrevino un timbre delgado, asqueroso y de una frecuencia como inesperada, como si alguien de golpe hubiera saltado hacia delante. Dieron las dos. Volví en mí, aunque no estaba durmiendo, solo yacía en un duermevela.
En la habitación estrecha, apretada y baja, atestada de un enorme armario ropero y cubierta de cajas de cartón, trapos y todo tipo de cachivaches de ropa, estaba casi totalmente oscuro. La vela que alumbraba en la mesa al fondo de la habitación se había extinguido del todo, solo parpadeaba de vez en cuando, muy débilmente. En unos minutos debía llegar la oscuridad completa.
No tardé mucho en volver en mí; todo de golpe, sin esfuerzo, se me vino a la memoria de inmediato, como si me hubiera estado acechando para echárseme encima otra vez. Y hasta en el duermevela algo así como un punto permanecía siempre en la memoria, sin olvidarse de ningún modo, y mis sueños somnolientos giraban pesadamente en torno a él. Pero era extraño: todo lo que me había sucedido ese día me pareció ahora, al despertar, que había ocurrido ya hacía muchísimo tiempo, como si yo hubiera sobrevivido ya a todo aquello hacía mucho, mucho.
En la cabeza tenía un aturdimiento. Algo parecía revolotear sobre mí y rozarme, excitándome e inquietándome. La angustia y la bilis subían de nuevo y buscaban salida. De pronto, al lado mío, vi dos ojos abiertos que me examinaban con curiosidad e insistencia. La mirada era fría e indiferente, hosca, como del todo ajena; me resultaba pesada.
Una idea hosca nació en mi cerebro y recorrió todo mi cuerpo con una sensación desagradable, parecida a la que uno siente al entrar en un sótano húmedo y viciado. Algo antinatural había en que precisamente solo ahora esos dos ojos se les hubiera ocurrido comenzar a examinarme. Recordé también que durante dos horas no le había dirigido ni una sola palabra a este ser y no había considerado en absoluto que fuera necesario; hasta me había gustado hace un rato, por alguna razón. Ahora, en cambio, se me representó de pronto con viveza la idea absurda, repugnante, como una araña, del libertinaje, que sin amor, con grosería y desvergüenza, comienza directamente por aquello con que el amor verdadero culmina. Así nos miramos largamente el uno al otro, pero ella no bajaba sus ojos ante los míos y no cambiaba su mirada, de modo que al final empecé a sentir miedo por alguna razón.
—¿Cómo te llamas? —pregunté bruscamente, para terminar cuanto antes.
—Liza —contestó casi en un susurro, pero de algún modo nada cordial, y apartó la mirada.
Guardé silencio.
—Hoy el tiempo… nieve… asqueroso —dije casi para mis adentros, angustiado, poniendo la mano detrás de la cabeza y mirando al techo. Ella no respondió. Todo aquello era repulsivo.
—¿Eres de aquí? —pregunté al cabo de un minuto, casi enojado, volviendo la cabeza ligeramente hacia ella.
—No.
—¿De dónde?
—De Riga —dijo sin ganas.
—¿Alemana?
—Rusa.
—¿Hace mucho que estás aquí?
—¿Dónde?
—En la casa.
—Dos semanas. —Hablaba cada vez más entrecortadamente. La vela se había extinguido por completo; ya no podía distinguir su rostro. —¿Tienes padre y madre?
—Sí… no… sí.
—¿Dónde están?
—Allá… en Riga.
—¿Quiénes son?
—Pues…
—¿Cómo pues? ¿Quiénes, de qué clase?
—Burgueses.
—¿Viviste siempre con ellos?
—Sí.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinte.
—¿Por qué te fuiste de su lado?
—Así.
Ese «así» significaba: déjame en paz, me das náuseas. Enmudecimos.
Solo Dios sabe por qué no me marchaba. A mí mismo empezaba a darme cada vez más náuseas y angustia. Las imágenes de todo el día pasado, de algún modo por sí solas, sin mi voluntad, desordenadamente empezaron a pasar por mi memoria. Recordé de pronto una escena que había visto por la mañana en la calle, cuando iba preocupado y acobardado hacia la oficina.
—Hoy sacaban un ataúd y casi se les cae —dije de pronto en voz alta, sin desear en absoluto iniciar una conversación, así, casi por casualidad.
—¿Un ataúd?
—Sí, en la Sénnaya; lo sacaban de un sótano.
—¿De un sótano?
—No de un sótano, del piso del sótano… bueno, sabes, abajo… de una casa mala… Había tanta inmundicia alrededor… Cáscaras, basura… el olor… asqueroso.
Silencio.
—Es horrible enterrar a alguien hoy —empecé de nuevo, solo por no callar.
—¿Por qué es horrible?
—La nieve, la humedad… (Bostecé).
—Da igual —dijo ella de pronto después de un silencio.
—No, es asqueroso… (Volví a bostezar). Seguro que los sepultureros estaban maldiciendo, porque la nieve los mojaba. Y en la tumba seguro que había agua.
—¿Por qué iba a haber agua en la tumba? —preguntó con cierta curiosidad, pero pronunciando aún más tosca y entrecortadamente que antes. Algo empezó a aguijonearme de pronto.
—¿Cómo que por qué, agua, en el fondo, de unas seis vershok. Aquí no cavarás ni una sola tumba seca en el Vólkovo.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? El sitio es así, acuático. Aquí todo es pantano. Así que los meten en el agua. Yo mismo lo he visto… muchas veces…
(Ni una sola vez lo había visto, y en el Vólkovo nunca había estado, solo había oído que lo contaban).
—¿De verdad te da igual, morirte?
—Pero ¿por qué voy a morirme yo? —contestó, como defendiéndose.
—Alguna vez morirás, y morirás exactamente igual que la difunta de hace rato. Era… también una chica… Murió de tisis.
—La fulana habría muerto en el hospital… (Ella ya sabe de eso, pensé, y dijo: fulana, no chica).
—Le debía a la patrona —repliqué, cada vez más azuzado por la discusión—, y siguió sirviéndole casi hasta el final, aunque estaba tísica. Los cocheros de alrededor hablaban con los soldados, contaban eso. Seguro que eran sus antiguos conocidos. Se reían. Todavía iban a honrarla en la taberna. (Y aquí también mentí mucho).
Silencio, silencio profundo. Ella ni siquiera se movió.
—¿Y en el hospital es mejor morir, acaso?
—¿No da igual?… Pero ¿por qué voy a morirme yo? —añadió con irritación.
—No ahora, después.
—Pues después…
—¡Ni hablar! Tú ahora eres joven, bonita, fresca, y por eso te valoran. Pero dentro de un año de esta vida ya no serás igual, te marchitarás.
—¿Dentro de un año?
—En cualquier caso, dentro de un año valdrás menos —continué con malicia—. Y te irás de aquí a otro sitio más bajo, a otra casa. Dentro de otro año, a una tercera casa, cada vez más bajo, y en unos siete años llegarás en la Sénnaya al sótano. Eso todavía sería bueno. Pero la desgracia sería si encima se te declarara alguna enfermedad, pues, ahí, debilidad de pecho… o te resfrías, o algo. En esta vida la enfermedad no pasa fácilmente. Se te pega, y puede que ya no se te despegue. Y te morirás.
—Pues me moriré —contestó ya con rabia y se movió rápidamente.
—Pero da lástima.
—¿De quién?
—De la vida da lástima.
Silencio.
—¿Tuviste novio? ¿Eh?
—¿A ti qué te importa?
—Yo no te estoy interrogando. A mí qué. ¿Por qué te enfadas? Tú, claro, pudiste tener tus disgustos. Qué me importa a mí. Solo me da lástima.
—¿De quién?
—De ti me da lástima.
—No hace falta… —susurró apenas audible y se movió de nuevo.
Eso me enfureció de inmediato. ¡Cómo! Yo había sido tan tierno con ella, y ella…
—Pero ¿qué te crees? ¿Que estás en buen camino?
—No me creo nada.
—Eso es lo malo, que no piensas. Despierta, mientras hay tiempo. Y tiempo hay. Todavía eres joven, bonita; podrías enamorarte, casarte, ser feliz…
—No todas las casadas son felices —cortó con la misma tosca rapidez de antes.
—No todas, claro, pero aun así es mucho mejor que aquí. Incomparablemente mejor. Y con amor se puede vivir incluso sin felicidad. Hasta en el dolor la vida es buena, es bueno vivir en el mundo, da igual cómo se viva. Pero aquí ¿qué hay, aparte de… hedor? ¡Puaj!
Me volví con repugnancia; ya no razonaba fríamente. Yo mismo empezaba a sentir lo que decía, y me acaloraba. Ya ansiaba exponer mis ideítas más preciadas, curtidas en el rincón. De pronto algo se encendió en mí, se «manifestó» algún objetivo.
—No te fijes en que esté yo aquí, no soy ejemplo para ti. Puede que yo sea todavía peor que tú. Aunque bueno, vine aquí borracho —me apresuré aun así a justificarme—. Además, un hombre no es ejemplo para una mujer. Es otra cosa; aunque me ensucie y manche, en cambio no soy esclavo de nadie; vine y me fui, y ya no estoy. Me lo sacudo de encima y ya no soy el mismo. Pero toma en cuenta que tú desde el principio eres una esclava. Sí, ¡una esclava! Lo entregas todo, toda tu voluntad. Y luego querrás romper esas cadenas, pero ya no: cada vez más fuerte te irán enredando. Es una cadena maldita. La conozco. Y de lo otro ni te hablo, puede que no lo entiendas, pero dime: ¿no es cierto que ya le debes a la patrona? Pues ya ves —añadí, aunque ella no me respondió, solo escuchaba en silencio, con todo su ser—; ahí tienes tu cadena. Nunca te liberarás. Así lo hacen. Es como venderle el alma al diablo…
…Y además yo… puede que sea también tan desgraciado como tú, qué sabes tú, y me meto en el fango a propósito, también por angustia. Porque beben por pena, ¿no?: pues yo estoy aquí por pena. Dime, ¿qué tiene esto de bueno?: ahí estamos tú y yo… nos juntamos… hace un rato, y no nos dirigimos ni una palabra en todo el tiempo, y tú luego me miraste como una salvaje; y yo a ti igual. ¿Así se ama? ¿Así deben juntarse dos personas? Esto es solo una indignidad, eso es lo que es.
—¡Sí! —me dio la razón resuelta y apresuradamente. Me sorprendió incluso la prontitud de ese «sí». Quiere decir que tal vez a ella también, cuando me examinaba hace un rato, le rondaba la misma idea por la cabeza. Quiere decir que ya es capaz de ciertos pensamientos… «Qué demonios, esto es curioso, esto es afinidad —pensé, casi frotándome las manos—. ¿Y cómo no voy a poder con un alma tan joven?…»
Lo que más me seducía era el juego.
Volvió la cabeza más cerca de mí y, me pareció en la oscuridad, se apoyó en una mano. Tal vez me examinaba. Cuánto lamenté no poder distinguir sus ojos. La oí respirar profundamente.
—¿Por qué viniste aquí? —empecé ya con cierta autoridad.
—Así…
—Pero qué bien se estaría viviendo en casa de tu padre. Caliente, holgado; tu nido.
—¿Y si es peor?
«Hay que dar con el tono —me pasó por la cabeza—, con sentimentalismo puede que no consigas mucho».
Pero eso solo me pasó por la cabeza. Lo juro, ella me interesaba de verdad. Además, estaba como debilitado y con cierta disposición. Y es que la astucia convive tan fácilmente con el sentimiento.
—¿Quién lo dice! —me apresuré a responder—. Todo sucede. Yo estoy seguro de que alguien te ofendió y son más culpables ante ti que tú ante ellos. Yo no sé nada de tu historia, pero una chica como tú seguro que no ha venido aquí por voluntad propia…
—¿Qué chica soy yo? —susurró apenas audible; pero yo lo oí.
«Qué demonios, la estoy halagando. Esto es asqueroso. Pero puede que también sea bueno…» Ella callaba.
—Mira, Liza, yo te diré lo mío. Si yo hubiera tenido una familia desde la infancia, no sería como soy ahora. Pienso en eso a menudo. Porque por mal que esté en una familia, padre y madre no son enemigos, no son extraños. Aunque sea una vez al año te muestran amor. Aun así, sabes que estás en tu casa. Yo crecí sin familia; por eso, seguramente, salí así… insensible.
Esperé de nuevo.
«Tal vez no entienda —pensé—, y además es ridículo: moral».
—Si yo fuera padre y tuviera una hija mía, creo que amaría a mi hija más que a los hijos, de verdad —empecé de costado, como sin venir a cuento, para distraerla. Lo reconozco, me sonrojé.
—¿Por qué? —preguntó.
¡Ah, entonces escucha!
—Así; no lo sé, Liza. Mira: conocí a un padre que era un hombre estricto, severo, pero ante su hija pasaba de rodillas, le besaba manos y pies, no se cansaba de contemplarla, de verdad. Ella baila en una velada, y él se queda cinco horas en el mismo sitio, sin quitarle los ojos de encima. Enloquecido por ella; lo entiendo. Ella se cansa por la noche y se duerme, y él se despierta y va a besarla dormida y a santiguarla. Él mismo anda con un gabancillo grasiento, es tacaño con todos, pero a ella le compra de lo último, le hace regalos ricos, y qué alegría si el regalo le gusta. Los padres siempre aman más a las hijas que las madres. A algunas chicas les resulta alegre vivir en casa. Y yo creo que ni siquiera casaría a mi hija.
—¿Y eso cómo? —preguntó, sonriendo apenas.
—Tendría celos, por Dios. ¿Cómo es eso de que vaya a besar a otro? ¿Que ame a un extraño más que al padre? Es duro hasta imaginarlo. Claro, todo eso son tonterías; claro, al final cualquiera recupera el juicio. Pero yo creo que antes de entregarla ya me habría atormentado con una sola preocupación: habría descartado a todos los pretendientes. Pero habría terminado casándola con quien ella misma ame. Porque el que la hija ama siempre le parece el peor al padre. Así es. Mucho daño se hace en las familias por eso.
—Otras venden a sus hijas, en vez de casarlas con honor —dijo ella de pronto.
¡Ah! ¡Ahí está!
—Eso, Liza, en esas familias malditas donde no hay ni Dios ni amor —la seguí con calor—, y donde no hay amor, tampoco hay razón. Hay familias así, es verdad, pero yo no hablo de ellas. Tú, al parecer, no viste nada bueno en tu familia, para hablar así. Seguro que eres alguna desgraciada. Hm… Más que nada por pobreza sucede todo esto.
—¿Y acaso entre los señores es mejor? Y en la pobreza la gente honrada vive bien.
—Hm… sí. Puede ser. Además, Liza: el hombre solo le gusta contar sus penas, pero no cuenta su felicidad. Pero si contara como debe, vería que a cada destino le corresponde su porción. Pues qué, si todo sale bien en una familia, Dios bendice, sale un marido bueno, te ama, te mima, no se aparta de ti. ¡Qué bien en esa familia! A veces hasta con penas de por medio es bueno; y ¿dónde no hay penas? Te casas, puede que tú misma lo sepas. Además, tomemos aunque sea el primer tiempo de casada con quien amas: cuánta felicidad, cuánta felicidad a veces. Y de continuo. En el primer tiempo hasta las riñas con el marido terminan bien. Algunas, cuanto más aman, más riñas arman con el marido. De verdad; conocí a una así: «Pues sí, te quiero, dicen, mucho, y por amor te torturo, y tú siéntelo». ¿Sabes que por amor se puede torturar a una persona a propósito? Más que nada las mujeres. Y ella piensa para sus adentros: «Pero después amaré tanto, tanto lo acariciaré, que no es pecado torturarlo ahora». Y en la casa todos se alegran por vosotros, y es bueno, y alegre, y pacífico, y honrado… Otras también suelen ser celosas. Se va él a algún sitio —conocí a una—, no aguanta, y en plena noche sale y corre de tapadillo a ver: ¿no estará allí, no estará en esa casa, no estará con esa? Eso ya es malo. Y ella misma sabe que es malo, y el corazón se le encoge y se atormenta, pero es que ama; todo es por amor. Y qué bien reconciliarse después de una riña, declararle ella misma su culpa o perdonarlo. Y entonces se sienten tan bien ambos, tan bien de repente, como si se hubieran conocido de nuevo, como si se hubieran casado de nuevo, como si el amor hubiera empezado de nuevo. Y nadie, nadie debe saber lo que sucede entre marido y mujer, si se aman. Y por mucha riña que haya, no deben llamar ni a la madre propia de juez ni contar el uno del otro. Ellos mismos son sus propios jueces. El amor es un misterio de Dios y debe estar oculto de toda mirada ajena, pase lo que pase. Así es más santo, mejor. Se respetan más el uno al otro, y en el respeto se funda mucho. Y si hubo amor una vez, si se casaron por amor, ¿por qué ha de pasar el amor? ¿Acaso no se puede sostenerlo? Es raro el caso en que no se puede sostener. Pues si el marido resulta bueno y honrado, ¿cómo va a pasar el amor? El primer amor conyugal pasará, es verdad, pero luego vendrá un amor todavía mejor. Entonces se unirán en alma, todos sus asuntos los harán juntos; no habrá secretos entre ambos. Y cuando vengan los hijos, entonces cada momento, aunque sea el más difícil, parecerá felicidad; solo con que se amen y haya valor. Entonces hasta el trabajo es alegre, entonces a veces hasta del pan te privas por los hijos, y eso es alegre. Porque ellos después te amarán por eso; para ti misma, entonces, ahorras. Los hijos crecen, sientes que eres ejemplo para ellos, que eres su apoyo; que aunque mueras, ellos llevarán toda la vida tus sentimientos y pensamientos en sí, porque los recibieron de ti, tomarán tu imagen y semejanza. Así que es un gran deber. ¿Cómo no van a unirse más el padre y la madre? Dicen que tener hijos es pesado. ¿Quién lo dice? ¡Eso es felicidad celestial! ¿Te gustan los niños pequeños, Liza? A mí me encantan. Imagínate: un niño rosado, que te chupa el pecho, pues ¿a qué marido se le va a volver el corazón contra su mujer, viéndola sentada con su hijo? El bebé rosado, gordito, se estira, se mima; las piernitas y bracitos rollizos, las uñas limpias, pequeñas, tan pequeñas que da risa mirarlas, los ojos como si ya lo entendiera todo. Y mama, y con su manita te manosea el pecho, juega. Se acerca el padre, se separa del pecho, se dobla hacia atrás, mira al padre, se ríe, como si Dios sabe qué gracia tuviera, y otra vez, otra vez se pone a mamar. O bien agarra y te muerde el pecho a la madre, cuando ya le salen los dientes, y con los ojitos te mira de reojo: «¿Ves, te he mordido?». ¿Acaso no está ahí toda la felicidad, cuando están los tres juntos, marido, mujer e hijo? Por esos momentos se puede perdonar mucho. No, Liza, hay que aprender primero a vivir uno mismo, y luego acusar a los demás.
«Con imágenes, con estas imágenes es como hay que hacerlo contigo», pensé para mí, aunque, por Dios, hablaba con sentimiento, y de pronto me sonrojé. «¿Y si de repente se echa a reír a carcajadas, adónde me meto entonces?» Esta idea me puso furioso. Hacia el final del discurso ya me había acalorado de verdad, y ahora el amor propio sufría de algún modo. El silencio se prolongaba. Hasta quise empujarla.
—Qué cosa… —empezó ella de pronto y se detuvo.
Pero yo ya lo había entendido todo: en su voz temblaba ya algo distinto, no cortante, no tosco ni rebelde, como antes, sino algo suave y avergonzado, tan avergonzado que yo mismo de pronto me sentí avergonzado ante ella, me sentí culpable.
—¿Qué? —pregunté con tierna curiosidad.
—Pues vos…
—¿Qué?
—Vos…
—¿Qué?
—Algo… como que habláis como de un libro —dijo, y algo como burlón se oyó de nuevo en su voz.
Me dolió mucho esa observación. No era lo que esperaba.
Y no entendí que se enmascaraba a propósito con la burla, que esa es la trampa última habitual de la gente de corazón pudoroso y casto, en cuya alma meten mano tosca e importunamente y que no se rinden hasta el último momento por orgullo y temen mostrarte su sentimiento. Ya por la timidez con que se acercó, en varios intentos, a su burla, y al final solo se decidió a expresarla, yo debería haberlo adivinado. Pero no lo adiviné, y un sentimiento malvado se apoderó de mí.
«Espera», pensé.
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