Clasicalia
InicioSegundo tratado sobre el gobierno civilCapítulo 5
5 / 19

Capítulo 5De la propiedad

Segundo tratado sobre el gobierno civil · John Locke · 30 min de lectura

25. Ya sea que consideremos la razón natural, que nos dice que los hombres, una vez nacidos, tienen derecho a su preservación y, en consecuencia, a la comida y la bebida, y a aquellas otras cosas que la naturaleza ofrece para su subsistencia; o la revelación, que nos da cuenta de las concesiones que Dios hizo del mundo a Adán, y a Noé y sus hijos, resulta muy claro que Dios, como dice el rey David, Sal. cxv. 16, ha dado la tierra a los hijos de los hombres; se la ha dado a la humanidad en común. Pero supuesto esto, a algunos les parece una dificultad muy grande cómo alguien podría llegar a tener propiedad sobre algo: no me contentaré con responder que si es difícil fundamentar la propiedad bajo el supuesto de que Dios dio el mundo a Adán y su posteridad en común, es imposible que nadie, salvo un monarca universal, pudiera tener propiedad alguna bajo el supuesto de que Dios dio el mundo a Adán y sus herederos en sucesión, excluyendo al resto de su posteridad. Pero me esforzaré en mostrar cómo los hombres podrían llegar a tener propiedad sobre diversas partes de aquello que Dios dio a la humanidad en común, y ello sin ningún pacto expreso de todos los comuneros.

26. Dios, que ha dado el mundo a los hombres en común, también les ha dado la razón para hacer uso de él en beneficio máximo de la vida y la comodidad. La tierra, y todo lo que hay en ella, está dada a los hombres para el sustento y confort de su existencia. Y aunque todos los frutos que produce naturalmente, y las bestias que alimenta, pertenecen a la humanidad en común, en cuanto son producidos por la mano espontánea de la naturaleza; y nadie tiene originalmente un dominio privado, que excluya al resto de la humanidad, sobre ninguno de ellos, tal como están en su estado natural: sin embargo, dado que han sido dados para el uso de los hombres, debe haber necesariamente un medio para apropiárselos de una manera u otra, antes de que puedan ser de utilidad alguna, o en absoluto beneficiosos para cualquier hombre en particular. La fruta, o la carne de venado, que nutre al indio salvaje, que no conoce cercados y sigue siendo un arrendatario en común, debe ser suya, y tan suya, es decir, una parte de él, que otro ya no puede tener derecho alguno sobre ella, antes de que pueda hacerle bien alguno para el sustento de su vida.

27. Aunque la tierra, y todas las criaturas inferiores, sean comunes a todos los hombres, cada hombre tiene sin embargo una propiedad en su propia persona: sobre esto nadie tiene derecho alguno salvo él mismo. El trabajo de su cuerpo, y la obra de sus manos, podemos decir, son propiamente suyos. Cualquier cosa, entonces, que él saque del estado en que la naturaleza la ha provisto y dejado, ha mezclado su trabajo con ella, y le ha unido algo que es suyo propio, y con ello la convierte en su propiedad. Al haber sido por él sacada del estado común en que la naturaleza la ha colocado, tiene por este trabajo algo anexado a ella, que excluye el derecho común de otros hombres: pues este trabajo, siendo la propiedad incuestionable del trabajador, ningún hombre salvo él puede tener derecho a lo que una vez se ha unido a él, al menos cuando queda suficiente, y tan bueno, en común para los demás.

28. Quien se nutre de las bellotas que recogió bajo un roble, o de las manzanas que cosechó de los árboles en el bosque, ciertamente se las ha apropiado a sí mismo. Nadie puede negar que el alimento es suyo. Pregunto entonces, ¿cuándo empezaron a ser suyas? ¿cuando las digirió? ¿o cuando las comió? ¿o cuando las coció? ¿o cuando las llevó a casa? ¿o cuando las recogió? y es evidente que, si la primera recolección no las hizo suyas, nada más podría haberlo hecho. Ese trabajo estableció una distinción entre ellas y lo común: añadió algo más a ellas que lo que la naturaleza, la madre común de todos, había hecho; y así se convirtieron en su derecho privado. ¿Y dirá alguien que no tenía derecho a esas bellotas o manzanas que así se apropió, porque no tenía el consentimiento de toda la humanidad para hacerlas suyas? ¿Era un robo asumir así para sí mismo lo que pertenecía a todos en común? Si tal consentimiento fuese necesario, el hombre habría muerto de hambre, a pesar de la abundancia que Dios le había dado. Vemos en los bienes comunes, que permanecen así por pacto, que es el tomar cualquier parte de lo que es común, y sacarla del estado en que la naturaleza la deja, lo que inicia la propiedad; sin lo cual lo común no es de utilidad alguna. Y el tomar esta o aquella parte no depende del consentimiento expreso de todos los comuneros. Así, la hierba que mi caballo ha mordido; los tepes que mi criado ha cortado; y el mineral que he excavado en cualquier lugar donde tengo derecho a ellos en común con otros, se convierten en mi propiedad, sin la asignación o consentimiento de nadie. El trabajo que era mío, sacándolos de aquel estado común en que estaban, ha fijado mi propiedad en ellos.

29. Al hacer necesario un consentimiento explícito de cada comunero para que alguien se apropie de cualquier parte de lo que se da en común, los niños o criados no podrían cortar la carne que su padre o amo ha provisto para ellos en común, sin asignar a cada uno su parte particular. Aunque el agua que corre en la fuente sea de todos, ¿quién puede dudar de que la del cántaro es solo de quien la sacó? Su trabajo la ha sacado de las manos de la naturaleza, donde era común y pertenecía por igual a todos sus hijos, y con ello se la ha apropiado a sí mismo.

30. Así, esta ley de razón hace que el ciervo sea de aquel indio que lo ha matado; se admite que son sus bienes quien ha invertido su trabajo en él, aunque antes era el derecho común de todos. Y entre aquellos que son considerados la parte civilizada de la humanidad, que han hecho y multiplicado leyes positivas para determinar la propiedad, esta ley original de la naturaleza, para el inicio de la propiedad sobre lo que antes era común, sigue vigente; y en virtud de ella, cualquier pez que alguien capture en el océano, ese gran y aún permanente común de la humanidad; o cualquier ámbar gris que alguien recoja aquí, se hace propiedad suya, por el trabajo que lo saca de ese estado común en que la naturaleza lo dejó, de quien se toma esa molestia con él. Y aun entre nosotros, se piensa que la liebre que alguien está cazando es suya de quien la persigue durante la caza: pues siendo una bestia que todavía se considera común y posesión privada de nadie; quienquiera que haya empleado tanto trabajo en alguna de esa especie como para encontrarla y perseguirla, con ello la ha sacado del estado de naturaleza, en el que era común, y ha comenzado una propiedad.

31. Quizá se objete a esto que si recoger las bellotas, u otros frutos de la tierra, etc., otorga un derecho sobre ellos, entonces cualquiera puede acaparar tanto como quiera. A lo cual respondo: No es así. La misma ley de la naturaleza que por este medio nos da propiedad, también limita esa propiedad. Dios nos ha dado todas las cosas en abundancia, 1 Tim. vi. 12, es la voz de la razón confirmada por inspiración. Pero ¿hasta dónde nos lo ha dado? Para disfrutar. Tanto como alguien pueda hacer uso de ello en beneficio de su vida antes de que se eche a perder, tanto puede por su trabajo fijar una propiedad en ello: cualquier cosa más allá de esto es más que su parte, y pertenece a otros. Nada fue hecho por Dios para que el hombre lo estropease o destruyese. Y así, considerando la abundancia de provisiones naturales que hubo durante largo tiempo en el mundo, y los pocos consumidores; y a qué pequeña parte de esa provisión podía extenderse la industria de un hombre, y acapararla en perjuicio de otros; especialmente manteniéndose dentro de los límites, fijados por la razón, de lo que podría servir para su uso; entonces podía haber poco espacio para disputas o contiendas sobre la propiedad así establecida.

32. Pero siendo ahora el objeto principal de la propiedad no los frutos de la tierra y los animales que subsisten en ella, sino la tierra misma, en cuanto ella recoge y arrastra consigo todo lo demás, creo que es evidente que la propiedad sobre ella se adquiere también del mismo modo que antes. Tanta tierra como un hombre labre, plante, mejore, cultive y de cuyos productos pueda usar, esa es su propiedad. Él, mediante su trabajo, la cerca, por así decir, separándola de lo común. Ni invalidará su derecho el decir que todos los demás tienen igual título sobre ella y que, por tanto, no puede apropiársela ni cercarla sin el consentimiento de todos sus compañeros comuneros, de toda la humanidad. Dios, cuando dio el mundo en común a toda la humanidad, también ordenó al hombre trabajar, y la penuria de su condición se lo exigía. Dios y su razón le ordenaron someter la tierra, es decir, mejorarla para el beneficio de la vida, y depositar en ella algo que fuera suyo propio, su trabajo. Quien, en obediencia a este mandato de Dios, sometió, labró y sembró alguna parte de ella, anexó con ello algo que era su propiedad, sobre lo cual ningún otro tenía título ni podía quitarle sin causarle daño.

33. Y esta apropiación de cualquier parcela de tierra, al mejorarla, no era perjuicio para ningún otro hombre, ya que quedaba aún suficiente y tan buena, y más de la que los aún no provistos podían usar. De modo que, en efecto, nunca quedó menos para los demás a causa de su cercamiento para sí mismo, pues quien deja tanto como otro puede hacer uso de, es como si no tomara nada en absoluto. Nadie podría considerarse perjudicado porque otro hombre bebiera, aunque tomara un buen trago, si le quedaba un río entero de la misma agua para saciar su sed; y el caso de la tierra y el agua, donde hay suficiente de ambas, es perfectamente el mismo.

34. Dios dio el mundo a los hombres en común; pero como se lo dio para su beneficio y las mayores comodidades de la vida que fueran capaces de extraer de él, no puede suponerse que quisiera que permaneciera siempre común y sin cultivar. Lo dio para uso de los industriosos y racionales (y el trabajo había de ser su título sobre él), no a la fantasía o codicia de los pendencieros y contenciosos. Quien tenía tan buena tierra disponible para su mejora como la ya ocupada, no necesitaba quejarse, ni debía entrometerse con lo que ya había sido mejorado por el trabajo de otro; si lo hacía, es evidente que deseaba el beneficio de los esfuerzos ajenos, al cual no tenía derecho, y no la tierra que Dios le había dado en común con otros para trabajar en ella, y de la cual quedaba tan buena como la ya poseída, y más de la que sabía qué hacer, o de la que su industria podía alcanzar.

35. Es cierto que en tierras que son comunes en Inglaterra, o en cualquier otro país donde hay abundancia de gente bajo gobierno, que tiene dinero y comercio, nadie puede cercar o apropiarse ninguna parte sin el consentimiento de todos sus compañeros comuneros, porque esto se deja común por pacto, es decir, por la ley del país, que no debe ser violada. Y aunque sea común respecto de algunos hombres, no lo es para toda la humanidad, sino que es la propiedad conjunta de este país o esta parroquia. Además, el remanente después de tal cercamiento no sería tan bueno para el resto de los comuneros como lo era el todo cuando todos podían hacer uso del todo; mientras que en el comienzo y primera población del gran común del mundo era completamente distinto. La ley bajo la cual estaba el hombre era más bien para la apropiación. Dios ordenó, y sus necesidades lo obligaron a trabajar. Aquello era su propiedad que no podía serle quitada dondequiera que la hubiera fijado. Y de ahí que someter o cultivar la tierra, y tener dominio, vemos que van unidos. Lo uno dio título a lo otro. De modo que Dios, al ordenar someter, dio autoridad para apropiarse en esa medida; y la condición de la vida humana, que requiere trabajo y materiales sobre los que trabajar, introduce necesariamente las posesiones privadas.

36. La medida de la propiedad la ha establecido bien la naturaleza mediante la extensión del trabajo de los hombres y las comodidades de la vida: el trabajo de ningún hombre podría someter ni apropiarse todo, ni podría su disfrute consumir más que una pequeña parte; de modo que era imposible para cualquier hombre, por este camino, usurpar el derecho de otro o adquirir para sí una propiedad en perjuicio de su vecino, quien todavía tendría espacio para una posesión tan buena y tan grande (después de que el otro hubiera tomado la suya) como antes de que fuera apropiada. Esta medida limitaba la posesión de cada hombre a una proporción muy moderada, y tal que podía apropiarse para sí sin daño a nadie, en las primeras edades del mundo, cuando los hombres corrían más peligro de perderse por extraviarse de su compañía en la entonces vasta tierra salvaje, que de verse estrechados por falta de espacio para plantar. Y la misma medida puede permitirse todavía sin perjuicio para nadie, por muy lleno que parezca el mundo: pues suponiendo a un hombre, o familia, en el estado en que estaban en la primera población del mundo por los hijos de Adán o de Noé; si se establece en algún lugar interior y vacante de América, hallaremos que las posesiones que podría hacerse, según las medidas que hemos dado, no serían muy grandes, ni aun hoy en día perjudicarían al resto de la humanidad, ni les darían razón para quejarse o considerarse perjudicados por la usurpación de este hombre, aunque la raza de los hombres se ha extendido ahora por todos los rincones del mundo y excede infinitamente el pequeño número que había al principio. Más aún, la extensión de tierra tiene tan poco valor sin trabajo que he oído afirmar que en la propia España se puede permitir a un hombre arar, sembrar y cosechar sin ser molestado en tierras sobre las que no tiene otro título sino el mero hecho de hacer uso de ellas. Pero, por el contrario, los habitantes se consideran obligados con aquel que, mediante su industria en tierras descuidadas y, por consiguiente, baldías, ha aumentado la reserva de grano que les hacía falta. Pero sea esto como fuere, en lo cual no pongo énfasis, me atrevo a afirmar con valentía que la misma regla de propiedad (a saber) que cada hombre debería tener tanto como pudiera hacer uso, valdría aún en el mundo sin estrechar a nadie, ya que hay tierra suficiente en el mundo para abastecer al doble de los habitantes, si no hubiera sido porque la invención del dinero, y el tácito acuerdo de los hombres de darle valor, introdujo (por consentimiento) posesiones más grandes y un derecho sobre ellas; cómo ha hecho esto, lo mostraré enseguida más extensamente.

37. Es cierto que al principio, antes de que el deseo de tener más de lo que uno necesitaba alterara el valor intrínseco de las cosas, que depende únicamente de su utilidad para la vida del hombre; o antes de que se acordara que un pedacito de metal amarillo, que se conserva sin gastarse ni descomponerse, valdría tanto como un gran trozo de carne o un montón entero de grano; aunque los hombres tenían derecho a apropiarse, mediante su trabajo, cada uno por sí mismo, de tantas cosas de la naturaleza como pudiera usar: esto no podía ser mucho, ni en perjuicio de otros, cuando la misma abundancia seguía quedando para quienes emplearan la misma laboriosidad. A esto déjame añadir que quien se apropia tierra mediante su trabajo no disminuye, sino que aumenta el patrimonio común de la humanidad: pues las provisiones que sirven para el sustento de la vida humana, producidas por un acre de tierra cercada y cultivada, son (por hablar con mucha moderación) diez veces más que las que rinde un acre de tierra de igual riqueza que permanece baldía en común. Y por tanto, quien cerca tierra y obtiene mayor abundancia de las comodidades de la vida de diez acres de lo que habría podido obtener de cien dejados a la naturaleza, puede decirse con verdad que regala noventa acres a la humanidad: pues su trabajo le proporciona ahora provisiones de diez acres, que no eran más que el producto de cien en común. He calculado aquí muy a la baja la tierra mejorada, al hacer que su producto sea sólo de diez a uno, cuando en realidad se acerca mucho más a cien a uno: pues pregunto, ¿acaso en los bosques salvajes y el baldío sin cultivar de América, dejados a la naturaleza, sin ninguna mejora, labranza o agricultura, mil acres proporcionan a los habitantes necesitados y miserables tantas comodidades de la vida como diez acres de tierra igualmente fértil en Devonshire, donde están bien cultivados?

Antes de la apropiación de la tierra, quien recogiera toda la fruta silvestre que pudiera, matara, atrapara o domesticara tantas bestias como pudiera; el que empleara así su esfuerzo en cualquiera de los productos espontáneos de la naturaleza, de manera que los alterara del estado en que la naturaleza los puso, aplicándoles su trabajo, adquiría con ello una propiedad sobre ellos: pero si se echaban a perder en su posesión, sin su debido uso; si las frutas se pudrían, o la carne de venado se corrompía antes de que pudiera consumirla, ofendía contra la ley común de la naturaleza y era susceptible de castigo; invadía la parte de su prójimo, pues no tenía derecho más allá de lo que su uso requiriera de ellas, y de lo que pudieran servirle para proporcionarle comodidades de vida.

38. Las mismas medidas gobernaban también la posesión de la tierra: todo lo que labrara y cosechara, guardara y utilizara antes de que se echara a perder, ése era su derecho particular; todo lo que cercara, y pudiera alimentar y utilizar, el ganado y el producto era también suyo. Pero si la hierba de su cercado se pudría en el suelo, o el fruto de su plantación perecía sin ser recogido y guardado, esta parte de la tierra, a pesar de su cercado, debía seguir considerándose baldía y podía ser posesión de cualquier otro. Así, al principio, Caín pudo tomar tanta tierra como pudiera labrar y hacerla su propia tierra, y aun así dejar suficiente para que las ovejas de Abel pastaran; unos pocos acres bastarían para las posesiones de ambos. Pero a medida que las familias aumentaron y la laboriosidad amplió sus reservas, sus posesiones se ampliaron con la necesidad de ellas; pero aun así comúnmente sin ninguna propiedad fija en el suelo que utilizaban, hasta que se incorporaron, se establecieron juntos y construyeron ciudades; y entonces, por consentimiento, llegaron con el tiempo a delimitar los límites de sus territorios distintos y acordar fronteras entre ellos y sus vecinos; y mediante leyes entre ellos mismos, establecieron las propiedades de los de la misma sociedad: pues vemos que en aquella parte del mundo que fue habitada primero, y por tanto la más poblada probablemente, incluso hasta los tiempos de Abraham, vagaban libremente de un lado a otro con sus rebaños y sus manadas, que eran su sustento; y esto hizo Abraham en un país donde era extranjero. De donde resulta evidente que al menos gran parte de la tierra permanecía en común; que los habitantes no la valoraban ni reclamaban propiedad sobre más de la que utilizaban. Pero cuando no había espacio suficiente en el mismo lugar para que sus rebaños pastaran juntos, por consentimiento, como hicieron Abraham y Lot, Génesis xiii. 5, se separaron y ampliaron sus pastos donde mejor les parecía. Y por la misma razón Esaú se fue de su padre y de su hermano y se estableció en el monte Seír, Génesis xxxvi. 6.

39. Y así, sin suponer ningún dominio privado y propiedad en Adán sobre todo el mundo, con exclusión de todos los demás hombres, lo cual no puede probarse de ningún modo, ni puede derivarse de ello la propiedad de nadie; sino suponiendo que el mundo fue dado, como fue, a los hijos de los hombres en común, vemos cómo el trabajo pudo otorgar a los hombres títulos distintos sobre diversas parcelas de él, para sus usos privados; en lo cual no podía haber duda de derecho, ni lugar para disputa.

40. Tampoco es tan extraño, como quizá pueda parecer antes de considerarlo, que la propiedad del trabajo sea capaz de sobrepasar la comunidad de la tierra: pues es el trabajo en verdad lo que establece la diferencia de valor en cada cosa; y que cualquiera considere cuál es la diferencia entre un acre de tierra plantado con tabaco o azúcar, sembrado con trigo o cebada, y un acre de la misma tierra en común, sin ninguna agricultura sobre ella, y descubrirá que la mejora del trabajo constituye la parte con mucho mayor del valor. Creo que será un cálculo muy modesto decir que de los productos de la tierra útiles para la vida del hombre, nueve décimas partes son efectos del trabajo: más aún, si estimamos correctamente las cosas tal como llegan a nuestro uso y sumamos los diversos gastos dedicados a ellas, lo que en ellas se debe puramente a la naturaleza y lo que al trabajo, descubriremos que en la mayoría de ellas noventa y nueve centésimas partes deben ponerse enteramente en la cuenta del trabajo.

41. No puede haber demostración más clara de esto que varias naciones de los americanos, que son ricas en tierra y pobres en todas las comodidades de la vida; a quienes la naturaleza ha provisto tan generosamente como a cualquier otro pueblo con los materiales de la abundancia, es decir, un suelo fértil, apto para producir en abundancia lo que podría servir para alimento, vestido y deleite; sin embargo, por falta de mejorarlo mediante el trabajo, no tienen ni una centésima parte de las comodidades que disfrutamos nosotros: y un rey de un territorio grande y fértil allí se alimenta, se aloja y se viste peor que un jornalero en Inglaterra.

42. Para aclarar esto un poco más, rastreemos simplemente algunas de las provisiones ordinarias de la vida a través de sus diversos progresos antes de que lleguen a nuestro uso, y veamos cuánto reciben de su valor de la industria humana. Pan, vino y paño son cosas de uso diario y gran abundancia; sin embargo, bellotas, agua y hojas, o pieles, tendrían que ser nuestro pan, bebida y vestido si el trabajo no nos proveyera de estas mercancías más útiles: pues lo que el pan vale más que las bellotas, el vino más que el agua, y el paño o la seda más que las hojas, pieles o musgo, eso se debe enteramente al trabajo y la industria; siendo uno de éstos el alimento y el vestido que la naturaleza sin asistencia nos proporciona; el otro, provisiones que nuestra industria y esfuerzos preparan para nosotros, y cuando alguien haya calculado cuánto exceden éstas a aquéllas en valor, verá entonces cuánto constituye el trabajo la parte con mucho mayor del valor de las cosas que disfrutamos en este mundo: y el suelo que produce los materiales apenas ha de contarse, o a lo sumo como una parte muy pequeña de ello; tan poco, que incluso entre nosotros, la tierra que se deja enteramente a la naturaleza, que no tiene mejora de pastizales, labranza o plantación, se llama, como en verdad es, baldía; y encontraremos que el beneficio de ella equivale a poco más que nada.

Esto muestra cuánto más han de preferirse el número de hombres a la vastedad de los dominios; y que el incremento de las tierras y su correcto aprovechamiento es el gran arte del gobierno: y aquel príncipe que sea tan sabio y tan semejante a Dios como para, mediante leyes establecidas de libertad, asegurar protección y aliento a la industria honesta de la humanidad, frente a la opresión del poder y la estrechez de partido, pronto superará a sus vecinos: pero esto sea dicho de paso.

Volvamos al argumento que tenemos entre manos.

43. Un acre de tierra que da aquí veinte fanegas de trigo, y otro en América que, con la misma labranza, daría lo mismo, tienen, sin duda, el mismo valor natural intrínseco: pero con todo, el beneficio que la humanidad recibe de uno en un año vale 5 libras, y del otro posiblemente no vale ni un penique, si todo el provecho que un indio obtuviese de él hubiera de valorarse y venderse aquí; al menos, puedo decir con verdad, no la milésima parte. Es, pues, el trabajo el que añade la mayor parte del valor a la tierra, sin el cual apenas valdría nada: a él le debemos la mayor parte de todos sus productos útiles; pues todo lo que la paja, el salvado, el pan, de ese acre de trigo, vale más que el producto de un acre de tierra igual de buena que yace baldío, es todo efecto del trabajo: pues no es sólo el esfuerzo del arador, la fatiga del segador y del trillador, y el sudor del panadero, lo que ha de contarse en el pan que comemos; el trabajo de quienes domaron los bueyes, de quienes excavaron y forjaron el hierro y las piedras, de quienes talaron y labraron la madera empleada en el arado, el molino, el horno o cualquier otro utensilio, que son en vasto número, necesarios para este grano, desde que es semilla a sembrar hasta que se hace pan, todo ha de cargarse a la cuenta del trabajo, y recibirse como efecto suyo: la naturaleza y la tierra proporcionaron únicamente los materiales casi sin valor, en sí mismos. Sería un extraño catálogo de cosas el que la industria proporcionó y empleó en cada hogaza de pan, antes de que llegase a nuestro uso, si pudiéramos rastrearlas; hierro, madera, cuero, corteza, maderamen, piedra, ladrillos, carbón, cal, tela, tintes, pez, alquitrán, mástiles, cuerdas, y todos los materiales empleados en el barco que trajo cualquiera de las mercancías utilizadas por cualquiera de los trabajadores, en cualquier parte del trabajo; todo lo cual sería casi imposible, al menos demasiado largo, de enumerar.

44. De todo esto resulta evidente que, aunque las cosas de la naturaleza se dan en común, con todo el hombre, por ser dueño de sí mismo y propietario de su propia persona y de las acciones o trabajo de ella, tenía aún en sí mismo el gran fundamento de la propiedad; y aquello que componía la mayor parte de lo que aplicaba al sostenimiento o consuelo de su ser, cuando la invención y las artes hubieron mejorado las comodidades de la vida, era perfectamente suyo, y no pertenecía en común a otros.

45. Así el trabajo, en el principio, dio un derecho de propiedad, allí donde a alguien le pluguiera emplearlo sobre lo que era común, lo cual permaneció durante largo tiempo como la parte con mucho mayor, y todavía es más de lo que la humanidad utiliza. Los hombres, al principio, en su mayor parte, se contentaban con lo que la naturaleza sin ayuda ofrecía a sus necesidades: y aunque después, en algunas partes del mundo (donde el aumento de gente y ganado, con el uso del dinero, había hecho la tierra escasa, y por tanto de algún valor), las diversas comunidades fijaron los límites de sus territorios diferenciados, y mediante leyes entre ellos regularon las propiedades de los hombres particulares de su sociedad, y así, por pacto y acuerdo, fijaron la propiedad que el trabajo y la industria iniciaron; y las ligas que se han hecho entre diversos estados y reinos, ya sea expresa o tácitamente renunciando a toda pretensión y derecho a la tierra en posesión de otros, han, mediante consentimiento común, abandonado sus pretensiones a su natural derecho común, que originalmente tenían sobre esos países, y así han, por acuerdo positivo, establecido una propiedad entre ellos, en partes y parcelas diferenciadas de la tierra; con todo, todavía hay grandes extensiones de tierra por encontrar, que (no habiendo sus habitantes unidos con el resto de la humanidad en el consentimiento del uso de su dinero común) yacen baldías, y son más de lo que la gente que habita en ellas hace, o puede hacer uso, y así todavía permanecen en común; aunque esto apenas puede suceder entre aquella parte de la humanidad que ha consentido en el uso del dinero.

46. La mayor parte de las cosas realmente útiles para la vida del hombre, y tales como la necesidad de subsistir hizo que los primeros poseedores comunes del mundo buscaran, como hace ahora los americanos, son generalmente cosas de corta duración; tales que, si no son consumidas por el uso, se echarán a perder y perecerán por sí mismas: el oro, la plata y los diamantes son cosas a las que la fantasía o el acuerdo ha puesto valor, más que el uso real y el apoyo necesario de la vida. Ahora bien, de esas cosas buenas que la naturaleza ha proporcionado en común, cada uno tenía derecho (como se ha dicho) a tanto como pudiera usar, y propiedad en todo aquello que pudiera conseguir con su trabajo; todo aquello a lo que su industria pudiera extenderse, para alterarlo del estado en que la naturaleza lo había puesto, era suyo. El que recogía cien fanegas de bellotas o manzanas, tenía con ello propiedad sobre ellas, eran sus bienes tan pronto como las recogía. Sólo debía procurar que las usara antes de que se estropearan, de lo contrario tomaba más que su parte, y robaba a otros. Y en efecto era cosa necia, además de deshonesta, acumular más de lo que podía usar. Si daba una parte a cualquier otro, de modo que no se perdiera inútilmente en su posesión, de esas también hizo uso. Y si además trocaba ciruelas, que se habrían podrido en una semana, por nueces que durarían buenas para su alimentación un año entero, no hacía daño; no desperdiciaba el fondo común; no destruía parte alguna de la porción de bienes que pertenecía a otros, mientras nada pereciese inútilmente en sus manos. Igualmente, si daba sus nueces por un trozo de metal, que le agradaba por su color; o cambiaba sus ovejas por conchas, o lana por un guijarro brillante o un diamante, y guardaba esas cosas junto a él toda su vida, no invadía el derecho de otros, podía amontonar tanto de estas cosas duraderas como quisiera; el exceso de los límites de su justa propiedad no residía en la magnitud de su posesión, sino en el perecer de cualquier cosa inútilmente en ella.

47. Y así entró en uso el dinero, alguna cosa duradera que los hombres pudieran guardar sin que se estropeara, y que por mutuo consentimiento los hombres tomarían a cambio de los apoyos verdaderamente útiles, pero perecederos, de la vida.

48. Y como diferentes grados de industria tendían a dar a los hombres posesiones en diferentes proporciones, así esta invención del dinero les dio la oportunidad de continuar y agrandarlas: pues supongamos una isla, separada de todo posible comercio con el resto del mundo, en la que hubiese sólo cien familias, pero hubiese ovejas, caballos y vacas, con otros animales útiles, frutos saludables, y tierra suficiente para grano para cien mil veces tantos, pero nada en la isla, ya sea por su abundancia o su carácter perecedero, adecuado para ocupar el lugar del dinero; ¿qué razón podría tener nadie allí para agrandar sus posesiones más allá del uso de su familia, y un abundante suministro para su consumo, ya sea en lo que su propia industria produjera, o pudiera trocar por mercancías igualmente perecederas y útiles, con otros? Donde no hay alguna cosa, al mismo tiempo duradera y escasa, y por tanto valiosa para ser atesorada, allí los hombres no tenderán a agrandar sus posesiones de tierra, por rica que sea, por libre que sea para que la tomen: pues pregunto, ¿en qué valoraría un hombre diez mil, o cien mil acres de tierra excelente, ya cultivada y bien provista también de ganado, en medio de las partes interiores de América, donde no tuviera esperanzas de comercio con otras partes del mundo, para atraer dinero hacia sí mediante la venta del producto? No valdría la pena cercarla, y le veríamos devolverla de nuevo al común silvestre de la naturaleza, fuera lo que fuese más de lo que suministraría las comodidades de la vida que allí habría de tener para él y su familia.

49. Así pues, en el principio todo el mundo era América, y más aún de lo que ahora lo es; pues no se conocía en ninguna parte nada semejante al dinero. Encuentra algo que tenga el uso y el valor del dinero entre sus vecinos, y verás que ese mismo hombre comenzará de inmediato a ampliar sus posesiones.

50. Pero dado que el oro y la plata, siendo de poca utilidad para la vida del hombre en proporción al alimento, el vestido y el transporte, tienen su valor únicamente por el consentimiento de los hombres, del cual el trabajo constituye todavía, en gran parte, la medida, es evidente que los hombres han acordado una posesión desproporcionada y desigual de la tierra, habiendo encontrado, mediante un consentimiento tácito y voluntario, una manera de que un hombre pueda poseer legítimamente más tierra de la que él mismo puede usar el producto, al recibir a cambio del excedente oro y plata, que pueden atesorarse sin perjuicio para nadie; estos metales no se estropean ni se deterioran en manos del que los posee. Esta división de las cosas en una desigualdad de posesiones privadas, los hombres la han hecho practicable fuera de los límites de la sociedad, y sin pacto, únicamente otorgando un valor al oro y la plata, y acordando tácitamente el uso del dinero: pues en los gobiernos, las leyes regulan el derecho de propiedad, y la posesión de la tierra se determina mediante constituciones positivas.

51. Y así, creo, es muy fácil concebir, sin ninguna dificultad, cómo el trabajo pudo al principio dar origen a un título de propiedad sobre las cosas comunes de la naturaleza, y cómo el emplearlo en nuestros usos lo delimitó. De modo que entonces no podía haber motivo de disputa sobre el título, ni ninguna duda sobre la extensión de la posesión que otorgaba. El derecho y la conveniencia iban juntos; pues así como un hombre tenía derecho a todo aquello en lo que pudiera emplear su trabajo, así tampoco tenía tentación de trabajar por más de lo que pudiera usar. Esto no dejaba lugar a controversia sobre el título, ni a invasión del derecho de otros; qué porción se adjudicaba un hombre para sí era fácilmente visible; y era inútil, además de deshonesto, adjudicarse demasiado, o tomar más de lo que necesitaba.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/gobierno-civil/texto/capitulo-5-de-la-propiedad/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Segundo tratado sobre el gobierno civil» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.