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Canto VI

La Odisea · Homero · 16 min de lectura

Parte1versos 1-100

Así dormía allí el muy sufrido, el divino Odiseo, vencido por el sueño y el cansancio; pero Atenea fue al pueblo y la ciudad de los hombres feacios; ellos antes vivían en la espaciosa Hiperea, cerca de los cíclopes, hombres arrogantes, que los saqueaban, y eran más fuertes en violencia. Desde allí el divino Nausítoo los condujo tras hacerlos partir, y los estableció en Esqueria, lejos de los hombres que se ganan el pan, y rodeó con murallas la ciudad y construyó casas e hizo templos para los dioses y repartió los campos.

Pero él ya, domado por el destino, había marchado al Hades, y entonces gobernaba Alcínoo, conocedor de designios de los dioses. A su palacio fue la diosa de ojos de lechuza, Atenea, maquinando el regreso del magnánimo Odiseo. Se dirigió al dormitorio ricamente ornamentado, donde dormía una muchacha semejante a las inmortales en porte y belleza, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo, y junto a ella dos esclavas, con la hermosura de las Gracias, a cada lado de las jambas; las puertas brillantes estaban cerradas. Ella como un soplo de viento se lanzó al lecho de la muchacha, se detuvo sobre su cabeza y le dijo estas palabras, tomando la forma de la hija del famoso navegante Dimante, que era de su edad y estimada en su corazón.

Tomando su apariencia le habló Atenea de ojos de lechuza: «Nausícaa, ¿por qué tu madre te parió tan descuidada? Tus vestidos yacen abandonados, los relucientes, y tu boda está cerca, cuando debes vestir hermosos ropajes tú misma y también proporcionarlos a quienes te conduzcan; pues de estas cosas nace entre los hombres buena fama, y se alegran el padre y la venerable madre. Pero vayamos a lavar en cuanto aparezca la aurora; y yo iré contigo como ayudante, para que cuanto antes te dispongas, ya que no por mucho tiempo más serás doncella; pues ya te pretenden los mejores del pueblo, todos los feacios, de donde también es tu linaje.

Pero anda, apura a tu ilustre padre de madrugada para que prepare mulas y un carro, que lleve los cinturones y los peplos y las mantas relucientes. Y también para ti misma es mucho mejor así que ir a pie; pues los lavaderos están muy lejos de la ciudad.» Así habló y se fue Atenea de ojos de lechuza al Olimpo, donde dicen que está la morada siempre segura de los dioses; no es sacudida por los vientos ni jamás por la lluvia es mojada ni la nieve se acerca, sino que un aire puro se extiende sin nubes, y una blanca claridad lo envuelve; allí se deleitan los dioses bienaventurados todos los días.

Allí marchó la de ojos de lechuza, tras dar consejos a la muchacha. Y enseguida llegó la Aurora de bello trono, que despertó a Nausícaa de hermoso peplo; y al punto se maravilló del sueño, y fue a través del palacio para anunciarlo a sus padres, a su querido padre y a su madre; los encontró dentro. Ella estaba sentada junto al hogar con sus mujeres esclavas, hilando en la rueca lana teñida de púrpura marina; y él salía por la puerta yendo al encuentro con los ilustres reyes al consejo, donde lo llamaban los nobles feacios.

Ella, de pie muy cerca, habló a su querido padre: «Papá querido, ¿no podrías prepararme un carro alto y de buenas ruedas, para que lleve los vestidos famosos al río a lavarlos, los que tengo sucios? Y también a ti mismo te conviene, estando entre los principales, deliberar en el consejo teniendo vestidos limpios en el cuerpo. Y tienes cinco hijos queridos nacidos en el palacio, dos casados, y tres jóvenes florecientes; ellos siempre quieren tener vestidos recién lavados para ir al baile; y todo esto preocupa mi mente.»

Así habló; pues sintió vergüenza de nombrar la florida boda ante su querido padre; pero él entendió todo y le respondió: «Ni te niego las mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; los siervos te prepararán el carro alto y de buenas ruedas, ajustado con un toldo.» Así dijo y dio órdenes a los siervos, y ellos obedecieron. Ellos fuera prepararon el carro de buenas ruedas para mulas, condujeron las mulas y las uncieron bajo el carro; y la muchacha desde su cuarto trajo las vestiduras brillantes.

Y las colocó sobre el carro bien pulido; y su madre puso en un cofre alimentos que satisfacen el ánimo, de toda clase, y puso manjares, y vertió vino en un odre de piel de cabra; la muchacha subió al carro. Le dio también aceite fluido en un frasco de oro, para que se ungiera con sus mujeres esclavas. Ella tomó el látigo y las riendas relucientes, y dio un latigazo para partir; y hubo estruendo de las mulas; ellas tiraban sin descanso y llevaban los vestidos y a ella misma, no sola; con ella iban también las otras esclavas.

Cuando llegaron a la bella corriente del río, donde estaban los lavaderos permanentes, y mucha agua hermosa fluía abundante para limpiar incluso lo muy sucio, allí desuncieron las mulas del carro. Y las soltaron junto al río de remolinos para que pacieran la hierba dulce como miel; y ellas del carro tomaron en sus manos los vestidos y los llevaron al agua oscura, y los pisoteaban en las pozas con rapidez, compitiendo entre sí. Pero después que lavaron y limpiaron toda la suciedad, los extendieron en fila a lo largo de la orilla del mar, donde más los guijarros arrojaba a tierra la resaca.

Ellas después de bañarse y ungirse con aceite espeso tomaron su comida junto a las riberas del río, y esperaban que los vestidos se secaran con el brillo del sol. Pero cuando se saciaron de comida las esclavas y ella misma, jugaron con una pelota, quitándose los velos,

Parte2versos 101-200

y Nausícaa de blancos brazos iniciaba el canto entre ellas. Como Ártemis que va por las montañas lanzadora de flechas, ya por el alto Taigeto o por el Erimanto, deleitándose con jabalíes y rápidas ciervas; y con ella las ninfas, hijas de Zeus portador de la égida, campestres, juegan; y se alegra en su corazón Leto; sobre todas ella levanta su cabeza y su frente, y es fácilmente reconocible, aunque todas son bellas; así entre sus esclavas destacaba la doncella sin casar. Pero cuando ya estaba a punto de volver a casa tras uncir las mulas y doblar los vestidos hermosos, entonces Atenea de ojos de lechuza tramó otra cosa, que Odiseo despertara y viera a la muchacha de bellos ojos, que lo guiara a la ciudad de los hombres feacios.

Entonces la princesa arrojó la pelota a una esclava; erró a la esclava y cayó en un profundo remolino. Ellas gritaron con fuerza; y despertó el divino Odiseo, y sentándose reflexionaba en su mente y en su corazón: «Ay de mí, ¿a la tierra de qué mortales he llegado ahora? ¿Acaso son insolentes y salvajes e injustos, o son hospitalarios y tienen una mente que teme a los dioses? Como me rodea el agudo grito femenino de muchachas, de ninfas que habitan las altas cumbres de las montañas y las fuentes de los ríos y los prados herbosos.

¿Acaso estoy cerca de hombres de voz articulada? Pero vamos, yo mismo lo intentaré y lo veré.» Así diciendo salió de los arbustos el divino Odiseo, y de la espesa maleza quebró con su mano poderosa una rama de hojas, para cubrir con ella las vergüenzas del hombre. Y fue como un león criado en las montañas, confiado en su fuerza, que va bajo la lluvia y el viento, y en sus ojos arde el fuego; y se lanza tras los bueyes o las ovejas o tras las ciervas salvajes; y su vientre lo manda a probar las ovejas y entrar en el sólido redil; así Odiseo estaba a punto de mezclarse con las muchachas de hermosas trenzas, aunque desnudo estaba; pues la necesidad había llegado.

Terrible les pareció a ellas, desfigurado por la sal del mar, y huyeron unas por un lado otras por otro sobre las salientes playas. Sola la hija de Alcínoo se quedó; pues Atenea puso valor en su pecho y quitó el miedo de sus miembros. Se detuvo firme frente a él; y meditó Odiseo si suplicaría abrazando las rodillas de la muchacha de bellos ojos, o así desde lejos con palabras suaves suplicaría, si le mostraría la ciudad y le daría vestidos. Así mientras lo pensaba le pareció mejor suplicar desde lejos con palabras suaves, no fuera que abrazando sus rodillas se enojara en su corazón la muchacha.

Enseguida pronunció una palabra suave y astuta: «Te suplico, señora: ¿eres una diosa o eres mortal? Si eres una diosa de las que tienen el ancho cielo, Yo te comparo a Artemisa, hija del gran Zeus, en porte, en estatura y en figura; pero si eres mortal, de las que habitan sobre la tierra, tres veces dichosos tu padre y tu augusta madre, tres veces dichosos tus hermanos; seguro que el corazón de ellos siempre se calienta de alegría por tu causa, al ver cómo esta flor entra en el baile.

Pero aquel será feliz sobre todos los demás en su corazón, el que cargado de dones de boda te lleve a su casa. Nunca he visto con mis ojos a nadie así, ni hombre ni mujer; el asombro me domina al mirarte. Una vez en Delos, junto al altar de Apolo, vi un brote nuevo de palmera que crecía así; porque fui también allí, y mucha gente me seguía, en ese camino donde me esperaban pesadas desgracias. Del mismo modo, cuando vi aquello me quedé maravillado largo tiempo, pues nunca había brotado de la tierra un árbol así, del modo en que te admiro, mujer, y me maravillo, y temo enormemente tocar tus rodillas; pero me llega un dolor terrible.

Ayer, al vigésimo día, escapé del mar oscuro como vino; hasta entonces siempre me llevaban las olas y las rápidas tormentas desde la isla de Ogigia; ahora aquí me arrojó un dios, para que sufra algún mal también aquí; pues no creo que se detengan, sino que los dioses cumplirán todavía mucho antes. Pero, reina, ten piedad; pues después de sufrir muchos males llego primero a ti, y de los demás no conozco a nadie de los hombres que poseen esta ciudad y esta tierra.

Muéstrame la ciudad, dame un trapo para cubrirme, si traías algún envoltorio de ropa al venir aquí. Y que los dioses te den todo lo que anhelas en tu corazón, marido y casa, y que te concedan una armonía hermosa; pues nada hay mejor ni más grande que eso, cuando con pensamientos acordes habitan una casa un hombre y una mujer; muchos dolores para los enemigos, y alegrías para los que desean el bien; pero sobre todo lo saben ellos mismos. Y Nausícaa de blancos brazos le respondió: «Extranjero, puesto que no pareces un hombre malo ni necio, y Zeus Olímpico mismo reparte la dicha a los hombres, a los buenos y a los malos, como quiere, a cada uno; y a ti sin duda te dio esto, pero debes soportarlo de todos modos.

Ahora, puesto que llegas a nuestra ciudad y tierra, no te faltarán ni ropa ni ninguna otra cosa de las que corresponden a un suplicante agobiado que te encuentra. Te mostraré la ciudad, te diré el nombre del pueblo: los feacios poseen esta ciudad y esta tierra, y yo soy hija del magnánimo Alcínoo, de quien dependen la fuerza y el poder de los feacios.» Dijo así, y dio órdenes a sus sirvientas de hermosas trenzas: «Deteneos, sirvientas; ¿adónde huís al ver a un hombre? ¿Acaso pensáis que es uno de los enemigos?

Parte3versos 201-300

No existe ni existirá ese mortal que llegue a la tierra de los feacios trayendo hostilidad; pues son muy queridos de los inmortales. Habitamos apartados en el mar batido por las olas, en el confín, y ningún otro mortal se mezcla con nosotros. Pero este es algún desdichado errante que ha llegado aquí, al que ahora debemos cuidar; pues todos los extranjeros y mendigos vienen de Zeus, y un don pequeño es querido. Así que dad, sirvientas, al extranjero comida y bebida, y bañadlo en el río, donde hay reparo del viento.»

Así habló, y ellas se detuvieron y se exhortaron unas a otras, e hicieron sentar a Odiseo al reparo, como ordenó Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; y junto a él pusieron un manto y una túnica como vestido, y le dieron aceite líquido en un frasco de oro, y le instaron a bañarse en las corrientes del río. Entonces el divino Odiseo habló a las sirvientas: «Sirvientas, quedaos allí apartadas, para que yo mismo lave la sal de mis hombros, y con aceite me unte; pues hace mucho que la grasa falta de mi piel.

Pero delante de vosotras no me bañaré; me da vergüenza desnudarme entre doncellas de hermosas trenzas.» Así habló, y ellas se fueron aparte y se lo dijeron a la joven. Entonces el divino Odiseo lavó del río su cuerpo, la sal que cubría su espalda y sus anchos hombros; y de su cabeza limpió la costra del mar infecundo. Y cuando ya se hubo bañado del todo y ungido con aceite, se vistió con las ropas que le dio la doncella intacta, y Atenea, nacida de Zeus, lo hizo más alto a la vista y más robusto, y desde su cabeza hizo caer rizos, como la flor del jacinto.

Y como cuando un hombre vierte oro sobre plata, un artesano hábil al que Hefesto y Palas Atenea enseñaron toda clase de técnica, y completa obras llenas de gracia, así ella derramó gracia sobre su cabeza y sus hombros. Luego se sentó apartándose hacia la orilla del mar, resplandeciente de belleza y gracia; y la joven lo contemplaba. Entonces habló a sus sirvientas de hermosas trenzas: «Escuchadme, sirvientas de blancos brazos, para que os diga algo. No contra la voluntad de todos los dioses que tienen el Olimpo este hombre se mezcla con los feacios semejantes a los dioses; antes me parecía que era tosco, pero ahora se asemeja a los dioses que poseen el ancho cielo.

Ojalá un marido así fuera llamado mío, habitando aquí, y le agradara quedarse en este lugar. Pero dad, sirvientas, al extranjero comida y bebida.» Así habló, y ellas bien la escucharon y obedecieron, y pusieron ante Odiseo comida y bebida. Entonces bebió y comió el muy sufrido divino Odiseo ávidamente; pues hacía tiempo que estaba privado de alimento. Pero Nausícaa de blancos brazos pensó en otra cosa: dobló las ropas y las puso sobre el bello carro, unció las mulas de fuertes cascos, y subió ella misma.

Exhortó a Odiseo y le habló y le dijo su nombre: «Levántate ahora, extranjero, para ir a la ciudad, que yo te lleve a la casa de mi padre prudente, donde yo digo que conocerás a todos los mejores de los feacios. Pero hazlo así; no me pareces falto de inteligencia: mientras vayamos por los campos y trabajos de los hombres, camina tú rápidamente con las sirvientas detrás de las mulas y el carro; yo mostraré el camino. Pero cuando lleguemos a la ciudad, a la que rodea una muralla alta, y hay un hermoso puerto a cada lado de la ciudad, y la entrada es estrecha; y las naves curvadas a ambos lados del camino están varadas; pues todos tienen su amarradero individual.

Allí está su asamblea alrededor del hermoso templo de Poseidón, construida con piedras labradas hundidas en la tierra. Allí cuidan los aparejos de las negras naves, las amarras y los cabos, y afilan los remos. Pues a los feacios no les importan el arco ni la aljaba, sino los mástiles y remos de las naves y las naves equilibradas, con las que gozosos cruzan el mar canoso. De esos evito la desagradable habladuría, no sea que luego alguien me censure; pues son muy soberbios en el pueblo; y alguno de los peores podría decir al encontrarnos: "¿Quién es ese que sigue a Nausícaa, hermoso y alto, ese extranjero?

¿Dónde lo encontró? Será su marido. ¿Acaso trajo a alguno errante de su propia nave, de hombres de tierras lejanas, puesto que no hay ninguno cerca? ¿O algún dios muy deseado vino a ella tras rogarle, bajando del cielo, y la tendrá para siempre? Mejor, si ella misma saliendo encontró un marido de otro lugar; pues desprecia a los de aquí del pueblo, a los feacios, que la pretenden, muchos y nobles." Así hablarán, y eso sería para mí una vergüenza. Y yo también censuraría a otra que hiciera tales cosas, la que contra la voluntad de su padre y madre queridos se mezcle con hombres antes de llegar a la boda pública.

Extranjero, tú entiende rápido mi palabra, para que cuanto antes consigas escolta y retorno de parte de mi padre. Encontrarás un espléndido bosque de Atenea cerca del camino, de álamos, y en él mana una fuente, y alrededor hay un prado; allí está el recinto de mi padre y su viña floreciente, tan lejos de la ciudad como alcanza el grito de un hombre. Allí siéntate y espera un tiempo, hasta que nosotras lleguemos a la ciudad y alcancemos la casa de mi padre. Pero cuando creas que hemos llegado a la casa, entonces ve a la ciudad de los feacios y pregunta por la casa de mi padre, el magnánimo Alcínoo. Es fácil de reconocer, y hasta un niño podría guiarte

Parte4versos 301-331

Ingenuo: es que ninguna casa feacia se parece al palacio del héroe Alcínoo. Pero cuando el palacio y el patio te hayan ocultado, cruza rápido a través del salón hasta que llegues donde está mi madre; ella se sienta junto al hogar a la luz del fuego, hilando lana teñida de púrpura marina, prodigio de ver, apoyada en una columna; las esclavas están sentadas detrás. Allí el trono de mi padre se reclina junto al de ella, y él sentado bebe vino como un inmortal.

Pásalo de largo y echa los brazos a las rodillas de mi madre, para que veas el día del regreso pronto y con alegría, aunque estés muy lejos de casa. Si ella te mira con afecto en su corazón, entonces hay esperanza de que veas a los tuyos y llegues a tu casa bien construida y a tu tierra patria. Así habló y fustigó a las mulas con el látigo brillante; ellas pronto dejaron atrás las corrientes del río. Trotaban bien y movían bien las patas; ella manejaba las riendas de modo que los de a pie pudieran seguirlas, las esclavas y Odiseo; y usaba el látigo con cuidado.

Se puso el sol, y llegaron al bosque ilustre sagrado de Atenea, donde se sentó el divino Odiseo. En seguida rezó a la hija del gran Zeus: «Óyeme, hija de Zeus portador de la égida, Atritone; escúchame ahora al menos, ya que antes nunca me escuchaste cuando me golpeaba, cuando me golpeaba el ilustre sacudidor de tierra. Concédeme llegar a los feacios como amigo y digno de compasión.» Así habló en su plegaria, y lo oyó Palas Atenea; pero aún no se le apareció cara a cara; porque respetaba al hermano de su padre: él seguía furioso sin tregua contra Odiseo igual a los dioses, hasta que llegara a su tierra.

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