Canto IX
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Y le respondió el muy astuto Odiseo: «Alcínoo poderoso, el más ilustre de todos los pueblos, es hermoso en verdad escuchar a un aedo como este, que se parece a los dioses por su voz. Pues yo digo que no hay cumplimiento más placentero que cuando la alegría posee a todo el pueblo, y los comensales por toda la casa escuchan al aedo sentados en orden, y junto a ellos las mesas están llenas de pan y de carnes, y el escanciador sacando vino de la crátera lo sirve y lo vierte en las copas.
Esto me parece lo más hermoso en el corazón. Pero tu ánimo se ha inclinado a preguntarme por mis penas dolorosas, para que yo gima aún más lamentándome. ¿Qué te contaré primero, qué al final? Pues muchas penas me dieron los dioses del cielo. Ahora diré mi nombre primero, para que vosotros también lo sepáis, y yo después, habiendo escapado del día implacable, sea vuestro huésped aunque habite una casa lejana. Soy Odiseo hijo de Laertes, conocido entre todos los hombres por mis ardides, y mi fama llega hasta el cielo.
Habito Ítaca, la bien visible: hay en ella un monte, el Nérito de hojas temblorosas, muy notable; y alrededor hay islas en gran número, habitadas muy cerca unas de otras, Duliquio y Same y la boscosa Zacinto. Ella misma yace baja, la más alta en el mar, hacia el poniente, mientras las otras están más lejos hacia el alba y el sol, áspera, pero buena criadora de jóvenes; yo al menos no puedo contemplar nada más dulce que mi propia tierra. A mí me retuvo allí Calipso, divina entre las diosas, en sus cuevas profundas, deseando que fuera su esposo; y del mismo modo Circe me retenía en sus palacios, la engañosa de Eea, deseando que fuera su esposo; pero jamás persuadieron el corazón en mi pecho.
Así nada resulta más dulce que la patria y los padres, aunque uno habite una casa opulenta en tierra extraña, lejos de los padres. Mas vamos, te contaré también mi regreso lleno de penas, que Zeus me impuso al partir de Troya. Desde Ilión el viento me arrastró y me acercó a los cícones, a Ísmaro; allí saqueé la ciudad y los maté. Y de la ciudad tomamos las mujeres y muchos tesoros y los repartimos, para que nadie se me fuera privado de su parte justa.
Entonces yo ordené que huyéramos con pie veloz, pero ellos, muy insensatos, no me obedecieron. Allí se bebió mucho vino, y muchas ovejas degollaron junto a la orilla y bueyes de patas torcidas. Mientras tanto los cícones fueron y llamaron a otros cícones, que eran sus vecinos, más numerosos y mejores, habitantes del interior, que sabían combatir desde los caballos contra los hombres y también, cuando era necesario, a pie. Vinieron entonces, tantos como hojas y flores nacen en su tiempo, al alba; entonces sí se nos presentó el mal destino de Zeus a nosotros, miserables, para que sufriéramos muchos dolores.
Formados combatieron la batalla junto a las naves veloces, y se lanzaban unos a otros con lanzas de bronce. Mientras fue la aurora y crecía el día sagrado, resistimos rechazándolos aunque eran más numerosos; pero cuando el sol se inclinó hacia la hora de desuncir los bueyes, entonces los cícones doblegaron y vencieron a los aqueos. Seis compañeros de buenas grebas de cada nave perecieron; los demás escapamos de la muerte y el destino. Desde allí seguimos navegando con el corazón afligido, contentos de escapar de la muerte, pero habiendo perdido a nuestros queridos compañeros.
Y mis naves de doble proa no avanzaron antes de que cada uno llamara tres veces a los pobres compañeros que murieron en la llanura dominados por los cícones. Contra las naves desató el viento del norte Zeus, el que amontona las nubes, con una tormenta terrible, y cubrió con nubes la tierra y el mar a la vez; y se precipitó la noche desde el cielo. Las naves eran entonces arrastradas de través, y sus velas la fuerza del viento las desgarró en tres y cuatro pedazos.
Y aquellas las metimos en las naves, temiendo la destrucción, y a las naves mismas las remamos con urgencia hacia tierra firme. Allí durante dos noches y dos días sin pausa permanecimos, devorando el ánimo por la fatiga y los dolores. Pero cuando la Aurora de hermosas trenzas cumplió el tercer día, alzamos los mástiles y desplegamos las velas blancas y nos sentamos; y el viento y los timoneles las dirigían. Y habría llegado ileso a mi tierra patria, pero la ola y la corriente al doblar Malea y el viento del norte me desviaron, y me hicieron errar lejos de Citerea.
Desde allí durante nueve días fui llevado por vientos destructores sobre el mar rico en peces; pero al décimo desembarcamos en la tierra de los lotófagos, que comen alimento de flores. Allí en tierra firme bajamos y sacamos agua, y en seguida mis compañeros tomaron la cena junto a las naves veloces. Y después de que probamos la comida y la bebida, entonces envié a unos compañeros para que fueran a averiguar qué hombres eran los que comían pan sobre la tierra, elegí dos varones, y les di un tercero como heraldo.
Ellos fueron enseguida y se mezclaron con los hombres lotófagos; y los lotófagos no maquinaron la destrucción de nuestros compañeros, sino que les dieron a probar el loto. Y el que comía del fruto dulce como la miel del loto, ya no quería volver a dar noticia ni regresar, sino que querían quedarse allí con los hombres lotófagos comiendo loto y olvidarse del regreso. A esos los llevé a las naves llorando, por la fuerza, y en las cóncavas naves los até y arrastré bajo los bancos; y a los demás compañeros fieles ordené
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que se apresuraran a subir a las naves veloces, no fuera que alguno comiera loto y se olvidara del regreso. Ellos enseguida subieron y se sentaron en los bancos, y sentados en fila golpeaban el mar gris con los remos. Desde allí seguimos navegando con el corazón afligido. Y a la tierra de los cíclopes, soberbios y sin ley, llegamos, ellos que confiados en los dioses inmortales no plantan con sus manos ninguna planta ni aran, sino que todo crece sin sembrar y sin arar, trigo y cebada y viñas, que producen vino de ricos racimos, y la lluvia de Zeus las hace crecer.
Para ellos no hay asambleas de consejo ni leyes, sino que habitan las cumbres de las altas montañas en cuevas profundas, y cada uno impone la ley a sus hijos y mujeres, y no se preocupan unos de otros. Hay luego una isla boscosa que se extiende junto al puerto, de la tierra de los cíclopes, ni cerca ni lejos, cubierta de bosques; en ella han nacido innumerables cabras salvajes; pues el paso de los hombres no las ahuyenta, ni las visitan los cazadores, esos que en el bosque sufren penas siguiendo las cumbres de los montes.
No está ocupada por rebaños ni por cultivos, sino que sin sembrar y sin arar todos los días está privada de hombres, y alimenta a las cabras que balan. Pues los cíclopes no tienen naves de mejillas rojas, ni hombres constructores de naves, que pudieran construir naves de buenos bancos, que cumplieran cada uno de los viajes a las ciudades de los hombres, como tantas veces los hombres cruzan el mar en naves unos hacia otros; ellos también les habrían hecho una isla bien construida.
Pues no es mala en verdad, produciría frutos de toda estación; hay allí prados junto a las orillas del mar gris, húmedos y suaves; habría viñas imperecederas; y el arado es fácil; siempre cosecharían abundante grano en cada estación, pues muy fértil es el subsuelo. Y hay un puerto de buen fondeadero, donde no hay necesidad de amarras, ni de echar anclas ni de atar cables de popa, sino que tras varar pueden quedarse un tiempo, hasta que el ánimo de los navegantes los impulse y soplen los vientos.
Y en la cabecera del puerto fluye agua brillante, un manantial bajo una cueva; y álamos crecen alrededor. Allí navegamos, y algún dios nos guiaba por la noche oscura, y no se dejaba ver nada; pues había una niebla profunda alrededor de las naves, y la luna no se mostraba desde el cielo, retenida por las nubes. Entonces nadie vio la isla con los ojos, ni vimos las largas olas que rodaban hacia la tierra, antes de varar las naves de buenos bancos. Y cuando las naves vararon arriamos todas las velas, y bajamos nosotros mismos a la orilla del mar; Allí pasamos la noche esperando a la Aurora divina.
Cuando apareció la Aurora temprana, la de dedos de rosa, recorrimos la isla maravillados, observándola toda. Las Ninfas, hijas de Zeus portador de la égida, levantaron cabras monteses para que mis compañeros tuvieran algo que comer. Enseguida tomamos de las naves los arcos curvos y las largas lanzas y nos dividimos en tres grupos y disparamos; pronto el dios nos concedió caza abundante. Me seguían doce naves, y a cada una le tocaron nueve cabras; a mí solo me apartaron diez. Así todo aquel día hasta la puesta del sol nos quedamos banqueteando, comiendo carne sin medida y bebiendo vino dulce.
Porque todavía no se había agotado el vino rojo de las naves, sino que quedaba: pues cada uno había llenado muchas ánforas cuando saqueamos la ciudad sagrada de los Cícones. Mirábamos hacia la tierra de los Cíclopes, que estaba cerca, y veíamos su humo y oíamos sus voces y las de sus ovejas y cabras. Cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, entonces nos acostamos en la orilla del mar. Cuando apareció la Aurora temprana, la de dedos de rosa, convoqué una asamblea y hablé ante todos: «Los demás quedaos aquí ahora, mis fieles compañeros; pero yo con mi nave y mis propios hombres iré a probar a esos hombres, a ver quiénes son, si son violentos y salvajes e injustos, o si son hospitalarios y tienen mente temerosa de los dioses».
Así hablé y subí a la nave, y ordené a mis compañeros que ellos también embarcaran y soltaran las amarras de popa. Ellos subieron enseguida y se sentaron en los bancos, y sentados en fila golpeaban el mar gris con los remos. Cuando llegamos a aquel lugar que estaba cerca, allí en el extremo vimos una cueva junto al mar, alta, cubierta de laureles; y en ella dormían muchos rebaños, ovejas y cabras; y alrededor había un corral alto, construido con piedras clavadas en tierra y largos pinos y encinas de alto follaje.
Allí pasaba la noche un hombre monstruoso, que apacentaba sus rebaños solo, apartado; y no se juntaba con los otros, sino que vivía separado y conocía solo lo que va contra la ley. Pues era un prodigio monstruoso, y no se parecía a un hombre comedor de pan, sino a un pico boscoso de altas montañas, que aparece solo, separado de los demás. Entonces ordené a los otros, mis fieles compañeros, que se quedaran allí junto a la nave y la custodiaran; pero yo escogiendo a los doce mejores de mis compañeros me puse en marcha; y llevaba un odre de piel de cabra con vino negro, dulce, que me había dado Marón, hijo de Euantes, sacerdote de Apolo, que protegía Ísmaro, porque lo protegimos a él con su hijo y su mujer por respeto; pues vivía en un bosque frondoso
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de Febo Apolo. Y él me dio espléndidos regalos: me dio siete talentos de oro bien trabajado, me dio una crátera toda de plata, y luego además vino que vertió en doce ánforas, dulce, puro, bebida divina; y nadie lo conocía de los sirvientes ni de las criadas en la casa, sino solo él mismo y su esposa querida y una sola despensera. Cuando bebían aquel vino rojo dulce como la miel, llenaba una copa y la vertía en veinte medidas de agua, y se esparcía del cuenco un aroma dulce, maravilloso; entonces no te gustaría abstenerte.
De ese llevaba un gran odre lleno, y también provisiones en un zurrón; pues enseguida mi ánimo intrépido me hizo sospechar que iba a venir un hombre revestido de gran fuerza, salvaje, que no conocía bien ni la justicia ni las leyes. Rápidamente llegamos a la cueva, pero no lo encontramos dentro, sino que pastoreaba su gordo rebaño en el prado. Entramos en la cueva y nos quedamos mirando cada cosa: los cestillos rebosaban de quesos y los corrales estaban atestados de corderos y cabritos; y estaban separados por grupos, cada cual aparte: por un lado los primerizos, por otro los medianos, y por otro lado los recién nacidos; y nadaban en suero todos los recipientes, las cubetas y las escudillas bien hechas con que ordeñaba.
Entonces mis compañeros me suplicaban con palabras que tomara quesos y volviera, y que luego rápidamente lleváramos a la veloz nave los cabritos y corderos sacándolos de los corrales y navegáramos por el agua salada; pero yo no les hice caso —habría sido mucho mejor—, para verlo a él mismo y ver si me daba regalos de hospitalidad. Pero no iba a resultar grato a mis compañeros cuando apareciera. Allí encendimos fuego e hicimos un sacrificio, y nosotros mismos tomamos quesos y comimos, y lo esperamos dentro sentados, hasta que volvió pastoreando.
Traía una carga enorme de leña seca, para que le sirviera de cena. La arrojó dentro de la cueva haciendo un estruendo tremendo; nosotros atemorizados nos echamos atrás hacia el fondo de la cueva. Él metió en la ancha cueva su gordo rebaño, todo el que ordeñaba, pero dejó fuera, delante de la puerta, los carneros y machos cabríos, dentro del profundo corral. Luego colocó como puerta una piedra enorme alzándola en alto, monstruosa; ni veintidós carros buenos de cuatro ruedas la habrían movido del suelo: tan descomunal era la roca que puso como puerta.
Se sentó y ordeñó las ovejas y las cabras baladoras, todo en orden, y puso la cría debajo de cada una. Enseguida cuajó la mitad de la leche blanca y la juntó en cestillos trenzados y la guardó, y la otra mitad la dejó en vasijas para que pudiera tomarla cuando quisiera y le sirviera de cena. Cuando terminó de hacer apresuradamente sus tareas, entonces encendió fuego y nos vio, y nos preguntó: «Extranjeros, ¿quiénes sois? ¿De dónde navegáis por los húmedos caminos? ¿Vais por algún negocio o andáis errantes al azar como piratas por el mar, que van de un lado a otro arriesgando sus vidas, llevando el mal a gentes extrañas?»
Así habló, y a nosotros se nos quebró el corazón atemorizados por su voz grave y por él mismo, el monstruo. Pero aun así le respondí contestándole con palabras: «Nosotros somos aqueos desviados de Troya por toda clase de vientos sobre el gran abismo del mar, queriendo ir a casa, pero por otro camino, por otras rutas hemos venido; así quiso Zeus tramarlo, supongo. Y nos declaramos hombres de Agamenón el Atrida, cuya fama ahora es la más grande bajo el cielo; pues destruyó una ciudad tan grande y aniquiló pueblos numerosos.
Nosotros ahora llegando a tus rodillas venimos, por si nos dieras algún regalo de hospitalidad o de cualquier otro modo nos hicieras un don, como es costumbre con los huéspedes. Respeta, buen hombre, a los dioses; somos tus suplicantes. Zeus es protector de suplicantes y huéspedes, el hospitalario, que acompaña a los huéspedes venerables». Así hablé, y él me respondió enseguida con corazón despiadado: «Eres un ingenuo, extranjero, o vienes de muy lejos, tú que me ordenas temer o evitar a los dioses. Pues los Cíclopes no se preocupan de Zeus portador de la égida ni de los dioses bienaventurados, porque somos mucho más fuertes; y yo no me abstendría de hacerte daño por evitar la enemistad de Zeus, ni a ti ni a tus compañeros, a menos que mi ánimo me lo ordenara.
Pero dime, ¿dónde dejaste tu bien construida nave al venir, en algún extremo de la costa o cerca, para que yo lo sepa?» Así habló probándome, pero a mí no me engañó, que sabía muchas cosas, sino que le respondí con palabras engañosas: «Mi nave me la destrozó Poseidón que sacude la tierra, arrojándola contra las rocas en los confines de vuestra tierra, empujándola contra un cabo; el viento la trajo desde el mar; pero yo con estos escapé de la muerte escarpada». Así hablé, pero él no me respondió nada con su corazón despiadado, sino que saltando echó las manos sobre mis compañeros, agarró a dos y como a cachorros los estrelló contra el suelo; los sesos fluyeron por tierra y mojaron el suelo.
Los descuartizó miembro a miembro y se preparó la cena; comía como un león criado en los montes, y no dejaba nada, ni las entrañas ni las carnes ni los huesos llenos de médula. Nosotros llorando alzamos las manos a Zeus, viendo aquellas acciones atroces; la impotencia se apoderó de nuestro ánimo. Cuando el Cíclope llenó su enorme vientre comiendo carne humana y bebiendo encima leche sin mezclar, se tendió dentro de la cueva, estirándose entre las ovejas. Yo reflexioné en mi corazón magnánimo acercarme, sacar la espada afilada de mi muslo,
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heridas en el pecho, donde las entrañas guardan el hígado, llevándome la mano; pero otro impulso me contuvo. Pues allí mismo también nosotros habríamos perecido con muerte abrupta; no habríamos podido con las manos apartar de la puerta la enorme piedra que él había colocado. Así, pues, gimiendo esperamos a la Aurora divina. Y cuando apareció la Aurora nacida temprano, de dedos rosados, entonces encendió fuego y ordeñó los magníficos rebaños, todos en orden, y bajo cada una puso su cría. Y cuando se apresuró a terminar todas sus tareas, de nuevo agarró a dos de un golpe y se preparó el desayuno.
Después de desayunar sacó de la cueva los gordos rebaños, quitando con facilidad la enorme puerta; luego la volvió a colocar, como quien pone la tapa a un carcaj. Con gran silbido el Cíclope volvió hacia el monte los gordos rebaños; pero yo me quedé tramando males, a ver si de algún modo me vengaba, y Atenea me concediera gloria. Y este plan me pareció el mejor en mi ánimo: junto al redil yacía el gran garrote del Cíclope, de olivo verde; lo había cortado para llevarlo cuando se secara.
Al verlo nosotros lo comparábamos con el mástil de una nave negra de veinte remos, de una nave de carga ancha, que atraviesa el gran abismo; tal era su longitud, tal su grosor a la vista. Yo, acercándome, corté de él un trozo de una braza y lo puse junto a mis compañeros, y les ordené que lo pulieran; ellos lo dejaron liso; y yo, de pie junto a ellos, afilé la punta, y enseguida la puse al rojo en el fuego ardiente. Y lo escondí bien bajo el estiércol, que estaba esparcido abundantemente por toda la cueva; y a los demás ordené echar a suertes quién se atrevería conmigo a levantar el palo y clavarlo en el ojo, cuando le llegara el dulce sueño.
Salieron los que yo mismo habría querido elegir, cuatro, y yo fui escogido el quinto entre ellos. Al atardecer volvió pastoreando los rebaños de hermoso pelo; enseguida llevó dentro de la amplia cueva los gordos rebaños, todos sin excepción, sin dejar ninguno fuera en el profundo corral, fuera sospechando algo, o porque así se lo ordenara algún dios. Luego colocó la enorme puerta alzándola en alto; y sentándose ordeñó las ovejas y las cabras balantes, todas en orden, y bajo cada una puso su cría.
Y cuando se apresuró a terminar todas sus tareas, de nuevo agarró a dos de un golpe y se preparó la cena. Y entonces yo me dirigí al Cíclope acercándome, sosteniendo en las manos una copa de vino oscuro: «Cíclope, toma, bebe vino, ya que has comido carne humana, para que sepas qué bebida guardaba nuestra nave en su interior; te la traía como ofrenda, por si compadeciéndote me enviaras a casa; pero tú deliras sin límite ya. Brutal, ¿cómo va a venir a visitarte en el futuro algún otro de los muchos hombres?
Pues no has obrado como es debido.» Así hablé, y él la tomó y bebió; y le gustó terriblemente la dulce bebida, y me pidió más por segunda vez: «Dame más de buen grado y dime tu nombre ahora mismo, para darte un presente de hospitalidad, del que te alegres. Pues también a los cíclopes la tierra nutricia les da vino de gruesos racimos, y la lluvia de Zeus lo hace crecer; pero esto es un flujo de ambrosía y néctar.» Así habló; y yo de nuevo le ofrecí vino resplandeciente.
Tres veces se lo llevé, tres veces bebió neciamente. Y cuando el vino envolvió la mente del Cíclope, entonces le hablé con palabras melosas: «Cíclope, me preguntas mi nombre ilustre; pues bien, yo te lo diré; pero tú dame el regalo de hospitalidad, como prometiste. Nadie es mi nombre; Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos los demás compañeros.» Así dije, y él me respondió enseguida con ánimo cruel: «A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros, y a los demás antes; ese será tu regalo de hospitalidad.»
Dijo, y recostándose cayó boca arriba, y luego yacía con su grueso cuello doblado, y el sueño lo venció, el que todo lo doma; de su garganta brotaban vino y trozos de carne humana; eructaba cargado de vino. Y entonces yo hundí el palo bajo la mucha ceniza, hasta que se calentara; y a todos los compañeros animé con palabras, no fuera que alguno me abandonara por miedo. Pero cuando el palo de olivo en el fuego estaba a punto de arder, aunque verde, y resplandecía terriblemente, entonces yo lo saqué del fuego, y alrededor mis compañeros se colocaron; y un dios les infundió gran valor.
Ellos tomando el palo de olivo, afilado en la punta, lo clavaron en el ojo; y yo desde arriba apoyándome lo hacía girar, como cuando un hombre taladra con un berbiquí la madera de una nave y otros abajo lo hacen girar tirando de una correa agarrada por ambos lados, y aquello gira sin parar; así nosotros tomando el palo ardiente en su ojo lo hacíamos girar, y la sangre fluía caliente alrededor. Y el vapor le quemó todo alrededor los párpados y las cejas de la pupila al arder; y sus raíces crepitaban con el fuego.
Como cuando un herrero sumerge un hacha grande o un azadón en agua fría y resuena fuertemente para templarlo; pues eso es lo que da fuerza al hierro; así su ojo silbaba alrededor del palo de olivo. Rugió espantosamente y resonó la roca alrededor, y nosotros aterrados retrocedimos de un salto. Y él el palo se lo arrancó del ojo empapado en mucha sangre. Y luego lo arrojó lejos de sí con sus manos enloquecidas, y llamó a gritos a los cíclopes, que alrededor de él habitaban en cuevas por las cumbres ventosas.
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Ellos oyendo el grito acudieron de todas partes, y de pie alrededor de la cueva preguntaron qué le afligía: «¿Por qué tan afligido, Polifemo, así has gritado en la noche inmortal y nos dejas sin sueño? ¿Acaso algún mortal te roba las ovejas contra tu voluntad? ¿O acaso alguien te mata a ti mismo con engaño o con violencia?» Y desde dentro de la cueva les respondió el fuerte Polifemo: «Amigos, Nadie me mata con engaño, no con violencia.» Y ellos respondiendo dijeron palabras aladas: «Si entonces nadie te hace violencia estando solo, la enfermedad no hay forma de esquivarla cuando viene del gran Zeus, así que tú ruega a tu padre el señor Poseidón.»
Así dijeron al irse, y mi corazón se rió, de cómo mi nombre y mi ingeniosa astucia los había engañado. Pero el Cíclope gimiendo y retorciéndose de dolores, tanteando con las manos, apartó la piedra de la puerta, y él mismo se sentó en la entrada extendiendo los brazos, por si acaso agarraba a alguno que saliera junto con las ovejas; pues esperaba en su mente que yo fuera tan tonto. Pero yo cavilaba cómo sería mejor, si pudiera encontrar alguna liberación de la muerte para mis compañeros y para mí mismo; y tramaba todo tipo de engaños y astucias, como por la vida; pues grande era el peligro que se acercaba.
Y este plan me pareció el mejor en mi ánimo: había carneros machos bien alimentados, de espeso vellón, hermosos y grandes, con lana de color violeta oscuro; a estos en silencio los até con mimbres bien trenzados, con los que dormía el Cíclope monstruo, conocedor de acciones impías, de tres en tres: el del medio llevaba un hombre, y los otros dos iban a cada lado salvando a los compañeros. Tres carneros llevaban a cada hombre; pero en cuanto a mí, —pues había un morueco, el mejor de todos los rebaños—, agarrándome a su espalda, deslizándome bajo su vientre lanudo yacía; y con las manos a su vellón maravilloso sin cesar aferrado me agarraba con ánimo paciente.
Así, pues, gimiendo esperamos a la Aurora divina. Y cuando apareció la Aurora nacida temprano, de dedos rosados, entonces los machos salieron corriendo a pastar, y las hembras balaban sin ordeñar por los corrales; pues sus ubres estaban a punto de reventar. Y el amo con crueles dolores atormentado palpaba los lomos de todas las ovejas que estaban de pie; pero el tonto no se dio cuenta de que bajo el pecho de los lanudos carneros estaban atados. El último de los rebaños salió hacia la puerta el morueco, cargado con la lana y conmigo pensando en muchas cosas.
Y palpándolo le habló el fuerte Polifemo: «Querido morueco, ¿por qué así a través de la cueva entre los rebaños sales el último? Nunca antes te quedabas rezagado con las ovejas, sino que muy el primero pacías las tiernas flores de la hierba a grandes zancadas, y el primero llegabas a las corrientes de los ríos, Antes eres el primero en volver ansioso al establo al atardecer, ahora el último. ¿Acaso extrañas el ojo de tu amo? Un hombre despreciable me lo arrancó con sus miserables compañeros, después de dominarme el juicio con vino, Nadie, que todavía no creo que haya escapado a la muerte.
Si tú pensaras como yo y pudieras hablar para decir dónde ese se escabulle de mi furia, sus sesos saltarían por toda la cueva de un lado a otro cuando lo golpeara contra el suelo, y mi corazón se aliviaría de los males que me trajo ese insignificante Nadie.» Así dijo, y soltó al carnero fuera de sí. Cuando nos alejamos un poco de la cueva y el corral, primero me solté yo de debajo del carnero, y después liberé a mis compañeros. Rápidamente a esas ovejas de patas finas, gordas de grasa, muchas veces volteándolas las arreamos, hasta que a la nave llegamos; y bienvenidos aparecimos a nuestros queridos compañeros, los que habíamos escapado a la muerte; a los otros los lloraban gimiendo.
Pero yo no lo permití, y con las cejas les hice señas a cada uno de no llorar; más bien ordené que las ovejas de hermoso pelo muchas las echaran en la nave y navegáramos el agua salada. Ellos enseguida subieron y se sentaron en los bancos de remos; y sentados en fila golpeaban el mar gris con los remos. Pero cuando estábamos tan lejos como llega el grito de un hombre, entonces yo me dirigí al Cíclope con palabras burlescas: «Cíclope, no estabas destinado a devorar en tu cóncava cueva a los compañeros de un hombre débil con tu poderosa fuerza.
De verdad te iban a alcanzar tus malas acciones, desgraciado, porque no respetaste a tus huéspedes en tu casa al devorarlos; por eso Zeus te castigó y los demás dioses.» Así hablé, y él entonces se enfureció aún más en su corazón; arrancó la cima de una gran montaña y la arrojó delante de la nave de proa azul oscuro, un poco, faltó poco para que alcanzara el extremo del timón. El mar se agitó al caer la roca; la ola que refluía llevó la nave de vuelta hacia tierra, una ola enorme desde el mar, y estuvo a punto de alcanzar tierra firme.
Pero yo tomando con las manos una pértiga muy larga la empujé hacia afuera; y urgiendo a mis compañeros ordené que se echaran sobre los remos para escapar del desastre, asintiendo con la cabeza; y ellos inclinándose remaron. Pero cuando habíamos avanzado el doble de distancia por el mar, entonces de nuevo me dirigí al Cíclope; y mis compañeros con palabras suaves me contenían de aquí y de allá: «Temerario, ¿por qué quieres provocar a un hombre salvaje? Que ahora mismo arrojando un proyectil al mar trajo la nave de vuelta a tierra, y ya creíamos morir allí mismo.
Si escucha que alguien dice algo o habla, nos aplastaría las cabezas y los maderos de la nave arrojando una roca dentada; tan lejos lanza.» Así hablaban, pero no persuadieron a mi corazón de ánimo grande,
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sino que de nuevo le hablé con corazón enfurecido: «Cíclope, si alguno de los hombres mortales te pregunta sobre la vergonzosa ceguera de tu ojo, di que Odiseo destructor de ciudades te lo arrancó, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca.» Así hablé, y él gimiendo me respondió con estas palabras: «Ay de mí, en verdad me han alcanzado los antiguos oráculos. Hubo aquí un adivino, hombre noble y grande, Télemo hijo de Eurímides, que sobresalía en el arte adivinatoria y envejeció profetizando entre los Cíclopes; él me dijo que todo esto se cumpliría en el futuro, que perdería la vista a manos de Odiseo.
Pero yo siempre esperaba que un hombre grande y hermoso vendría aquí, revestido de gran fuerza; ahora en cambio siendo pequeño e insignificante y débil me cegó el ojo, después de domarme con vino. Pero ven aquí, Odiseo, para que te ofrezca los dones de hospitalidad, y le pida al ilustre sacudidor de tierra que te dé escolta; pues yo soy su hijo, y él se declara mi padre. Él mismo, si quiere, me curará, y ningún otro ni de los dioses bienaventurados ni de los hombres mortales.»
Así habló, pero yo respondiéndole le dije: «Ojalá pudiera privarte de la vida y el aliento y enviarte a la casa de Hades, así ni el sacudidor de tierra te curaría el ojo.» Así hablé, y él entonces oró al señor Poseidón extendiendo las manos hacia el cielo estrellado: «Escucha, Poseidón que sostienes la tierra, de cabellera azul oscura: si de verdad soy tuyo, y te declaras mi padre, concede que Odiseo destructor de ciudades no llegue a casa, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca.
Pero si es su destino ver a los suyos y llegar a su casa bien construida y a su tierra patria, que llegue tarde y mal, habiendo perdido a todos sus compañeros, en nave ajena, y que encuentre sufrimientos en su casa.» Así habló orando, y lo escuchó el de cabellera azul oscura. Y él levantando de nuevo una roca mucho mayor la lanzó haciéndola girar, y le puso una fuerza inmensa; y la arrojó detrás de la nave de proa azul oscura, un poco, faltó poco para que alcanzara el extremo del timón.
El mar se agitó al caer la roca; la ola llevó la nave hacia adelante, y la impulsó hasta alcanzar tierra firme. Pero cuando llegamos a la isla, donde las otras naves de buenos bancos esperaban juntas, y alrededor los compañeros estaban sentados lamentándose, esperándonos siempre, allí llegando varamos la nave en la arena, y nosotros mismos bajamos a la orilla del mar. Las ovejas del Cíclope sacándolas de la cóncava nave las repartimos, para que nadie se fuera privado de su parte igual. Pero el carnero a mí solo mis compañeros de buenas grebas al repartir las ovejas me lo dieron aparte; y yo en la playa a Zeus de nubes oscuras, hijo de Cronos, que gobierna a todos, lo sacrifiqué y quemé los muslos; pero él no atendió a las ofrendas, sino que meditaba cómo destruir todas las naves de buenos bancos y mis leales compañeros.
Así entonces todo el día hasta la puesta del sol estuvimos banqueteando con abundante carne y dulce vino; y cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, entonces nos acostamos en la orilla del mar. Y cuando apareció la Aurora de dedos de rosa nacida temprano, entonces yo urgiendo a mis compañeros ordené que subieran ellos mismos y soltaran las amarras de popa. Ellos enseguida subieron y se sentaron en los bancos de remos, y sentados en fila golpeaban el mar gris con los remos. De allí navegamos más adelante con el corazón afligido, contentos de escapar de la muerte, habiendo perdido a nuestros queridos compañeros.
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