Canto XIX
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El divino Odiseo se quedó en el gran salón, tramando la muerte de los pretendientes junto a Atenea. Y enseguida dirigió estas palabras aladas a Telémaco: «Telémaco, hay que llevar dentro todas las armas de guerra, absolutamente todas, y cuando los pretendientes las echen en falta y pregunten, los engañas con palabras suaves: "Las guardé lejos del humo, porque ya no parecen las que Odiseo dejó cuando partió hacia Troya, sino que están arruinadas, tanto las alcanzó el aliento del fuego. Y además un dios me metió en la cabeza esta idea mayor: no sea que ustedes, emborrachados, armen una pelea entre ustedes, se hieran unos a otros y echen a perder el banquete y el cortejo; porque el hierro atrae al hombre por sí mismo."»
Así habló, y Telémaco obedeció a su querido padre, y llamando a la nodriza Euriclea le dijo: «Nodriza, encierra a las mujeres en el salón mientras yo guardo en la cámara las armas de mi padre, las hermosas que el humo va manchando descuidadas en la casa desde que mi padre se fue; yo era todavía un niño. Ahora quiero guardarlas, donde no las alcance el aliento del fuego.» Y le respondió la querida nodriza Euriclea: «Ojalá alguna vez, hijo, tomaras el buen juicio de cuidar la casa y proteger todos los bienes.
Pero vamos, ¿quién entonces irá contigo llevando la luz? No dejas salir a las criadas, que podrían alumbrarte.» Y el prudente Telémaco le contestó: «Este extranjero; no voy a tolerar que esté ocioso quien toque mi ración de comida, aunque venga de lejos.» Así habló, y a ella la palabra se le quedó sin alas; cerró las puertas del salón bien construido. Los dos entonces se levantaron de un salto, Odiseo y su ilustre hijo, y llevaron adentro los cascos y los escudos abollados y las lanzas afiladas; y delante Palas Atenea, sosteniendo una lámpara de oro, hacía una luz hermosísima.
Entonces Telémaco le habló enseguida a su padre: «Padre, es una maravilla enorme lo que veo con mis ojos: de verdad las paredes del salón y las bellas vigas, y las columnas de abeto y los pilares que se alzan en lo alto brillan a mis ojos como si fuera fuego ardiendo. Seguro que hay algún dios adentro, de los que tienen el cielo ancho.» Y le respondió el muy astuto Odiseo: «Cállate y guárdatelo en tu pensamiento, no preguntes: esta es la costumbre de los dioses que tienen el Olimpo.
Tú vete a acostarte, yo me quedaré aquí para provocar todavía a las criadas y a tu madre; ella, lamentándose, me preguntará cada cosa.» Así habló, y Telémaco atravesó el salón yendo hacia su habitación bajo la luz de antorchas ardientes, allí donde antes dormía cuando lo alcanzaba el dulce sueño; allí mismo se acostó entonces y esperó a la divina Aurora. Y el divino Odiseo se quedó en el gran salón, tramando la muerte de los pretendientes junto a Atenea. Salió de su habitación la prudente Penélope, semejante a Ártemis o a la dorada Afrodita.
Junto al fuego le pusieron un sillón, donde solía sentarse, de madera torneada con incrustaciones de marfil y plata, que el artesano Icmalio hizo en su día, y le añadió un escabel para los pies unido desde abajo, sobre el que se echaba un gran vellón. Allí se sentó entonces la prudente Penélope. Vinieron las criadas de brazos blancos del salón. Ellas retiraban el mucho pan y las mesas y las copas de donde los hombres arrogantes habían bebido; y tiraron al suelo el fuego de las lámparas, y sobre ellas apilaron mucha leña, para tener luz y calor.
Y Melanto increpa a Odiseo por segunda vez: «Extranjero, ¿todavía ahora vas a molestarnos durante la noche vagando por la casa y espiando a las mujeres? Sal afuera, desgraciado, y confórmate con la comida; o rápido te echarán afuera con un tizón en la cara.» Y mirándola de soslayo le dijo el muy astuto Odiseo: «Qué rara eres, ¿por qué me atacas con ánimo tan enojado? ¿Es porque estoy sucio y llevo harapos en el cuerpo, y mendigo por el pueblo? La necesidad me obliga.
Así son los mendigos y los hombres vagabundos. También yo una vez viví entre los hombres en una casa próspera y rica, y muchas veces daba algo al vagabundo, fuera como fuera y de lo que necesitara cuando llegara; tenía esclavos en gran número y muchas otras cosas con las que vive bien la gente y se llama rica. Pero Zeus Cronida me lo quitó; así lo quiso, supongo. Por eso, mujer, cuida no sea que algún día pierdas tú también todo el esplendor en el que ahora destacas entre las criadas, si acaso tu señora se enoja y se enfurece contigo o si vuelve Odiseo; todavía hay un margen de esperanza.
Y si él murió así y ya no volverá, su hijo ya es tal, por gracia de Apolo, Telémaco; y ninguna de las mujeres en el salón se le escapa cuando se porta mal, porque ya no es tan joven.» Así habló, y lo escuchó la prudente Penélope, y reprendió a la criada y le dijo estas palabras: «De ningún modo se me escapa, desvergonzada perra sin vergüenza, que haces esta cosa tan grave, que pagarás con tu cabeza. Sabías muy bien, porque lo oíste de mí misma, que iba a preguntarle al extranjero en mi salón sobre mi esposo, pues sufro terriblemente.»
Así dijo, y a Eurínome la despensera le habló: «Eurínome, trae un asiento y un vellón sobre él, para que sentado pueda hablar y escuchar el extranjero lo que yo diga; quiero interrogarlo.» Así habló, y ella muy rápido trajo y puso
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un asiento bien pulido y sobre él echó un vellón; allí se sentó entonces el muy sufrido divino Odiseo. Y entre ellos inició la conversación la prudente Penélope: «Extranjero, esto es lo primero que yo misma te voy a preguntar: ¿quién eres y de dónde? ¿dónde están tu ciudad y tus padres?» Y le respondió el muy astuto Odiseo: «Mujer, ninguno de los mortales en la tierra infinita podría censurarte; porque tu fama llega al ancho cielo, como la de algún rey intachable, que piadoso gobierna sobre muchos hombres fuertes y mantiene la justicia, y la tierra negra produce trigo y cebada, y los árboles se doblan de fruto, y los rebaños paren sin cesar, y el mar da peces por su buen gobierno, y los pueblos prosperan bajo él.
Por eso pregúntame ahora todo lo demás en tu casa, pero no me preguntes por mi linaje y mi tierra paterna, no vayas a llenarme más el corazón de dolores al recordar; soy muy desdichado, y no está bien que esté sentado llorando y lamentándome en casa ajena, porque es peor estar siempre afligiéndose sin tregua; no sea que alguna de las criadas se moleste o tú misma, y digan que nado en lágrimas porque tengo la mente cargada de vino.» Y le respondió entonces la prudente Penélope: «Extranjero, mi excelencia, mi belleza y mi figura las destruyeron los inmortales cuando los argivos embarcaron hacia Ilión, y con ellos fue mi esposo Odiseo.
Si él volviera y cuidara de mi vida, mayor sería mi fama y más hermosa así. Pero ahora sufro; tantos males me lanzó un dios. Porque todos los que mandan en las islas, los mejores, en Duliquio y Same y en la boscosa Zacinto, y los que habitan la misma Ítaca mirando al sol, me cortejan contra mi voluntad y arruinan la casa. Por eso no me ocupo de los extranjeros ni de los suplicantes ni de los heraldos, que son trabajadores públicos, sino que añorando a Odiseo se me consume el corazón.
Ellos apuran la boda; yo urdo engaños. Primero un dios me inspiró en la mente el tejer un manto tras montar un gran telar en el salón, fino y muy grande; y enseguida les dije: "Jóvenes, mis pretendientes, ya que murió el divino Odiseo, esperen, aunque tengan prisa por mi boda, hasta que termine este manto, para que no se me pierdan en vano los hilos, un sudario para el héroe Laertes, para cuando lo derribe la muerte funesta de la muerte que todo lo extiende; no sea que alguna de las mujeres aqueas en el pueblo me censure si yaciera sin mortaja quien poseyó tantos bienes." Así hablé, y su ánimo altivo se dejó convencer.
Entonces tejía el gran telar durante el día, y lo destejía por la noche, cuando colocaba las antorchas. Durante tres años los engañé y convencí a los aqueos. Pero cuando llegó el cuarto año y vinieron las estaciones, cuando se agotaban los meses y se cumplían muchos días, entonces me descubrieron, gracias a mis esclavas, perras que no se preocupan de nada, vinieron y me reprendieron con duras palabras. Así lo terminé, sin querer, pero forzada. Y ahora no puedo escapar de la boda ni encuentro otra salida.
Mis padres me insisten en que me case, y mi hijo se desespera porque devoran sus bienes, él se da cuenta: ya es un hombre plenamente capaz de cuidar la casa, y Zeus le concede honor. Pero de todos modos dime tu linaje, de dónde eres. Porque no vienes de un roble legendario ni de una roca. Y respondiendo le habló Odiseo, el de muchas artimañas: Oh mujer venerable de Odiseo, hijo de Laertes, ¿nunca dejarás de preguntarme por mi origen? Pero te lo diré.
Aunque me sumergirás en pesares mayores de los que ya tengo. Pues así es cuando un hombre ha estado lejos de su patria tanto tiempo como yo ahora, vagando por muchas ciudades de mortales, sufriendo dolores. Pero aun así te diré lo que me preguntas y averiguas. Hay una tierra llamada Creta en medio del ponto oscuro como el vino, hermosa y fértil, rodeada de agua, y en ella hay hombres innumerables y noventa ciudades. Allí se mezclan lenguas unas con otras: hay aqueos, también cretenses auténticos de corazón magnánimo, también cidones, dorios de tres tribus y divinos pelasgos.
Entre ellas está Cnosos, la gran ciudad, donde Minos reinó durante nueve años, confidente del gran Zeus, padre del padre mío, del magnánimo Deucalión. Deucalión me engendró a mí y al rey Idomeneo. Pero él se fue en las naves curvas hacia Ilión con los Atridas. Mi nombre ilustre es Etón, el menor de los dos; él era a la vez mayor y más valiente. Allí vi a Odiseo y le di regalos de hospitalidad. Pues la fuerza del viento lo arrastró hacia Creta cuando se dirigía a Troya, desviándolo del cabo Malea.
Ancló en Amniso, donde está la cueva de Ilitía, en puertos difíciles, y apenas escapó de las tormentas. Enseguida subió a la ciudad y preguntó por Idomeneo. Pues decía que era su huésped, querido y respetado. Pero ya era el décimo o undécimo amanecer desde que se había ido en las naves curvas hacia Ilión. Yo lo llevé a mi casa y lo hospedé bien, tratándolo con cariño, pues había mucho en casa. Y para los otros compañeros que lo acompañaban recogí harina del pueblo y vino rojo y bueyes para sacrificar, para que saciaran su ánimo. Allí los divinos aqueos permanecieron doce días. Pues los retenía un gran viento del norte y ni siquiera en tierra
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se podía estar de pie; algún dios hostil lo había desatado. Al decimotercer día cayó el viento y partieron. Decía muchas mentiras que parecían verdades. Y mientras lo escuchaba las lágrimas corrían y su piel se derretía. Como la nieve se derrite en las cimas de las montañas, la que el euro derrite cuando el céfiro la vierte, y derritiéndose los ríos crecen fluyendo, así se derretían sus hermosas mejillas derramando lágrimas, llorando por su marido que estaba sentado a su lado. Pero Odiseo en su corazón compadecía a su esposa afligida, pero sus ojos permanecían como cuerno o hierro, inmóviles bajo los párpados; con astucia ocultaba las lágrimas.
Y cuando se hartó del llanto abundante, de nuevo le respondió y le dijo estas palabras: Ahora sí, extranjero, creo que voy a ponerte a prueba, a ver si de verdad allí, con sus compañeros divinos, hospedaste en tus salones a mi marido, como dices. Dime qué clase de ropa llevaba sobre el cuerpo, cómo era él mismo y sus compañeros que lo acompañaban. Y respondiendo le habló Odiseo, el de muchas artimañas: Oh mujer, es difícil para quien ha estado tanto tiempo lejos decirlo.
Ya van veinte años desde que partió de allí y dejó mi patria. Pero te diré lo que me parece ver en mi corazón. El divino Odiseo llevaba un manto púrpura lanudo, doble, y en él tenía un broche hecho de oro con dos tubos; y en el frente había un adorno: en las patas delanteras un perro tenía un cervatillo moteado, observándolo mientras se agitaba. Y todos se asombraban de cómo, siendo de oro, uno estrangulaba al cervatillo, mientras el otro, ansioso por escapar, se agitaba con las patas.
Y noté la túnica sobre su cuerpo, brillante, como la cáscara seca de una cebolla. Tan suave era, y relucía como el sol. Y muchas mujeres lo admiraban, en verdad. Pero te diré otra cosa, guárdala en tu mente: no sé si Odiseo llevaba eso sobre el cuerpo desde casa, o si algún compañero se lo dio al subir a la veloz nave, o quizá algún huésped, ya que Odiseo era querido por muchos, pues pocos aqueos eran como él. Y yo le di una espada de bronce y un manto doble, hermoso y púrpura, y una túnica que llegaba hasta los pies, y lo despedí con honores en su nave bien equipada.
Y un heraldo un poco mayor que él lo acompañaba; te diré también cómo era: encorvado de hombros, de piel oscura, de cabeza rizada. Su nombre era Euríbates, y Odiseo lo honraba por encima de los otros compañeros, porque sus pensamientos concordaban con los suyos. Así habló, y en ella despertó aún más el deseo de llorar al reconocer las señales que Odiseo le había descrito con certeza. Y cuando se hartó del llanto abundante, entonces le respondió y le dijo estas palabras: Ahora, extranjero, aunque antes eras digno de lástima, en mis salones serás querido y respetado.
Pues yo misma le di esas ropas que describes, las doblé desde el cuarto y le puse el broche brillante para que fuera un adorno para él. Pero ya no lo recibiré otra vez cuando regrese a casa, a su querida tierra patria. Por eso con destino funesto Odiseo en la cóncava nave se fue a ver la maldita Ilión, que no debería nombrarse. Y respondiendo le habló Odiseo, el de muchas artimañas: Oh mujer venerable de Odiseo, hijo de Laertes, no destruyas más tu hermoso cuerpo ni consumas tu corazón llorando por tu marido.
No te culpo en absoluto, pues cualquier otra mujer llora cuando ha perdido a su esposo legítimo, con quien tuvo hijos uniéndose en amor, aunque no sea Odiseo, a quien dicen que era igual a los dioses. Pero deja ya el llanto y escucha mis palabras, pues te hablaré con verdad y no ocultaré nada: ya he oído sobre el regreso de Odiseo, cerca, en el fértil pueblo de los tesprotos, que está vivo. Y trae muchos tesoros valiosos, mendigándolos por el pueblo. Pero perdió a sus fieles compañeros y la cóncava nave en el ponto oscuro como el vino al partir de la isla Trinacia; pues se enojaron con él Zeus y Helios, porque sus compañeros mataron sus vacas.
Todos ellos murieron en el mar agitado por las olas, pero a él la ola lo arrojó sobre la quilla de la nave a tierra firme, a la tierra de los feacios, que son cercanos a los dioses. Ellos lo honraron de corazón como a un dios y le dieron muchos regalos y quisieron ellos mismos enviarlo a casa sano y salvo. Y ya Odiseo estaría aquí hace tiempo, pero a él le pareció más ventajoso en su corazón reunir riquezas yendo por muchas tierras.
Así Odiseo conoce muchas ganancias entre los hombres mortales y ningún otro mortal podría competir con él. Así me lo dijo Fidón, rey de los tesprotos. Y me juró a mí mismo, haciendo libaciones en su casa, que la nave estaba botada y los compañeros listos, que lo enviarían a su querida tierra patria. Pero a mí me despachó antes, pues venía una nave de hombres tesprotos hacia Duliquio, rica en trigo. Y me mostró las riquezas que Odiseo había reunido. Y podrían alimentar a otro hasta la décima generación, tantos tesoros del señor yacían en los salones.
Y dijo que había ido a Dodona para oír del dios desde el roble de alto follaje la voluntad de Zeus, cómo regresar a su querida tierra patria, ausente ya tanto tiempo, si abiertamente o en secreto. Así que él está a salvo y vendrá pronto
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Muy cerca está, no seguirá lejos mucho tiempo más de su tierra querida y de los suyos. Pero aun así te haré un juramento. Que Zeus sea mi testigo primero, el más alto y mejor de los dioses, y el hogar de Odiseo irreprochable, al que he llegado: en verdad todo esto se cumplirá tal como te lo digo. En el curso de este mismo mes vendrá aquí Odiseo, entre la muerte de esta luna y el nacimiento de la próxima.» Y de nuevo le respondió la prudente Penélope: «Ojalá, extranjero, esta palabra se cumpliera.
Pronto conocerías mi amistad y muchos regalos de mi parte, y cualquiera que te encontrara te llamaría dichoso. Pero esto presiente mi corazón, y así será: ni Odiseo volverá ya a casa, ni tú conseguirás escolta, porque no hay en la casa señores como era Odiseo entre los hombres, si es que existió alguna vez, para despedir y recibir a huéspedes venerables. Pero vosotras, siervas, lavadlo, preparadle el lecho, con mantas y cobijas y relucientes cubiertas, para que bien abrigado llegue a la Aurora de trono dorado.
Y mañana muy temprano, bañadlo y ungidlo, para que dentro, junto a Telémaco, participe de la comida sentado en la sala. Y peor para aquel de los pretendientes que lo atormente, el miserable: no llevará a cabo ya aquí ningún propósito, por más que se enfurezca terriblemente. Pues ¿cómo vas a saber tú de mí, extranjero, si es que sobrepaso a las demás mujeres en inteligencia y prudente astucia, si te dejo desaseado y mal vestido comer en mi palacio? Los hombres son de vida muy corta.
El que es cruel y conoce la crueldad, contra ese invocan todos los mortales dolores futuros mientras vive, y una vez muerto se burlan de él todos. Pero el que es irreprochable y conoce lo irreprochable, de ese su amplia fama difunden los extranjeros entre todos los hombres, y muchos lo llaman noble.» Y respondiéndole le habló el astuto Odiseo: «Oh mujer venerable de Odiseo, hijo de Laertes, en verdad me son odiosas las cobijas y las relucientes cubiertas desde que por primera vez dejé atrás las montañas nevadas de Creta yéndome en la nave de largos remos.
Me acostaré como antes solía, en noches sin sueño. Porque muchas noches ya pasé en lecho miserable esperando a la divina Aurora de hermoso trono. Ni tampoco me agradan ya los baños de pies, ni mujer alguna tocará mi pie de las que hay en tu casa como sirvientas, a menos que haya alguna anciana de mente fiel, que haya sufrido en su corazón tanto como yo mismo. A esa no le negaría que tocara mis pies.» Y de nuevo le respondió la prudente Penélope: «Querido extranjero, pues nunca hasta ahora un hombre tan sensato de entre los huéspedes de lejos ha llegado a mi casa, como tú que dices todo con tanta sensatez y prudencia.
Tengo una anciana de pensamientos prudentes en su mente, que a ese desdichado crió bien y cuidó recibiéndolo en sus brazos cuando su madre lo dio a luz por primera vez. Ella te lavará los pies, aunque esté ya débil. Vamos pues, levántate ahora, prudente Euriclea, lava al que tiene la edad de tu señor. Y seguramente Odiseo ya es tal en los pies y tal en las manos, pues pronto en la desgracia envejecen los mortales.» Así habló, y la anciana se cubrió el rostro con las manos, derramó lágrimas calientes y pronunció palabra plañidera: «Ay de mí por ti, hijo, y nada puedo hacer.
Seguro que Zeus te odió entre los hombres, aunque tenías corazón piadoso. Pues nunca mortal alguno quemó tantos muslos grasos al que goza con el rayo, Zeus, ni hecatombes selectas como tú le ofrecías rogando que llegaras a la vejez brillante y criaras a tu espléndido hijo. Y ahora a ti solo del todo te arrebató el día del regreso. Así también de él se burlaban las mujeres de extranjeros de lejos, cuando llegaba a las ilustres moradas de alguno, como de ti se burlan todas estas perras, de cuyo ultraje y muchas vergüenzas ahora esquivando no permites que te laven.
Pero a mí, que no lo rehúso, me ordena la hija de Icario, la prudente Penélope. Por eso te lavaré los pies, tanto por la propia Penélope como por ti, pues se me ha conmovido el corazón por dentro con penas. Pero atiende ahora la palabra que voy a decir: muchos extranjeros afligidos llegaron aquí, pero a ninguno jamás creo haber visto tan semejante como tú te pareces a Odiseo en cuerpo, voz y pies.» Y respondiéndole le habló el astuto Odiseo: «Anciana, así dicen cuantos nos han visto con sus propios ojos a nosotros dos, que somos muy parecidos el uno al otro, tal como tú misma, pensándolo bien, dices.»
Así habló, y la anciana tomó una vasija reluciente con la que lavaría los pies, y vertió mucha agua, fría, y luego le echó la caliente. Pero Odiseo se sentó lejos del fuego y se volvió enseguida hacia la oscuridad, pues al punto presentió en su ánimo que al tocarlo reconociera la cicatriz y los hechos quedaran al descubierto. Ella se acercó para lavar a su señor, y al punto reconoció la cicatriz que una vez le abrió un jabalí con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso a ver a Autólico y a sus hijos, el noble padre de su madre, que sobrepasaba a los hombres en hurto y juramento.
Un dios mismo se lo concedió, Hermes, pues a él le quemaba muslos gratos de corderos y cabritos, y él lo acompañaba propicio. Autólico, llegando a la rica tierra de Ítaca, encontró al hijo recién nacido de su hija.
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Euriclea lo puso sobre sus rodillas cuando terminaba de cenar, y le habló y le dijo así: «Autólico, encuentra tú mismo ahora un nombre para dárselo al querido hijo de tu hija: muy deseado te ha sido.» Y a su vez Autólico le respondió y dijo: «Yerno mío e hija, dadle el nombre que yo diga. Pues habiendo yo provocado ira en muchos llego aquí, en hombres y mujeres por la tierra nutricia. Que su nombre sea por tanto Odiseo, el que provoca ira. Y yo, cuando haya crecido y venga a la gran casa de su abuelo materno en el Parnaso, donde están mis posesiones, de ellas le daré y lo enviaré de vuelta contento.»
Por eso fue Odiseo, para que le diera espléndidos regalos. A él Autólico y los hijos de Autólico lo saludaron con las manos y con palabras dulces. La madre de su madre, Anfitea, abrazando a Odiseo lo besó en la cabeza y en ambos hermosos ojos. Autólico ordenó a sus ilustres hijos preparar la comida, y ellos obedecieron al que los apremió. Enseguida introdujeron un toro macho de cinco años, lo desollaron, lo prepararon todo y lo descuartizaron entero, lo trocearon con pericia y lo atravesaron con asadores, lo asaron cuidadosamente y repartieron las porciones.
Así entonces durante todo el día hasta la puesta del sol festejaron, y su ánimo no careció de banquete equitativo. Cuando el sol se puso y sobrevino la oscuridad, entonces se acostaron y recibieron el don del sueño. Cuando apareció la Aurora temprana de dedos rosados, marcharon a la caza, tanto los perros como ellos mismos, los hijos de Autólico; y con ellos el divino Odiseo iba. Subieron al monte escarpado cubierto de bosque, el Parnaso, y pronto alcanzaron los repliegues ventosos. El sol entonces recién tocaba los campos de cultivo saliendo del Océano de corriente profunda y apacible, y ellos llegaron a un valle los batidores.
Delante de ellos iban los perros rastreando huellas, y detrás los hijos de Autólico; y con ellos el divino Odiseo iba cerca de los perros, blandiendo su lanza de larga sombra. Allí en un matorral espeso yacía un gran jabalí. A ese lugar no llegaba el vigor húmedo de los vientos que soplan, ni el sol resplandeciente lo hería con sus rayos, ni la lluvia lo atravesaba por completo: tan denso era, y dentro había una acumulación abundantísima de hojas. A él llegó el estruendo de pies de hombres y perros cuando se acercaron persiguiéndolo.
Y él, de frente, desde la espesura, erizando bien su crin y con fuego brillando en los ojos, se plantó muy cerca de ellos. Y Odiseo el primero se lanzó levantando su larga lanza con su mano robusta, ansioso de herirlo. Pero el jabalí se le adelantó y lo hirió por encima de la rodilla, desgarrando mucha carne con el colmillo Lanzándose de costado, ni el hueso del hombre alcanzó. Odiseo lo hirió acertándole en el hombro derecho, y la punta de la brillante lanza atravesó de parte a parte; cayó al suelo con estruendo, y el alma voló de su cuerpo.
Los queridos hijos de Autólico se ocuparon de él, y la herida de Odiseo, el intachable, semejante a un dios, la vendaron con pericia, y con un ensalmo la sangre oscura detuvieron, y enseguida llegaron a la casa del padre querido. Autólico y los hijos de Autólico lo curaron bien y le dieron espléndidos regalos y rápidamente, alegrándose, lo enviaron alegre a Ítaca. Su padre y su venerable madre se alegraron de su regreso y le preguntaron cada cosa, cómo se hizo la cicatriz; y él les contó con detalle cómo un jabalí lo había desgarrado con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso con los hijos de Autólico.
La anciana, tocándolo con sus manos, lo sostuvo y lo reconoció al palparlo, y dejó caer el pie; la pierna cayó en la jofaina, resonó el bronce, se volcó de costado y el agua se derramó sobre el suelo. Alegría y dolor se apoderaron a la vez de su alma, sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz vibrante se contuvo. Tocándole el mentón, se dirigió a Odiseo: "¡Realmente eres Odiseo, hijo querido! Y yo no te reconocí antes, antes de palpar a mi señor entero." Dijo, y miró con los ojos a Penélope, queriendo revelarle que su esposo amado estaba dentro.
Pero ella no pudo ver ni comprender frente a frente; pues Atenea le desvió la mente. Pero Odiseo tanteando tomó la garganta con la mano derecha, y con la otra la atrajo más cerca y le habló: "Nodriza, ¿por qué quieres destruirme? Tú misma me criaste en tu propio pecho; ahora, tras sufrir muchos dolores, he llegado al vigésimo año a mi tierra patria. Pero ya que te diste cuenta y un dios te lo puso en el ánimo, calla, que ningún otro en el palacio se entere.
Pues te lo digo, y se cumplirá sin duda: si algún dios somete bajo mi poder a los ilustres pretendientes, no te libraré a ti, aunque seas mi nodriza, cuando mate a las demás esclavas mujeres en mi palacio." Y a él le respondió la sensata Euriclea: "Hijo mío, qué palabra se escapó de la cerca de tus dientes. Sabes cuál es mi ánimo, firme e inquebrantable; me mantendré como piedra sólida o hierro. Otra cosa te diré, y guárdala en tu ánimo: si un dios somete bajo tu poder a los ilustres pretendientes, entonces te enumeraré a las mujeres en el palacio, las que te deshonran y las que son inocentes." Respondiéndole le habló el astuto Odiseo: "Nodriza, ¿por qué vas a hablar de ellas? No hace falta;
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bien yo mismo las observaré y conoceré a cada una. Pero guarda silencio sobre esto, y confía en los dioses." Así habló, y la anciana atravesó el palacio para traer agua para el baño; pues la primera se había derramado toda. Y cuando lo lavó y lo ungió con aceite brillante, Odiseo arrastró de nuevo su asiento más cerca del fuego para calentarse, y cubrió la cicatriz con sus harapos. Y entre ellos tomó la palabra la sensata Penélope: "Huésped, yo misma te voy a preguntar algo breve aún; pues ya pronto será la hora del dulce sueño, al menos para quien el sueño dulce alcanza, aunque esté afligido.
Pero a mí la divinidad me ha dado un dolor sin medida; de día me complazco lamentándome y llorando, mirando mis trabajos y los de mis criadas en la casa; pero cuando llega la noche y el sueño toma a todos, yazgo en el lecho, y los pesares agudos en torno a mi corazón dolorido me excitan mientras me lamento. Como cuando la hija de Pandáreo, el ruiseñor verdoso, canta bellamente al comienzo de la primavera nueva, posada entre el follaje espeso de los árboles, que modulando frecuentemente derrama su voz rica en tonos, lamentando a su hijo Ítilo querido, al que un día con bronce mató por desatino, hijo del señor Zeto; así también mi corazón se mueve acá y allá, si permanezco junto a mi hijo y guardo firme todo, mis bienes, las esclavas y el palacio alto de altos techos, respetando el lecho de mi esposo y la voz del pueblo, o si ya debo seguir a quien sea el mejor de los aqueos que me pretende en el palacio, ofreciendo dotes infinitas.
Mi hijo, mientras era aún niño e insensato, no me dejaba casarme y abandonar la casa de mi esposo; pero ahora que ya es grande y alcanza la medida de la juventud, incluso me ruega que vuelva a irme del palacio, afligido por los bienes que los aqueos devoran. Pero anda, escucha e interprétame este sueño. Veinte gansos tengo en casa que comen trigo saliendo del agua, y me alegro mirándolos; pero vino del monte un águila grande de pico curvo y a todos les rompió el cuello y los mató; y ellos quedaron derramados amontonados en el palacio, y ella se elevó al éter divino.
Y yo lloraba y gemía dentro del sueño mismo, y se reunieron en torno a mí las aqueas de hermosos cabellos, mientras me lamentaba amargamente porque el águila me había matado los gansos. Pero volvió y se posó sobre una viga saliente, y con voz humana me contuvo y habló: 'Ten ánimo, hija del ilustre Icario; no es un sueño, sino realidad favorable, que se cumplirá. Los gansos son los pretendientes, y yo que antes era águila ave ahora he venido otra vez como tu esposo, que traeré a todos los pretendientes destino infame.' Así dijo, y a mí me soltó el sueño dulce como miel; mirando en torno descubrí los gansos en el palacio picoteando el trigo junto al canal, donde siempre." Respondiéndole le habló el astuto Odiseo: "Mujer, de ningún modo se puede interpretar el sueño desviándolo hacia otro sentido, pues el mismo Odiseo te ha indicado cómo se cumplirá; aparece claro el exterminio para los pretendientes para todos sin duda, y ninguno evitará la muerte y las Parcas." Y a él le respondió la sensata Penélope: "Huésped, ciertamente los sueños son inmanejables e indescifrables y no todos se cumplen para los hombres.
Dos son las puertas de los sueños inconsistentes: unas están hechas de cuerno, otras de marfil. Los que vienen a través del marfil pulido, esos engañan, trayendo palabras que no se cumplen; los que salen afuera a través del cuerno pulido, esos cumplen la verdad, cuando algún mortal los ve. Pero mi terrible sueño no creo que de allí haya venido; aunque sería bienvenido para mí y mi hijo. Otra cosa te diré, y guárdala en tu ánimo: esta aurora de mal nombre está llegando, que me apartará de la casa de Odiseo; pues ahora estableceré una prueba, las hachas, que él en su propio palacio colocaba en fila, como soportes de naves, doce en total; y él, parándose bien lejos, lanzaba una flecha a través de ellas.
Ahora a los pretendientes les propondré esta prueba: quien más fácilmente tense el arco en sus manos y dispare a través de las doce hachas todas, con ese me iré, dejando esta casa nupcial, muy hermosa, llena de riqueza, de la que creo que me acordaré incluso en sueños." Respondiéndole le habló el astuto Odiseo: "Mujer venerable de Odiseo hijo de Laertes, no pospongas más en tu casa esta prueba; pues antes llegará aquí el astuto Odiseo, antes de que estos, manejando este arco pulido, tensen la cuerda y disparen a través del hierro." Y a él le respondió la sensata Penélope: "Si quisieras, huésped, sentado en el palacio deleitarme, no se derramaría el sueño sobre mis párpados.
Pero de ningún modo pueden estar sin dormir siempre los hombres; pues a cada uno los inmortales le fijaron su porción entre los mortales sobre la tierra nutricia. Pero yo subiré al piso de arriba y me acostaré en mi lecho, que se ha vuelto para mí lugar de lamentos, siempre empapado en mis lágrimas, desde que Odiseo partió a contemplar Troya Malvada, innombrable. Allí me acostaré; tú acuéstate en esta casa, sea tendiendo algo en el suelo, o que te preparen un lecho." Así diciendo subió al piso de arriba, el silencioso,
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No iba sola, con ella iban también otras sirvientas. Y subiendo a la habitación alta con las mujeres sirvientas lloraba entonces a Odiseo, su amado esposo, hasta que el sueño dulce sobre sus párpados derramó Atenea de ojos brillantes.
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