Canto XXI
Parte1versos 1-100
Entonces en su mente puso la idea la diosa de ojos brillantes, Atenea, en la hija de Icario, en la prudente Penélope, que pusiera ante los pretendientes el arco y el hierro grisáceo en la casa de Odiseo, como prueba y como principio de la matanza. Subió la escalera elevada de su casa, y tomó en su fuerte mano la llave bien curvada, hermosa, de bronce; el mango era de marfil. Se encaminó al almacén con sus sirvientas al fondo; allí yacían los tesoros de su señor, el bronce y el oro y el hierro trabajado con esfuerzo.
Allí estaba el arco curvo y también el carcaj portador de flechas, y dentro había muchas saetas que traen gemidos, regalos que le dio un huésped cuando lo conoció en Lacedemonia, Ífito hijo de Éurito, semejante a los inmortales. Ellos dos se encontraron en Mesenia en la casa del astuto Ortíloco. En verdad, Odiseo había ido a reclamar una deuda que todo el pueblo le debía: porque unos hombres mesenios habían robado de Ítaca trescientas ovejas en naves de muchos bancos, y a los pastores.
Por eso Odiseo emprendió ese largo viaje, siendo apenas un muchacho; su padre y otros ancianos lo enviaron. Ífito, a su vez, buscaba unas yeguas que había perdido, doce hembras, y debajo de ellas mulas resistentes al trabajo. Estas mismas luego se volvieron su muerte y su destino, cuando llegó hasta el hijo de Zeus de corazón poderoso, el hombre Heracles, conocedor de grandes hazañas, que lo mató siendo su huésped, allí en su propia casa, el brutal, sin respetar la cólera de los dioses ni la mesa que él mismo le había puesto; después lo asesinó, y se quedó él con las yeguas de cascos firmes en su palacio.
Buscándolas se encontró con Odiseo, y le dio el arco que antes había llevado el gran Éurito, y que él a su hijo dejó al morir en la casa elevada. Odiseo a cambio le dio una espada aguda y una lanza poderosa, comienzo de una hospitalidad afectuosa; pero ni en la mesa se conocieron el uno al otro: antes el hijo de Zeus mató a Ífito hijo de Éurito, semejante a los inmortales, el que le había dado el arco. Este arco nunca el divino Odiseo lo llevaba cuando iba a la guerra en las naves negras, sino que allí lo guardaba como recuerdo de un huésped querido en su casa, y lo portaba solo en su propia tierra.
Cuando llegó a ese almacén la divina entre las mujeres, pisó el umbral de roble que en otro tiempo un carpintero pulió con pericia y enderezó con la plomada, y ajustó las jambas y puso las puertas relucientes, enseguida ella desató rápido la correa del gancho, metió la llave y levantó los pestillos de las puertas apuntando de frente. Y estas mugieron como un toro que pasta en el prado: así mugieron las hermosas hojas golpeadas por la llave, y se abrieron de par en par.
Ella subió a la tarima alta; allí había cofres donde yacían ropas perfumadas. De allí, estirando el brazo, descolgó del gancho el arco con su funda brillante que lo cubría. Se sentó allí mismo, poniéndolo sobre sus rodillas, y lloró con agudos gemidos, y sacó el arco de su señor. Cuando se hartó del llanto que trae muchas lágrimas, se fue hacia el salón, entre los pretendientes ilustres, llevando en la mano el arco curvo y el carcaj portador de flechas; y dentro había muchas saetas que traen gemidos.
Las sirvientas junto a ella llevaban un cofre donde yacía mucho hierro y bronce, las pruebas de su señor. Cuando llegó a donde estaban los pretendientes la divina entre las mujeres, se detuvo junto al pilar del techo bien construido, sosteniendo ante sus mejillas los velos brillantes; y a cada lado se puso una sirvienta de confianza. Enseguida se dirigió a los pretendientes y les dijo estas palabras: «Escuchadme, pretendientes arrogantes, vosotros que esta casa os habéis empeñado en comer y beber constantemente en ausencia de un hombre que lleva tanto tiempo lejos, sin poder inventar ninguna otra excusa para vuestros actos salvo que deseáis casaros conmigo y tomarme por esposa.
Pues bien, pretendientes, ya que esta se muestra como la prueba: pondré aquí el gran arco del divino Odiseo; el que más fácilmente tense el arco con sus manos y dispare a través de las doce hachas todas, a ese lo seguiré, dejando esta casa conyugal, tan hermosa, tan llena de riqueza, de la cual creo que me acordaré incluso en sueños.» Así habló, y ordenó a Eumeo, el divino porquerizo, que pusiera ante los pretendientes el arco y el hierro grisáceo. Llorando Eumeo lo recibió y lo depositó; y lloraba también el vaquero, cuando vio el arco de su señor.
Antínoo lo reprendió y le dijo estas palabras: «Campesinos estúpidos que solo pensáis en el día de hoy, ah, desdichados, ¿por qué derramáis lágrimas y a la mujer le revolvéis el ánimo en el pecho? Ella ya de por sí tiene el corazón hundido en el dolor, pues perdió a su querido esposo. Así que o bien sentaos y comed en silencio, o salid fuera a llorar, y dejad el arco aquí para los pretendientes, como una prueba imposible: porque no creo que este arco pulido sea fácil de tensar.
Pues no hay entre todos estos ningún hombre como Odiseo era; yo mismo lo he visto, y me acuerdo bien, aunque era todavía un niño pequeño.» Así habló, pero su corazón en el pecho esperaba tensar la cuerda y atravesar con la flecha el hierro. Pero en verdad iba a probar primero una flecha de manos del irreprochable Odiseo, al que entonces deshonraba sentado en el salón, e incitaba a todos sus compañeros.
Parte2versos 101-200
Entre ellos habló también la sagrada fuerza de Telémaco: «Ay de mí, Zeus Cronida me ha vuelto realmente insensato. Mi madre querida dice, aunque es prudente, que seguirá a otro, dejando esta casa; y yo me río y me alegro con mi ánimo necio. Pero vamos, pretendientes, ya que esta se muestra como la prueba: una mujer como no hay ahora en toda la tierra aquea, ni en la sagrada Pilos ni en Argos ni en Micenas, ni en la propia Ítaca ni en el continente negro.
Vosotros mismos lo sabéis; ¿para qué necesito yo alabar a mi madre? Vamos, no lo demoréis con excusas ni por más tiempo os apartéis de tensar el arco, para que veamos. Yo mismo podría probar este arco; y si lo tenso y disparo a través del hierro, no me afligiría que mi venerable madre dejara esta casa para irse con otro, cuando yo me quedara atrás capaz ya de conseguir los hermosos trofeos de mi padre.» Dijo, y se quitó de los hombros el manto púrpura, poniéndose de pie de un salto, y se quitó la espada aguda de los hombros.
Primero plantó las hachas, cavando una zanja larga para todas, una sola, y la enderezó con la plomada, y apisonó la tierra alrededor. El asombro se apoderó de todos al verlo, cómo las plantó con tanto orden; y antes jamás las había visto. Luego fue y se puso en el umbral y probó el arco. Tres veces lo hizo vibrar esforzándose por tensarlo, tres veces aflojó la fuerza, aunque en su ánimo esperaba tensar la cuerda y atravesar con la flecha el hierro. Y ya lo habría tensado con fuerza tirando por cuarta vez, pero Odiseo le hizo una seña y lo contuvo aunque estaba ansioso.
Entonces les dijo de nuevo la sagrada fuerza de Telémaco: «Ay de mí, seré también después un cobarde e inútil, o soy demasiado joven y todavía mis brazos no son de fiar para defenderme de un hombre cuando otro sea el primero en atacar. Pero vamos, vosotros que sois superiores a mí en fuerza, probad el arco y terminemos esta prueba.» Así diciendo dejó el arco en el suelo, apoyándolo contra las tablas pulidas y bien ajustadas, y junto a él la flecha veloz la apoyó en el hermoso gancho, y volvió a sentarse en el trono del que se había levantado.
Entonces Antínoo les habló, el hijo de Eupites: «Levantaos todos en orden, compañeros, de izquierda a derecha, comenzando desde el lugar donde está el que sirve el vino.» Así habló Antínoo, y la propuesta les agradó. Leodes se levantó primero, el hijo de Enope, que era su sacerdote, y siempre se sentaba al fondo, junto a la hermosa crátera; solo a él le repugnaban las violencias y se indignaba con todos los pretendientes. Él fue entonces el primero en tomar el arco y la flecha veloz.
Fue y se puso en el umbral y probó el arco, pero no lo tensó: antes se le cansaron las manos al tirar, intactas, delicadas. Y entonces dijo a los pretendientes: «Amigos, yo no puedo tensarlo; que lo intente otro. Este arco privará a muchos nobles del ánimo y la vida, ya que es mucho mejor morir que vivir sin alcanzar aquello por lo que siempre nos reunimos aquí, esperando día tras día. Ahora alguno todavía tiene esperanza en su corazón y desea casarse con Penélope, la esposa de Odiseo; pero cuando pruebe el arco y vea cómo es, que corteje entonces a alguna otra aquea de hermosos vestidos con sus regalos; y ella después que se case con quien le ofrezca más y venga como destinado.»
Así habló y dejó el arco apartado de sí, apoyándolo contra las puertas bien pulidas y ensambladas, y la veloz flecha la reclinó contra la bella aldaba, y luego volvió a sentarse en el trono del que se había levantado. Antínoo lo increpó y le dijo estas palabras: «Leiodes, qué clase de palabra escapó del cerco de tus dientes, terrible y penosa; me indigna oírla, que este arco privará a los nobles del ánimo y la vida porque tú no puedes tensarlo. Tu venerable madre no te parió para ser un hombre capaz de tensar arcos y flechas; pero otros pretendientes ilustres lo tensarán pronto.»
Así habló, y le ordenó a Melantio, el cabrero: «Enciende fuego en el salón, Melantio, y pon junto a él un gran asiento con un vellón encima, y trae de adentro un gran disco de grasa, para que los jóvenes, calentándolo y ungiéndolo con aceite, probemos el arco y concluyamos la prueba.» Así habló, y Melantio encendió enseguida el fuego infatigable, y llevó un asiento y lo puso con un vellón encima, y trajo de adentro un gran disco de grasa. Con él los jóvenes lo calentaban e intentaban, pero no podían tensarlo, y les faltaba mucha fuerza.
Antínoo todavía se contenía, y Eurímaco de aspecto divino, jefes de los pretendientes; eran los mejores con mucho en valor. Entonces salieron de la casa juntos, los dos a la vez, el vaquero y el porquero del divino Odiseo; y tras ellos salió de la casa el propio divino Odiseo. Pero cuando ya estuvieron fuera de las puertas y del patio, alzó la voz y les habló con palabras suaves: «Vaquero, y tú, porquero, ¿podría deciros algo, o mejor lo oculto? Mi corazón me manda hablar.
¿Cómo defenderíais a Odiseo, si viniera así de repente y algún dios lo trajera? ¿Defenderíais a los pretendientes o a Odiseo? Decid como os mandan el corazón y el ánimo.» Y le respondió entonces el hombre que cuidaba los bueyes: «Zeus padre, ojalá cumplieras este deseo:
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que viniera ese hombre y lo trajera un dios; entonces verías cuál es mi fuerza y cómo me siguen las manos.» Del mismo modo Eumeo rogó a todos los dioses que Odiseo el prudente regresara a esta casa. Y cuando conoció con certeza sus intenciones, de nuevo les habló respondiendo con estas palabras: «Aquí estoy yo mismo, que tras sufrir muchas desgracias he llegado al vigésimo año a mi tierra patria. Sé que llego siendo esperado por vosotros dos solos entre los sirvientes; de ningún otro oí que rogara por mi regreso a casa.
A vosotros os diré la verdad de cómo será: si un dios somete bajo mi mano a los ilustres pretendientes, os daré a ambos esposas y os concederé bienes y casas construidas cerca de la mía; y después seréis para mí compañeros y hermanos de Telémaco. Vamos, os mostraré también otra señal bien clara, para que me reconozcáis bien y confiéis en vuestro corazón: la cicatriz que una vez me hizo un jabalí con su blanco colmillo cuando fui al Parnaso con los hijos de Autólico.»
Así diciendo apartó los harapos de la gran cicatriz. Y cuando los dos la vieron y observaron bien cada detalle, lloraron y abrazaron al prudente Odiseo y lo besaban afectuosamente en la cabeza y los hombros; y del mismo modo Odiseo les besaba la cabeza y las manos. Y habría caído la luz del sol sobre ellos llorando, si el propio Odiseo no los hubiera contenido y dicho: «Dejad de llorar y lamentaros, no sea que alguien os vea saliendo del salón y luego lo cuente adentro.
Entrad de uno en uno, no todos juntos, yo primero, después vosotros. Y que esto sea la señal: todos los demás, cuantos son pretendientes ilustres, no me permitirán que me den el arco y el carcaj; pero tú, divino Eumeo, llevando el arco por el salón, ponlo en mis manos, y ordena a las mujeres que cierren con llave las puertas bien ajustadas del salón; y si alguna oye gemidos o ruido dentro de los hombres en nuestro recinto, que no salga afuera, sino que permanezca allí en silencio junto a su trabajo.
A ti, divino Filecio, te encargo las puertas del patio: ciérralas con llave y echa rápido el cerrojo.» Así diciendo entró en la casa bien habitada; después fue a sentarse en el asiento del que se había levantado. Y también entraron los dos sirvientes del divino Odiseo. Eurímaco ya manejaba el arco entre sus manos, calentándolo aquí y allá al resplandor del fuego; pero ni así pudo tensarlo, y gimió profundamente en su noble corazón; y afligido habló y dijo estas palabras: «¡Ay de mí!, siento dolor por mí mismo y por todos.
No me lamento tanto por la boda, aunque me duele —hay muchas otras aqueas, unas en esta misma Ítaca rodeada de mar, otras en otras ciudades—; pero si es que carecemos tanto de fuerza comparados con el divino Odiseo, que no podemos tensar su arco; será una vergüenza que lo sepan los venideros.» Y le respondió Antínoo, hijo de Eupites: «Eurímaco, no será así; tú mismo lo sabes. Hoy es en el pueblo la fiesta sagrada de ese dios; ¿quién tensaría arcos? Dejadlo tranquilo. Y las hachas, incluso si las dejamos todas plantadas, no creo que nadie vaya a llevárselas entrando en el salón del Laertíada Odiseo.
Vamos, que el copero nos sirva las copas, para que tras hacer libaciones dejemos el arco curvo; y al amanecer ordenad a Melantio, el cabrero, que traiga las cabras que sobresalen entre todos los rebaños, para que poniendo los muslos al glorioso arquero Apolo probemos el arco y concluyamos la prueba.» Así habló Antínoo, y el discurso agradó a todos. Los heraldos vertieron agua sobre sus manos, los jóvenes coronaron las cráteras de bebida y la distribuyeron a todos comenzando por las copas. Y cuando ya hubieron hecho libaciones y bebido cuanto deseaban, les habló con astucia el astuto Odiseo: «Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, para que diga lo que el corazón en mi pecho me manda; a Eurímaco sobre todo y al divino Antínoo suplico, ya que también él habló con sensatez: dejad ahora el arco, confiadlo a los dioses; al amanecer el dios dará la victoria a quien quiera.
Vamos, dadme a mí el arco bien pulido, para que entre vosotros pruebe mis manos y mi fuerza, si todavía tengo el vigor que antes había en mis flexibles miembros, o ya me lo han destruido el vagabundeo y el abandono.» Así habló, y todos se indignaron con arrogancia, temiendo que tensara el arco bien pulido. Antínoo lo increpó y le dijo estas palabras: «¡Ah, miserable extranjero, no tienes ni una pizca de juicio! ¿No te conformas con que tranquilo entre nosotros los arrogantes banquetees y no te priven de nada del festín, y escuches nuestras palabras y conversación?
Ningún otro extranjero y mendigo escucha nuestras palabras. El vino dulce como miel te daña, el que también a otros perjudica cuando alguien lo toma a tragos y no bebe con mesura. El vino también engañó al Centauro, al célebre Euritión, en el salón del magnánimo Pirítoo, cuando fue donde los lapitas; y cuando el vino le nubló la mente, enloquecido cometió crímenes en la casa de Pirítoo. La angustia se apoderó de los héroes, y a través del pórtico afuera lo arrastraron levantándose de un salto, le cortaron las orejas con bronce despiadado
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y le cortaron orejas y nariz. Él, enloquecido en su interior, se marchó arrastrando su desgracia con el corazón sin cordura. Desde entonces surgió el conflicto entre centauros y hombres, y él mismo fue el primero en hallar su mal por la embriaguez del vino. Así también te anuncio una gran desgracia si tensas el arco: no encontrarás ningún trato favorable en nuestro pueblo, sino que enseguida en una nave negra te enviaremos con el rey Equeto, mutilador de todos los mortales, y de allí no te salvarás de ningún modo.
Así que tranquilo, bebe y no compitas con hombres más jóvenes.» Y entonces le respondió la prudente Penélope: «Antínoo, no está bien ni es justo deshonrar a los huéspedes de Telémaco, sea quien sea que llegue a esta casa. ¿Esperas acaso que, si el extranjero tensa el gran arco de Odiseo confiando en sus manos y en su fuerza, me lleve a su casa y me haga su esposa? Ni él mismo seguramente ha abrigado esa esperanza en su pecho. Que ninguno de vosotros por eso aflija su ánimo mientras festeja aquí, pues ni siquiera conviene.»
Y entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, le dijo en respuesta: «Hija de Icario, prudente Penélope, no creemos que éste vaya a llevarte, ni conviene, pero sentimos vergüenza del rumor de hombres y mujeres, no sea que alguno de los aqueos más ruines diga: "Qué hombres tan inferiores pretenden a la esposa de un varón intachable, y ni siquiera pueden tensar el arco bien pulido; pero llegó otro hombre, un mendigo errante, y fácilmente tensó el arco y disparó la flecha a través del hierro." Así dirán, y eso sería una afrenta para nosotros.»
Y entonces le respondió la prudente Penélope: «Eurímaco, de ningún modo pueden tener buena fama en el pueblo quienes devoran deshonrando la casa de un hombre excelente. ¿Por qué hacéis de esto una afrenta? Este extranjero es muy grande y bien formado, y se jacta de ser hijo de un padre noble. Así que dadle el arco bien pulido para que veamos. Pues así lo digo, y esto se cumplirá: si lo tensa y Apolo le concede la gloria, lo vestiré con manto y túnica, hermosas ropas, y le daré una lanza afilada, defensa contra perros y hombres, y una espada de doble filo; le daré sandalias para los pies y lo enviaré adonde su corazón y su ánimo le ordenen.»
Y entonces Telémaco, sensato, le dijo en respuesta: «Madre mía, en cuanto al arco ninguno de los aqueos tiene más poder que yo para darlo o negarlo a quien yo quiera, ni cuantos reinan en la rocosa Ítaca, ni cuantos en las islas hacia Élide criadora de caballos. Ninguno de ellos me forzará contra mi voluntad, aunque yo quiera dar este arco al extranjero para que se lo lleve definitivamente. Pero ve a tu habitación y ocúpate de tus propias labores, el telar y la rueca, y ordena a las criadas que atiendan su trabajo.
Del arco se ocuparán los hombres, todos, y sobre todo yo, pues mío es el poder en esta casa.» Ella, asombrada, volvió a su habitación, pues guardó en su ánimo las sensatas palabras de su hijo. Subió al piso superior con las mujeres criadas y entonces lloró a Odiseo, su querido esposo, hasta que sobre sus párpados echó dulce sueño Atenea, la de ojos brillantes. Entonces el divino porquero tomó el arco curvo y lo llevaba, pero todos los pretendientes gritaron amenazantes en el salón.
Y así decía alguno de los jóvenes arrogantes: «¿Adónde llevas el arco curvo, miserable porquero, vagabundo? Pronto junto a los cerdos los perros veloces te devorarán, solo, lejos de la gente, a los que criaste, si Apolo nos es propicio y los demás dioses inmortales.» Así hablaron, y él depositó el arco allí mismo donde lo llevaba, atemorizado, porque muchos gritaban amenazantes en el salón. Telémaco desde el otro lado gritó con amenazas: «Viejo, lleva el arco adelante; pronto no te irá bien obedeciendo a todos.
No sea que yo, aunque más joven, te persiga hasta el campo arrojándote piedras, pues soy superior en fuerza. Ojalá fuera tanto superior a todos cuantos hay en el palacio, pretendientes, en manos y en fuerza; entonces pronto enviaría vergonzosamente a alguno fuera de nuestra casa, pues traman maldades.» Así habló, y todos los pretendientes se rieron dulcemente de él, y ya aflojaban su terrible cólera contra Telémaco. El porquero, llevando el arco por el salón, se acercó y lo puso en manos del ingenioso Odiseo.
Luego llamó aparte a la nodriza Euriclea y le dijo: «Telémaco te ordena, prudente Euriclea, que cierres bien ajustadas las puertas del salón. Y si alguna oye dentro gemidos o ruido de hombres en nuestros recintos, que no salga fuera, sino que permanezca en silencio allí junto a su trabajo.» Así habló, y para ella la palabra no quedó sin alas: cerró las puertas del salón bien habitado. En silencio Filecio salió de la casa afuera y cerró entonces las puertas del patio bien cercado.
Había bajo el pórtico un cable de nave de proa curva, de papiro, con el que ató las puertas y luego entró él mismo. Se sentó después en el asiento, volviendo adonde se había levantado, mirando a Odiseo. Éste ya manejaba el arco, dándole vueltas, examinándolo por todas partes, no fuera que los gusanos hubieran roído el cuerno en ausencia del señor. Y así decía alguno mirando a otro que estaba cerca: «Es un admirador y conocedor de arcos, o quizá tiene en casa otros tales, o planea fabricarlos, de tal modo lo maneja de un lado a otro el vagabundo versado en maldades.»
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Y otro a su vez decía de los jóvenes arrogantes: «Ojalá tenga tanto provecho como posibilidad tiene éste alguna vez de tensarlo.» Así hablaban los pretendientes. Pero el astuto Odiseo, apenas levantó el gran arco y lo miró por todas partes, como cuando un hombre experto en la lira y el canto fácilmente tensa en una clavija nueva la cuerda, atando en ambos extremos la tripa retorcida de oveja, así sin esfuerzo tensó el gran arco Odiseo. Lo probó con la mano derecha, tocando la cuerda, y ella cantó hermosamente, con voz semejante a la golondrina.
Gran pesar sobrevino a los pretendientes, y a todos se les mudó el color. Zeus tronó fuerte mostrando señales, y entonces se alegró el sufrido y divino Odiseo de que le enviara un prodigio el hijo de Cronos, de mente retorcida. Tomó una flecha veloz que estaba junto a él sobre la mesa, desnuda; las demás yacían dentro del carcaj hueco, de las que pronto iban a probar los aqueos. La colocó sobre el puente del arco, tiró de la cuerda y de las muescas, desde el asiento mismo en que estaba sentado, y disparó la flecha apuntando recto, y no erró ninguna de las hachas, desde el primer mango, y a través de todas salió fuera la flecha con punta de bronce.
Y él habló a Telémaco: «Telémaco, el huésped sentado en tu salón no te avergüenza, ni erré el blanco ni me costó esfuerzo tensar el arco. Todavía mi fuerza permanece firme, no como me deshonran creyendo los pretendientes. Pero ahora es momento de preparar la cena para los aqueos a la luz del día, y luego también divertirse de otro modo con el canto y la lira, pues son los adornos del banquete.» Dijo, e hizo una seña con las cejas. Y se ciñó la espada afilada Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo, echó su mano en torno a la lanza, y cerca de él junto al trono se plantó armado con el bronce reluciente.
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