Canto X
Parte1versos 1-100
Llegamos a la isla Eolia; allí habitaba Eolo, hijo de Hipotes, querido de los dioses inmortales, en una isla flotante; toda ella está rodeada por un muro de bronce irrompible, y una roca lisa se alza en vertical. De él nacieron doce hijos en el palacio, seis hijas y seis varones en flor de juventud. Allí él dio sus hijas como esposas a sus hijos. Ellos siempre junto a su padre querido y su madre noble banquetean; ante ellos hay dispuestos infinitos manjares, y la casa fragante resuena en el patio durante el día; y de noche, junto a sus venerables esposas, duermen en mantas y en lechos trabajados.
Llegamos a su ciudad y a su hermoso palacio. Durante un mes entero me acogió con afecto y me preguntó cada cosa, sobre Ilión y las naves de los argivos y el retorno de los aqueos; y yo le conté todo en orden debidamente. Pero cuando pedí el camino y le rogué que me dejara partir, no me lo negó, sino que preparó mi viaje. Me dio un odre desollando un buey de nueve años, y dentro encerró los caminos de los vientos rugientes; pues el Cronida lo había hecho guardián de los vientos, para calmar o despertar al que quisiera.
Lo ató en mi nave cóncava con una cuerda reluciente de plata, para que nada soplara ni un poco; pero a mí me soltó el soplo del viento oeste para que soplara, para que llevara las naves y a nosotros; pero no iba a cumplirse: perecimos por nuestra propia insensatez. Navegamos nueve días por igual, noches y días, y al décimo ya aparecía la tierra patria, y veíamos a los que encendían fuegos tan cerca estaban. Entonces a mí el dulce sueño me venció, agotado; pues todo el tiempo manejaba el timón de la nave, y no se lo dejé a ningún otro compañero, para llegar más rápido a la tierra patria; pero los compañeros hablaban entre ellos con palabras y decían que yo llevaba a casa oro y plata, regalos de Eolo magnánimo, hijo de Hipotes.
Y alguno decía mirando al que estaba cerca: «Mira qué querido y respetado es este entre todos los hombres, a cualquier ciudad y tierra que llegue. Muchos tesoros hermosos se lleva de Troya como botín; nosotros en cambio, habiendo completado el mismo camino, volveremos a casa con las manos vacías. Y ahora le ha dado esto Eolo en gesto de amistad. Pero vamos, miremos pronto qué hay aquí, cuánto oro y plata hay dentro del odre.» Así dijeron, y prevaleció el mal consejo de los compañeros; desataron el odre, y los vientos se lanzaron todos afuera, y enseguida la tormenta los arrebató y los llevó mar adentro llorando, lejos de la tierra patria.
Pero yo al despertar me debatía en mi noble corazón, si arrojarme desde la nave y morir en el mar, o aguantar en silencio y permanecer todavía entre los vivos. Pero aguanté y resistí, y cubriéndome en la nave yacía; y ellas eran llevadas por la mala tormenta del viento de vuelta a la isla Eolia, y gemían los compañeros. Allí desembarcamos en tierra y sacamos agua; enseguida los compañeros tomaron comida junto a las rápidas naves. Pero cuando nos saciamos de comida y bebida, entonces yo tomando conmigo un heraldo y un compañero, fui al ilustre palacio de Eolo; y lo encontré banqueteando junto a su esposa y sus hijos.
Llegando al palacio, junto a las jambas del umbral nos sentamos; ellos se asombraban en su ánimo y preguntaban: «¿Cómo has llegado, Odiseo? ¿Qué mala divinidad te ha dañado? Te despedimos con cuidado, para que llegaras a tu patria y tu casa, y a donde te fuera querido.» Así dijeron; y yo les respondí con el corazón afligido: «Me perdieron los malos compañeros y además el sueño maldito. Pero sanadlo vosotros, amigos; el poder está en vosotros.» Así hablé suplicando con palabras dulces; pero ellos callaron; y el padre respondió con estas palabras: «Vete de la isla rápidamente, el más vil de los vivientes; pues no me está permitido escoltar ni despedir a un hombre que es odiado por los dioses bienaventurados.
Vete, pues llegas aquí odiado por los inmortales.» Así diciendo me despidió del palacio con graves gemidos. Desde allí navegamos adelante con el corazón afligido; se desgastaba el ánimo de los hombres con el penoso remar por nuestra insensatez, pues ya no aparecía ayuda. Seis días navegamos por igual, noches y días; al séptimo llegamos a la alta ciudadela de Lamo, a Télépilo Lestrigonia, donde un pastor a otro pastor llama cuando entra, y el que sale le responde. Allí un hombre insomne podría ganar doble salario, uno apacentando bueyes, otro pastoreando blancas ovejas; pues cercanos están los caminos de la noche y del día.
Allí cuando entramos al puerto ilustre, que alrededor una roca escarpada cierra por completo de ambos lados, y unos promontorios salientes uno frente al otro sobresalen en la boca, y estrecha es la entrada, allí todos conducían adentro sus naves de doble curvatura. Ellas quedaron amarradas dentro del puerto cóncavo juntas; pues nunca se levantaba una ola allí dentro, ni grande ni pequeña, y había alrededor una blanca calma. Pero yo solo retuve fuera mi nave negra, allí en el extremo, atando las amarras desde la roca.
Subí a un peñasco escarpado para observar; desde allí no aparecían trabajos de bueyes ni de hombres, solo veíamos humo que se elevaba desde la tierra. Entonces yo envié a unos compañeros para que fueran a averiguar
Parte2versos 101-200
quiénes eran los hombres que comían pan en esa tierra, elegí dos varones, y envié con ellos un tercero como heraldo. Ellos fueron tras desembarcar por un camino llano, por donde los carros bajaban leña a la ciudad desde los altos montes. Se encontraron con una muchacha que sacaba agua ante la ciudad, la hija vigorosa del lestrigón Antífates. Ella había bajado a la fuente de hermosa corriente Artacia; pues de allí solían llevar agua a la ciudad; ellos se acercaron y le hablaron y le preguntaban quién era el rey de estos y sobre quiénes reinaba.
Ella enseguida les mostró la casa de alto techo de su padre. Cuando entraron al ilustre palacio, encontraron a su mujer grande como la cumbre de un monte, y la detestaron. Ella enseguida llamó desde el ágora al ilustre Antífates, su marido, que tramó para ellos funesta destrucción. Al instante agarró a uno de los compañeros y lo preparó para su cena. Los otros dos huyeron corriendo y llegaron a las naves. Pero él lanzó un grito por la ciudad; y al oírlo llegaron corriendo los vigorosos lestrigones de todas partes, innumerables, no semejantes a hombres, sino a Gigantes.
Desde las rocas arrojaban piedras del tamaño de un hombre, y al instante se alzó entre las naves un estruendo funesto de hombres muriendo y de naves rompiéndose a la vez; y como a peces ensartándolos se llevaban su repugnante banquete. Mientras ellos mataban a los que estaban dentro del puerto profundo, entonces yo saqué mi espada aguda de junto al muslo y con ella corté las amarras de mi nave de proa azul; enseguida incitando a mis compañeros les ordené echar mano a los remos, para que escapáramos de la desgracia; y ellos todos a la vez los levantaron, temiendo la muerte.
Agradecida mi nave huyó hacia el mar desde las rocas que la cubrían; pero las otras todas juntas perecieron allí mismo. Desde allí navegamos adelante con el corazón afligido, contentos de escapar de la muerte, habiendo perdido a queridos compañeros. Llegamos a la isla Eea; allí habitaba Circe de hermosas trenzas, terrible diosa de voz humana, hermana carnal del funesto Eetes; ambos nacieron del Sol que alumbra a los mortales y de la madre Perses, a quien Océano engendró como hija. Allí en la orilla atracamos la nave en silencio en un puerto seguro, y algún dios nos guiaba.
Allí entonces tras desembarcar dos días y dos noches yacimos, devorando el ánimo con fatiga y dolores a la vez. Pero cuando la Aurora de hermosas trenzas completó el tercer día, entonces yo tomando mi lanza y mi espada aguda rápidamente desde la nave subí a un lugar de observación, por si acaso viera trabajos de mortales u oyera sus voces. Subí a un peñasco escarpado para observar, y me apareció humo desde la tierra de anchos caminos en el palacio de Circe, a través de espesos matorrales y del bosque.
Estuve entonces dándole vueltas en mi mente y en mi corazón si acercarme e indagar, después de haber visto aquel humo brillante. Pero mientras lo pensaba me pareció que era mejor ir primero a la nave rápida y a la orilla del mar para dar comida a los compañeros y enviarlos a indagar. Pero cuando ya estaba cerca, caminando, de la nave de curvos costados, alguno de los dioses se compadeció de mí que iba solo, y me envió un ciervo de grandes cuernos justo a mi camino; bajaba hacia el río desde el pasto del bosque a beber, pues ya le oprimía la fuerza del sol.
Cuando salía lo golpeé en medio del espinazo y la lanza de bronce atravesó de lado a lado, cayó aullando en el polvo y el aliento salió volando de él. Yo entonces, pisándolo, saqué la lanza de bronce de la herida y la dejé ahí mismo recostada en el suelo; luego arranqué ramas y mimbre, tejí una cuerda de una braza bien trenzada por ambos extremos y até las patas del terrible monstruo, y fui cargándolo sobre mi espalda hacia la nave negra, apoyándome en la lanza, porque no había forma de llevarlo al hombro con una sola mano, pues era un animal muy grande.
Lo arrojé delante de la nave y desperté a los compañeros con palabras dulces, uno por uno, acercándome: «Amigos, porque todavía no bajaremos, por afligidos que estemos, a la morada de Hades antes de que llegue el día señalado; así que vamos, mientras haya en la nave rápida comida y bebida, acordémonos de comer y no nos dejemos consumir por el hambre.» Así dije, y ellos enseguida obedecieron mis palabras. Descubriéndose junto a la orilla del mar estéril contemplaron el ciervo, pues era un animal muy grande.
Y cuando se saciaron de mirarlo con los ojos se lavaron las manos y prepararon un banquete espléndido. Así entonces todo el día hasta la puesta del sol estuvimos comiendo carne abundante y bebiendo vino dulce. Cuando el sol se puso y llegó la oscuridad entonces nos acostamos en la orilla del mar. Cuando apareció la Aurora de dedos rosados, hija de la mañana, entonces yo convoqué asamblea y hablé ante todos: «Escuchad mis palabras, compañeros, aunque estéis sufriendo desgracias. Amigos, no sabemos dónde está la oscuridad ni dónde el alba, ni dónde el sol que da luz a los mortales baja bajo la tierra ni dónde sale; pero pensemos rápido si todavía queda alguna estrategia; yo no creo que la haya.
Porque vi, habiendo subido a un mirador escarpado, una isla a la que rodea el mar infinito. Es baja ella misma y yace tendida; y vi en su centro con mis propios ojos humo a través de matorrales espesos y bosque.» Así dije, y a ellos se les quebró el corazón al recordar las obras de Lestrigón Antífates y la violencia del Cíclope de gran corazón devorador de hombres.
Parte3versos 201-300
Y lloraban agudamente, derramando lágrimas abundantes; pero ningún provecho sacaban de sus lamentos. Entonces yo conté a todos los compañeros de buenas grebas dividiéndolos en dos partes, y a cada una le asigné un jefe: a unos los comandaba yo, a otros Euríloco de aspecto divino. Echamos suertes en un yelmo de bronce rápidamente y saltó la suerte del valiente Euríloco. Partió él, y con él iban veintidós compañeros llorando, y nos dejaban a nosotros atrás lamentándonos. Encontraron en los valles la morada de Circe construida con piedras pulidas, en un lugar visible desde lejos.
Alrededor había lobos montaraces y leones que ella misma había hechizado después de darles malas drogas. Y ellos no se lanzaron sobre los hombres, sino que se levantaron meneando sus largas colas alrededor. Como cuando en torno a un señor los perros al volver del banquete le hacen fiesta, pues siempre les trae golosinas para el ánimo, así los lobos de fuertes garras y los leones les hacían fiesta; pero ellos se asustaron al ver aquellos terribles monstruos. Se detuvieron en el portal de la diosa de hermosas trenzas y oyeron dentro a Circe cantando con voz hermosa mientras iba y venía junto a un gran telar inmortal, como son las obras de las diosas, delicadas y graciosas y resplandecientes.
Entonces les habló Polites, jefe de hombres, que era de mis compañeros el más querido y leal: «Amigos, dentro alguien que va y viene junto a un gran telar canta hermosamente, y todo el suelo resuena, ya sea una diosa o una mujer; pero llamémosla rápido.» Así habló, y ellos gritaron llamándola. Ella salió enseguida, abrió las puertas brillantes y los invitó; y todos la siguieron en su ignorancia. Pero Euríloco se quedó atrás, pues sospechó que era una trampa. Los hizo entrar y sentar en sillas y tronos, y mezcló para ellos queso y harina y miel verde con vino de Pramnio; pero añadió a la comida drogas funestas para que olvidaran del todo la tierra patria.
Y después de que se lo dio y lo bebieron, enseguida golpeándolos con la vara los encerró en pocilgas. Tenían cabezas de cerdo y voz y pelos y cuerpo, pero la mente les quedó firme como antes. Así quedaron encerrados llorando, y Circe les arrojó bellotas y hayucos y fruto del cornejo para comer, lo que siempre comen los cerdos que duermen en el suelo. Euríloco volvió corriendo a la nave negra y rápida para anunciar la noticia de los compañeros y su miserable destino.
Pero no podía articular palabra alguna, aunque lo deseaba, con el corazón herido por un gran dolor, y los ojos se le llenaban de lágrimas y su ánimo presagiaba lamento. Pero cuando todos lo interrogamos asombrados, entonces narró la destrucción de los otros compañeros: «Fuimos, como ordenaste, a través del bosque, ilustre Odiseo, encontramos en los valles una hermosa morada construida con piedras pulidas, en un lugar visible desde lejos. Ahí dentro alguien que iba y venía junto a un gran telar cantaba con voz clara, ya fuera una diosa o una mujer; y ellos gritaron llamándola.
Ella salió enseguida, abrió las puertas brillantes y los invitó; y todos la siguieron en su ignorancia. Pero yo me quedé atrás, porque sospeché que era una trampa. Desaparecieron todos juntos y ninguno de ellos volvió a aparecer; mucho tiempo estuve sentado observando.» Así habló, y yo me eché al hombro la espada tachonada de plata, grande, de bronce, y también el arco. Le ordené que me guiara de vuelta por el mismo camino. Pero él me tomó las rodillas con ambas manos suplicando y gimiendo me dirigió estas palabras aladas: «No me lleves allá contra mi voluntad, criado de Zeus, sino déjame aquí, porque sé que ni tú mismo volverás ni traerás a ningún otro de tus compañeros.
Más bien huyamos rápido con estos que están aquí, pues todavía podríamos escapar del día funesto.» Así habló, y yo le respondí diciéndole: «Euríloco, entonces tú quédate aquí en este lugar comiendo y bebiendo junto a la cóncava nave negra; pero yo iré, pues me apremia una fuerte necesidad.» Así dije y me alejé de la nave y del mar. Pero cuando ya estaba a punto, caminando por los valles sagrados, de llegar a la gran morada de Circe la de muchas drogas, entonces Hermes de vara de oro salió a mi encuentro mientras iba hacia la casa, semejante a un hombre joven con el primer bozo, en quien la juventud es más encantadora.
Me tomó la mano y me habló y me llamó por mi nombre: «¿Adónde vas otra vez, desdichado, solo por las colinas, sin conocer el lugar? Tus compañeros están en casa de Circe encerrados como cerdos en densas pocilgas. ¿Vienes a liberarlos? No creo que tú mismo vuelvas, sino que te quedarás ahí donde están los otros. Pero vamos, te libraré de los males y te salvaré. Toma, ve a la morada de Circe con esta droga buena que apartará de tu cabeza el día funesto.
Te diré todas las artimañas destructivas de Circe. Te preparará una mezcla y echará drogas en la comida, pero ni así podrá hechizarte, pues no lo permitirá la droga buena que yo te daré, y te lo explicaré todo. Cuando Circe te golpee con su vara alargada, entonces tú saca la espada aguda de junto al muslo y lánzate sobre Circe como con ganas de matarla. Ella, asustándose de ti, te pedirá que te acuestes con ella; entonces tú no rechaces más el lecho de la diosa, para que te libere a los compañeros y te cuide a ti mismo; pero pídele que jure el gran juramento de los bienaventurados de no tramarte ningún otro mal para ti mismo,
Parte4versos 301-400
no te vea, desnudo, cobarde y sin fuerzas.» Así habló, y el Mensajero de la vara de oro me dio la hierba arrancándola de la tierra, y me mostró su naturaleza. La raíz era negra, y la flor semejante a la leche; los dioses la llaman moly, y es difícil de arrancar para los hombres mortales; pero los dioses todo lo pueden. Hermes entonces partió hacia el alto Olimpo por la isla boscosa, y yo me encaminé a la casa de Circe con el corazón muy agitado mientras iba.
Me detuve ante las puertas de la diosa de hermosas trenzas; allí de pie llamé a gritos, y la diosa oyó mi voz. Ella salió enseguida, abrió las puertas resplandecientes y me invitó a entrar; la seguí con el corazón angustiado. Me hizo sentar en un trono tachonado de plata hermoso y primoroso; debajo había un escabel para los pies; me preparó una mezcla en una copa de oro, para que bebiera, y le puso la droga, tramando maldades en su corazón. Y cuando me la dio y la bebí y la droga no me hechizó, golpeándome con la vara me dijo estas palabras: «Vete ahora a la pocilga, échate con tus demás compañeros.»
Así habló, pero yo, sacando la espada afilada de junto a mi muslo, me lancé contra Circe como si quisiera matarla. Ella dio un gran grito, se escurrió debajo y me abrazó las rodillas, y lamentándose me dirigió estas palabras aladas: «¿Quién eres entre los hombres? ¿Dónde está tu ciudad y tus padres? Me asombra que hayas bebido estas drogas y no te hayas hechizado. Pues ningún otro hombre ha resistido estas drogas, después de beberlas, una vez que traspasan la barrera de los dientes; tú tienes en el pecho un ánimo que no se deja encantar.
Seguro que eres Odiseo el de muchos recursos, de quien siempre me decía que vendría el de la vara de oro, el Mensajero, de regreso de Troya en su negra nave veloz. Pero vamos, envaina tu espada, y después subamos los dos a mi lecho, para que uniéndonos en el lecho y el amor confiemos el uno en el otro.» Así habló, pero yo le respondí con estas palabras: «Oh Circe, ¿cómo me pides que sea amable contigo, tú que has convertido en cerdos a mis compañeros en tu palacio, y a mí, teniéndome aquí, con engaños me ordenas que vaya al dormitorio y suba a tu lecho, para dejarme desnudo y volverme cobarde y sin fuerzas?
Yo no estaría dispuesto a subir a tu lecho, si no te dignaras, diosa, a jurarme un gran juramento de que no tramarás contra mí ningún otro daño.» Así hablé, y ella enseguida juró, como le pedí. Y después de que juró y completó el juramento, entonces yo subí al hermosísimo lecho de Circe. Mientras tanto sus cuatro siervas se afanaban en el palacio, las que la sirven en la casa. Y ellas nacen de las fuentes y de los bosques y de los ríos sagrados que fluyen hacia el mar.
Una de ellas echaba sobre los tronos hermosas telas púrpuras por encima, y por debajo ponía mantos de lino; otra delante de los tronos extendía mesas de plata, y sobre ellas colocaba cestos de oro; la tercera mezclaba en una crátera de plata vino dulce como la miel, y repartía copas de oro; la cuarta traía agua y encendía fuego debajo de un gran trípode; y el agua se calentaba. Y cuando el agua hirvió en el bronce reluciente, me sentó en la bañera y me bañó con agua del gran trípode, mezclándola a punto, vertiéndola sobre mi cabeza y mis hombros, hasta que quitó de mis miembros el cansancio que consume el ánimo.
Y después de bañarme y ungirme con aceite espeso, me echó encima una hermosa túnica y un manto, me hizo sentar en un trono tachonado de plata hermoso y primoroso; debajo había un escabel para los pies; una sirvienta traía agua en una jarra de oro hermosa, y la vertía sobre una palangana de plata para lavarme; junto a mí extendió una mesa pulida. La venerable despensera sirvió pan, poniendo muchos manjares, generosa con lo que había; me invitó a comer; pero mi ánimo no estaba dispuesto, me quedé sentado pensando en otra cosa, y mi corazón presentía males.
Cuando Circe se dio cuenta de que estaba sentado sin llevar las manos a la comida, y que me tenía una gran pena, se acercó a mí y me dirigió estas palabras aladas: «¿Por qué, Odiseo, te quedas sentado así, como mudo, comiéndote el corazón, y no tocas la comida ni la bebida? ¿Temes acaso algún otro engaño? No tienes por qué temer; ya te he jurado un juramento firme.» Así habló, pero yo le respondí con estas palabras: «Oh Circe, ¿qué hombre que fuera decente se atrevería a probar comida o bebida, antes de liberar a sus compañeros y verlos con sus propios ojos?
Pero si de verdad quieres que yo beba y coma, libéralos, para que vea con mis ojos a mis fieles compañeros.» Así hablé, y Circe atravesó el palacio con la vara en la mano, abrió las puertas de la pocilga, y los sacó con aspecto de cerdos de nueve años. Se quedaron de pie frente a ella, y ella fue entre ellos untando a cada uno con otra droga. Y de sus miembros cayeron las cerdas que antes les había hecho crecer la droga maldita que les dio la poderosa Circe; volvieron a ser hombres, más jóvenes que antes y mucho más hermosos y más altos a la vista.
Y me reconocieron, y cada uno me tomó de las manos; a todos los invadió un llanto de anhelo, y el palacio resonaba terriblemente; hasta la diosa sintió compasión. Y acercándose a mí me habló la divina entre las diosas:
Parte5versos 401-500
«Hijo de Laertes, de estirpe divina, Odiseo de muchos recursos, vete ahora a tu veloz nave y a la orilla del mar. Primero varad la nave en tierra, guardad en las cuevas las provisiones y todas las armas; luego vuelve tú mismo y trae a tus fieles compañeros.» Así habló, y mi ánimo valeroso se dejó persuadir, fui hacia la veloz nave y la orilla del mar. Encontré entonces en la veloz nave a mis fieles compañeros lamentándose lastimeramente, derramando abundantes lágrimas. Como cuando las terneras del campo, alrededor de las vacas del rebaño que llegan al establo después de haberse hartado de pasto, todas juntas saltan a su encuentro; y ya los cercados no las contienen, sino que mugiendo fuerte corren en torno a sus madres; así aquellos, cuando me vieron con sus ojos, se precipitaron llorando; y en su corazón sintieron como si hubieran llegado a su patria y a la ciudad misma de la escarpada Ítaca, donde nacieron y se criaron; y lamentándose me dirigieron estas palabras aladas: «Con tu regreso, criado por Zeus, nos alegramos tanto como si llegáramos a Ítaca, nuestra tierra patria; pero vamos, cuéntanos la muerte de nuestros otros compañeros.»
Así dijeron, y yo les respondí con palabras suaves: «Primero varemos la nave en tierra, guardemos en las cuevas las provisiones y todas las armas; y vosotros apresuraos a seguirme todos juntos, para que veáis a vuestros compañeros en la sagrada casa de Circe comiendo y bebiendo; pues tienen provisiones abundantes.» Así hablé, y ellos enseguida obedecieron mis palabras; pero Euríloco solo intentó retener a todos los compañeros, y hablándoles les dirigió estas palabras aladas: «¡Ay, desgraciados!, ¿adónde vamos? ¿Por qué deseáis estas desgracias? ¿Bajar a la casa de Circe, que a todos nos convertirá en cerdos o en lobos o en leones, para que vigilemos su gran casa por la fuerza, como hizo el Cíclope, cuando nuestros compañeros llegaron a su recinto, y con ellos iba el temerario Odiseo; pues por la insensatez de este también aquellos perecieron.»
Así habló, y yo pensaba en mi corazón si sacar la espada larga de junto a mi grueso muslo y cortarle la cabeza y arrojarla al suelo, aunque era mi pariente cercano; pero mis compañeros me calmaron con palabras suaves, cada uno desde su lugar: «Hijo de Zeus, a este, si tú lo ordenas, lo dejamos que se quede aquí junto a la nave y la cuide; a nosotros guíanos a la sagrada casa de Circe.» Así hablaron y se alejaron de la nave y del mar.
Y ni siquiera Euríloco se quedó junto a la cóncava nave, sino que vino también; pues temió mi terrible reprensión. Mientras tanto Circe en su casa a los otros compañeros los había bañado cuidadosamente y los había ungido con aceite espeso, Y alrededor me echó mantos de lana gruesa y túnicas; los encontramos a todos banqueteando en los salones. Cuando se vieron unos a otros y se reconocieron, lloraron lamentándose, y la casa resonaba con gemidos. Ella, la divina entre las diosas, se puso cerca de mí y me dijo: «Odiseo de linaje divino, hijo de Laertes, hombre de mil recursos, no sigan levantando más este llanto desbordante; yo también sé cuántas penas sufrieron en el mar abundante en peces, y cuánto los maltrataron hombres violentos en tierra firme.
Pero vamos, coman alimento y beban vino, hasta que recuperen el ánimo en el pecho, el mismo que tenían cuando abandonaron por primera vez la tierra patria, la escarpada Ítaca; ahora están agotados y desanimados, recordando siempre la penosa errancia; nunca su ánimo está en la alegría, porque han sufrido muchísimo.» Así habló, y nuestro corazón audaz se dejó persuadir. Allí nos quedamos todos los días hasta completar un año, banqueteando con carnes sin cuento y vino dulce; pero cuando ya se cumplió el año y giraron las estaciones, cuando menguaron los meses y transcurrieron los días largos, entonces mis fieles compañeros me llamaron aparte y me dijeron: «Amigo mío, acuérdate ya de la tierra patria, si es tu destino salvarte y llegar a tu casa bien construida y a tu tierra natal.»
Así hablaron, y mi corazón audaz se dejó persuadir. Entonces durante todo el día hasta la puesta del sol nos quedamos banqueteando con carnes sin cuento y vino dulce. Cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, ellos se acostaron en los salones sombríos. Pero yo, subiendo al lecho hermosísimo de Circe, supliqué abrazando sus rodillas, y la diosa escuchó mi voz, y dirigiéndome a ella le dije estas palabras aladas: «Oh Circe, cumple la promesa que me hiciste, de enviarme a casa; mi ánimo ya se apresura y el de mis otros compañeros, que me consumen el corazón lamentándose a mi alrededor, cuando tú te apartas.»
Así hablé, y enseguida me respondió la divina entre las diosas: «Odiseo de linaje divino, hijo de Laertes, hombre de mil recursos, no se queden ya más tiempo contra su voluntad en mi casa. Pero primero deben cumplir otro viaje y llegar a las moradas de Hades y de la temible Perséfone para consultar el alma del tebano Tiresias, el adivino ciego, cuya mente permanece firme; a él, incluso muerto, Perséfone le dio inteligencia para ser el único que razona; los demás son sombras que revolotean.»
Así habló, y se me destrozó el corazón; me eché a llorar sentado en el lecho, y mi corazón ya no quería seguir viviendo ni ver la luz del sol. Pero cuando me sacié de llorar y revolcarme, entonces le respondí con estas palabras:
Parte6versos 501-574
«Oh Circe, ¿quién nos guiará en ese viaje? Al Hades nadie ha llegado todavía en nave negra.» Así hablé, y enseguida me respondió la divina entre las diosas: «Odiseo de linaje divino, hijo de Laertes, hombre de mil recursos, no te preocupe la falta de un guía junto a la nave; levanta el mástil, despliega las velas blancas y siéntate; el soplo del Bóreas la llevará. Pero cuando hayas cruzado en la nave el Océano, donde está la playa baja y los bosques de Perséfone, los álamos altos y los sauces que pierden su fruto, vara allí la nave sobre el Océano de profundos remolinos, y tú mismo ve a la morada mohosa de Hades.
Allí desembocan en el Aqueronte el Piriflegetonte y el Cocito, que es un afluente de las aguas de la Estigia, y hay una roca y la confluencia de los dos ríos estruendosos; allí entonces, héroe, acercándote como te ordeno, cava una fosa de un codo de ancho en todas direcciones, y alrededor de ella derrama una libación para todos los muertos, primero con agua de miel, después con vino dulce, y en tercer lugar con agua; y espolvorea sobre ella harina blanca. Suplica mucho a las cabezas impotentes de los muertos, que al llegar a Ítaca sacrificarás en el palacio una vaca estéril, la mejor que haya, y llenarás la pira de ofrendas espléndidas, y aparte para Tiresias sacrificarás un carnero completamente negro, el que más destaque entre vuestros rebaños.
Y cuando con plegarias supliques a las tribus gloriosas de los muertos, entonces sacrifica un carnero y una oveja negra volviéndolos hacia el Érebo, y tú mismo apártate dirigiéndote hacia las corrientes del río; entonces numerosas almas vendrán, de los muertos difuntos. Luego ordena y manda a los compañeros que desuellen y quemen las ovejas que yacen allí degolladas con el bronce cruel, e invoquen a los dioses, al poderoso Hades y a la temible Perséfone; y tú mismo, sacando la espada afilada de junto al muslo, siéntate, y no permitas que las cabezas impotentes de los muertos se acerquen a la sangre antes de que consultes a Tiresias.
Entonces enseguida vendrá a ti el adivino, caudillo de pueblos, y te dirá el camino y las medidas del trayecto y el regreso, cómo llegarás sobre el mar abundante en peces.» Así habló, y enseguida llegó la Aurora de trono dorado. Me vistió con manto y túnica como vestiduras; ella misma, la ninfa, se puso un gran velo plateado, fino y gracioso, y se ciñó a la cintura un hermoso cinturón dorado, y se puso un velo sobre la cabeza. Y yo recorriendo los salones fui despertando a los compañeros con palabras suaves, acercándome a cada hombre: «No sigan ya durmiendo ni gocen del dulce sueño, sino vayamos; ya me lo ha indicado la señora Circe.»
Así hablé, y su corazón audaz se dejó persuadir. Pero ni siquiera de allí conduje a los compañeros sin daño. Había uno, Elpenor, el más joven, no demasiado valiente en la guerra ni sensato en sus pensamientos, que lejos de los compañeros, en la casa sagrada de Circe, deseando el fresco, se había acostado cargado de vino; al oír el ruido y el estrépito de los compañeros que se movían se levantó de golpe y olvidó en su mente bajar hacia atrás por la larga escalera, sino que cayó de cabeza desde el techo; se le quebró el cuello en las vértebras, y su alma bajó al Hades.
Cuando se ponían en marcha, les dije estas palabras: «Ustedes creen tal vez que van a casa, a la querida tierra patria; pero Circe nos ha señalado otro camino, a las moradas de Hades y de la temible Perséfone para consultar el alma del tebano Tiresias.» Así hablé, y se les destrozó el corazón; se sentaron allí mismo llorando y mesándose los cabellos; pero nada se conseguía con los lamentos. Cuando por fin íbamos hacia la nave rápida y la orilla del mar afligidos, derramando abundantes lágrimas, mientras tanto Circe, que se había ido, junto a la nave negra había atado un carnero y una oveja negra, pasando fácilmente junto a nosotros; ¿quién podría ver con sus ojos a un dios que no quiere ser visto, yendo de aquí para allá?
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