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Capítulo 11La visión poética de Zina

Primer amor · Iván Turguénev · 4 min de lectura

Esa tarde se reunieron en casa de los Zasékina los invitados habituales; yo estaba entre ellos.

La conversación giró en torno al poema de Maidánov; Zinaída lo elogió con toda franqueza.

—Pero ¿sabes una cosa? —le dijo—. Si yo fuera poeta, elegiría otros temas. Quizá todo esto sea un disparate, pero a veces me vienen a la cabeza ideas extrañas, sobre todo cuando no duermo, antes del amanecer, cuando el cielo empieza a tornarse rosa y gris. Yo, por ejemplo… ¿No os vais a reír de mí?

—¡No, no! —exclamamos todos a una voz.

—Yo representaría —continuó, cruzando los brazos sobre el pecho y fijando la mirada a lo lejos— una sociedad entera de jóvenes muchachas, de noche, en una gran barca, sobre un río tranquilo. Brilla la luna, y todas ellas van de blanco y con coronas de flores blancas, y cantan, ya sabéis, algo así como un himno.

—Entiendo, entiendo, continúa —pronunció Maidánov con tono significativo y soñador.

—De pronto, ruido, carcajadas, antorchas, panderetas en la orilla… Es una multitud de bacantes que corren con cantos, con gritos. Aquí ya es asunto tuyo pintar el cuadro, señor poeta… pero yo querría que las antorchas fueran rojas y echaran mucho humo, y que los ojos de las bacantes brillaran bajo las coronas, y las coronas deben ser oscuras. No olvides tampoco las pieles de tigre y las copas, y el oro, mucho oro.

—¿Dónde debe estar el oro? —preguntó Maidánov, echando hacia atrás su cabello lacio y dilatando las aletas de la nariz.

—¿Dónde? En los hombros, en los brazos, en las piernas, por todas partes. Dicen que en la antigüedad las mujeres llevaban anillos de oro en los tobillos. Las bacantes llaman hacia ellas a las muchachas de la barca. Las muchachas dejaron de cantar su himno —no pueden continuarlo—, pero no se mueven: el río las acerca a la orilla. Y he aquí que de pronto una de ellas se levanta suavemente… Esto hay que describirlo bien: cómo se levanta suavemente a la luz de la luna y cómo sus compañeras se asustan… Ha traspasado el borde de la barca, las bacantes la rodean, se la llevan en la noche, en la oscuridad… Imagina aquí el humo en espirales, y todo confundido. Solo se oye su grito, y su corona quedó en la orilla.

Zinaída calló. («¡Oh, está enamorada!», pensé de nuevo.)

—¿Y solo eso? —preguntó Maidánov.

—Solo eso —respondió ella.

—Eso no puede ser el tema de un poema entero —observó él con gravedad—, pero para una composición lírica aprovecharé tu idea.

—¿En el estilo romántico? —preguntó Malevski.

—Por supuesto, en el estilo romántico, byroniano.

—Pues en mi opinión, Hugo es mejor que Byron —dijo con negligencia el joven conde—, más interesante.

—Hugo es un escritor de primera clase —replicó Maidánov—, y mi amigo Tonkoshéiev, en su novela española «El Trovador»…

—Ah, ¿es ese el libro con los signos de interrogación invertidos? —interrumpió Zinaída.

—Sí. Así se acostumbra entre los españoles. Quería decir que Tonkoshéiev…

—Bueno, vais a empezar otra vez a discutir sobre clasicismo y romanticismo —lo interrumpió por segunda vez Zinaída—. Mejor juguemos…

—¿A las prendas? —se apresuró a decir Lushin.

—No, a las prendas es aburrido; mejor a las comparaciones. (Este juego lo había inventado la propia Zinaída: se nombraba algún objeto, cada uno intentaba compararlo con algo, y quien encontraba la mejor comparación recibía un premio.)

Se acercó a la ventana. El sol acababa de ponerse: en lo alto del cielo se extendían largas nubes rojas.

—¿A qué se parecen esas nubes? —preguntó Zinaída y, sin esperar nuestra respuesta, dijo—: Yo encuentro que se parecen a aquellas velas purpúreas que había en el barco de oro de Cleopatra, cuando iba al encuentro de Antonio. ¿Recuerdas, Maidánov, que me lo contaste hace poco?

Todos nosotros, como Polonio en «Hamlet», decidimos que las nubes recordaban precisamente aquellas velas y que ninguno de nosotros encontraría mejor comparación.

—¿Y cuántos años tenía Antonio entonces? —preguntó Zinaída.

—Seguramente era un hombre joven —observó Malevski.

—Sí, joven —confirmó Maidánov con seguridad.

—Perdona —exclamó Lushin—, tenía más de cuarenta años.

—Más de cuarenta años —repitió Zinaída, lanzándole una rápida mirada.

Yo me marché pronto a casa. «Está enamorada», susurraban involuntariamente mis labios. «Pero ¿de quién?»

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