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Canto XII

La Odisea · Homero · 21 min de lectura

Parte1versos 1-100

Cuando la nave dejó atrás la corriente del Océano y llegó a la ola del mar de anchos caminos y a la isla de Eea, donde están la morada y los coros de la Aurora de dedos tempranos y los nacimientos del Sol, allí encallamos la nave en las arenas y nosotros mismos bajamos a la orilla del mar; allí, cayendo rendidos, aguardamos a la Aurora divina. Cuando apareció la Aurora temprana de dedos rosados, entonces envié a mis compañeros a la casa de Circe a traer el cadáver de Elpénor, que había muerto.

Cortamos rápidamente troncos donde más sobresalía el promontorio y lo enterramos afligidos, derramando lágrimas abundantes. Y cuando el cadáver y las armas del muerto fueron consumidos, levantamos un túmulo y, arrastrando una estela, clavamos en lo alto del túmulo su remo bien labrado. Nosotros cumplimos cada cosa; pero a Circe no se le ocultó que habíamos venido del Hades, sino que muy pronto vino ataviada; y con ella sus esclavas traían pan y carnes abundantes y vino rojo resplandeciente. Y la divina entre las diosas se detuvo en medio y habló: «Temerarios, que habéis descendido vivos a la casa de Hades, dos veces mortales, cuando los demás hombres mueren una sola vez.

Pero vamos, comed alimento y bebed vino aquí todo el día; y al aparecer la aurora zarparéis; yo os mostraré el camino y os señalaré cada cosa, para que por alguna maquinación dolorosa no sufráis pena y dolor en el mar o en tierra.» Así habló, y nuestro corazón valeroso se dejó persuadir. Así entonces todo el día hasta la puesta del sol estuvimos sentados banqueteando con carnes abundantes y vino dulce; pero cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, ellos se acostaron junto a las amarras de la nave, pero ella, tomándome de la mano lejos de mis queridos compañeros, me hizo sentar y se recostó y me preguntó cada cosa; y yo le conté todo en orden.

Y entonces me habló con palabras la soberana Circe: «Así pues todas estas cosas se han cumplido, pero tú escucha lo que voy a decirte, y un dios mismo te lo recordará. Primero llegarás a las Sirenas, que encantan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien sin saberlo se aproxima y escucha la voz de las Sirenas, ya no se le acercan su mujer y sus hijos pequeños en casa cuando regresa ni se alegran por él, sino que las Sirenas lo hechizan con su canto armonioso, sentadas en un prado; y en torno hay un gran montón de huesos de hombres putrefactos, y la piel se les consume encima.

Pasa de largo, y unta los oídos de tus compañeros con cera blanda amasada, para que ninguno de ellos escuche; pero tú mismo, si quieres oír, que te aten en la nave veloz de pies y manos erguido junto al mástil, y que las cuerdas se sujeten a él, para que puedas deleitarte oyendo la voz de las Sirenas. Y si suplicas a los compañeros y les ordenas que te desaten, que ellos entonces te aten con aún más ligaduras. Y cuando tus compañeros las hayan dejado atrás, entonces ya no te diré en detalle cuál de los dos caminos será el tuyo, sino que tú mismo deberás decidirlo en tu ánimo; pero te hablaré de ambos.

Por un lado hay rocas enhiestas, y contra ellas brama la gran ola de Anfítrite de ojos oscuros; los dioses bienaventurados las llaman las Rocas Errantes. Por allí ni siquiera las aves voladoras pasan, ni las palomas tímidas que llevan la ambrosía al padre Zeus, sino que siempre la roca lisa arrebata a una de ellas; pero el padre envía otra para completar el número. Por allí ninguna nave de hombres ha escapado jamás, de las que llegaron, sino que juntos, los tablones de las naves y los cuerpos de los hombres los arrastran las olas del mar y las tormentas de fuego destructor.

Solo aquella nave navegante pasó por allí, Argo famosa para todos, cuando navegaba desde donde Eetes; y también a ella pronto la habría arrojado contra las grandes rocas, pero Hera la hizo pasar, porque Jasón le era querido. Los otros dos peñascos: uno llega al ancho cielo con su cima aguda, y una nube lo rodea oscura; nunca se disipa, ni jamás el cielo despejado deja ver su cumbre, ni en verano ni en otoño. Ningún hombre mortal podría escalarlo o llegar a la cima, ni aunque tuviera veinte manos y veinte pies; pues la roca es lisa, como si estuviera pulida en torno.

A media altura del peñasco hay una cueva sombría, vuelta hacia el poniente, hacia el Érebo, por donde precisamente vosotros dirigiréis la nave cóncava, ilustre Odiseo. Ni un hombre joven desde la nave cóncava podría alcanzar con una flecha la cueva hueca, disparando un arco. Allí dentro habita Escila, ladrando terriblemente. Su voz es como la de un cachorro recién nacido, pero ella misma es un monstruo maligno; nadie se alegraría viéndola, ni aunque fuera un dios quien se encontrara con ella. Tiene doce pies, todos deformes, y seis cuellos larguísimos, y en cada uno una cabeza espantosa, y en ellas tres hileras de dientes, apretados y numerosos, llenos de negra muerte.

Hasta la mitad está hundida en la cueva hueca, pero asoma las cabezas fuera del horrible abismo; y allí pesca, tanteando en torno al peñasco, delfines y perros de mar y si acaso captura algo mayor, un monstruo de los miles que cría la resonante Anfítrite. Jamás los marineros se jactan de haber pasado sin daño con su nave; pues con cada una de sus cabezas arrebata un hombre de la nave de proa azul oscuro.

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El otro peñasco lo verás más bajo, Odiseo, cerca uno del otro; y podrías lanzar una flecha de un lado al otro. En él hay una gran higuera, florecida de hojas; y debajo la divina Caribdis sorbe el agua negra. Tres veces al día la vomita, y tres veces la sorbe, terrible; que no estés tú allí cuando la sorba; pues ni el que sacude la tierra te salvaría del mal. Antes bien, muy pegado al peñasco de Escila pasa rápidamente la nave, ya que es mucho mejor echar de menos a seis compañeros en la nave que a todos juntos.»

Así habló, y yo consternado le respondí: «Vamos, dime esto, diosa, con verdad, si de algún modo pudiera escapar de la funesta Caribdis y defenderme de la otra, cuando dañe a mis compañeros.» Así dije, y enseguida me respondió la divina entre las diosas: «Temerario, otra vez te preocupan las obras de guerra y el esfuerzo, y no cederás ante los dioses inmortales? Ella no es mortal, sino un mal inmortal, terrible y penosa y feroz y no hay modo de luchar con ella; no hay defensa posible; lo mejor es huir de ella.

Pues si te demoras poniéndote las armas junto a la roca, temo que lanzándose de nuevo te alcance con tantas cabezas y se lleve a tantos hombres. Pasa con mucha rapidez, e invoca a Crataís, madre de Escila, que la parió como azote de los mortales; ella entonces la detendrá para que no se lance de nuevo. Llegarás a la isla Trinacia; allí pastan numerosas vacas del Sol y robustas ovejas. Siete rebaños de vacas, y otros tantos hermosos rebaños de ovejas, cincuenta en cada uno.

No se reproducen ni jamás disminuyen. Y las diosas que las pastorean son ninfas de hermosas trenzas, Faetusa y Lampecia, que parió para Helios Hiperión la divina Neera. A ellas, después de criarlas y parirlas, la venerable madre las estableció en la isla Trinacia a vivir lejos, para que cuidaran las ovejas paternas y las vacas de cuernos retorcidos. Si las dejas ilesas y te preocupas del regreso, aún podríais llegar a Ítaca, aunque sufriendo males; pero si las dañas, entonces te auguro destrucción para la nave y los compañeros.

Y tú, aunque escapes, volverás tarde y mal, habiendo perdido a todos los compañeros.» Así habló, e inmediatamente llegó la Aurora de trono de oro. Entonces ella se fue a través de la isla, la divina entre las diosas; y yo, yendo hacia la nave, insté a los compañeros a embarcarse ellos mismos y soltar las amarras de popa. Ellos enseguida embarcaron y se sentaron en los bancos, y sentados en fila golpeaban el mar blanquecino con los remos. Y a nosotros, detrás de la nave de proa azul oscuro, nos envió un viento favorable que hinchaba las velas, buen compañero, Circe de hermosas trenzas, diosa temible de voz humana.

Al punto, tras trabajar cada pertrechos en la nave, nos sentamos; y el viento y el timonel la guiaban. Entonces yo hablé a mis compañeros, con el corazón angustiado: «Amigos, no es justo que solo uno o dos conozcan los oráculos que me reveló Circe, divina entre diosas; yo os los diré, para que o muramos sabiendo o esquivemos la muerte y el destino y escapemos. Primero nos ordena evitar la voz de las Sirenas de canto divino y su pradera florida. Solo a mí me ordenó escuchar su voz; pero atadme con lazos duros, para que permanezca firme allí, erguido junto al mástil, y que de él cuelguen las cuerdas.

Y si os suplico y os ordeno que me desatéis, vosotros apretadme entonces con más amarras.» Así yo iba explicando cada cosa a mis compañeros; mientras tanto llegaba veloz la nave bien construida a la isla de las Sirenas; pues nos empujaba un viento favorable. Justo entonces el viento cesó y hubo calma, un silencio sin brisa, y algún dios adormeció las olas. Levantándose, mis compañeros recogieron las velas de la nave, las depositaron en la cóncava nave, y luego sobre los remos se sentaron y blanqueaban el agua con pulidos abetos.

Pero yo con bronce afilado corté un gran disco de cera en pedazos pequeños y los apreté con mis fuertes manos; pronto se ablandó la cera, pues la forzaba el gran poder del sol y el resplandor del señor Hiperión; y uno por uno unté los oídos de todos mis compañeros. Ellos en la nave me ataron las manos y los pies juntos, erguido junto al mástil, y de él ataron las cuerdas; luego ellos mismos, sentados, golpeaban el mar gris con los remos. Pero cuando estuvimos a la distancia que alcanza un grito, navegando rápido, no les pasó inadvertida nuestra veloz nave acercándose, y entonaron su canto armonioso: «Ven aquí, célebre Odiseo, gran gloria de los aqueos, detén tu nave para que escuches nuestra voz.

Pues nadie ha pasado nunca por aquí en su negra nave sin antes escuchar la voz dulce como miel de nuestras bocas, sino que se marcha complacido y sabiendo más cosas. Pues conocemos todo lo que en la vasta Troya argivos y troyanos sufrieron por voluntad de los dioses, y sabemos cuanto sucede en la tierra nutricia.» Así hablaban, lanzando su hermosa voz; y mi corazón quería escuchar, y ordené a mis compañeros que me desataran haciéndoles señas con las cejas; pero ellos se inclinaron y remaron.

Al instante, levantándose Perimedes y Euríloco, me ataron con más lazos y me apretaron más aún. Pero cuando las dejamos atrás y ya no escuchábamos la voz de las Sirenas ni su canto, rápidamente mis leales compañeros se quitaron la cera que yo había untado en sus oídos, y me desataron de las amarras.

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Pero cuando dejamos aquella isla, enseguida vi humo y una ola enorme y oí un estruendo. Aterrorizados, los remos volaron de sus manos, retumbaron todos río abajo; y allí mismo se detuvo la nave, pues ya no impulsaban los remos con sus manos. Pero yo recorriendo la nave animé a mis compañeros con palabras suaves, a cada hombre de pie junto a él: «Amigos, no somos inexpertos en desgracias; este mal no es mayor que cuando el Cíclope nos encerró en su cóncava cueva con su fuerza brutal; pero aun de allí escapamos por mi valor, consejo e inteligencia, y creo que también de esto nos acordaremos algún día.

Ahora vamos, como yo diga, obedezcamos todos. Vosotros con los remos golpead el oleaje profundo del mar, sentados en los bancos, por si acaso Zeus nos concede escapar y evitar esta destrucción; y a ti, timonel, te ordeno esto: grábatelo en el corazón, ya que manejas el timón de la cóncava nave: mantén la nave lejos de este humo y oleaje, y apunta hacia la roca, no sea que sin que te des cuenta se lance hacia allá y nos arroje a la desgracia.» Así hablé, y ellos pronto obedecieron mis palabras.

Pero de Escila no les hablé, mal inevitable, no fuera que aterrorizados mis compañeros dejaran de remar y se encerraran dentro de la nave. Y entonces olvidé la dura advertencia de Circe, pues no me ordenaba armarme; pero yo, poniéndome mi brillante armadura y tomando dos largas lanzas en mis manos, subí a la cubierta de proa de la nave; pues esperaba que desde allí apareciera primero Escila de la roca, que traería desgracia a mis compañeros. Pero no pude divisarla en ninguna parte; y se me cansaron los ojos escrutando por todas partes hacia la brumosa roca.

Navegábamos por el estrecho paso gimiendo; pues de un lado estaba Escila, y del otro la divina Caribdis sorbía terriblemente el agua salada del mar. Cuando la vomitaba, como caldero sobre mucho fuego, toda ella hervía agitada; y la espuma por lo alto caía sobre las cimas de ambas rocas. Pero cuando tragaba el agua salada del mar, toda ella por dentro se veía revuelta, y alrededor la roca rugía terriblemente, y abajo aparecía la tierra con arena oscura; y a ellos los tomó el verde terror.

Mirábamos hacia allí, temiendo la destrucción; mientras tanto Escila de la cóncava nave arrebató a mis compañeros, los seis que por fuerza de manos y vigor eran los mejores. Mirando hacia la veloz nave y hacia mis compañeros, ya advertí sus pies y manos por encima alzándose en el aire; y me gritaban llamándome por mi nombre, aquella vez la última, con el corazón angustiado. Como cuando un pescador en un promontorio con una larga caña, echando carnada engañosa a los peces pequeños, lanza al mar el cuerno de un buey campesino, y luego, tomándolos mientras se agitan, los arroja afuera, así ellos eran alzados agitándose hacia las rocas.

Y allí en su entrada los devoraba mientras gritaban, tendiendo las manos hacia mí en su terrible agonía. Eso fue lo más lastimoso que vi con mis ojos de todo lo que padecí explorando los caminos del mar. Pero cuando escapamos de las rocas y de la terrible Caribdis y de Escila, enseguida llegamos a la isla intachable del dios; allí estaban las hermosas vacas de ancha frente y muchos gordos rebaños de Hiperión el Sol. Entonces yo, todavía en el mar en mi negra nave, oí el mugido de vacas que se recogían en el establo y el balido de ovejas; y me vino a la memoria la palabra del adivino ciego, el tebano Tiresias, y de Circe de Ea, que mucho me había advertido que evitara la isla del Sol que alegra a los mortales.

Entonces hablé a mis compañeros con el corazón angustiado: «Escuchad mis palabras, aunque sufrís males, compañeros, para que os diga los oráculos de Tiresias y de Circe de Ea, que mucho me advirtió que evitara la isla del Sol que alegra a los mortales; pues dijo que allí nos esperaba el mal más terrible. Así que llevad la negra nave más allá de la isla.» Así hablé, y se les quebró el corazón. Al instante Euríloco me respondió con palabras hostiles: «Eres cruel, Odiseo, tu fuerza es excesiva, y tus miembros no se cansan; seguro que todo en ti es de hierro, tú que no dejas que tus compañeros, exhaustos de fatiga y sueño, pisen tierra firme, donde podríamos de nuevo en la isla rodeada de agua preparar una rica cena, sino que así nos ordenas vagar por la rápida noche, apartados de la isla, por el mar brumoso.

De la noche nacen vientos terribles, destructores de naves; ¿cómo podría uno escapar de la abrupta destrucción si de pronto llegara una tempestad de viento, ya sea de Noto o del violento Céfiro, que sobre todo destrozan naves, contra la voluntad de los dioses señores? Mejor obedezcamos ahora a la negra noche y preparemos la cena junto a la veloz nave; al amanecer subiremos y navegaremos por el ancho mar.» Así habló Euríloco, y los demás compañeros lo aprobaron. Y entonces supe que algún dios tramaba desgracias, y dirigiéndome a él le hablé con palabras aladas: «Euríloco, de veras me forzáis, estando yo solo. Pero vamos ahora, juradme todos un juramento solemne: si encontramos alguna manada de vacas o gran rebaño de ovejas, que nadie con perversa insensatez

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o una vaca o alguna oveja: permanezcan tranquilos comiendo los alimentos que la inmortal Circe les dio.» Así hablé, y ellos juraron enseguida como les ordenaba. Y después que juraron y completaron el juramento, anclamos la nave bien construida en un puerto cóncavo cerca del agua dulce, y mis compañeros desembarcaron de la nave, y luego prepararon la cena con habilidad. Y después que saciaron el deseo de bebida y comida, se pusieron a recordar y lloraron por sus queridos compañeros, a los que Escila devoró sacándolos de la cóncava nave: y a ellos llorando les sobrevino el dulce sueño.

Cuando ya la noche llegaba a su tercera parte y las estrellas se habían movido, Zeus amontonador de nubes levantó un viento feroz con un torbellino tremendo, y con nubes cubrió tierra y mar a la vez: y se desató la noche desde el cielo. Y cuando apareció la que nace temprano, Eos de dedos rosados, amarramos la nave tirándola dentro de una cueva hueca: allí estaban los hermosos coros de las Ninfas y sus asientos. Y entonces yo convoqué una asamblea y hablé entre todos: «Amigos, en la rápida nave hay comida y bebida, abstengámonos pues de las vacas, no sea que suframos algo: porque de un dios temible son estas vacas y gruesas ovejas, de Helios, que todo lo ve y todo lo oye.»

Así hablé, y su ánimo valeroso se dejó persuadir. Durante un mes entero sopló incesante el Noto, y ningún otro viento se levantó luego, solo el Euro y el Noto. Mientras tuvieron pan y vino rojo, se mantuvieron alejados de las vacas deseando vivir: pero cuando ya se agotaron todas las provisiones de la nave, y salían de caza vagando por necesidad, peces, pájaros, cualquier cosa que cayera en sus manos, con anzuelos curvos: y el hambre les torturaba el estómago: entonces yo me alejé por la isla, para que a los dioses rogara, por si alguno me mostraba el camino de regreso.

Y cuando atravesando la isla me alejé de los compañeros, me lavé las manos donde había un refugio del viento, y recé a todos los dioses que habitan el Olimpo: pero ellos derramaron dulce sueño sobre mis párpados. Y Euríloco empezó a dar un mal consejo a los compañeros: «Escuchad mis palabras, compañeros aunque sufrís desgracias: todas las muertes son odiosas para los miserables mortales, pero morir de hambre es lo más lamentable y encontrar así el destino. Vamos pues, llevémonos las mejores vacas de Helios y haremos sacrificios a los inmortales que tienen el amplio cielo.

Y si llegamos a Ítaca, nuestra tierra patria, enseguida a Helios Hiperión un templo espléndido construiremos, y pondremos en él ofrendas muchas y hermosas. Pero si encolerizado por sus vacas de erguidos cuernos quiere destruir la nave, y lo siguen los otros dioses, prefiero de una vez tragado por una ola perder la vida que consumirme lentamente aquí en una isla desierta.» Así habló Euríloco, y los otros compañeros lo aprobaron. Y enseguida se llevaron las mejores vacas de Helios cerca —pues no lejos de la nave de azul proa pastaban las hermosas vacas retorcidas, de anchas frentes—: se pusieron alrededor de ellas y suplicaron a los dioses, arrancando tiernos brotes de una encina de alta copa: pues no tenían cebada blanca en la nave de buenos bancos.

Y después que rogaron y degollaron y desollaron, cortaron los muslos y los cubrieron con grasa, haciéndolo en doble capa, y encima pusieron carne cruda. No tenían vino para derramar sobre las ofrendas encendidas, sino que hacían libaciones con agua y asaban todas las vísceras. Y después que los muslos se consumieron y probaron las entrañas, cortaron el resto en trozos y los ensartaron en asadores. Y entonces de mis párpados se escapó el dulce sueño: me puse en marcha hacia la rápida nave y la orilla del mar.

Pero cuando ya me acercaba caminando a la nave de doble curva, entonces me envolvió la dulce fragancia de la grasa quemada: y lamentándome grité a los dioses inmortales: «Zeus padre y demás dioses bienaventurados que vivís siempre, me habéis sumido en la ruina haciéndome dormir con un sueño cruel, y mis compañeros que quedaron maquinaron una gran atrocidad.» Rápida llegó a Helios Hiperión una mensajera, Lampecia de largos velos, diciendo que habíamos matado sus vacas. Enseguida habló a los inmortales con el corazón encolerizado: «Zeus padre y demás dioses bienaventurados que vivís siempre, castiga ahora a los compañeros de Odiseo hijo de Laertes, que mataron mis vacas con insolencia, en las que yo me alegraba cuando iba al cielo estrellado, y cuando desde el cielo de nuevo me volvía a la tierra.

Si no me pagan justa compensación por las vacas, descenderé al Hades y brillaré entre los muertos.» Y respondiéndole dijo Zeus amontonador de nubes: «Helios, tú sigue brillando entre los inmortales y entre los mortales sobre la tierra que da trigo: yo pronto con mi brillante rayo a su rápida nave la haré pedazos de un golpe en medio del oscuro mar.» Estas cosas yo las oí de Calipso de hermosos cabellos: y ella dijo que las había oído de Hermes el mensajero. Y después que bajé a la nave y al mar, los increpé uno por uno deteniéndome, pero ningún remedio pudimos hallar: las vacas ya habían muerto.

Y enseguida luego los dioses mostraron prodigios: las pieles se arrastraban, las carnes mugían en los asadores, tanto las asadas como las crudas: y se oía voz de vacas. Durante seis días entonces mis fieles compañeros festejaron llevándose las mejores vacas de Helios: pero cuando Zeus Cronida trajo el séptimo día, entonces el viento cesó de soplar con torbellino,

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y nosotros subiendo enseguida botamos al ancho mar, levantamos el mástil y alzamos las blancas velas. Pero cuando dejamos atrás aquella isla y ninguna otra tierra se veía, sino solo cielo y mar, entonces Cronión puso una nube oscura sobre la cóncava nave, y el mar se oscureció bajo ella. Y no navegó por mucho tiempo: pues pronto llegó chillando el Céfiro soplando con gran torbellino. La tormenta del viento rompió los cables del mástil ambos, y el mástil cayó hacia atrás, y todo el aparejo se derramó en la sentina: y en la popa de la nave golpeó la cabeza del timonel, y le destrozó los huesos todos a la vez del cráneo: y él como un clavadista cayó desde la cubierta, y el ánimo valeroso abandonó sus huesos.

Zeus al mismo tiempo tronó y lanzó sobre la nave su rayo: y ella giró entera golpeada por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre: y cayeron de la nave los compañeros. Ellos como cornejas alrededor de la negra nave eran llevados por las olas, y el dios les quitó el regreso. Yo seguí yendo por la nave, hasta que las olas arrancaron los costados de la quilla: y desnuda la llevaban las olas. Le arrancó el mástil junto a la quilla: pero sobre él estaba echada una cuerda, hecha de cuero de buey: con ella até juntos la quilla y el mástil, y sentándome sobre ellos fui llevado por los vientos destructores.

Entonces el Céfiro cesó de soplar con torbellino, y vino rápido el Noto, trayendo dolores a mi ánimo, para que yo midiera de nuevo el camino hacia la funesta Caribdis. Toda la noche fui llevado, y al salir el sol llegué al peñasco de Escila y a la terrible Caribdis. Esta tragaba el agua salada del mar: pero yo alzándome hacia una alta higuera me adherí a ella aferrándome como un murciélago: pero no tenía dónde apoyar los pies firmemente ni dónde subirme: pues las raíces estaban lejos, y las ramas colgaban largas y grandes, y daban sombra a Caribdis.

Sin cesar me aferraba, hasta que vomitara de nuevo el mástil y la quilla: y llegaron según yo ansiaba, tarde: a la hora en que un hombre se levanta del ágora para cenar tras juzgar muchas disputas de jóvenes litigantes, en ese momento aquellos maderos de Caribdis aparecieron. Y yo desde arriba solté pies y manos para caer, y caí en medio con estruendo junto a los largos maderos, y sentándome sobre ellos remaba con mis manos. Y a Escila ya no permitió el padre de hombres y dioses que me viera: pues no habría escapado a la abrupta destrucción.

Y desde allí durante nueve días fui llevado, y en la décima noche me acercaron los dioses a la isla Ogigia, donde Calipso de hermosas trenzas habita, diosa terrible de voz humana, que me amó y cuidó. ¿Por qué habría de contarte estas cosas? Porque ya ayer te conté todo esto en tu casa, a ti y a tu vigorosa esposa; y me resulta odioso repetir de nuevo con claridad lo que ya dije.»

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