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Capítulo 13La ilusión rota y el paseo a caballo

Primer amor · Iván Turguénev · 3 min de lectura

Estuve tan alegre y orgulloso aquel día entero, conservé tan vivamente en mi rostro la sensación de los besos de Zinaída, recordé con tal estremecimiento de éxtasis cada una de sus palabras, acaricié tanto mi inesperada felicidad, que hasta me daba miedo, no quería ni siquiera verla, a ella, la causante de estas nuevas sensaciones. Me parecía que ya no se podía exigir nada más al destino, que ahora «habría que respirar hondo por última vez y morir». En cambio, al día siguiente, al dirigirme al pabellón, sentí una gran turbación que intenté en vano ocultar tras una máscara de modesto desenfado, apropiada para un hombre que desea dar a entender que sabe guardar un secreto. Zinaída me recibió con mucha naturalidad, sin ninguna agitación, solo me amenazó con el dedo y me preguntó si no tenía moretones. Todo mi modesto desenfado y mi aire misterioso se esfumaron al instante, y con ellos mi turbación. Desde luego, no esperaba nada especial, pero la tranquilidad de Zinaída fue como si me arrojaran un cubo de agua fría. Comprendí que yo era un niño a sus ojos, y me sentí muy mal. Zinaída iba de un lado a otro de la habitación, sonreía fugazmente cada vez que me miraba; pero sus pensamientos estaban lejos, eso lo veía con claridad… «Sacar yo mismo el tema de lo de ayer —pensé—, preguntarle adónde tenía tanta prisa por ir, para averiguarlo definitivamente…», pero me limité a hacer un gesto con la mano y me senté en un rincón.

Entró Bielovzórov; me alegré de verlo.

—No he encontrado un caballo de montar para ti, uno manso —dijo con voz severa—. Freitag me garantiza uno, pero no estoy seguro. Me da miedo.

—¿Miedo de qué? —preguntó Zinaída—. ¿Se puede saber?

—¿De qué? Pues de que no sabes montar. ¡Dios no lo quiera, si te pasa algo! ¿Y qué fantasía se te ha metido de pronto en la cabeza?

—Bueno, eso es asunto mío, mi querido bruto. En ese caso se lo pediré a Piotr Vasílievich… (Mi padre se llamaba Piotr Vasílievich. Me sorprendió que ella mencionara su nombre con tanta ligereza y libertad, como si estuviera segura de que él estaría dispuesto a complacerla).

—Ah, vaya —replicó Bielovzórov—. ¿Así que quieres montar con él?

—Con él o con otro, a ti te da igual. Pero no contigo.

—No conmigo —repitió Bielovzórov—. Como quieras. ¿Y qué? Te conseguiré el caballo.

—Pero mira, que no sea una vaca cualquiera. Te advierto que quiero galopar.

—Galopa si quieres… ¿Y con quién vas a ir entonces, con Malevski quizás?

—¿Y por qué no con él, guerrero? Bueno, tranquilízate —añadió—, y deja de echar chispas por los ojos. A ti también te llevaré. Ya sabes que ahora Malevski me da asco. —Sacudió la cabeza.

—Dices eso para consolarme —gruñó Bielovzórov.

Zinaída entrecerró los ojos.

—¿Eso te consuela?... ¡Oh... oh... oh... guerrero! —dijo por fin, como si no encontrara otra palabra—. Y tú, monsieur Vladímir, ¿vendrías con nosotros?

—No me gusta... estar en compañía numerosa... —murmuré sin levantar la vista.

—¿Prefieres el tête-à-tête?... Bueno, cada uno es libre, al que se salva... el paraíso —dijo suspirando—. Anda pues, Bielovzórov, ocúpate de ello. Necesito el caballo para mañana.

—Sí, pero ¿de dónde se saca el dinero? —intervino la princesa.

Zinaída frunció el ceño.

—No te lo pido a ti; Bielovzórov me lo fiará.

—Te lo fiará, te lo fiará... —gruñó la princesa, y de pronto gritó a pleno pulmón—: ¡Duniasha!

—Maman, te he regalado una campanilla —observó la princesa.

—¡Duniasha! —repitió la anciana.

Bielovzórov se despidió; yo me marché con él. Zinaída no me retuvo.

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