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Capítulo 20La visita de Liza y la humillación final

Memorias del subsuelo · Fiódor Dostoievski · 12 min de lectura

Y en mi casa, con audacia y libremente ¡Entra, dueña absoluta!

Estaba de pie delante de ella abatido, deshonrado, vergonzosamente confundido y, al parecer, sonreía, esforzándome con todas mis fuerzas en cerrar los faldones de mi raída bata de algodón acolchado, exactamente como hacía poco, en mi abatimiento, me lo había imaginado. Apolón, después de quedarse junto a nosotros unos dos minutos, se marchó, pero yo no me sentí aliviado. Lo peor de todo es que ella también se confundió de repente, tanto que yo ni siquiera lo esperaba. Mirándome, por supuesto.

—Siéntate —dije yo maquinalmente y le acerqué una silla junto a la mesa, mientras yo me sentaba en el sofá. Ella enseguida obedeció y se sentó, mirándome fijamente con los ojos muy abiertos y, evidentemente, esperando algo de mí en ese momento. Esa ingenuidad de su expectativa me enfureció, pero me contuve.

Aquí habría que esforzarse en no notar nada, como si todo fuera normal, y ella… Y sentí vagamente que ella me haría pagar caro todo esto.

—Me has encontrado en una situación extraña, Liza —empecé yo, tartamudeando y sabiendo que precisamente así no debía empezar.

—No, no, no pienses nada malo —grité al ver que de pronto se había puesto roja—. No me avergüenzo de mi pobreza… Al contrario, miro con orgullo mi pobreza. Soy pobre, pero noble… Se puede ser pobre y noble —balbuceé—. Por lo demás… ¿quieres té?

—No… —empezó ella.

—¡Espera!

Di un salto y corrí hacia donde estaba Apolón. Era necesario esconderse en alguna parte.

—Apolón —susurré con febril atropellamiento, arrojándole los siete rublos que habían estado todo el tiempo en mi puño—, ahí está tu salario; ves, te lo doy; pero a cambio debes salvarme: trae inmediatamente té y diez panecillos de la taberna. Si no quieres ir, harás desgraciado a un hombre. No sabes qué clase de mujer es… ¡Es todo! Quizás estés pensando algo… ¡Pero no sabes qué clase de mujer es!…

Apolón, que ya se había sentado a trabajar y ya se había vuelto a poner las gafas, primero, sin soltar la aguja, miró el dinero en silencio de soslayo; después, sin prestarme ninguna atención y sin responderme nada, siguió enredándose con el hilo que todavía estaba enhebrar. Esperé unos tres minutos, de pie delante de él, con los brazos cruzados à la Napoléon. Mis sienes estaban bañadas en sudor; yo estaba pálido, lo sentía. Pero, gracias a Dios, seguramente le dio lástima verme. Cuando terminó con su hilo, se levantó lentamente de su lugar, lentamente apartó la silla, lentamente se quitó las gafas, lentamente contó el dinero y finalmente, preguntándome por encima del hombro si debía traer una porción completa, salió lentamente de la habitación. Cuando volvía con Liza, se me ocurrió por el camino: ¿no sería mejor huir tal como estoy, en bata, adonde me lleven los ojos, y que pase lo que pase?

Me senté de nuevo. Ella me miraba con inquietud.

Guardamos silencio durante varios minutos.

—¡Lo mataré! —grité de pronto, golpeando con fuerza la mesa con el puño, tanto que la tinta salpicó del tintero.

—¡Ah, qué hace usted! —gritó ella, sobresaltándose.

—¡Lo mataré, lo mataré! —chillaba yo, golpeando la mesa, completamente enloquecido y comprendiendo a la vez perfectamente lo estúpido que era estar así de enloquecido.

—No sabes, Liza, lo que ese verdugo es para mí. Es mi verdugo… Ha ido ahora a por panecillos; él…

Y de pronto rompí a llorar. Fue un ataque. Cómo me avergonzaba entre sollozos, pero ya no podía contenerlos. Ella se asustó.

—¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa? —gritaba, agitándose a mi alrededor.

—Agua, dame agua, allí —balbuceé con voz débil, consciente, sin embargo, para mis adentros, de que podría muy bien arreglármelas sin agua y sin balbucear con voz débil. Pero yo, como se dice, estaba representando, para salvar las apariencias, aunque el ataque sí era real.

Ella me dio agua, mirándome como perdida. En ese momento Apolón trajo el té. De pronto me pareció que ese té ordinario y prosaico era terriblemente indecoroso y miserable después de todo lo que había pasado, y me ruboricé. Liza miraba a Apolón incluso con espanto. Él salió sin mirarnos.

—Liza, ¿me desprecias? —dije, mirándola fijamente, temblando de impaciencia por saber lo que pensaba.

Ella se confundió y no supo responder nada.

—¡Bebe el té! —dije con rabia. Yo estaba furioso conmigo mismo, pero, por supuesto, a quien le tocaba era a ella. Una terrible rabia contra ella hirvió de pronto en mi corazón; la habría matado, me parece. Para vengarme de ella, juré mentalmente no dirigirle ni una palabra en todo el tiempo. «Ella es la culpable de todo», pensaba yo.

Nuestro silencio ya duraba unos cinco minutos. El té estaba en la mesa; no lo tocábamos: yo había llegado al punto de no querer empezar a beber a propósito, para agobiarla aún más; a ella misma empezar le resultaba incómodo. Varias veces me miró con triste perplejidad. Yo callaba obstinadamente. El principal mártir era, por supuesto, yo mismo, porque era plenamente consciente de toda la abyección repugnante de mi rabia estúpida, y al mismo tiempo no podía contenerme de ninguna manera.

—Yo de allí… quiero… salir del todo —empezó ella, para romper el silencio de alguna manera, pero, ¡pobre!, precisamente de eso no había que empezar a hablar en un momento así de estúpido de por sí, a una persona tan estúpida como yo. Incluso mi corazón se llenó de lástima por su torpeza e innecesaria franqueza. Pero algo repugnante sofocó en mí enseguida toda lástima; incluso me incitó aún más: que se hunda todo en el mundo. Pasaron otros cinco minutos.

—¿No le estoy molestando? —empezó ella tímidamente, apenas audible, y comenzó a levantarse.

Pero en cuanto vi ese primer destello de dignidad ofendida, temblé de rabia y enseguida estallé.

—¿Para qué has venido a verme, dime, por favor? —empecé, ahogándome y sin siquiera atender al orden lógico de mis palabras. Quería decirlo todo de una vez, de golpe; ni siquiera me preocupaba por dónde empezar.

—¿Para qué has venido? ¡Responde! ¡Responde! —gritaba yo, apenas dueño de mí—. Te diré yo, querida, para qué has venido. Has venido porque entonces te dije palabras compasivas. Pues bien, te conmoviste y ahora quieres más «palabras compasivas». Pues sábelo, sábelo: entonces me estaba riendo de ti. Y ahora me río. ¿De qué te estremeces? Sí, ¡me reía! Antes de eso me habían ofendido en la cena esos que llegaron después a mi casa. Yo fui a vuestro local para darle una paliza a uno de ellos, un oficial; pero no pude, no lo encontré; había que desquitarme con alguien, recuperar lo mío, tú apareciste, y desahogué en ti mi rabia y me reí. Me humillaron, así que yo quise humillar; me hicieron trizas, así que quise mostrar mi poder… Eso fue lo que pasó, ¿y tú pensabas que yo había ido expresamente a salvarte entonces, no? ¿Eso pensabas? ¿Eso pensabas?

Yo sabía que quizás se confundiría y no entendería los detalles; pero yo sabía también que comprendería perfectamente lo esencial. Y así fue. Ella palideció como un pañuelo, quiso decir algo, sus labios se torcieron dolorosamente; pero como si la hubieran cortado con un hacha, cayó en la silla. Y todo el tiempo después me escuchó con la boca abierta, los ojos abiertos y temblando de espanto terrible. El cinismo, el cinismo de mis palabras la aplastó…

—¡Salvar! —continué, saltando de la silla y corriendo de un lado a otro de la habitación frente a ella—, ¿de qué salvar? Pero si quizás yo mismo soy peor que tú. ¿Por qué no me escupiste en la cara entonces, cuando te estaba dando aquel sermón: «Y tú, por qué viniste a nosotras? ¿A leer moral?» Poder, poder era lo que necesitaba entonces, necesitaba el juego, necesitaba conseguir tus lágrimas, tu humillación, tu histeria, eso era lo que necesitaba entonces. Yo no aguanté entonces, porque soy una basura, me asusté y el diablo sabe por qué te di mi dirección como un idiota. Después, antes de llegar a casa, ya te estaba maldiciendo a más no poder por esa dirección. Ya te odiaba, porque te mentí entonces. Porque yo solo quería jugar con palabras, soñar en mi cabeza, pero en realidad necesitaba, ¿sabes qué?: ¡que os fuerais al infierno, eso es lo que necesitaba! Necesito tranquilidad. Yo vendería el mundo entero ahora mismo por un kopek con tal de que no me molesten. ¿Que se hunda el mundo, o que yo no tome mi té? Yo diré que se hunda el mundo, pero que yo siempre tome mi té. ¿Sabías esto o no? Pues yo sí sé que soy un canalla, un miserable, un egoísta, un perezoso. He estado temblando estos tres días de miedo de que vinieras. ¿Y sabes qué me preocupaba especialmente estos tres días? Que entonces me presenté ante ti como un héroe, y ahora de pronto me verías en esta bata rota, un mendigo, asqueroso. Te dije hace un momento que no me avergüenzo de mi pobreza; pues sábelo: sí me avergüenzo, me avergüenzo más que de nada, tengo más miedo que de nada, más que si fuera un ladrón, porque soy tan vanidoso como si me hubieran arrancado la piel y hasta el aire me duele. ¿De verdad ni siquiera ahora te has dado cuenta de que nunca te perdonaré que me hayas encontrado en esta bata, cuando me abalanzaba, como un perrito rabioso, sobre Apolón? El salvador, el antiguo héroe, se abalanza, como un chucho sarnoso y peludo, sobre su criado, ¡y el otro se ríe de él! Y las lágrimas de antes, que no pude contener delante de ti como una mujer avergonzada, ¡nunca te las perdonaré! Y lo que ahora te estoy confesando, tampoco te lo perdonaré nunca. Sí, tú, solo tú debes responder por todo esto, porque apareciste en mi camino, porque soy un canalla, porque soy el más repugnante, el más ridículo, el más mezquino, el más estúpido, el más envidioso de todos los gusanos de la tierra, que no son en nada mejores que yo, pero que, el diablo sabe por qué, nunca se avergüenzan; mientras que yo recibiré bofetadas de cualquier piojo toda mi vida, ¡esa es mi característica! ¡Pero qué me importa que tú no entiendas nada de esto! ¿Y qué, qué, qué me importa a mí de ti y de si te pierdes allí o no? ¿Acaso comprendes que ahora, después de haberte dicho esto, te odiaré por haber estado aquí y haber escuchado? Porque un hombre solo se desahoga así una vez en la vida, ¡y además en una histeria!… ¿Qué más quieres? ¿Por qué, después de todo esto, sigues aquí delante de mí, torturándome, sin marcharte?

Pero aquí ocurrió de pronto una circunstancia extraña.

Yo estaba tan acostumbrado a pensar e imaginar todo según los libros y a representarme todo en el mundo tal como yo mismo lo había inventado antes en mis sueños, que al principio ni siquiera comprendí entonces esa circunstancia extraña. Y lo que ocurrió fue esto: Liza, ofendida y aplastada por mí, comprendió mucho más de lo que yo me imaginaba. Ella comprendió de todo aquello lo que una mujer siempre comprende antes que nada si ama sinceramente, a saber: que yo mismo era desgraciado.

El sentimiento de miedo y ofensa se transformó en su rostro primero en asombro doloroso. Cuando empecé a llamarme canalla y miserable y brotaron mis lágrimas (pronuncié toda esa diatriba con lágrimas), todo su rostro se contrajo en una especie de convulsión. Quiso levantarse, detenerme; cuando terminé, ella no prestó atención a mis gritos: «¿Para qué estás aquí, por qué no te vas?», sino a que para mí debía de ser muy doloroso decir todo aquello. Y además ella estaba tan apocada, pobrecilla; se consideraba infinitamente inferior a mí; ¿cómo iba a enfadarse, a ofenderse? De pronto se levantó de la silla en un impulso irreprimible y, toda ella dirigiéndose hacia mí, pero todavía tímida y sin atreverse a moverse de su sitio, me extendió las manos… Entonces mi corazón también dio un vuelco. Entonces ella de pronto se lanzó hacia mí, me rodeó el cuello con los brazos y lloró. Yo tampoco aguanté y sollozé como nunca antes me había ocurrido…

—No me dejan… No puedo ser… ¡bueno! —apenas logré decir, después llegué al sofá, caí en él boca abajo y estuve sollozando un cuarto de hora en una verdadera histeria. Ella se pegó a mí, me abrazó y como si se quedara helada en ese abrazo.

Pero de todos modos el asunto era que la histeria tenía que pasar. Y entonces (escribo la repugnante verdad), tumbado boca abajo en el sofá, agarrándome fuerte y con la cara hundida en mi mísera almohada de cuero, empecé poco a poco, de lejos, involuntariamente, pero irresistiblemente a sentir que ahora me resultaría incómodo levantar la cabeza y mirar a Liza directamente a los ojos. ¿De qué me avergonzaba? No lo sé, pero me avergonzaba. También se me ocurrió en mi cabeza agitada que los papeles se habían invertido definitivamente, que la heroína ahora era ella, y yo exactamente la misma criatura humillada y aplastada que ella había sido ante mí aquella noche, cuatro días atrás… Y todo esto se me ocurrió todavía en esos minutos en que estaba tumbado boca abajo en el sofá.

Dios mío, ¿de verdad entonces le tuve envidia?

No lo sé, hasta ahora todavía no puedo decidirlo, y entonces, por supuesto, podía entenderlo aún menos que ahora. Yo no puedo vivir sin poder y sin tiranizar a alguien… Pero… pero razonando no se explica nada, y por consiguiente no hay nada que razonar.

Sin embargo, me vencí a mí mismo y levanté la cabeza; había que levantarla en algún momento… Y entonces, estoy convencido hasta hoy de que precisamente porque me avergonzaba mirarla, en mi corazón se encendió y estalló de pronto entonces otro sentimiento… un sentimiento de dominio y posesión. Mis ojos brillaron de pasión, y apreté fuerte sus manos. ¡Cómo la odiaba y cómo me sentía atraído hacia ella en ese momento! Un sentimiento reforzaba al otro. Aquello se parecía casi a una venganza… Al principio se dibujó en su rostro como perplejidad, como incluso miedo, pero solo por un instante. Ella me abrazó con entusiasmo y ardor.

Nota del autor. à la Napoléon (francés).

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