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Canto II

La Odisea · Homero · 21 min de lectura

Parte1versos 1-100

Cuando la Aurora de dedos de rosa se mostró, nacida temprano, se levantó de su lecho el hijo querido de Odiseo, se puso las ropas, se colgó la espada afilada al hombro, se ató a los pies relucientes las hermosas sandalias, y salió de su dormitorio semejante a un dios en presencia. Enseguida ordenó a los heraldos de voz penetrante que convocaran al ágora a los aqueos de largas cabelleras. Ellos convocaron, y los otros se reunieron muy rápido. Y cuando ya se habían reunido y estaban todos juntos, marchó hacia el ágora, y en la mano llevaba una lanza de bronce, no solo, lo seguían dos perros veloces.

Atenea derramó sobre él una gracia divina; todo el pueblo lo miraba mientras avanzaba. Se sentó en el asiento de su padre, y los ancianos le cedieron el lugar. Entonces fue el héroe Egipcio quien tomó la palabra primero, él que estaba encorvado por la vejez y sabía innumerables cosas. Pues también su hijo querido había partido con el divino Odiseo a Ilión de buenos potros en las cóncavas naves, Antifo el lancero; y lo mató el salvaje Cíclope en la cueva profunda, y fue el último que preparó para su cena.

Tres hijos más tenía, y uno andaba con los pretendientes, Eurínomo, y dos se ocupaban siempre de los trabajos paternos; pero ni así se olvidaba del otro, lamentándose y sufriendo. Por él, derramando lágrimas, habló y dijo: «Escuchadme ahora, itacenses, lo que voy a deciros. Nunca se ha reunido nuestra asamblea ni ha habido sesión desde que el divino Odiseo partió en las cóncavas naves. Ahora, ¿quién la ha convocado? ¿A quién ha llegado tal necesidad, de entre los hombres jóvenes o de los más viejos?

¿Acaso oyó algún mensaje de un ejército que se acerca, que podría decirnos claramente, si él se enteró primero? ¿O revela y expone algún otro asunto público? Me parece que es noble, bendito. Ojalá que a él mismo Zeus le cumpla el bien que en su mente desea.» Así habló, y el hijo querido de Odiseo se alegró por las palabras, y ya no permaneció sentado más tiempo, sino que quiso hablar, se puso de pie en medio del ágora; el cetro se lo puso en la mano el heraldo Pisénor, conocedor de sabios consejos.

Primero entonces se dirigió al anciano, diciéndole: «Anciano, no está lejos ese hombre, tú mismo lo sabrás enseguida, soy yo quien ha convocado al pueblo; a mí sobre todo me alcanza el dolor. Ni he oído mensaje alguno de un ejército que se acerca, que pudiera deciros claramente, si yo me enterara primero, ni revelo ni expongo ningún otro asunto público, sino mi propia necesidad, pues males han caído sobre mi casa, dobles: por un lado perdí a mi noble padre, que un día entre vosotros reinó sobre estos pueblos, y fue como un padre benévolo; pero ahora hay algo mucho mayor aún, que pronto la casa entera destrozará por completo, y la hacienda destruirá del todo.

A mi madre la asedian pretendientes contra su voluntad, hijos queridos de los hombres que aquí son los más nobles, que se niegan a ir a la casa del padre de ella, Icario, para que él mismo dote a su hija, y la entregue a quien quiera y le resulte agradable; sino que vienen a nuestra casa todos los días, sacrificando bueyes y ovejas y gordas cabras, hacen banquetes y beben el vino reluciente sin medida; y muchos bienes se consumen. Pues no hay un hombre, como era Odiseo, para alejar la ruina de la casa.

Nosotros no somos capaces de defenderla; incluso después seremos miserables y no habremos aprendido el valor. Yo sí me defendería, si tuviera la fuerza; pues ya no son tolerables los hechos que se cometen, ya no es honroso que mi casa perezca; indignaos también vosotros, y respetad a los otros hombres vecinos, los que habitan alrededor; y temed la ira de los dioses, no sea que cambien las cosas, indignados por estas malas acciones. Os suplico por Zeus Olímpico y por Temis, que las asambleas de los hombres disuelve y convoca; deteneos, amigos, y dejadme a mí solo consumirme en mi amargo duelo, a menos que mi noble padre Odiseo haya hecho algún mal a los aqueos de buenas grebas y vosotros, vengándoos, me hagáis daño con hostilidad, incitando a estos.

Me sería más provechoso que fuerais vosotros quienes comierais los tesoros y el ganado; si vosotros comierais, tal vez alguna vez habría compensación, pues entonces por la ciudad os perseguiríamos con palabras reclamando los bienes, hasta que todo fuera devuelto; pero ahora arrojáis penas irremediables a mi corazón.» Así habló encolerizado, y arrojó el cetro al suelo, brotando lágrimas; la compasión se apoderó de todo el pueblo. Entonces todos los demás permanecieron en silencio, y nadie se atrevió a responder a Telémaco con palabras duras; solo Antínoo le respondió, diciendo: «Telémaco altanero, de ánimo indomable, ¿qué has dicho, avergonzándonos, queriendo colgar sobre nosotros la culpa?

No son los pretendientes aqueos los culpables para contigo, sino tu propia madre, que conoce bien las artimañas. Ya es el tercer año, y pronto llegará el cuarto, desde que engaña el corazón en los pechos de los aqueos. A todos da esperanzas, y promete a cada hombre, enviando mensajes; pero su mente planea otras cosas. Y esta otra trampa urdió en su mente: montó un gran telar en el palacio y tejía, un paño fino y enorme; y enseguida nos dijo: Jóvenes, mis pretendientes, ya que ha muerto el divino Odiseo, esperad, aunque tengáis prisa por mi boda, hasta que termine este manto, para que no se pierdan en vano los hilos, un sudario para el héroe Laertes, para cuando el destino funesto lo alcance con la muerte que todo lo extiende,

Parte2versos 101-200

no sea que alguna de las aqueas del pueblo me censure, si yace sin mortaja quien poseyó tantos bienes. Así dijo, y nuestro ánimo orgulloso se dejó persuadir. Entonces durante el día tejía en el gran telar, y por las noches lo destejía, después de colocar las antorchas. Así durante tres años ocultó el engaño y persuadió a los aqueos; pero cuando llegó el cuarto año y vinieron las estaciones, entonces una de las mujeres, que lo sabía bien, habló, y la sorprendimos destejiendo el espléndido paño.

Así lo terminó también contra su voluntad, por la fuerza; a ti así te responden los pretendientes, para que lo sepas tú mismo en tu corazón, y todos los aqueos lo sepan: despide a tu madre, ordénale que se case con quien su padre le mande y a ella le agrade. Pero si continúa afligiendo por mucho tiempo a los hijos de los aqueos, pensando en su corazón en los dones que Atenea le ha dado en abundancia, el conocimiento de labores bellísimas y nobles pensamientos y astucias, como no hemos oído de ninguna, ni siquiera de las antiguas, de aquellas que hubo antes, aqueas de hermosas trenzas, Tiro y Alcmena y Micena de hermosa corona; ninguna de ellas supo pensamientos semejantes a los de Penélope; pero esto ciertamente no lo ha pensado con acierto.

Pues así tus bienes y posesiones serán devorados mientras ella mantenga este pensamiento que ahora los dioses le ponen en el pecho; gran fama para ella misma se gana, pero para ti añoranza de mucha hacienda. Nosotros no iremos a nuestros trabajos ni a ninguna otra parte, antes de que ella se case con el aqueo que prefiera.» Y Telémaco prudente le respondió a su vez: «Antínoo, no es posible expulsar de la casa contra su voluntad a la que me parió, a la que me crió, y mi padre en otra tierra vive o ha muerto; sería malo pagarle mucho a Icario, si yo por mi propia voluntad despidiera a mi madre.

Pues del padre sufriré males, y otros el dios me dará, ya que mi madre invocará las odiosas Erinias al partir de la casa; y habrá reproche de los hombres contra mí; así que nunca pronunciaré esa palabra. Y si vuestro corazón se indigna por esto, salid de mi palacio, preparaos otros banquetes, comiendo vuestros propios bienes, turnándoos de casa en casa. Pero si os parece que esto es mejor y más ventajoso, destruir la hacienda de un solo hombre sin compensación, arrasad; yo invocaré a los dioses eternos, por si acaso Zeus concede que haya actos de venganza: entonces moriríais sin compensación dentro de esta casa.»

Así habló Telémaco, y Zeus de amplia voz le envió dos águilas que hizo volar desde lo alto de la cima del monte. Ellas volaban durante un tiempo con el soplo del viento, cerca una de otra, extendiendo las alas; pero cuando llegaron al centro del ágora de muchas voces, Allí girando en círculos agitaron sus alas espesas, miraron las cabezas de todos y presagiaron destrucción; desgarrándose con las garras las mejillas y los cuellos se lanzaron hacia la derecha por las casas y la ciudad entera.

Se asombraron ante los pájaros cuando los vieron con sus ojos; pensaban en su ánimo qué cosas iban a cumplirse. Y entre ellos habló el anciano héroe Haliterses hijo de Mastor; pues él solo entre los de su edad superaba a los demás en conocer los pájaros y declarar presagios; benevolente les habló en la asamblea y les dijo: «Escuchadme ahora, itacenses, lo que voy a decir; y sobre todo a los pretendientes anuncio estas cosas. Pues un gran desastre se desploma sobre ellos; porque Odiseo no estará lejos de los suyos por mucho tiempo, sino que ya quizá estando cerca está plantando para estos la matanza y la muerte, para todos; y habrá también desgracia para muchos otros que habitamos en Ítaca de buena luz solar.

Así que antes pensemos cómo podemos detenerlos; o que ellos mismos se detengan; y es que para ellos será mejor con mucho. No profetizo sin experiencia, sino sabiendo bien; pues digo que para aquel se han cumplido todas las cosas, como yo le anuncié cuando embarcaron hacia Ilión los argivos, y con ellos iba el ingenioso Odiseo. Dije que sufriendo muchos males, perdiendo a todos sus compañeros, desconocido para todos en el año vigésimo volvería a casa; y ahora todo eso se está cumpliendo.» Y a él de nuevo Eurímaco, hijo de Pólibo, le respondió: «Viejo, anda ahora a profetizar a tus propios hijos volviendo a casa, no sea que sufran algún mal después; estas cosas yo las profetizo mucho mejor que tú.

Hay muchos pájaros que van y vienen bajo los rayos del sol y no todos son presagios; en cuanto a Odiseo, murió lejos, como tú también hubieras debido morir con aquel; no andarías diciendo tantas profecías, ni azuzarías así a Telémaco ya encolerizado, esperando un regalo para tu casa, por si te lo da. Pero te diré algo, y se cumplirá: si tú que sabes muchas cosas antiguas persuadiendo con palabras incitas a un hombre joven a encolerizarse, primero para él mismo será más doloroso, y de todos modos no podrá hacer nada por causa de estos; y a ti, viejo, impondremos una multa que en tu ánimo al pagarla te amargará; y te será un dolor terrible.

A Telémaco en presencia de todos yo mismo le aconsejaré: que ordene a su madre volver a casa de su padre; ellos prepararán la boda y dispondrán los regalos nupciales muy abundantes, cuantos conviene que acompañen a una hija querida. Pues no creo que antes cesen los hijos de los aqueos del cortejo penoso, ya que de todos modos a nadie tememos, ni siquiera a Telémaco, aunque sea de muchas palabras,

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ni nos importan las profecías que tú, anciano, declares sin efecto, y te harás más odioso todavía. Y los bienes serán devorados miserablemente, y nunca habrá compensación, mientras ella siga demorando a los aqueos en su boda; nosotros esperando día tras día por causa de su excelencia competimos, y no vamos tras otras con las que sería apropiado que cada uno se casara.» Y a él Telémaco sensato le respondió: «Eurímaco y vosotros demás, cuantos sois pretendientes ilustres, esto ya no os lo suplico ni os lo digo; pues ya lo saben los dioses y todos los aqueos.

Pero dadme una nave rápida y veinte compañeros, que me ayuden a hacer el viaje de un lado a otro. Pues iré a Esparta y a Pilos arenosa, a preguntar por el regreso de mi padre ausente desde hace tiempo, por si alguno de los mortales me lo dice, o escuche la voz de Zeus, que sobre todo trae la fama a los hombres. Si oigo que mi padre vive y va a regresar, aunque esté agobiado aún soportaré un año; pero si oigo que ha muerto y ya no existe, entonces al regresar a mi querida tierra patria le levantaré un túmulo y celebraré los funerales muy abundantes, como conviene, y daré mi madre a un hombre.»

Así dijo y se sentó, y entre ellos se levantó Méntor, que era compañero del irreprochable Odiseo, y que al partir en las naves le confió toda la casa, para que obedecieran al anciano y conservaran todo seguro; benevolente les habló en la asamblea y les dijo: «Escuchadme ahora, itacenses, lo que voy a decir; que ningún rey que empuña el cetro sea ya benévolo y gentil, ni conozca en su mente lo justo, sino que sea siempre cruel y cometa actos injustos, ya que nadie se acuerda del divino Odiseo entre el pueblo sobre el que reinaba, y era como un padre benigno.

Pero a los pretendientes arrogantes no les reprocho en absoluto que cometan actos violentos con la perversidad de su mente; pues arriesgando sus propias cabezas devoran con violencia la casa de Odiseo, y dicen que ya no volverá. Ahora me indigno con el resto del pueblo, cómo todos vosotros permanecéis en silencio, y ni siquiera hablando con palabras contenéis a los pocos pretendientes siendo vosotros muchos.» Y a él Leocritos hijo de Evenor le respondió: «Méntor malvado, loco de mente, qué has dicho incitándonos a detenernos.

Es difícil luchar con hombres más numerosos por causa de un banquete. Pues incluso si el mismo Odiseo itacense viniendo encontrara a los ilustres pretendientes banqueteándose en su casa y deseara en su ánimo echarlos del palacio, no se alegraría su esposa, aunque lo desee mucho, de que haya venido, sino que allí mismo le sobrevendría un destino vergonzoso, si luchara con los más numerosos; no has hablado según razón. Pero vamos, que la gente se disperse cada uno a sus trabajos, y a este que lo apremien en el camino Méntor y Haliterses, que desde el principio son compañeros de su padre.

Pero yo creo que sentado por mucho tiempo escuchará noticias en Ítaca, y este viaje nunca lo cumplirá.» Así habló, y disolvió la asamblea rápidamente. Se dispersaron entonces cada uno a sus casas, y los pretendientes fueron a la casa del divino Odiseo. Telémaco apartándose fue a la orilla del mar, y lavándose las manos en el agua gris del mar, rezó a Atenea: «Escúchame, tú que ayer viniste como dios a nuestra casa y me ordenaste ir en una nave sobre el mar brumoso, a preguntar por el regreso de mi padre ausente desde hace tiempo; todo eso lo impiden los aqueos, y sobre todo los pretendientes, insolentes en su maldad.»

Así dijo rezando, y Atenea se le acercó, parecida a Méntor en el cuerpo y también en la voz, y hablándole le dirigió palabras aladas: «Telémaco, no serás en el futuro ni cobarde ni insensato; si en ti se ha infundido la buena fuerza de tu padre, como aquel era para cumplir tanto la acción como la palabra, entonces tu viaje no será vano ni quedará sin cumplirse. Pero si no eres hijo de aquel y de Penélope, entonces no espero que cumplas lo que deseas.

Pues pocos hijos se parecen a su padre, la mayoría son peores, pocos mejores que su padre. Pero ya que en el futuro no serás ni cobarde ni insensato, y no te ha abandonado del todo la astucia de Odiseo, entonces hay esperanza de que cumplas estas acciones. Por eso ahora deja la voluntad y el propósito de los pretendientes insensatos, ya que no son ni prudentes ni justos; ni saben nada de la muerte y la negra perdición, que está cerca de ellos para que todos perezcan en un día.

Y para ti el viaje que deseas no estará ya lejos; pues tal compañero tuyo soy yo, de tu padre, yo que te equiparé una nave rápida y te acompañaré yo mismo. Pero tú ve a casa y trata con los pretendientes, prepara provisiones y guárdalas todas en vasijas, vino en ánforas y harina, médula de los hombres, en pieles bien cosidas; y yo por el pueblo a los compañeros rápidamente voluntarios reuniré. Hay naves muchas en Ítaca rodeada de mar, nuevas y viejas; de ellas yo miraré cuál es la mejor, y rápidamente equipándola la botaremos al ancho mar.»

Así habló Atenea, hija de Zeus; y ya no por mucho tiempo permaneció Telémaco, pues escuchó la voz de la diosa. Echó a andar hacia la casa con el corazón afligido, y encontró a los pretendientes en sus salones desollando cabras y chamuscando cerdos en el patio.

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Antínoo se le acercó a Telémaco riéndose abiertamente, le tomó la mano, le habló y pronunció su nombre: «Telémaco, orador altivo, ímpetu desbocado, que ningún otro mal pensamiento obre en tu pecho, ningún otro acto ni palabra, sino come y bebe como antes lo hacías. Todo eso te lo conseguirán sin falta los aqueos, una nave y remeros escogidos, para que llegues cuanto antes a Pilos la sagrada en busca de noticias de tu ilustre padre». Y Telémaco, sensato, le respondió frente a frente: «Antínoo, no es posible entre vosotros, los soberbios, banquetear en calma ni disfrutar tranquilo.

¿No os basta con haber devorado antes tantas y tan buenas propiedades mías, pretendientes, cuando yo aún era un niño? Pero ahora que soy grande, y escuchando las palabras de otros voy comprendiendo, y el ánimo me crece aquí dentro, intentaré arrojaros encima la muerte funesta, yendo a Pilos o aquí mismo, en este pueblo. Iré, y no será en vano el viaje del que hablo, como pasajero; pues no tengo a mi mando nave ni remeros: así les pareció a vosotros, seguramente, más conveniente».

Dijo, y de la mano de Antínoo apartó su mano con facilidad; los pretendientes seguían ocupándose del banquete en el palacio. Ellos lo insultaban y se burlaban con palabras, y alguno de aquellos jóvenes arrogantes decía así: «Está claro que Telémaco medita asesinarnos. O traerá auxiliares de Pilos la arenosa, o incluso de Esparta, ya que se empeña terriblemente en ello; o también quiere ir a Éfira, tierra fértil, para traerse de allí venenos mortales, echarlos en la crátera y acabar con todos nosotros». Y otro de aquellos jóvenes arrogantes decía: «Quién sabe si él mismo, yendo sobre su cóncava nave, perecerá lejos de los suyos, errante como Odiseo; así nos causaría aún más trabajo: pues tendríamos que repartirnos todos sus bienes, y la casa se la daríamos a su madre, y a quien se case con ella».

Así hablaban; él bajó al alto almacén de su padre, amplio, donde yacían amontonados oro y bronce, vestidos en arcas y aceite oloroso en abundancia. Allí había tinajas de vino añejo, delicioso de beber, llenas de bebida divina sin mezclar, colocadas en fila junto al muro, por si acaso Odiseo volviera a casa después de sufrir muchos dolores. Estaban cerradas con puertas bien ajustadas, de doble hoja; y una mujer, la despensera, noche y día estaba allí, custodiándolo todo con su aguda inteligencia, Euriclea, hija de Ope Pisenórida.

A ella llamó entonces Telémaco al almacén y le habló: «Ama, vamos, sácame vino en ánforas, el más dulce después de aquel que tú guardas pensando en aquel desgraciado, por si vuelve de algún sitio, Odiseo de linaje divino, esquivando muerte y perdición. Lléname doce y tápalas todas con sus tapones. Y échame harina en odres bien cosidos; que haya veinte medidas de harina molida de cebada. Tú sola debes saberlo: que todo esté reunido; al anochecer lo recogeré, cuando mi madre suba al piso de arriba y se entregue al sueño; pues voy a Esparta y a Pilos la arenosa a preguntar por el regreso de mi querido padre, por si algo escucho».

Así habló, y gimió la querida nodriza Euriclea, y lamentándose le dirigió estas palabras aladas: «¿Por qué se te ha metido en la cabeza este pensamiento, hijo querido? ¿Adónde quieres ir por la vasta tierra siendo tú solo y amado? Ha muerto lejos de su patria Odiseo de linaje divino, en tierra extranjera. Y ellos en cuanto te vayas tramarán males a tu espalda, para que mueras por engaño y repartirse ellos todo esto. Antes bien quédate aquí sentado entre los tuyos; no necesitas sufrir males por el mar estéril ni andar errante».

Y Telémaco, sensato, le respondió: «Ten ánimo, ama, pues esta decisión no viene sin un dios. Pero júrame que no se lo contarás a mi querida madre hasta que lleguen el undécimo o duodécimo día, o ella misma me eche de menos y se entere de mi partida, para que llorando no se lastime su hermoso rostro». Así habló, y la anciana juró el gran juramento de los dioses. Y después de que hubo jurado y completado el juramento, enseguida le sacó vino en ánforas, y le echó harina en odres bien cosidos; Telémaco volvió al palacio y se mezcló con los pretendientes.

Entonces pensó otra cosa la diosa Atenea de ojos brillantes: tomando la apariencia de Telémaco recorrió toda la ciudad, y poniéndose junto a cada hombre le comunicaba su mensaje, les ordenaba reunirse al anochecer junto a la nave veloz. Y pidió además a Noemón, ilustre hijo de Fronio, una nave veloz; y él de buen grado se la concedió. Se puso el sol y se ensombrecieron todos los caminos; entonces arrastró la veloz nave al mar, y en ella puso todos los aparejos que llevan las naves de buenos bancos.

La amarró en el extremo del puerto, y en torno los nobles compañeros se reunieron agrupados; la diosa animaba a cada uno. Entonces pensó otra cosa la diosa Atenea de ojos brillantes: se fue hacia el palacio del divino Odiseo; allí derramó sobre los pretendientes dulce sueño, los aturdió mientras bebían, les hizo caer las copas de las manos. Se levantaron para dormir por la ciudad, y ya no permanecían sentados mucho tiempo, pues el sueño les caía sobre los párpados. Entonces la diosa Atenea de ojos brillantes se dirigió a Telémaco llamándolo fuera del palacio bien habitado,

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semejante a Méntor en el cuerpo y también en la voz: «Telémaco, ya tus compañeros de buenas grebas están sentados a los remos, esperando tu partida; pero vamos, no retrasemos más el camino». Así habló Palas Atenea y le guió con rapidez; él siguió las huellas de la diosa. Y cuando llegaron a la nave y al mar, encontraron entonces en la orilla a los compañeros de largos cabellos. Y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco: «Venid, amigos, llevemos las provisiones; pues ya están todas reunidas en el palacio; mi madre no sabe nada, ni las demás criadas, una sola ha escuchado la noticia».

Así habló y los guió, y ellos le seguían. Y llevándolo todo a la nave de buenos bancos lo colocaron, como había ordenado el querido hijo de Odiseo. Entonces Telémaco subió a la nave, y Atenea iba delante, se sentó en la popa de la nave; cerca de ella se sentó Telémaco. Ellos soltaron las amarras de popa, subieron también ellos mismos y se sentaron en los bancos de los remos. Les envió viento favorable la diosa Atenea de ojos brillantes, un Céfiro impetuoso, resonando sobre el mar oscuro como el vino.

Telémaco, exhortando a los compañeros, les ordenó ocuparse de los aparejos; ellos escucharon la exhortación. El mástil de abeto en el interior del hueco mástil lo alzaron y lo fijaron, lo ataron con los cables de proa, izaron las velas blancas con sogas bien trenzadas de cuero. El viento hinchó la vela en el centro, y en torno la ola resonó violentamente oscura contra la proa de la nave que avanzaba; [ella corría sobre la ola surcando el camino.] Y después de asegurar los aparejos a lo largo de la negra nave veloz dispusieron cráteras coronadas de vino, e hicieron libaciones a los dioses inmortales eternos, y de todos sobre todo a la hija de Zeus de ojos brillantes. Toda la noche y el alba siguió ella su camino.

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