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Capítulo 3Visita a la casa vecina

Primer amor · Iván Turguénev · 2 min de lectura

«¿Cómo conocerlas?», fue mi primer pensamiento al despertar por la mañana. Antes del té fui al jardín, pero no me acerqué demasiado a la valla y no vi a nadie. Después del té pasé varias veces por la calle frente a la casa de campo y miré las ventanas desde lejos… Me pareció ver su rostro detrás de la cortina, y asustado me alejé rápidamente. «Pero tengo que conocerlas —pensaba, caminando sin rumbo por la llanura arenosa que se extendía frente a Neskuchni—, pero ¿cómo? Esa es la cuestión». Recordaba los más mínimos detalles del encuentro de ayer: por alguna razón se me representaba con especial claridad cómo se había reído de mí… Pero mientras yo me agitaba y trazaba diversos planes, el destino ya se ocupaba de mí.

Durante mi ausencia mi madre había recibido de nuestra nueva vecina una carta en papel gris, sellada con lacre marrón, de ese que sólo se usa en las notificaciones postales o en los tapones de vino barato. En esta carta, escrita en un lenguaje sin gramática y con letra descuidada, la princesa le pedía a mi madre que le otorgara su protección: mi madre, según la princesa, conocía bien a personas importantes de quienes dependía su destino y el de sus hijos, ya que tenía pleitos muy importantes. «Me dirijo a usted —escribía— como dama noble a dama noble, y además me es grato aprovechar esta ocasión». Al final le pedía a mi madre permiso para visitarla. Encontré a mi madre de mal humor: mi padre no estaba en casa y no tenía con quién consultar. No responder a una «dama noble», y además princesa, era imposible, pero cómo responder, mi madre no lo sabía. Escribir una nota en francés le parecía inapropiado, y en ortografía rusa mi madre no era fuerte, lo sabía y no quería comprometerse. Se alegró de mi llegada y enseguida me ordenó que fuera a casa de la princesa y le explicara de palabra que mi madre estaba siempre dispuesta a prestar a su excelencia, en la medida de sus fuerzas, cualquier servicio, y que le rogaba que viniera a visitarla hacia la una. El cumplimiento inesperadamente rápido de mis deseos secretos me alegró y me asustó a la vez; sin embargo, no mostré la turbación que se apoderó de mí y antes fui a mi habitación para ponerme una corbata nueva y la levita; en casa todavía andaba con chaqueta y cuello vuelto, aunque me resultaban muy incómodos.

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