Canto XV
Parte1versos 1-100
Y hacia Lacedemonia de amplios espacios fue Palas Atenea, a recordarle el regreso al ilustre hijo de Odiseo el magnánimo y a apurarlo a que partiera. Encontró a Telémaco y al espléndido hijo de Néstor durmiendo en el vestíbulo de Menelao el glorioso, al Nestórida vencido por el sueño blando; pero a Telémaco no lo tenía el dulce sueño, sino que en su ánimo a través de la noche inmortal los cuidados por su padre lo desvelaban. Se paró cerca y le habló la de ojos de lechuza, Atenea: «Telémaco, ya no está bien que andes vagando lejos de tu casa, dejando atrás tus bienes y en tu morada a hombres tan insolentes; no sea que te devoren todos los bienes repartiéndoselos, y hagas un viaje inútil.
Apura más bien cuanto antes a Menelao de buen grito de guerra a que te despache, para que todavía encuentres en casa a tu madre irreprochable. Porque ya su padre y sus hermanos la instan a casarse con Eurímaco; pues él supera a todos los pretendientes en regalos y va aumentando los dones nupciales; no sea que ella se lleve de casa algún bien contra tu voluntad. Ya sabes qué clase de corazón hay en el pecho de una mujer: quiere enriquecer la casa de aquel con quien se casa, y de los hijos de antes y del esposo querido ya no se acuerda una vez muerto ni pregunta por ellos.
Pero tú, al llegar, encarga personalmente cada cosa a la sierva que te parezca la mejor, hasta que los dioses te muestren una esposa ilustre. Otra cosa más te diré, y tú guárdala en tu ánimo. Los mejores de los pretendientes te acechan a propósito en el estrecho entre Ítaca y la escarpada Samos, ansiando matarte antes de que llegues a tu tierra patria. Pero eso no creo que pase; antes la tierra cubrirá a alguno de los pretendientes que te devoran el sustento. Mantén tu nave bien construida lejos de las islas, navega también de noche; te enviará viento favorable por detrás el inmortal que te protege y te salva.
Y cuando arribes al primer cabo de Ítaca, envía la nave a la ciudad con todos tus compañeros, pero tú dirígete primero donde el porquerizo, que cuida tus cerdos y que igualmente te es leal. Pasa allí la noche; mándalo a él a la ciudad a llevar el mensaje a la prudente Penélope de que estás a salvo y has llegado desde Pilos.» Así habló y se marchó hacia el alto Olimpo, y él despertó al Nestórida del dulce sueño dándole un golpe con el pie, y le dijo estas palabras: «Despierta, Nestórida Pisístrato; unce los caballos de cascos macizos bajo el carro, para que nos pongamos en camino.»
Y le respondió a su vez el Nestórida Pisístrato: «Telémaco, no es posible, aunque tengamos prisa por el camino, conducir a través de la noche oscura; pronto será el alba. Espera al menos hasta que traiga los regalos para el carro el héroe Atrida, el famoso por su lanza Menelao, y te despida con palabras amables. Porque el huésped se acuerda todos sus días del anfitrión que le brindó hospitalidad.» Así habló, y enseguida llegó la Aurora de trono dorado. Y se acercó a ellos Menelao de buen grito de guerra, levantándose del lecho, junto a Helena de hermosos cabellos.
Cuando lo vio el querido hijo de Odiseo, apresurándose se puso la túnica brillante sobre la piel y echó el gran manto sobre sus fuertes hombros el héroe, y salió afuera, y plantándose a su lado le habló Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo: «Atrida Menelao, criado por Zeus, jefe de guerreros, ahora mismo envíame ya a mi tierra patria; pues mi ánimo ya desea llegar a casa.» Y le respondió entonces Menelao de buen grito de guerra: «Telémaco, yo no voy a retenerte aquí mucho tiempo si ansías el regreso; censuro también al otro anfitrión que ama en exceso o que odia en exceso; lo mejor en todo es la medida.
Igualmente malo es el que apura a partir al huésped que no quiere irse y el que retiene al que tiene prisa. Hay que agasajar al huésped presente, pero dejarlo ir cuando quiera. Pero espera hasta que traiga regalos para el carro, hermosos, y tú los veas con tus ojos, y diga a las mujeres que preparen una comida en el palacio con lo que hay dentro. Ambas cosas, gloria y esplendor y provecho, partir después de comer por la vasta tierra sin límites. Y si quieres recorrer Grecia y el centro de Argos, para que yo mismo te acompañe, te unceré los caballos, y te guiaré por las ciudades de los hombres; nadie nos despedirá con las manos vacías, sino que dará algo para llevarse, o un trípode de buen bronce o una caldera o dos mulas o una copa de oro.»
Y le respondió a su vez el prudente Telémaco: «Atrida Menelao, criado por Zeus, jefe de guerreros, quiero irme ya a lo mío; pues no dejé atrás ningún guardián cuando partí para cuidar mis bienes; no sea que buscando a mi padre semejante a un dios yo mismo perezca, o algún tesoro valioso se pierda de mi palacio.» Cuando oyó eso Menelao de buen grito de guerra, enseguida ordenó a su esposa y a las siervas preparar una comida en el palacio con lo que había dentro.
Se acercó a él Eteóneo, hijo de Boeto, levantándose del lecho, pues no vivía lejos de él; a él le ordenó Menelao de buen grito de guerra encender el fuego y asar carnes; y él no desobedeció al oírlo. Él mismo bajó al fragante almacén, no solo, con él fueron Helena y Megapentes.
Parte2versos 101-200
Cuando llegaron donde estaban guardados los tesoros, el Atrida tomó entonces una copa de dos asas, y ordenó a su hijo Megapentes llevar una cratera de plata; Helena se paró junto a los cofres, donde estaban los peplos bordados que ella misma había hecho. De ellos tomó uno y lo llevó Helena, divina entre las mujeres, el que era más hermoso en bordados y el más grande, y brillaba como un astro; estaba debajo de todos los demás. Se pusieron en marcha a través del palacio, hasta que llegaron donde estaba Telémaco; y le habló el rubio Menelao: «Telémaco, que Zeus te cumpla el regreso tal como en tu mente lo deseas, él, el esposo de Hera que truena fuerte.
De los regalos, todos los tesoros que hay en mi casa, te daré el más hermoso y el más precioso. Te daré una cratera labrada; es toda de plata, y sus bordes están rematados en oro, obra de Hefesto; me la dio el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando su casa me acogió al regresar yo a casa; y quiero dártela a ti.» Así diciendo puso en sus manos la copa de dos asas el héroe Atrida; y la reluciente cratera la puso delante de él llevándola el fuerte Megapentes, de plata; Helena de hermosas mejillas se paró al lado sosteniendo el peplo en sus manos, y habló y le dijo estas palabras: «También yo te doy este regalo, hijo querido, recuerdo de las manos de Helena, para la hora del deseado matrimonio, para que lo lleve tu esposa; mientras tanto que repose junto a tu madre querida en el palacio.
Que llegues con alegría a tu casa bien edificada y a tu tierra patria.» Así diciendo se lo puso en las manos, y él lo recibió alegrándose. Y el héroe Pisístrato los puso en el cesto del carro al recibirlos, y los admiró todos con su ánimo; y los condujo hacia el palacio el rubio Menelao. Se sentaron entonces en sillones y tronos. Una sirvienta vertió agua de una jarra hermosa, de oro, sobre una palangana de plata, para lavarse las manos; y a su lado extendió una mesa pulida.
La venerable despensera puso pan llevándolo, y añadió muchos manjares, dispensando generosamente lo que había; junto a ellos el Boétida trinchaba las carnes y repartía las porciones; y escanciaba el vino el hijo del glorioso Menelao. Ellos echaron mano a los manjares dispuestos y listos. Y cuando saciaron el deseo de bebida y comida, entonces Telémaco y el espléndido hijo de Néstor uncieron los caballos y subieron al carro labrado, y lo sacaron del vestíbulo y del pórtico resonante. Los siguió el Atrida, el rubio Menelao, llevando vino dulce como la miel en la mano derecha, en una copa de oro, para que hicieran libación antes de partir.
Se plantó delante de los caballos, y ofreciéndoles la copa les habló: «Adiós, muchachos, y decid a Néstor, pastor de pueblos, que fue para mí como un padre bondadoso mientras nosotros, hijos de los aqueos, peleábamos en Troya.» Y a él le contestó Telémaco con sensatez: «Y seguramente, criado por Zeus, tal como dices, todo esto le contaremos cuando lleguemos. Ojalá yo al volver a Ítaca encontrara a Odiseo en casa y pudiera decirle cómo vengo de tu lado habiendo recibido toda clase de afecto y traigo regalos hermosos y espléndidos.»
Mientras él hablaba voló hacia la derecha un ave, un águila que llevaba en sus garras una enorme oca blanca, doméstica, de la granja; y la perseguían gritando hombres y mujeres; el águila se acercó a ellos y pasó volando a la derecha, delante de los caballos. Y ellos al verla se alegraron, y en el corazón de todos el ánimo se regocijó. Entre ellos Pisístrato, hijo de Néstor, fue quien habló primero: «Piensa, Menelao criado por Zeus, caudillo de pueblos, si el dios mostró este presagio para nosotros dos o para ti mismo.»
Así habló, y Menelao amado de Ares reflexionaba cómo responder adecuadamente, pensando. Pero Helena de los largos velos se adelantó y dijo: «Escuchadme: yo profetizaré como en mi corazón los inmortales lo ponen y como creo que se cumplirá. Así como este águila arrebató a la oca criada en casa viniendo de la montaña, donde está su nido y su linaje, así Odiseo, después de sufrir muchos males y vagar mucho, volverá a casa y tomará venganza; o quizá ya está en casa, y para todos los pretendientes planta desgracia.»
Y a ella le contestó Telémaco con sensatez: «Que Zeus lo haga así, el esposo atronadiante de Hera; entonces también allá te rezaría como a una diosa.» Dijo, y arrojó el látigo sobre los caballos; y ellos rapidísimo se lanzaron a la llanura, ansiosos de atravesar la ciudad. Y durante todo el día sacudieron el yugo que llevaban al cuello. Se puso el sol y todos los caminos quedaron en sombra; llegaron a Feras, a casa de Dioclés, hijo de Ortíloco, a quien Alfeo engendró como hijo.
Allí pasaron la noche, y él les ofreció dones de hospitalidad. Cuando apareció la Aurora de dedos rosados, la que nace temprano, engancharon los caballos y subieron a los carros labrados, y los sacaron del pórtico y del sonoro zaguán; los azuzó con el látigo para marchar, y ellos volaron sin resistirse. Pronto entonces llegaron a Pilos, la ciudadela escarpada; y entonces Telémaco le habló al hijo de Néstor: «Hijo de Néstor, ¿cómo podrías cumplirme la promesa que te pido? Nos jactamos de ser huéspedes para siempre por la amistad de nuestros padres, y además somos de la misma edad; y este viaje aún más nos unirá en concordia.
No me lleves más allá de la nave, criado por Zeus, déjame ahí mismo, no sea que el viejo me retenga en su casa contra mi voluntad,
Parte3versos 201-300
por su afán de agasajarme; pero yo necesito llegar rápido.» Así habló, y el hijo de Néstor meditaba en su ánimo cómo cumplir adecuadamente la promesa que le había hecho. Y pensando le pareció que lo mejor era esto: giró los caballos hacia la nave veloz y la orilla del mar, y en la popa de la nave descargó los hermosos regalos, las ropas y el oro, que Menelao le había dado; y animándolo le dirigió estas palabras aladas: «Sube deprisa ahora y ordena a todos tus compañeros, antes de que yo llegue a casa y se lo cuente al viejo.
Pues bien sé esto en mi mente y en mi corazón: cómo es de arrebatado su ánimo, no te dejará ir, sino que vendrá él mismo aquí para llamarte, y no creo que vuelva con las manos vacías; porque se enojará mucho de todos modos.» Así habló, y fustigó a los caballos de hermosas crines de vuelta hacia la ciudad de los pilios, y rápido llegó a su casa. Telémaco animando a sus compañeros les ordenó: «Acomodad los aparejos, compañeros, en la nave negra, y subamos nosotros mismos, para proseguir el viaje.»
Así habló, y ellos le escucharon bien y obedecieron, y rápidamente subieron y se sentaron en los bancos de remeros. Él se ocupaba de esto y ofrecía oraciones, hacía sacrificios a Atenea junto a la popa de la nave; y se le acercó un hombre de tierra lejana, que huía de Argos por haber matado a un hombre, un adivino; y por su linaje era descendiente de Melampo, quien antes vivió en Pilos, madre de ovejas, rico, habitando una casa muy sobresaliente entre los pilios; pero luego llegó al pueblo de otros, huyendo de su patria y de Neleo magnánimo, el más ilustre de los vivientes, quien le retuvo sus muchos bienes durante un año entero por la fuerza.
Y él todo ese tiempo estuvo en el palacio de Fílaco atado con dolorosas cadenas, sufriendo terribles dolores a causa de la hija de Neleo y de una grave locura, que la diosa despiadada Erinia le puso en el ánimo. Pero él escapó de la muerte y condujo las vacas mugientes desde Fílace a Pilos y vengó la acción infame contra el divino Neleo, y a su hermano le trajo una mujer a su casa; y él se fue al pueblo de otros, a Argos criadora de caballos; pues allí le estaba destinado vivir gobernando sobre muchos argivos.
Allí se casó y construyó una casa de altos techos, y engendró a Antífates y a Mantio, dos hijos fuertes. Antífates engendró a Oícles magnánimo, y Oícles al caudillo de pueblos Anfiarao, a quien amó en el corazón Zeus portador de la égida y Apolo con todo tipo de afecto; ni llegó al umbral de la vejez, sino que murió en Tebas a causa de los regalos de una mujer. De él fueron hijos Alcmeón y Anfíloco. Mantio a su vez engendró a Polifides y a Clito; pero a Clito lo raptó Aurora de trono dorado por su belleza, para que estuviera entre los inmortales; y al magnánimo Polifides Apolo lo hizo adivino el mejor con mucho de los mortales, después de que murió Anfiarao; él, enojado con su padre, emigró a Hiperea, y allí viviendo profetizaba a todos los mortales.
De él vino un hijo, cuyo nombre era Teoclímeno, el que entonces se detuvo junto a Telémaco; y lo encontró haciendo libaciones y oraciones junto a la nave negra y veloz, y hablándole le dirigió estas palabras aladas: «Amigo, ya que te encuentro sacrificando en este lugar, te suplico por estos sacrificios y por la divinidad, y luego por tu propia cabeza y por los compañeros que te siguen, dime la verdad a lo que te pregunto y no lo ocultes: ¿Quién eres de los hombres y de dónde?
¿Dónde está tu ciudad y tus padres?» Y a él le contestó Telémaco con sensatez: «Así que yo, extranjero, te hablaré con toda verdad. Soy de Ítaca por linaje, y mi padre es Odiseo, si es que existió; pero ahora ya ha muerto con muerte funesta. Por eso ahora tomando compañeros y una nave negra he venido a preguntar por mi padre, que hace tiempo desapareció.» Y a él a su vez le habló Teoclímeno de aspecto divino: «Así también yo estoy lejos de mi patria, por haber matado a un hombre de mi propia sangre; y muchos son los hermanos y parientes por Argos criadora de caballos, y tienen gran poder sobre los aqueos; de ellos, evitando la muerte y el destino negro, huyo, pues es mi sino vagar entre los hombres.
Pero llévame en la nave, ya que huido te suplico, no sea que me maten; pues creo que me persiguen.» Y a él le contestó Telémaco con sensatez: «No te alejaré de la nave equilibrada si tú quieres venir, sino sígueme; y allá serás bien recibido, con lo que tengamos.» Así habló y le tomó la lanza de bronce; y la tendió sobre la cubierta de la nave de curvados flancos, y él mismo subió a la nave que surca el ponto. En la popa entonces se sentó, y junto a él sentó a Teoclímeno; y ellos soltaron las amarras de popa.
Telémaco animando a sus compañeros les ordenó agarrar los aparejos; y ellos obedecieron con presteza. El mástil de abeto lo levantaron dentro de la caja central y lo alzaron erguido, y lo ataron con los estays, e izaron las velas blancas con sogas bien trenzadas de cuero de buey. Y Atenea de ojos brillantes les envió un viento favorable, fuerte soplando violento a través del aire, para que lo más rápido la nave completara su curso corriendo por el agua salada del mar. Y pasaron junto a Crúnoi y Calcis de hermosas corrientes.
Se puso el sol y todos los caminos quedaron en sombra; y ella se dirigía hacia Feas impulsada por el viento de Zeus, y pasó junto a la divina Élide, donde gobiernan los epeos. Desde allí de nuevo se lanzó hacia las islas escarpadas, preguntándose si escaparía a la muerte o si sería capturado.
Parte4versos 301-400
Odiseo y el noble porquerizo, los dos, en la cabaña, cenaban; y junto a ellos cenaban los demás hombres. Y cuando saciaron el deseo de comida y bebida, les habló Odiseo, probando al porquerizo, si todavía lo querría hospitalariamente y lo invitaría a quedarse allí en la granja, o lo mandaría a la ciudad. «Escucha ahora, Eumeo, y todos vosotros, compañeros: al amanecer quiero irme a la ciudad a mendigar, para no arruinaros a ti y a tus compañeros. Dame buenos consejos y un buen guía que me acompañe, que me conduzca hasta allá; y por la ciudad yo mismo de pura necesidad vagaré, a ver si alguien me ofrece una copa y un trozo de pan.
Y podría llegar a la casa del divino Odiseo y dar noticias a la prudente Penélope, y mezclarme entre los pretendientes arrogantes, a ver si me dan de comer, que tienen comida sin límite. Pronto haría bien entre ellos cualquier cosa que quisieran. Te diré una cosa, escúchame con atención: por favor de Hermes el mensajero, que a todas las obras de los hombres concede gracia y gloria, en servir ningún otro mortal podría competir conmigo: avivar bien el fuego y partir bien la leña seca, y trinchar y asar y escanciar vino, como hacen los pobres cuando sirven a los nobles.»
Y muy afligido le respondiste, porquerizo Eumeo: «Ay de mí, forastero, ¿por qué se te ha ocurrido semejante idea? ¿Acaso quieres morir allí mismo si de verdad pretendes meterte en esa multitud de pretendientes, cuya violencia y arrogancia llegan hasta el cielo de hierro? No son como tú los que los sirven, sino jóvenes bien vestidos con capas y túnicas, siempre con la cabeza reluciente y hermosos rostros, ésos son los que los sirven; y las mesas pulidas están cargadas de pan, carne y vino.
Quédate aquí; nadie se molesta con tu presencia, ni yo ni ninguno de los compañeros que están conmigo. Pero cuando llegue el querido hijo de Odiseo, él te vestirá con una capa, una túnica y ropa, y te mandará adonde tu corazón y tu ánimo te ordenen.» Y le respondió entonces el sufridor divino Odiseo: «Ojalá fueras tan querido por Zeus padre, Eumeo, como lo eres para mí, por detenerme del vagabundeo y la terrible miseria. No hay nada peor que el vagabundeo para los mortales; pero por culpa del maldito vientre sufren pesares terribles los hombres, a quien alcancen el vagabundeo, el sufrimiento y el dolor.
Ahora bien, ya que me retienes y me ordenas esperar a ése, háblame de la madre del divino Odiseo y del padre, que dejó en el umbral de la vejez al partir: ¿acaso aún viven bajo los rayos del sol, o ya han muerto y están en las mansiones de Hades?» Y le respondió el porquerizo, conductor de hombres: «Pues yo, forastero, te lo voy a decir con toda exactitud. Laertes todavía vive, pero suplica siempre a Zeus que su aliento se consuma lejos de sus miembros en su palacio; pues se lamenta terriblemente por su hijo que partió y por su legítima esposa prudente, que sobre todo lo afligió muriendo y lo sumió en una vejez prematura.
Ella murió de pena por su hijo ilustre, de muerte miserable, que ojalá nadie muera así de los que aquí habitan y son amigos míos y hacen obras amigas. Mientras ella vivía, aunque afligida, me gustaba preguntar por ella e informarme, porque ella misma me crió junto con Ctímene de largo peplo, su noble hija, la más joven que engendró de sus hijos; con ella crecí juntos, y casi me honraba tanto como a ella. Pero cuando ambos llegamos a la anhelada juventud, entonces a ella la entregaron a Same y recibieron mil regalos, y a mí aquella señora me vistió con una hermosa capa, una túnica y ropa, me puso sandalias en los pies y me envió al campo; pero me quería de corazón aún más.
Ahora ya echo en falta esas cosas; pero los dioses benditos hacen crecer mi trabajo, en el que permanezco; de él he comido y bebido y he dado a los que me respetan. Pero de la señora no es posible escuchar nada agradable, ni palabra ni hecho, desde que la desgracia cayó sobre la casa: esos hombres arrogantes; pero los siervos necesitan mucho hablar frente a la señora y enterarse de cada cosa y comer y beber, y después también llevarse algo al campo, cosas que siempre alegran el ánimo de los siervos.»
Y respondiéndole le dijo el ingenioso Odiseo: «Dioses, cómo siendo tan pequeño, porquerizo Eumeo, tan lejos vagaste de tu patria y tus padres. Pero anda, cuéntame esto y dímelo con exactitud: ¿acaso fue arrasada la ciudad de amplias calles de los hombres donde vivían tu padre y tu noble madre, o a ti estando solo junto a las ovejas o junto a los bueyes te capturaron hombres enemigos con sus naves y te vendieron en la casa de este hombre, y él pagó un precio digno?»
Y le respondió el porquerizo, conductor de hombres: «Forastero, ya que me preguntas esto y me interrogas, ahora escucha en silencio y disfruta y bebe vino, sentado. Estas noches son inmensas; hay tiempo para dormir y hay tiempo para disfrutar escuchando; no necesitas acostarte antes de tiempo; también el mucho sueño es molesto. Que cualquier otro de vosotros, si su corazón y su ánimo se lo ordena, salga a dormir; y cuando aparezca la aurora, tras desayunar, que siga a los cerdos del señor. Nosotros dos en la cabaña, bebiendo y comiendo, disfrutemos con los tristes pesares del otro recordándolos; pues incluso de los dolores disfruta el hombre
Parte5versos 401-500
que ha sufrido mucho y mucho ha vagado. Esto te voy a decir, ya que me preguntas y me interrogas. Hay una isla llamada Siria, si acaso la has oído nombrar, más allá de Ortigia, donde están los giros del sol, no demasiado poblada, pero es buena, rica en bueyes, rica en ovejas, abundante en vino y en trigo. Nunca llega el hambre al pueblo, ni ninguna otra enfermedad odiosa se abate sobre los desdichados mortales; sino que cuando envejecen en la ciudad las razas de hombres, viene Apolo del arco de plata junto con Artemis, y con sus suaves flechas los matan acercándose.
Allí hay dos ciudades, y todo está dividido entre ellas; sobre ambas reinaba mi padre, Ctesio Orménida, semejante a los inmortales. Allí llegaron hombres fenicios, famosos por sus naves, bribones, trayendo mil baratijas en su negra nave. Había en la casa de mi padre una mujer fenicia, hermosa y alta y conocedora de espléndidas labores; a ella la sedujeron los astutos fenicios. Primero uno se acostó con ella junto a la cóncava nave mientras lavaba, en el lecho y en el amor, cosas que seducen la mente de las mujeres hembras, incluso la que sea honrada.
Luego le preguntó quién era y de dónde venía; y ella enseguida le indicó la alta casa de su padre: «Me glorío de venir de Sidón abundante en bronce, y soy hija de Aríbante, hombre de riqueza que fluye; pero me raptaron piratas tafios cuando venía del campo, me llevaron aquí cruzando el mar a la casa de este hombre; y él pagó un precio digno.» Y le respondió el hombre que se acostaba con ella en secreto: «¿Querrías ahora volver de nuevo a casa con nosotros, para ver la alta casa de tu padre y tu madre y a ellos mismos?
Pues aún viven y se dice que son ricos.» Y le respondió la mujer contestándole: «Eso podría ser, si vosotros, marineros, quisierais jurar bajo juramento que me llevaréis a casa sin daño.» Así habló, y todos juraron como ella mandaba. Y después que juraron y completaron el juramento, de nuevo les habló la mujer contestándoles: «Silencio ahora; que ninguno de vuestros compañeros me dirija la palabra si se encuentra conmigo en el camino o en la fuente; no sea que alguien vaya a la casa y se lo diga al viejo, y él, sospechando, me ate con una atadura terrible, y trame la destrucción para vosotros.
Guardad la palabra en vuestro corazón, y apresuraos a comprar la carga. Pero cuando la nave esté llena de provisiones, que me llegue entonces rápido un mensaje a la casa; pues traeré también oro, todo el que caiga en mis manos. Y yo de buena gana daría otra cosa más como pago del viaje: porque en el palacio cuido al hijo de ese hombre, Sí, algo así de lucrativo, que ruede fácilmente afuera; yo podría llevarlo a la nave, y os daría una ganancia inmensa allí donde lo vendierais entre hombres de lengua extraña.»
Así habló ella y regresó a su hermosa morada; y ellos, quedándose allí con nosotros todo un año, llenaron su cóncava nave de víveres en abundancia. Pero cuando la cóncava nave estuvo cargada para zarpar, entonces enviaron un mensajero que avisara a la mujer. Vino un hombre muy astuto a la casa de mi padre trayendo un collar de oro ensartado con ámbar. Y en el gran salón las esclavas y mi venerable madre lo manoseaban con las manos y lo contemplaban con los ojos, prometiéndole un precio; y él le hizo señas con la cabeza en silencio.
Después de hacer la seña, se marchó a la cóncava nave, y ella, tomándome de la mano, me sacó afuera de la casa. Encontró en el vestíbulo copas y mesas de los hombres que estaban de banquete, los que servían a mi padre. Ellos habían salido hacia la asamblea del pueblo y su conversación, y ella rápidamente cogió tres copas y las escondió en su pecho y las llevó afuera; y yo la seguía en mi inocencia. El sol se puso y todas las calles se llenaron de sombras; y nosotros llegamos rápidamente al puerto famoso, donde estaba la veloz nave de los hombres fenicios.
Ellos entonces subieron a bordo y navegaron por las húmedas sendas, llevándonos con ellos; y Zeus envió viento favorable. Durante seis días navegamos por igual noches y días; pero cuando Zeus Cronida puso el séptimo día, Ártemis la arquera hirió a la mujer, y ella cayó retumbando en la sentina como un ave marina. La arrojaron para que se convirtiera en presa de focas y peces; y yo quedé con el corazón afligido. A ellos el viento y el agua los llevaron hasta Ítaca, donde Laertes me compró con sus propios bienes.
Así fue como vi esta tierra con mis propios ojos.» Y a él le respondió con palabras el divino Odiseo: «Eumeo, en verdad me has conmovido el corazón en el pecho contando cada una de estas cosas, cuánto sufriste en tu ánimo. Pero junto al mal Zeus te puso también el bien, puesto que después de sufrir tanto llegaste a la casa de un hombre bondadoso, que te proporciona comida y bebida generosamente, y vives una buena vida; mientras que yo he llegado hasta aquí errante por muchas ciudades de hombres.»
Así hablaban ellos estas cosas el uno al otro, y durmieron no mucho tiempo, sino apenas un poco; pues pronto llegó la Aurora de hermoso trono. Mientras, en tierra los compañeros de Telémaco soltaban las velas, y bajaron el mástil rápidamente, y remaron la nave hasta el fondeadero con los remos. Echaron las anclas y ataron las amarras de popa; y ellos mismos desembarcaron en la orilla del mar y prepararon la cena y mezclaron el vino reluciente.
Parte6versos 501-557
Y después de que saciaron el deseo de comida y bebida, Telémaco el prudente comenzó a hablarles: «Vosotros llevad ahora la negra nave a la ciudad, y yo iré a los campos a ver a los pastores; al atardecer bajaré a la ciudad después de ver mis tierras. Por la mañana os prepararé el banquete del viaje, un buen festín de carnes y de vino dulce para beber.» Y entonces le habló Teoclímeno semejante a un dios: «¿Adónde iré yo, querido hijo? ¿A la casa de quién llegaré de los hombres que gobiernan la rocosa Ítaca?
¿O iré directamente a la casa de tu madre y a la tuya?» Y Telémaco el prudente le respondió: «En otras circunstancias yo te invitaría a ir a nuestra casa; pues no falta hospitalidad; pero para ti mismo sería peor, ya que yo estaré ausente, y mi madre no te verá; pues ella no aparece frecuentemente ante los pretendientes en la casa, sino que lejos de ellos teje en el telar del piso superior. Pero te indicaré otro hombre al que podrías ir, Eurímaco, el ilustre hijo del prudente Pólibo, a quien ahora los itacenses miran como a un dios; pues es con mucho el mejor hombre y es el que más ansía casarse con mi madre y obtener el honor de Odiseo.
Pero eso lo sabe Zeus Olímpico, que habita en el éter, si antes de la boda les trae un día funesto.» Mientras él hablaba así, voló un ave a la derecha, un halcón, veloz mensajero de Apolo; en sus garras llevaba una paloma desplumándola, y las plumas caían a tierra entre la nave y el propio Telémaco. Entonces Teoclímeno, llamándolo aparte de los compañeros, le tomó la mano y le habló y pronunció su nombre: «Telémaco, no sin un dios ha venido el ave a la derecha; supe al verla que era un ave de augurio.
No hay en el pueblo de Ítaca otro linaje más real que el vuestro, sino que vosotros sois poderosos siempre.» Y Telémaco el prudente le respondió: «Ojalá, huésped, esta palabra se cumpla; entonces conocerías pronto mi amistad y muchos regalos de mi parte, de modo que cualquiera que te encuentre te llamaría dichoso.» Y llamó a Pireo, su fiel compañero: «Pireo hijo de Clitio, tú de todos mis compañeros que me acompañaron a Pilos me obedeces más; ahora también lleva a este huésped a tu casa y trátalo con bondad y honralo hasta que yo llegue.»
Y Pireo famoso por su lanza le respondió: «Telémaco, aunque te quedes aquí mucho tiempo, yo cuidaré de él, y no le faltará hospitalidad.» Así diciendo subió a la nave, y ordenó a los compañeros que ellos también embarcaran y soltaran las amarras de popa. Y ellos en seguida subieron y se sentaron en los bancos de remo. Telémaco se ató bajo los pies las hermosas sandalias, y tomó su poderosa lanza, afilada con agudo bronce, de la cubierta de la nave; y ellos soltaron las amarras de popa.
Ellos empujaron la nave y navegaron hacia la ciudad, como ordenó Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo; y a él sus pies lo llevaron rápidamente mientras avanzaba, hasta que llegó al corral donde tenía sus cerdos, muchísimos, con los que el porquero, siendo un hombre noble, dormía, benevolente con sus señores.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
