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Canto V

La Odisea · Homero · 23 min de lectura

Parte1versos 1-100

La Aurora se levantó del lecho junto al ilustre Titono para llevar la luz a los inmortales y también a los mortales; los dioses se sentaron en sus tronos, y entre ellos Zeus que truena en las alturas, cuyo poder es el más grande. Atenea les habló de las muchas penas de Odiseo recordándolo; le preocupaba que estuviera en la morada de la ninfa: «Zeus padre y vosotros otros dioses bienaventurados que existís siempre, que ningún rey portador de cetro sea ya benévolo y amable y gentil, ni tenga en su mente pensamientos justos, sino que sea siempre duro y cometa actos injustos, ya que nadie recuerda al divino Odiseo entre los pueblos que gobernó, y fue gentil como un padre.

Pero él yace en una isla sufriendo dolores terribles, en el palacio de la ninfa Calipso, que por la fuerza lo retiene; y él no puede llegar a su tierra patria; pues no tiene naves con remos ni compañeros que pudieran llevarlo sobre el ancho lomo del mar. Y ahora quieren matar a su hijo amado cuando regrese a casa; fue en busca de noticias de su padre a Pilos la sagrada y a la divina Lacedemonia.» Respondiéndole le habló Zeus que reúne las nubes: «Hija mía, qué palabra escapó del cerco de tus dientes.

¿No fuiste tú misma quien tramó este plan, para que Odiseo al volver los castigue? A Telémaco condúcelo tú sabiamente, pues puedes hacerlo, para que llegue a su tierra patria completamente ileso, y los pretendientes regresen en su nave de vuelta sin éxito.» Habló así, y a Hermes, su hijo querido, le dijo: «Hermes: tú que en todo lo demás eres el mensajero, dile a la ninfa de hermosas trenzas nuestra decisión irrevocable, el regreso de Odiseo el de ánimo sufrido, para que vuelva, sin escolta de dioses ni de hombres mortales; sino que en una balsa de muchas ataduras sufriendo penas al día vigésimo llegue a Esqueria la fértil, a la tierra de los feacios, que han nacido cercanos a los dioses; ellos lo honrarán de corazón como a un dios, y lo enviarán en una nave a su tierra patria, después de darle bronce y oro en abundancia y vestidos, muchos, cuantos nunca habría sacado Odiseo de Troya, aunque hubiera vuelto ileso, llevando su parte del botín.

Pues así es su destino: ver a sus seres queridos y llegar a su casa de alto techo y a su tierra patria.» Así habló, y no desobedeció el mensajero Argifontes. Enseguida se ató bajo los pies las hermosas sandalias, áureas, inmortales, que lo llevan sobre lo húmedo y sobre la tierra infinita con el soplo del viento. Tomó la vara con la que hechiza los ojos de los hombres, de quienes quiere, y a otros despierta del sueño; teniéndola en las manos voló el poderoso Argifontes.

Bajando a Pieria desde el éter se lanzó al mar; luego se deslizaba sobre las olas semejante a una gaviota, que por los terribles senos del mar estéril cazando peces moja sus espesas alas en la salmuera; semejante a ella Hermes cabalgaba sobre las muchas olas. Pero cuando llegó a la isla que está tan lejos, allí saliendo del mar violeta hacia tierra firme caminó hasta que llegó a la gran cueva, donde la ninfa de hermosas trenzas vivía; y la encontró adentro. Un gran fuego ardía en el hogar, y de lejos el aroma del cedro de buena combustión y del tuya quemándose olía por toda la isla; ella dentro cantaba con hermosa voz yendo de un lado a otro del telar, tejiendo con lanzadera de oro.

Un bosque crecía alrededor de la cueva, exuberante, alisos y álamos y cipreses fragantes. Allí pájaros de largas alas anidaban, búhos y halcones y cornejas de larga lengua marinas, a las que importan las faenas del mar. Y allí mismo se extendía en torno a la cueva profunda una vid en su vigor, florida con racimos de uvas. Cuatro manantiales en fila corrían con agua cristalina, cercanos unos a otros, vueltos cada uno hacia diferente rumbo. Alrededor prados suaves de violetas y apio florecían. Incluso un inmortal que llegara allí se maravillaría al verlo y se alegraría en su corazón.

Allí de pie contemplaba el mensajero Argifontes. Pero cuando ya todo lo hubo contemplado en su ánimo, enseguida entró en la amplia cueva. Y no lo desconoció al verlo Calipso, la divina entre las diosas; pues no son desconocidos unos a otros los dioses inmortales, aunque alguno habite en moradas lejanas. Pero no encontró adentro al magnánimo Odiseo, sino que él lloraba sentado en la costa, donde siempre, desgarrando su ánimo con lágrimas y gemidos y dolores, contemplaba el mar estéril derramando lágrimas. Calipso, la divina entre las diosas, interrogó a Hermes después de sentarlo en un trono brillante, resplandeciente: «¿Por qué, Hermes de vara de oro, has venido, venerable y querido?

Pues antes no vienes con frecuencia. Di lo que piensas; mi ánimo me ordena cumplirlo, si puedo cumplirlo y si es algo que puede cumplirse. [Pero sígueme adelante, para que te ofrezca los dones de hospitalidad.]» Así habló, y la diosa le puso delante una mesa llena de ambrosía, y le sirvió néctar rojo; bebió y comió el mensajero Argifontes. Pero cuando cenó y satisfizo su ánimo con la comida, entonces respondiéndole le dirigió la palabra: «Me preguntas a mí que he venido, diosa a dios; pero yo te contaré el relato con verdad; pues tú lo pides. Zeus me ordenó venir aquí sin que yo quisiera; ¿pues quién voluntariamente atravesaría tanto agua salada,

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inmensa? Y no hay cerca ninguna ciudad de mortales que a los dioses ofrezcan sacrificios y escogidas hecatombes. Pero de ningún modo es posible del designio de Zeus portador de la égida ni apartarse otro dios ni burlarse. Dice que está contigo un hombre, el más desdichado de todos, de aquellos hombres que lucharon en torno a la ciudad de Príamo durante nueve años, y al décimo después de saquear la ciudad se fueron a casa; pero en el regreso ofendieron a Atenea, quien desató sobre ellos viento funesto y olas enormes.

Allí todos los demás valientes compañeros perecieron, pero a él el viento y la ola llevándolo lo acercaron aquí. Ahora te ordena despacharlo lo más rápido posible; pues no es su destino morir aquí lejos de los suyos, sino que todavía es su destino ver a sus seres queridos y llegar a su casa de alto techo y a su tierra patria.» Así habló, y se estremeció Calipso, la divina entre las diosas, y dirigiéndole la palabra le habló con palabras aladas: «Sois crueles, dioses, celosos más que ningún otro, vosotros que resentís que las diosas duerman con hombres abiertamente, si alguna toma a uno como esposo querido.

Así cuando Orión fue tomado por la Aurora de dedos rosados, vosotros dioses que vivís fácilmente le tuvisteis resentimiento, hasta que en Ortigia Artemisa del trono de oro, la pura, atacándolo con sus suaves flechas lo mató. Así también cuando Deméter de hermosas trenzas con Yasión, cediendo a su deseo, se unió en amor y lecho en un campo tres veces arado; no por mucho tiempo estuvo ignorante Zeus, quien lo mató golpeándolo con el brillante rayo. Así también ahora me resentís, dioses, porque está conmigo un hombre mortal.

Yo lo salvé cuando cabalgaba sobre la quilla solo, después de que Zeus con el brillante rayo destrozó su nave rápida en medio del mar color de vino. Allí todos los demás valientes compañeros perecieron, pero a él el viento y la ola llevándolo lo acercaron aquí. Yo lo amé y lo alimenté y dije que lo haría inmortal y sin vejez por todos los días. Pero puesto que de ningún modo es posible del designio de Zeus portador de la égida ni apartarse otro dios ni burlarse, que se vaya, si aquel lo empuja y lo ordena, sobre el mar estéril.

Pero despacharlo no puedo yo; pues no tengo naves con remos ni compañeros que pudieran llevarlo sobre el ancho lomo del mar. Pero le aconsejaré de buena gana y no le ocultaré nada, para que llegue a su tierra patria completamente ileso.» A ella le respondió de nuevo el mensajero Argifontes: «Pues despacha así ahora, y cuídate de la ira de Zeus, no sea que después enfurecido se irrite contigo.» Así habló y partió el poderoso Argifontes; y hacia el magnánimo Odiseo la venerable ninfa fue, después de escuchar el mensaje de Zeus.

Lo encontró sentado en la orilla: nunca sus ojos se secaban de lágrimas, su dulce vida se consumía llorando por el regreso, porque ya no le complacía la ninfa. Sí, las noches dormía a la fuerza en las cuevas profundas, junto a ella que quería y él no; pero los días se sentaba entre las rocas y las playas, torturándose el alma con lágrimas y gemidos y dolores, miraba el mar estéril derramando lágrimas. De pie junto a él lo llamó la divina entre las diosas: «Desdichado, no llores más aquí, que tu vida no se consuma; ya voy a dejarte partir de buena gana.

Anda, corta troncos largos y ajústalos con bronce en una balsa ancha; encima ponle una plataforma alta, para que te lleve sobre el mar brumoso. Y yo pondré dentro pan y agua y vino rojo que fortalece, que te mantendrá sin hambre, te daré ropas; enviaré un viento favorable a tus espaldas, para que llegues sano y salvo a tu tierra patria, si es que los dioses quieren, los que habitan el ancho cielo, que son más fuertes que yo para pensar y decidir.» Así habló, y se estremeció el muy sufrido divino Odiseo, y respondiéndole dijo estas palabras aladas: «Algo distinto tramas, diosa, y no precisamente mi viaje, tú que me ordenas cruzar en balsa el gran abismo del mar, terrible e intransitable; ni siquiera los barcos veloces y bien construidos lo cruzan, gozando del viento de Zeus.

Yo no subiré a esa balsa contra tu voluntad, a menos que te atrevas, diosa, a jurar un gran juramento de que no maquinas contra mí ningún otro mal.» Así habló, y sonrió Calipso, la divina entre las diosas, le acarició con la mano y le dijo estas palabras: «Eres un pícaro y nada ingenuo, para haber pensado en decir semejante cosa. Que lo sepan ahora la tierra y el ancho cielo arriba y el agua que cae del Estigio, que es el mayor y más terrible juramento para los dioses dichosos: no maquino contra ti ningún otro mal.

Pienso y planeo para ti lo mismo que pensaría para mí misma, si me alcanzara tal necesidad; también mi mente es justa, y no tengo un corazón de hierro en el pecho, sino compasivo.» Así diciendo lo guió la divina entre las diosas rápidamente; él caminaba tras las huellas de la diosa. Llegaron a la cueva profunda la diosa y el hombre; él se sentó en el trono de donde se había levantado Hermes, la ninfa le puso delante toda clase de alimentos para comer y beber, de los que comen los hombres mortales; ella se sentó enfrente del divino Odiseo, las esclavas le pusieron ambrosía y néctar. Ellos echaron mano a los manjares dispuestos.

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Pero cuando se saciaron de comida y bebida, entonces empezó a hablar Calipso, la divina entre las diosas: «Hijo de Zeus, Laertíada, ingenioso Odiseo, ¿así que quieres irte ahora mismo a tu casa, a tu tierra patria? Bueno, que te vaya bien de todos modos. Si supieras en tu mente cuántos sufrimientos te está destinado padecer antes de llegar a tu tierra patria, te quedarías aquí conmigo cuidando esta casa y serías inmortal, por más que añores ver a tu esposa, a quien deseas todos los días.

No me jacto de ser inferior a ella ni en cuerpo ni en apariencia, pues no está bien que las mortales compitan con las inmortales en cuerpo y belleza.» Respondiéndole le habló el ingenioso Odiseo: «Señora diosa, no te irrites conmigo por esto; sé muy bien que la prudente Penélope es inferior a ti en belleza y estatura a la vista; ella es mortal, tú eres inmortal y no envejeces. Pero aun así quiero y anhelo todos los días volver a casa y ver el día del regreso.

Y si alguno de los dioses me destroza en el mar oscuro, lo soportaré teniendo en el pecho un corazón que sufre; ya he padecido mucho y mucho he trabajado en las olas y en la guerra; que se añada esto a aquello.» Así habló, el sol se puso y llegó la oscuridad; fueron los dos al fondo de la cueva profunda y gozaron del amor, quedándose junto al otro. Cuando apareció la que nace temprano, la Aurora de dedos rosados, enseguida Odiseo se puso manto y túnica, ella se puso la ninfa un gran velo plateado, fino y hermoso, y se ciñó a la cintura un bello cinturón de oro, se cubrió la cabeza con un velo.

Y entonces planeó el viaje del magnánimo Odiseo: le dio un gran hacha, cómoda en las manos, de bronce, afilada por ambos lados; en ella un mango de olivo hermosísimo, bien ajustado; luego le dio una azuela bien pulida; lo condujo al extremo de la isla, donde crecían árboles altos, aliso y álamo negro, y abeto que alcanza el cielo, secos desde hace tiempo, bien resecos, que flotarían ligeros. Después de mostrarle dónde crecían los árboles altos, ella volvió a su casa Calipso, la divina entre las diosas, y él cortaba los troncos; rápido avanzó su trabajo.

Derribó veinte en total, los desbastó con el bronce, los pulió con maestría y los enderezó con la plomada. Mientras tanto le trajo barrenas Calipso, la divina entre las diosas; taladró todos y los ajustó entre sí, y con clavijas y ensamblajes la ensambló. Tan ancha como un hombre hace el fondo de una nave de carga amplia, conocedor de carpintería, tan ancha hizo Odiseo su balsa. Levantó cuadernas, ajustándolas con muchos baos, las hizo; y terminó con largas bordas. Metió un mástil y una verga bien ajustada a él; además le hizo un timón para poder gobernar.

La cercó de un lado a otro con mimbres de mimbre como defensa contra las olas; echó mucha madera encima. Mientras tanto le trajo telas Calipso, la divina entre las diosas, para hacer velas; él las hizo bien también. Ató en ella escotas y cabos y brazas, y con palancas la hizo descender al mar divino. Era el cuarto día, y todo quedó terminado; al quinto lo despidió de la isla la divina Calipso, después de vestirlo con ropas fragantes y bañarlo. La diosa puso en ella un odre de vino negro y otro grande de agua, y también víveres en un saco, y le puso muchos manjares deliciosos; envió un viento favorable y suave.

Alegre con el viento desplegó las velas el divino Odiseo. Sentado, gobernaba con maestría el timón; y no le caía el sueño sobre los párpados mirando las Pléyades y el Boyero que se pone tarde y la Osa, a la que también llaman con el nombre de Carro, que gira en el mismo sitio y observa a Orión, y es la única que no se baña en las aguas del Océano; pues ella le había ordenado Calipso, la divina entre las diosas, navegar manteniéndola a la izquierda.

Diecisiete días navegó surcando el mar, y al decimoctavo aparecieron las montañas sombrías de la tierra de los feacios, donde más cerca estaba de él; se veía como un escudo en el mar brumoso. Y el poderoso que sacude la tierra, volviendo de los etíopes, desde lejos, desde los montes Solimos, lo vio; lo vio navegando el mar. Se enfureció más todavía en su corazón, sacudió la cabeza y habló a su propio ánimo: «Maldición, seguro que los dioses cambiaron de decisión sobre Odiseo mientras yo estaba con los etíopes; ya está cerca de la tierra de los feacios, donde le está destinado escapar del gran límite de la desgracia que lo alcanza.

Pero todavía creo que voy a hartarlo de males.» Así diciendo reunió las nubes, agitó el mar empuñando el tridente; desató todas las tempestades de vientos de todas direcciones, cubrió con nubes la tierra y el mar a la vez; la noche se precipitó desde el cielo. Cayeron juntos el euro y el noto y el violento céfiro y el bóreas nacido del cielo despejado, haciendo rodar una gran ola. Y entonces a Odiseo se le aflojaron las rodillas y el corazón, angustiado habló a su magnánimo ánimo: «Ay de mí, desdichado, ¿qué va a ser de mí al final? Temo que la diosa haya dicho toda la verdad,

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Ella me dijo en el mar, antes de llegar a mi tierra patria, que me llenaría de dolores; y ahora todo se cumple. Con qué nubes corona Zeus el ancho cielo, ha revuelto el mar, y se precipitan ráfagas de vientos de todas partes; ahora me espera la muerte abrupta. Tres veces dichosos los dánaos, cuatro veces, los que murieron entonces en la vasta Troya, llevando un favor a los Atridas. Así yo también debería haber muerto y cumplido mi destino aquel día cuando muchísimas lanzas de bronce me arrojaron los troyanos sobre el cadáver del hijo de Peleo.

Entonces habría tenido honras fúnebres, y los aqueos habrían llevado mi gloria; ahora en cambio me estaba destinado morir por una muerte miserable. Así hablaba cuando una ola enorme lo golpeó desde arriba, precipitándose terrible, e hizo girar la balsa. Lejos de la balsa cayó él mismo, y el timón lo soltó de las manos; y en medio el mástil le quebró un vendaval terrible que llegó mezclando los vientos; lejos cayeron al mar la vela y la verga. A él lo sumergió largo tiempo, y no pudo emerger pronto bajo el impulso de la ola enorme; porque lo agobiaban las ropas que le dio la divina Calipso.

Tarde por fin salió, y de la boca escupió la salmuera amarga, que abundante le chorreaba de la cabeza. Pero ni así se olvidó de la balsa, aunque estaba exhausto, sino que lanzándose entre las olas se aferró a ella, y se sentó en el centro esquivando el fin de la muerte. La llevaba una ola enorme con la corriente de un lado a otro. Como cuando el bóreas de otoño arrastra cardos por la llanura, y apretados se adhieren unos a otros, así a ella por el mar los vientos la llevaban de un lado a otro; a veces el noto la arrojaba al bóreas para que la llevara, otras veces el euro cedía al céfiro para que la persiguiera.

Lo vio la hija de Cadmo, Ino de bellos tobillos, Leucótea, que antes era mortal de voz humana, pero ahora en las profundidades del mar tenía parte en el honor de los dioses. Se compadeció de Odiseo errante, que sufría dolores; semejante a un ave marina se elevó de las olas, se posó sobre la balsa y le dirigió la palabra: «Desdichado, ¿por qué Poseidón el que sacude la tierra se ha enfurecido así contigo de modo terrible, que te siembra tantos males? Pero no te destruirá, aunque lo desee mucho.

Haz más bien esto, pues me pareces no carecer de juicio: quítate estas ropas y deja que la balsa sea llevada por los vientos, pero con tus manos rema hacia el retorno a la tierra de los feacios, donde te está destinado escapar. Toma, extiende este velo inmortal bajo tu pecho; no temas sufrir nada ni perecer. Pero cuando con tus manos toques el continente, desátalo de ti y arrójalo al ponto oscuro como el vino, lejos del continente, y tú mismo vuélvete hacia otro lado.

Así hablando la diosa le dio el velo, y ella misma se sumergió de nuevo en el mar agitado semejante a un ave marina; y la ola negra la cubrió. Entonces meditó el muy sufrido divino Odiseo, y afligido habló a su corazón magnánimo: «Ay de mí, no sea que alguno de los inmortales me esté tejiendo un engaño al ordenarme que baje de la balsa. Pero no voy a obedecer todavía, puesto que lejos con mis ojos vi la tierra donde me dijo que podría escapar.

Más bien haré esto, que me parece lo mejor: mientras las maderas permanezcan unidas en sus junturas, aquí me quedaré y soportaré sufriendo dolores; pero cuando la ola destroce mi balsa, nadaré, ya que no hay nada mejor que se pueda prever. Mientras reflexionaba esto en su mente y en su corazón, lanzó contra él una ola enorme Poseidón el que sacude la tierra, terrible y agobiante, abovedada, y lo empujó. Como cuando el viento violento sacude un montón de paja seca, y la dispersa en todas direcciones, así dispersó las largas maderas.

Pero Odiseo se montó sobre una sola madera, como jinete guiando un caballo, y se quitó las ropas que le dio la divina Calipso. Al instante extendió el velo bajo su pecho, y él mismo se arrojó de bruces al mar, extendiendo los brazos, ansioso de nadar. Lo vio el soberano que sacude la tierra, y moviendo la cabeza habló a su corazón: «Así ahora, tras sufrir muchos males, vaga por el mar, hasta que te mezcles con los hombres criados por Zeus. Pero ni así espero que te burles de tu desgracia.

Así hablando fustigó a sus caballos de hermosas crines, y llegó a Egas, donde están sus ilustres palacios. Pero Atenea, la hija de Zeus, pensó otra cosa: cerró los caminos de los otros vientos, y les ordenó detenerse y calmarse todos; despertó al veloz bóreas, y quebró las olas delante, hasta que se mezclara con los feacios amantes del remo el nacido de Zeus Odiseo, habiendo escapado de la muerte y las Parcas. Allí durante dos noches y dos días en la ola compacta vagó errante, y muchas veces su corazón presagió la muerte.

Pero cuando la tercera aurora de hermosas trenzas completó el día, entonces por fin el viento cesó y hubo calma sin viento; y él vio cerca la tierra mirando agudamente hacia adelante, alzado por una ola grande. Como cuando la vida del padre aparece bienvenida a sus hijos que yace en la enfermedad sufriendo fuertes dolores, largo tiempo consumiéndose, y un dios odioso lo ha atacado, y bienvenido entonces los dioses lo liberan de su desgracia, así a Odiseo le pareció bienvenida la tierra y el bosque, y nadó apresurándose a pisar el continente. Pero cuando estuvo tan cerca como alcanza el grito de un hombre,

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ya oyó el estruendo del mar contra los arrecifes— pues retumbaba la ola enorme contra la tierra seca del continente terrible rugiendo, y todo estaba envuelto en espuma del mar; no había puertos refugio de naves ni fondeaderos, sino cabos salientes, arrecifes y peñascos— entonces a Odiseo se le aflojaron las rodillas y el ánimo, y afligido habló a su corazón magnánimo: «Ay de mí, ya que Zeus me dio ver la tierra inesperada, y ya he cruzado y atravesado este abismo, no aparece salida alguna fuera del mar canoso; afuera hay rocas afiladas, y alrededor la ola ruge bramando, y lisa se alza la roca, y el mar es profundo junto a ella, y de ningún modo es posible con los pies afirmarse en ambos lados y escapar de la desgracia; no sea que al salir me lance una ola grande contra la roca agarrándome; y vano será mi esfuerzo.

Y si nado más adelante todavía, por si encuentro playas oblicuas y puertos del mar, temo que de nuevo me arrebate un vendaval y me lleve sobre el mar lleno de peces gimiendo pesadamente, o que algún monstruo marino grande me lance un dios desde el mar, de los muchos que cría la ilustre Anfitrite; pues sé bien cuánto me odia el ilustre que sacude la tierra. Mientras reflexionaba esto en su mente y en su corazón, entonces una ola enorme lo llevó hacia la costa abrupta.

Allí se habría desollado la piel, y se le habrían quebrado los huesos, si no hubiera puesto en su mente la diosa de ojos brillantes Atenea: con ambas manos precipitándose agarró la roca, y se aferró a ella gimiendo, hasta que pasó la ola enorme. Y así la evitó, pero el reflujo de vuelta lo golpeó precipitándose, y lejos lo arrojó al mar. Como cuando a un pulpo arrancado de su guarida en las ventosas se adhieren piedrecillas densas, así de él contra las rocas de sus audaces manos se arrancaron tiras de piel; y la ola enorme lo cubrió.

Allí habría perecido el desdichado más allá de su destino Odiseo, si no le hubiera dado prudencia la de ojos brillantes Atenea: saliendo de la ola, que vomita hacia tierra, nadó a lo largo, mirando hacia la tierra, por si encontraba playas oblicuas y puertos del mar. Pero cuando llegó a la desembocadura de un río de hermoso curso, nadando, allí le pareció el lugar mejor, liso de rocas, y había refugio del viento; reconoció al que fluía y oró en su corazón: «Escucha, señor, quien seas; a ti muy suplicado llego huyendo del mar de las amenazas de Poseidón.

Respetable es incluso para los dioses inmortales el hombre que llega errante, como también yo ahora a tu corriente y a tus rodillas llego tras mucho sufrir. Pero compadécete, señor; proclamo ser tu suplicante. Así habló, y el río al instante detuvo su corriente, contuvo las olas, ante él creó calma y lo salvó en la desembocadura del río. Odiseo dobló ambas rodillas y sus fuertes brazos; el mar le había domado el corazón. Todo su cuerpo estaba hinchado, y el agua salada brotaba abundante por su boca y su nariz; yacía sin aliento y sin voz, apenas vivo, un terrible agotamiento lo había vencido.

Pero cuando recobró el aliento y el ánimo volvió a su pecho, entonces se desató el velo de la diosa. Lo dejó caer al río que fluía hacia el mar, y una gran ola lo arrastró corriente abajo, y enseguida Ino lo recibió con sus manos amantes. Él, apartándose del río, se recostó sobre los juncos y besó la tierra fértil. Gimiendo habló a su corazón valiente: «Ay de mí, ¿qué voy a hacer? ¿Qué será de mí al final? Si paso la terrible noche junto al río, quizá juntos la escarcha y el rocío helado acaben con mi ánimo jadeante, débil como estoy; el aire del río sopla frío en la madrugada.

Pero si subo la ladera hacia el bosque sombreado y me duermo entre los matorrales espesos, si me abandonan el frío y el cansancio y me vence un dulce sueño, temo convertirme en presa y botín de las fieras.» Mientras reflexionaba le pareció que era mejor así: se puso en marcha hacia el bosque. Lo encontró cerca del agua en un claro. Se metió bajo dos arbustos que crecían del mismo sitio: uno era de olivo silvestre, el otro de olivo. A través de ellos no penetraba la fuerza húmeda de los vientos, ni el sol resplandeciente los hería con sus rayos, ni la lluvia los traspasaba; tan tupidos habían crecido uno junto al otro, entrelazados.

Bajo ellos Odiseo se metió. Enseguida se preparó con sus propias manos un lecho amplio; había hojas caídas en cantidad enorme, suficientes para cubrir a dos o tres hombres en pleno invierno, por muy crudo que fuera. Al verlas se alegró el divino Odiseo, sufridor de tantos males, se acostó en medio y se cubrió con un montón de hojas. Como cuando alguien esconde un tizón bajo la ceniza oscura en el confín del campo, donde no tiene vecinos cercanos, preservando la semilla del fuego para no tener que encenderlo de nuevo, así Odiseo se cubrió con las hojas. Y Atenea derramó el sueño sobre sus ojos para que cesara cuanto antes su penoso agotamiento, cerrándole los párpados queridos.

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